La tarde, con sus grises y su lluvia, nos habla de febriles nubaradas en esta Asturias nuestra en que vivimos. Mirad ese nuberu que se acerca, su rostro adusto y seco, peligroso, que viene pronunciando una amenaza. La tarde es un desfile de paraguas, no lejos de una costa que conoce las iras de los mares y los cielos.
Y entonces se levanta este nordeste que llega de lo lejos, revolviendo las brisas y las nubes con su soplo. Y el caso es que el nordeste las espanta, las echa con su risa y su violencia, burlesco como siempre en los espacios. ¿Queréis que venga un rato y nos salude? Lo cierto es que es muy tímido el nordeste, que escapa cuando llegan los extraños.
Hay algo juguetón en el nordeste, lo mismo en el invierno que en verano: quizás tendrá el espíritu de un niño. Digamos que el nordeste es algo propio: los viejos lo decían en las tardes de pesca y de labranza en el concejo. Digamos que el nordeste es un regalo que quieren que tengamos esos dioses que nunca nos dejaron ver su rostro.
Si Peñas nos abriga, y, al socaire, gozamos del abrigo de los cabos —también nos guarda un tanto San Antonio—, digamos que el nordeste, cuando pega, quizás es un intruso bienvenido, pues llega con su risa adolescente, y hay muchos que le tienen simpatía, si bien, con su llegada, nos parece que ahuyenta los otoños y las lluvias.
El caso es que el nordeste es un amigo, e ignoro las razones, pero es propio tratarlo amablemente, si se acerca. No es bueno ser tan hosco con la gente, y es cierto que no suele ser lo lógico mostrar esa frialdad a los amigos. Pero este viento quiere, con sus burlas, hacernos travesuras, y es un golfo que juega con la nube espantadiza.
Pedir permiso es poco, y su bravura nos quiere retirados de las calles, pues este es su lugar, si se encapricha. Él es el propietario de la zona, construye sus castillos donde sopla, gobierna sobre cada fortaleza.
—¿No veis que es mi momento y, en mi reino, yo tomo posesión de lo que es mío? —les dice a las lloviznas de Galicia.
Quizás este muchacho está demente, quizás nos toma el pelo y, si le place, disfruta al enredarnos con su aliento. Y el caso es que yo digo que es amigo, pues todas sus calladas travesuras son propias de los nuestros, con confianza. Parece que se cría entre nosotros, que juega con las faldas de la abuela, que arranca su sombrero al que lo tiene.
Los brillos del nordeste son los brillos de un genio que, invisible, se presenta como un chicuelo haciendo gamberradas. Y siente que es señor en nuestra tierra, que tiene la amistad de los vecinos, por más que se le riñe de continuo. La gente lo regaña como a un crío, y es cierto que es un crío, como un nieto que mima el marinero jubilado.
Son muchos los que beben en las tascas, y todo es comentar esas piruetas tan propias del nordeste, si es que quiere. Son muchos los que están por las tabernas hablando de su voz y su venida, tal vez en el otoño y el invierno. Y todos hablan mucho del nordeste, parece que el nordeste es la mascota de todos los que viven en la villa.
Y viven en la villa los amigos del viento del nordeste, que no cesa, que no quiere callar, si está contento. Labriegos, bodegueros y tenderas que no saben contar cosa distinta, como esos pescadores, lo mencionan. Diríase que el cura, con sus gestos de anciano carcamal, también lo quiere, y deja que revuelva su sotana.
Y ahora, porque estamos donde el monte, mirando el eucalipto y el castaño, pensad en el nordeste, recordadlo. Parece que no llega y, sin embargo, de pronto se hace dueño de la zona, jugando con las hojas de los árboles. El gris y los paraguas van cerrándose, si viene, si recorre cada calle del pueblo silencioso de la tarde.
Sentid cómo nos roza con sus manos.
- Las raras travesuras del nordeste - miércoles 15 de abril de 2026
- Tres poemas de José Ramón Muñiz Álvarez - viernes 20 de marzo de 2026
- Tres sonetos para Tudela de Duero
y algunos poemas a modo de guarnición - viernes 13 de febrero de 2026


