
Donde se eleve el abismo
Gonzalo Camarero
Poesía
Loto Azul
Valencia (España), 2025
ISBN: 979-1387838041
176 páginas
Estela funeraria
de la niña con dos palomas
Sólo puedes estar tumbada ahora,
aunque sigas de pie en el relieve,
tan quieta y concentrada en ese leve
roce con las palomas, soñadora.
Conocen el dolor que experimenta
la unidad que se rompe en dos mitades,
cuando el alma abandona las edades
del cuerpo y en lo eterno transparenta.
Tienes una en la mano. Ya no debe
demorarse más. Ha de volar alto
portando tu inocencia y tu temor.
La otra se aferra a ti. Prolongar breve
el instante pretende con su salto,
glorificar tu cuerpo con su amor.
Valencia (IX)
Oigo a alguien gritar, pero yo estoy solo.
Se me abre el gran abismo de la muerte,
el sol devorador, en aguafuerte,
que me convoca, insistente, en su tolo.
Voy detrás de unos, y precedo a otros.
Un vínculo de carne nos depara
un diapasón, en cuya nota clara
la afinidad descubro entre nosotros.
Mas sigo estando solo, y ese sol
se orienta hacia mis puntos cardinales.
Me hace ver mi orto al lado de mi ocaso.
Y me habla de unas aguas sin control
que me lanzaron sobre los cañales.
Y, en la soledad, vence mi fracaso...
Alborada de febrero en Burgos
El final de la luz fresca e invernal.
Amanece y permea las rendijas
de edificios y cerros. Las manijas
de la fosforescencia comunal.
Impregna el fulgor líquido las cosas
que adherir logra el frío a sus frentes...
Y, cuando cae la noche, transparentes,
ilumina las calles misteriosas.
Como esas figuritas de la infancia,
de Fátima, recuerdos, o de Lourdes.
Así sueñan Castillo y Catedral.
La nieve ralentiza a la sustancia.
Y, mientras tanto, Burgos, tu plan urdes
para sorber del sol, hecha fanal.
Besarías las heridas de mis entrañas
Hace veinte años habrías besado
con la mano y la boca mis heridas,
las cicatrices ásperas, hundidas,
en mi cuerpo dispuestas por el hado.
Pero nos conocimos tarde, cuando
acariciar no osaban las miradas
las partes de los cuerpos desplegadas
en la mesa, el tiempo retardando.
Se sublimaba entonces mi belleza
y al fondo se mostraba con certeza
cuánto las ilusiones son esquivas.
Apagadas con sal, llagas revivas.
Recuerdo que me hablaste de besarlas.
Mas de mí hoy no podrías distinguirlas.
Una tumba en Castro Urdiales
A mi abuelo Rafael
Se divisa el mar desde la colina,
desde el panteón que guarda tus restos,
mas tu nombre se borra por los tiestos
con flores de la vieja Proserpina.
El mar morado tiñe el horizonte
y la humedad exprime y luego esparce
el aroma a las flores. El engarce
de hojas y mar asciende por el monte.
Dulce olor, color cárdeno. Coloco
dos modestas violetas en la losa
venidas del sendero de las sombras.
El abismo del mar y el tuyo. Poco
a poco se confunden. Medrosa,
la memoria despliega sus alfombras.
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