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Visita

sábado 25 de mayo de 2024
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Hace ya tiempo que no dejan poner floreros con agua.

Es por el dengue, dicen.

De pequeña, solíamos venir con mis hermanas a jugar entre las tumbas.

El olor a flores mustias al entrar al cementerio era parte de un ritual que empezaba a la entrada con el orgulloso mármol de las capillas de las familias fundadoras del pueblo y terminaba a ras del suelo con anónimas cruces blancas.

Buscábamos el muerto más joven, el más viejo, el más lindo, el más feo, nombres raros y dedicatorias más estrafalarias aún. Los clasificábamos por causa de muerte: este se cayó de un caballo, aquella tuvo un accidente de moto, por allá alguno que se murió de eterno nomás.

La capilla, en el corazón del cementerio, exudaba el sebo caliente que lloran las velas y se escuchaban rumores de promesas no cumplidas y oraciones truncas.

En el panteón familiar nos reconocíamos en las fotos: las mismas cejas pobladas, los ojos penetrantes pero sonrientes.

La muerte entonces era visita de domingo y aroma dulzón. Ahora el tiempo transcurre distinto, y la única visita que recibo es cuando hay entierro.

Me asomo de puntillas y por encima del muro los veo llegar. Me aliso el pelo y aprieto mis manos sobre los pliegues del vestidito blanco.

Estoy preparada. Aquí los espero.

Donde mi muerte es sol de invierno.

(del libro Cualquiercosario; 2022).

Rocío Ravera
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  • Visita - sábado 25 de mayo de 2024

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