Hoy me han dicho que debería escribir un libro, me lo han dicho muchas veces, pero hay dos razones por las que no lo he hecho; la primera es sobre todo por falta de tiempo y la segunda es porque no creo que lo que escribo le resulte a nadie interesante.
¿Ahora, me he acordado de Balbina? ¿Quién era Balbina? Ella empezó a trabajar en casa de mi abuela con catorce años, iba a por la ropa sucia que se llevaba en fardos a los lavaderos públicos que había en el pueblo, la planchaba en su casa con aquellas planchas de hierro a las que les metían dentro ascuas y la volvía a llevar a casa de mi abuela y recogía más, así todos los días y supongo que lo mismo haría con más familias; en aquellos tiempos, a principios de 1900, no había lavadoras y al parecer el uso de los lavaderos públicos era muy común en todos sitios o al menos en Úbeda, así como el que la ropa estuviera entrando y saliendo de las casas de esa manera.
Balbina se casó con un carretero con el que tuvo cuatro hijos. Siguió con su trabajo de lavandera porque había que comer, eran tiempos duros y había muchas bocas a las que alimentar.
Tuvo la mala fortuna de que el marido tuviera un accidente y muriera aplastado por un carro y quedó sola, viuda y con cuatro hijos de los que tirar, siguió en casa de mi abuela y en las demás casas a las que fuera, lavando ropa y sacando a flote a sus hijos trabajando como una mula.
Cuando yo era muy pequeña y no había aún lavadoras venía a mi casa a lavar la ropa, ya no se la llevaba, en mi casa había una buena pila y no se la tenía que llevar a ningún lavadero aparte de que mi madre, de otra región, manchega, no estaba acostumbrada a eso y pensar que su ropa se mezclara con ropa de otras personas le daba mucho asco.
En mi casa había ya casi diez personas, por lo que mi madre la contrató fija para lavar y planchar; para Balbina se acabó el transporte de fardos de ropa sucia al lavadero público; en ellos, imagino que lavaba con agua helada, en mi casa había agua caliente, una pila cómoda y siendo duro el trabajo no tenía ni comparación con el anterior de los lavaderos. Recuerdo verla todo el día en la pila y rodeada de grandes barreños de zinc que le servían para la lejía y no sé cuántas cosas más.
Mi madre, por la noche, cuando Balbina se iba para su casa le daba comida para la cena, huevos, patatas, aceite, algo de la matanza y fruta, ella se llevaba la cena de mi casa y supongo que también sería para los hijos que aún estuvieran en su casa, uno o dos a lo sumo.
Por la mañana, siempre venía sin desayunar, se tomaba un gran tazón de leche con sopas como ella decía, le echaba pan, magdalenas, bizcocho o lo que hubiera, aunque lo que más le gustaba eran los hoyos de pan con aceite.
Al final, llegó por fin la lavadora, y las planchas eléctricas, ella seguía ocupándose del lavado y planchado, pero ya su trabajo se volvió más liviano, no paraba en todo el día porque éramos muchos pero ya de otra manera.
Balbina terminó estando interna en mi casa junto con su hija menor, Concha, que también entró como interna en mi casa, la hija como doncella y Balbina pasó a ser nuestra niñera, éramos seis hermanos y todos nos llevábamos no más de año y medio. No sé qué era peor para Balbina, si lavar la ropa o bregar con seis fierecillas.
Balbina era una mujer gruesa y tenía las manos anchas como palas pero suaves y tiernas como si fueran de algodón, una paciencia infinita y una inocencia propia de un ángel que se hubiera quedado despistado en la tierra, fue una mujer que siempre iba vestida de negro, mantuvo el luto por su marido casi toda su vida, igual que su moño, llevaba un moño en la nuca que todas las semanas venía “la peinaora”, y se lo rehacía, estaba relleno de crepé y rara vez le lavaba la cabeza y nunca se lo cambiaba, siempre era el mismo moño.
Balbina era para mis hermanos y para mí mucho más que mi abuela, la adorábamos, las tardes que no nos sacaban a la calle después del colegio nos metían a todos en la leonera (el cuarto de jugar), todos estábamos desesperados para salir de allí pero Balbina ponía una silla delante de la puerta y de allí no salía ni Dios, que uno quería agua, se iba a por una botella y un vaso pero en la leonera, que otro quería hacer pis, Balbina se traía un orinal y no se podía ir al baño que estaba en la puerta de al lado.
Para entretenernos, algunas tardes, los más mayores jugábamos a las cartas con ella; la mayor era yo con seis o siete, a lo sumo ocho años, sólo se jugaba a las siete y media o la brisca, no dábamos para más, bendita inocencia tenía, unos mocosos como nosotros la engañábamos como a un chino jugando a la brisca.
Un día, estábamos algunos de nosotros jugando en la cocina tirados en el suelo, Balbina, pasó entre nosotros sorteando los obstáculos que le poníamos al estar tumbados en el suelo y ¡oh sorpresa!, todos, cuando Balbina pasaba entre nosotros vimos una cosa blanca, gorda y temblona entre sus faldas ¡era su culo!, ¡Balbina no usaba bragas! Para nosotros aquel espectáculo fue un regocijo total y desde entonces nos pasábamos las horas muertas acostados en la cocina esperando que nos sobrepasara Balbina para verle el culo, esto duró hasta que mi madre se dio cuenta de la juerga que nos habíamos montado a costa del blanco, gordo y temblón culo de Balbina.
Nos prohibieron volver a acostarnos en el suelo, no nos dijeron por qué aunque todos nos dimos cuenta de cuál era el motivo.
Balbina al igual que he dicho del pelo ella se lavaba poco, es cierto que olía algo raro, pero a nosotros no nos molestaba, era el olor de Balbina, oí a mi madre regañarle alguna vez para que se lavara, ella se metía en el baño, se tiraba allí un buen rato, aunque creo que no se lavaba más de lo que tenía por costumbre hacer, ya era demasiado mayor para cambiar de hábitos, salía del baño oliendo igual que olía cuando había entrado. Mi madre que la quería mucho la debió de dejar por imposible.
Yo de pequeña tenía muchas pesadillas (sería de lo mucho que cenaba), y de noche si me despertaba me daba pánico y a oscuras me iba a la cama de Balbina. “Chiquita, ¿ya estás aquí?, a tu madre no le gusta”, yo le decía que al día siguiente no le dijera nada a mi madre y me dormía entre aquel peculiar olor suyo, cobijada en una masa de carne blanda y envolvente; para mí aquello era la gloria, no podía haber nada mejor.
Para llegar a su cama tenía que andar a oscuras levantando los pies porque me iba descalza y había algunas losetas de suelo sueltas, si las pisabas te pellizcaban los pies y una noche pasó lo que tenía que pasar, aunque había calefacción, de madrugada el piso estaba helado, yo iba como el pato Donald levantando los pies camino de la cama de Balbina en esto que, de repente, me colé en uno de aquellos grandes barreños de zinc que estaba en mi paso en la cocina, el agua estaba helada y cuando me vi cubierta hasta el cuello, aún inmersa en la pesadilla que me había despertado empecé a chillar como una loca despertando a toda la casa.
¡Me tuvieron que bañar porque el barreño tenía lejía y me acostaron en mi cama, con lo que estuve toda la noche sudando aterrorizada de miedo! ¡Lo que siento no es el susto que pasé sino la bronca que mi madre le echó a Balbina! ¡La pobre!, sin comerlo ni beberlo se llevó un buen rapapolvo, yo me libré porque al día siguiente amanecí con un buen calenturón del baño de lejía.
Todas las tardes, mi padre nos obligaba a ir a darle un beso a mi abuela, que vivía enfrente de casa; a nosotros no nos gustaba ir, en primer lugar porque a mi abuela los niños pequeños no le gustaban y se le notaba mucho, ella prefería estar con las nietas mayores que le contaban historietas de novietes o lo que entonces llamaban pretendientes, y en segundo lugar, mi abuela tenía una perra chihuahua con muy malas pulgas, en cuanto asomábamos en el cuarto de estar donde estaba mi abuela, se nos tiraba como una leona a mordernos, para defendernos de la fiera descubrimos que al llegar a la puerta había una fila de sillas delante de la pared que llegaba hasta el sillón de mi abuela, nos subíamos todos a las sillas e íbamos de silla en silla hasta alcanzar el sillón, le dábamos un beso y nos decía que ya nos podíamos ir, mientras la perra, como no llegaba a la altura de las sillas, se desgañitaba ladrando enfurecida porque no conseguía engancharnos a ninguno.
A mi abuela se le debió de ir alguna chica de las que trabajaban en su casa y le pidió prestada a Balbina a mi madre hasta que encontrara otra, no debió de ser más de un mes, pero a nosotros la ausencia de Balbina se nos hizo una eternidad, aunque encontramos la forma de verla todos los días.
La casa de mi abuela era una casa típica andaluza, con un patio interior techado con cristales, y en el primer piso, que era donde se hacía la vida, nada más terminar las escaleras había una galería a la que daban muchas habitaciones, pues cuando teníamos que ir a darle el consabido beso a la abuela, si al terminar las escaleras girábamos a mano derecha entrabamos en el cuarto de estar, pero si sin hacer ningún ruido girábamos a mano izquierda íbamos bordeando la galería y terminábamos en la cocina, allí estaba sentada en una mesa camilla Balbina; los que íbamos, nos tirábamos a ella como si hubiéramos visto a Dios, todos arremolinados encimamás de ella, nos pedía calma porque la íbamos a tirar de la silla.
La alegría dura poco en la casa de los pobres, mi abuela oía el escándalo que debíamos organizar y se iba para la cocina, donde solía entrar en contadas ocasiones, y nos echaba para afuera al cuarto de estar con la odiosa perra Chispa, que así se llamaba, y sin sillas en las que defendernos.
Durante el tiempo que Balbina estuvo en casa de mi abuela, esta escena se repetía cada vez que teníamos que ir a darle un beso, supongo que eso aceleró la búsqueda de la sustituta y por fin Balbina volvió a casa, con nosotros, que era con quienes tenía que estar.
Cuando hacía buen tiempo, al salir del colegio nos llevaban al Paseo del Mercado, donde iban otros niños, y allí nos daban la merienda y jugábamos con la chiquillería; una tarde que estábamos jugando en el Paseo del Mercado, Balbina nos dijo que se había muerto un vecino suyo y que tenía que ir a dar el pésame; nosotros no sabíamos muy bien de qué iba la cosa pero todos, los más pequeños de su mano y los demás al lado, acompañamos a Balbina a una casa donde estaba el muerto; nada más llegar al portal, lo primero que vimos fue una caja de muerto destapada en la que había un cadáver metido en calzoncillos y camiseta, era la primera vez en nuestra vida que veíamos a una persona muerta; todos nos quedamos atónitos, Balbina nos dijo que no nos moviéramos que ella iba a subir por unas estrechas escaleras que había (por eso debía estar la caja en el portal), les daba el pésame y nos íbamos, no estuvimos allí solos más de cinco o diez minutos, estábamos pasmados mirando al muerto, que estaba casi desnudo; mi hermano Carlos, que siempre fue un enredica, se atrevió a tocarlo, primero una pierna y nos dijo que estaba frío y parecía que era de madera; ante eso, nos decía que no era un muerto, que era una estatua; empezamos a discutir y terminamos todos tocándole la cara al pobre abuelo muerto; Balbina al bajar las escaleras nos pilló y nos regañó.
Al llegar a casa, todos fuimos a contarle a mi madre lo que para nosotros había sido una gran aventura, para Balbina fue un broncón de cuidado.
Balbina tenía una casita en el barrio de San Pedro, ¡sabe Dios con cuánto esfuerzo consiguió comprarla!, estaba muy orgullosa de ella, algunos fines de semana se iba a su casa a pasar allí el día, alguna vez nos llevó con ella a algo y recuerdo muy bien cómo era la casa, tenía de fachada la puerta y una ventana a la izquierda, entrabas en el portal que era amplio y a la izquierda había una puerta con un escalón para abajo, la habitación que estaba empozada era su dormitorio, una cama, un baúl y una mesa camilla delante de la ventana con dos sillas constituían todo el mobiliario.
Frente a la puerta de entrada estaba un arco que daba paso a la cocina y en el portal unas escaleras que subían al piso de arriba, al que nunca subí, la cocina tenía una salida a un patio en el que había un pequeño aseo y una leñera, creo que tenía un árbol pero no lo recuerdo muy bien, en cambio sí recuerdo muy bien la cocina, era monísima, humilde pero preciosa, era igual que las cocinas que salían en las películas de Walt Disney; cuando yo iba allí, me transportaba de inmediato al interior de una de aquellas películas.
El tiempo fue pasando, nosotros fuimos creciendo y Balbina envejeciendo; yo me fui a Granada a estudiar Derecho y sólo la veía cuando iba a casa en vacaciones, llegó un momento que se tenía que jubilar, estaba torpe, con muchos kilos encima y las piernas llenas de úlceras, mi madre la retuvo en casa jubilada, sin tener que trabajar, como una invitada, sus hijos no la miraban y no quería que se fuera sola y abandonada a su casa.
Mi madre la hubiera tenido en casa hasta su muerte, pero ella soñaba con irse a su casa, consiguió mantenerla en casa invitada unos meses, pero al final se empeñó y se fue a su casa.
Mi madre iba regularmente a visitarla, y le llevaba comida, las pensiones de aquellos tiempos no debían de ser como las de ahora, con eso la ayudaba a vivir, ella se alimentaba de algo que le gustaba mucho, pan untado con mayonesa de bote, una dieta nada apropiada para una mujer de su edad.
Tal era la cantidad de mayonesa que consumía que cuando yo me casé me regaló más de treinta vasos de aquella mayonesa, que eran como vasos para el agua.
Balbina estaba en un estado deplorable y los hijos sin aparecer; mi madre, ya que no conseguía llevársela a casa, llamó a Concha, la hija que trabajó muchos años en casa y con la que mantenía alguna relación, y la obligó a que fuera a por su madre.
Concha ya llevaba años viviendo en Granada, donde yo estaba estudiando; al final, fueron a Úbeda y, después de hacerle a Balbina donarles la casa, se la llevaron a Granada. Cuando yo me enteré de que Balbina estaba viviendo en Granada, rápidamente fui a visitarla; la Balbina que yo me encontré ya no era mi Balbina, le habían cortado el pelo quitándole su eterno moño, también le habían quitado sus vestiduras negras, poniéndole una bata de florecillas discretas en tonos claros.
Balbina estaba indudablemente cuidada, la tenían bañada y atendida, pero la mujer estaba claramente a disgusto con su Concha, no creo que por la hija, pero sí por el yerno.
Me invitaron a merendar y me pusieron un café con leche y unas galletas; yo esperaba que a Balbina le pusieran también una taza de café con leche que no le pusieron, y cuando la mujer intentó coger una galleta, el yerno le dio un manotazo y le dijo que no eran para ella; después, me miró orgulloso de su poder sobre la pobre vieja, salí de la casa con el estómago levantado.
Ahora, cuando estoy contando esta historia, siento las pocas veces que fui a verla, pero me era muy desagradable presenciar cómo la trataban más allá de tenerla limpia y atendida físicamente, psicológicamente estaba humillada y maltratada; ella, en su eterna inocencia, nunca culpó al yerno del trato que recibía, al revés, defendía la situación.
La única vez que la trajeron a mi casa fue cuando me casé, que vinieron con ella para traerme su regalo de boda, un tapiz que ocupaba toda la pared del salón con unos ciervos y otros animales propios de una escena de caza; era horroroso, estaba empeñada en que el yerno me lo colocara y yo como pude lo evité y se fueron sin colocarme el tapiz que nunca puse.
Una mañana me llamó Concha, Balbina estaba muy enferma y no conseguían que fuera el médico para verla a su casa, yo por la profesión de mi marido tenía fácil acceso a los médicos y en menos de media hora ya había un médico visitándola y yo con ella, nos dijo que se estaba muriendo y mandó a una enfermera para que fuera a inyectarle algo, poco se podía hacer ya.
Estaban en la casa de Concha ya todos los hijos y los nietos, todos sabían que se moría y mi hermana Paloma, que le cogió en Granada, y yo, estábamos en el dormitorio con Balbina mientras que toda su familia estaba en la cocina hinchándose a comer y beber con una juerga montada de cuidado.
Mi hermana y yo, una a cada lado de la cama, la acompañábamos en los que seguramente eran sus últimos momentos de vida; no se quejaba, no sé si por prudencia, muy propio de ella o por lo que le habían inyectado, al caer la tarde se apagó, sin quejarse, sólo nos miró a las dos y nos dijo “mis chiquitas” y nos soltó la mano que le teníamos cogida, sólo se oyeron nuestros lloros y las carcajadas y jolgorio de sus hijos y su familia.
Avisamos a su familia y nosotras nos fuimos mientras llamaban a la funeraria y hacían el traslado al tanatorio; yo tenía una niña pequeña y tenía que organizar cómo me la dejaba si quería ir un rato al tanatorio, mi hermana y yo con un tremendo sofocón encima nos fuimos a casa a organizar la noche con mi hija mientras que nos avisaban en qué sala del tanatorio estaba.
Subimos al tanatorio y el panorama que nos encontramos fue similar al que habíamos dejado en la cocina de la casa de Concha, todos tirados por los sofás, sin una lágrima, sin una palabra de agradecimiento a la mujer que se había machacado para mantenerlos, nada, como si con ellos no fuera nada; las únicas que allí llorábamos más que Jeremías éramos mi hermana y yo, a las dos nos dolía el alma por su pérdida, era parte de nuestra familia, era parte de nuestra infancia la que se nos había ido para ya no volver jamás.
A las doce nos dijeron que ellos cerraban aquello y que se iban a acostar, que no se iban a pasar toda la noche en vela; mi hermana y yo nos acercamos al cristal para despedirnos por última vez de Balbina, estábamos seguras de que la iban a tapar enseguida como así pasó, la miramos por última vez y nos fuimos a casa.
No todos los recuerdos que se tienen son amables o dulces, también los hay amargos y tristes, que duelen, que te alteran el corazón y este es uno de ellos.
Esta es la historia de Balbina, a la que quise mucho, un ser inocente y bueno; no de mucha gente se puede decir lo mismo.
- La lavandera - viernes 17 de abril de 2026


