Yo hubiese ofrecido mi primogenitura a cambio de un plato de lentejas. Si hubiese nacido hombre, hace unos setenta años me hubiese servido de algo, pero cuando una nace primogénita la bautizan como madre sin haber parido.
Imagínense a un Esaú empapado en sudor, recorriendo en zancadas amplias y nerviosas el trecho cada vez menor que lo distancia del campamento. El vello del pecho se enmaraña a cada tumbo y hunde al pobre Esaú en un sofoco cenagoso. Jacob, el preferido de su madre, se ha quedado en el campamento dada su poca afición por la caza —afición que para Esaú es un deber— y, envuelto en la cómoda tela de una túnica seca, engulle un plato de lentejas. A Esaú no le queda siquiera la dignidad, con la lengua afuera, lamiendo el aire árido que termina de secarle las entrañas. Esaú sólo tiene su primogenitura, y Jacob un plato de lentejas.
¡Lo mucho que hubiese disfrutado yo ese plato de lentejas! Me hubiese sacudido los críos que se me cuelgan de las espaldas y hubiera abandonado la cuchara con la que removía el arroz caldoso. Hubiera escalado los montes de juguetes y ropa sucia que fuesen necesarios. Yo no tengo nada; sólo mi primogenitura.
Si Esaú hubiese podido elegir antes de nacer su identidad, muy seguramente hubiese arrancado la manita de Jacob de su talón para ponerse detrás de él en el momento del parto. Hubiese tenido el amor de su madre, la primogenitura, las ropas limpias y libres de sudor y toda una olla de lentejas para él solo con la cual podría chantajear a un Jacob sudoroso, casi arrastrándose por algo de comida y asiendo su presa muerta. La sangre del animal se mezcla con la tierra. Esaú podría haber hecho barro y amasarlo entre los dedos mientras esperaba a ver la desesperación cincelada con mayor intensidad en los ojos de su hermano.
Yo no tengo en tanta estima mi primogenitura: ni soy varón ni israelita. Si cualquiera de ustedes me pidiese ahora mismo mi título, yo se lo entregaría de buen grado, le daría un amistoso —y tal vez en exceso agradecido— apretón de manos y le prepararía yo misma el plato de lentejas para que tome fuerzas, porque las va a necesitar. Pero he de admitir que ahora mismo, cubierto como llevo el pecho de papilla, preferiría hacerme yo con las lentejas.
A Esaú le recriminan el poco valor que otorga a la primogenitura, pero, ¿de qué beneficios ha gozado él por poseerla? Un trabajo perpetuo y estéril para que su padre haya de otorgar la bendición a un niñato pusilánime. Porque así Hashem lo quiso, del mismo modo que quiso que yo fuese madre sin haber parido, y que me arrastrase por los suelos por un mísero plato de lentejas.


