Era nuestro patio de juegos. Las aventuras, algunas inenarrables, de la manada de gurises de la cual formaba parte, no tenían fin. El cementerio para nosotros era una especie de laberinto, con callecitas y espacios abiertos y pinos, enormes y majestuosos, y cercos verdes bien recortados y compactos.
De día explorábamos la zona, estudiábamos las placas y las inscripciones en ellas, jugábamos y corríamos entre los árboles. Había tres coníferas hermosas, redondeadas, no muy altas y bien tupidas, en el espacio a la entrada —que ya desde hace mucho tiempo está ocupado por tumbas— y nos metíamos entre sus ramas bajas que tocaban el suelo. Eran un escondite perfecto. La parte vieja del cementerio era toda una aventura: terreno arenoso, bien pisado, tumbas excavadas directamente en el suelo con un enrejado de hierro alrededor, varias con flores plantadas directamente en la superficie, cajas de lata con huesos, placas con nombres y dedicatorias en ruso...
Muchas veces cruzábamos el alambrado y nos escapábamos hasta el arenal, paraíso al alcance de la mano, lugar de citas de enamorados y de reflexión para solitarios. De él queda sólo el recuerdo en las generaciones que lo conocimos y disfrutamos.
De noche cazábamos tulipanes en la calle y solíamos adentrarnos en el cementerio siguiendo los puntitos de luz. No sentíamos ningún temor, salvo en algunas ocasiones, cuando pensábamos en ciertos personajes que las leyendas habían transformado en figuras inquietantes y tenebrosas. La sabiduría popular se fue confirmando con el tiempo: no es de los muertos que hay que tener miedo, sino de algunos vivos.
Cada año, para el Día de los Difuntos, el cementerio se vestía de fiesta. Por lo menos una semana antes empezaba el desfile de personas con enormes y coloridos ramos de flores frescas, un balde colgado del brazo, una escobita para limpiar la tumba, alguna lata con cal y una brocha para pintar las sepulturas sin revestir. Era casi como un concurso, a ver quién tenía la tumba más florida. Estoy segura de que si hubieran dado premios la elección habría sido muy difícil. Todo el cementerio era un alegre jardín.
El 2 de noviembre era la apoteosis. Desde muy temprano empezaba a llegar gente del pueblo, pero también muchas personas de otras ciudades, emigradas por cosas de la vida, a saludar a los que se quedaron para siempre entre los pinos. Era un día de reencuentro con parientes y amigos, visitas “de paso” y organizadas, almuerzo en familia.
Pero los tiempos cambian, para bien o para mal, y las flores ahora son de plástico. Varios pinos fueron extirpados y muchos panteones están completamente olvidados.
Ahora que tengo más tumbas en el cementerio que familiares vivos, camino entre ellas buscando los nombres queridos y los versos del poeta resuenan en mi mente:
¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!
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