I
Tarde o temprano sucedería. Inevitable, justo después de su quinto año...
La mano del padre ensancha la rendija de la puerta del cuarto de Samanta. La luz que la hace sentir más segura crece hasta devorar las tinieblas. Pero ella no despierta. Gotitas de sudor se acumulan en su frente, y él extiende su mano sobre la cabeza y las mejillas para confirmar una fiebre alta. Los animales de luces multicolores bailan proyectados desde la lámpara sin percatarse del drama. El conteo regresivo ha iniciado, la enfermedad avanza hacia un ciclo terminal. No quiere abandonarla, se arrodilla junto a la cama en involuntaria penitencia con el calor de la mañana que ahoga la habitación. Las ventanas en un índice de oscuridad al ochenta por ciento. Una vez le dijo a Samanta que los animales se verían más brillantes mientras más oscuro fuera el ambiente alrededor, pero nada la convencía de aumentar la polarización. El miedo natural a la oscuridad, como cualquier niña, o como su hermano si hubiera tenido en algún momento su edad.
El padre va a su cuarto y despierta a Cristina para darle la mala nueva. Ella se incorpora, solloza como si ya hubieran perdido a la niña, aunque ciertamente es sólo cuestión de tiempo. Intenta consolarla con la vana excusa de que ambos tienen conocimiento de lo que sucederá. No logra confortarla, su falta de convicción lo paraliza. La niña de ojos grandes, casi extraterrestres, tiene una sentencia de muerte inapelable. No importa que a sus padres les haya robado el corazón, cinco años antes, desde su arribo al hogar. Es el principio del fin.
Le sirven el cereal de siempre, un festín de colores y masmelos que, por fortuna, nunca le han hecho daño al estar recomendados por los fabricantes. A la hora del almuerzo, un caldo con sabor artificial a pollo que cucharea con esmero a pesar de la enfermedad. Pasan el resto del día con ella.
—¿No tengo que ir hoy al colegio?
—No, podemos hacer lo que tú quieras...
No más salidas a tomar el autobús del colegio. No más recogidas de la compañía. No más actualizaciones hiperrealistas del día escolar. No más entradas a la casa, la cabeza llena de preguntas, tareas e historias de niños que la molestan para llamar su atención. No más series infantiles en la plataforma. No más peleas con su hermano. No más cuentos antes de dormir. No más viajes al parque a los columpios para llegar hasta el cielo. No más...
La llevan alzada hasta la cama, la arropan y le cuentan el final de la historia donde una niña alcanza las estrellas y aprecia a su familia desde arriba. La luz de sus ojos se apaga, pero no se cierran como los de verdad. Cristina sale de la habitación en medio de una tormenta de lágrimas, y él se rinde frente a la inexorable fecha de caducidad.
El protocolo con los varones como Samuel opera de forma diferente. Tienen permiso de vivir más, pero no avisan cuando se les acaba el tiempo. No hay forma de escoger cómo cesarán sus funciones vitales, por lo que temen que un accidente o un método más violento se lo lleve. La falta de armas de fuego o una piscina en la casa era un alivio menor, pues cuando el niño sale, temen que sea la última.
II
Samuel juega al fútbol en una tarde estival, como siempre, en el patio trasero. Su rostro lleno de sudor, una sonrisa recubre su rostro, como máscara de la musa Talía. Cristina siempre ha querido tomarle una foto así, pero tan pronto como sacaba el teléfono, el niño borraba su expresión por miedo a fingir, para disfrazar lo que en realidad sentía en ese momento. Entra a la casa tras la llamada del padre, quien le sirve una taza de leche achocolatada. La engulle con gusto sin soltar el balón de fútbol, como si el hecho de dejarlo indicara el final del juego. Sale de nuevo al patio para seguir jugando antes de que la última luz de día se desvanezca. Cristina lo llama al notar la oscuridad demasiado constante, las luces no parecen activarse con el movimiento. El silencio es la segunda señal de alarma. Le grita de nuevo sin obtener respuesta y sale a ver qué sucede. Los siguientes gritos apartan al padre del escritorio donde está perdido en la escritura de la novela que comenzó tras la consumación de Samanta. Baja para descubrir a la mujer sentada sobre el césped con Sammy entre los brazos.
—¿Sabes qué sucedió?
No hubo respuesta, sólo dolor.
Alcanza apenas a ver su rostro, incólume, como el resto de su pequeño cuerpo. Se agacha para abrazarlos tan fuerte como le es posible sin llegar a lastimarlos, tiene el vano anhelo de que la muerte no se los podrá arrebatar. Cristina se seca los ojos y la nariz con la manga de la blusa. Llevan a Sammy a la casa para notar bajo la luz artificial un tono violáceo en la tez de su rostro. Los ojos abiertos, incluso más de lo habitual, como si su última visión de este mundo hubiera sido de una naturaleza terrorífica. Cris aventura la mano dentro de la boca del pequeño, pero es muy tarde para buscar su alma, piensa el padre. Luego de empujar los dedos hasta el fondo de su garganta, saca algo de un tirón. Un dulce de color rojo semidigerido, el culpable de obstruir el paso del aire. A sabiendas de que podría suceder, no lo habrían adivinado. Con una oración entre dientes agradecen al creador que no hubiera partido de una forma más violenta, que en sus manos yacieran pedazos de su cuerpo desensamblado para romper con la ilusión de su existencia.
Le da una última mirada, lo acuestan sobre la mesa de centro, y lo cubren con una manta. Cris se niega a la idea de llamar al fabricante, pero no importa. Él le recuerda que de todos modos lo recogerán al otro día. Le sirve otro trago, ella no se aparta de su lado.
Ahora sólo se tienen el uno al otro, pero no por mucho tiempo.
III
Ella descorcha la botella y deja que el vino respire antes de servirlo en las copas de cristal. Noches como esta abundan en los recuerdos de la relación. Pero no brindan porque él hubiera terminado la novela. En las películas se presienten los últimos momentos entre dos amantes porque todo se ralentiza, y la música y sonidos se atenúan para dar paso a la tragedia, no sin antes un montaje de todos los momentos felices que pasaron juntos. En realidad, la memoria difumina y entrecruza recuerdos para crear un collage de emociones. Un evento es realidad sólo hasta cuando un recuerdo lo convierte en ficción. No tienen nada más por decir; por tanto, guardan silencio. Otro era su lenguaje, miradas furtivas, juegos de manos, gestos provocativos. Ojos encadenados mientras levantaban las copas para celebrar lo vivido, lo gozado. No desperdiciaron ningún momento con peleas insulsas, discusiones inocuas, y todo lo que la gente cree que hace parte de una “verdadera” relación. Las sombras del rostro de ella cambian con el parpadeo de la luz, la agonía de las velas cuando amenazan con apagarse, y el chisporroteo del fuego en la chimenea. Cada copa consumida, un paso más cerca hacia la unión de sus cuerpos de nuevo por una última vez. Él domina sus pulsiones, lo excita más la avidez que el acto mismo. Durante diez años, lo habían hecho en distintos lugares, posiciones y maneras, pero aquello que no cambia es la intensidad de la expectativa. La electricidad crece mientras los rostros se acercan... Un beso que llega a su punto de crisis cuando los labios se abrazan y humedecen. Recorren la casa por última vez juntos, y hacen el amor en cada cuarto, buscan en la posición más conveniente según el espacio. En la ducha, él permanece de pie detrás de ella. En el sofá, ella se sienta sobre sus muslos. En la cocina, la ayuda a sentarse sobre el mesón mientras sus piernas rodean su cuerpo. En la mesa del comedor, la acuesta boca arriba. Duermen abrazados por el poco tiempo que les queda antes del amanecer. De hecho, él no logra conciliar el sueño, permanece despierto el mayor tiempo posible. En una última nota poética, como las que a ella le gustaba encontrar en su vida de pareja, la chimenea se apaga al tiempo que su reactor interno. Tal vez ha sido un sueño, pero él juraría haber sentido cuando su alma abandonó su cuerpo. Entre sus brazos se aloja tan sólo una masa de músculos sintéticos, una silicona perfumada que hasta hacía unas horas se estremecía con su aliento. Aun así, no la suelta hasta cuando llaman a la puerta. Los recolectores de la compañía hacen su trabajo, cierran la gruesa bolsa de plástico negro, y sin ninguna solemnidad lo dejan por su cuenta. El eco del sonido de la cremallera de la bolsa todavía retumba en la vivienda vacía. No tiene hambre, olvida desayunar. Nunca ha sido muy bueno para cocinar para él solo, y ya es muy viejo para cambiar.
IV
El silencio ahoga todo sonido, no importa cuán intensa sea la música. Bach es demasiado bello, Vivaldi demasiado alegre, Wagner demasiado sublime, Ligeti demasiado tenebroso, Glass demasiado trepidante, Beethoven es casi demasiado perfecto; pero no hay estilo para capturar el sentimiento. Ya no están aquí, él es el único ahora, guarda el recuerdo como un cementerio, y la memoria lo atormenta, como una casa embrujada. El chillido de la tetera, pregrabado como el original en los tiempos de uso de la estufa, se cuela por entre los instrumentos de viento. Vuelve al escritorio con la taza de té de bergamota para redactar sus últimas palabras, aunque no sabe si alcanzarán a alguien. Es una reflexión sobre lo indispensable en la vida, no importa que ya bastante se haya escrito al respecto. Lo que le faltaba... La inspiración lo abandona como cada uno de los integrantes de la familia manufacturada con fecha de vencimiento. Con la taza todavía humeante en la mano, se pasea por cada una de las habitaciones con el fin de evocar esos momentos que se perderán como lágrimas en la lluvia. El cuarto de Samanta, lleno de juguetes y muñecos de peluche, algunos más sofisticados que otros, sigue ahí para dar compañía en la oscuridad de la noche. En el cuarto de Sammy, el telescopio con el que solía buscar vida extraterrestre para invitarlos a pasar una temporada en la Tierra, como si hubiera sitio suficiente en el planeta para otra civilización. Nunca tuvo el coraje de decirle a Sammy que, en la inmensidad del espacio, lo más seguro es que estemos solos, y que de haber alguien allá afuera, el tiempo que se tomarían para llegar sería demasiado. La ironía sólo se vuelve mayor con los límites de tiempo de vida preestablecida para su familia. Una gota en el infinito mar del tiempo.
En el cuarto matrimonial repara en cada uno de los vestidos de Cris, acaricia su ropa interior de encaje. Cuánto le encantaba subirle la falda cuando los niños no estaban alrededor, adivinar el tipo y color de bragas que usaba. Una vez los niños los descubrieron en pleno juego, y les provocó más risas y burla que un posible trauma. Pero ante la perspectiva de encontrarlos algún día imitándolos, decidieron borrar ese día de sus mentes.
Había tenido suficiente, mucho más de lo que merecía o esperaba. Así como ellos consolaron su soledad por un módico, pero invaluable precio, y por un infinitamente corto espacio de tiempo, debe finalizar su rol y llenar el vacío mientras las líneas llegan a su final.
La impresión cae en un rayo de esperanza.
Venimos solos al mundo, nos vamos de igual forma.
¿Qué tan verdadera podría ser su existencia si no hay quien sobreviva para recordarlo? Y de quedar alguien, ¿por cuánto tiempo más hasta que se extinga la vida en el planeta?
Imagina que se tiende sobre la cama como si fuera a dormir, pero sin la expectativa del orden del día siguiente.
Tal vez sus últimos pensamientos podrían dar algo de cobijo a un hipotético lector.
Quiere creer que así sería, debe creer que así es.
Es la última línea, es la hora de morir.
- Despedidas y simulacros - martes 3 de septiembre de 2024


