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Sombras de Barataria

martes 17 de septiembre de 2024
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si yo fuese rey por algún milagro...
(Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes)

Salí de la taberna que reposa a orillas del gran abrevadero y dejé atrás la batahola de cigarros y narices de pimentón. Salí como alma que lleva el diablo y después de aquella pátina tumultuosa se instaló en mis ojos una pincelada gruesa de vacío. Sobre los amplios horizontes de la pequeña ínsula apenas quedó el aire preñado de farolas. Desapareció también todo rastro de voces. En su lugar se abrió la sombra limpia y ordenada de la nada, ese silencio que no molesta porque anda con pies de plomo bajo el mar de lo políticamente correcto.

Era aquella una oscuridad sin alma, extinta de ideales y valores, una de esas huestes que te envuelven una noche cualquiera y tiñen la perspectiva de mortajas y llamaradas sombrías. El lamento revestido de letras no servía de nada ni la indignación ni el hálito ya esquelético de las palabras más hondas porque el alba había desaparecido y los días, como el taco inservible de un calendario sin hojas, habían perdido su razón de ser. Nadie me veía, nadie me escuchaba ni prestaba atención a mis pasos perdidos, huérfanos de oídos, porque la soledad absoluta era y es como un agujero negro que lo fagocita todo, la verdad, los héroes, la familia, los amigos, la suerte, y sólo se resiste al caos una galaxia de melancolía. Se queda uno débil y desamparado a merced de las sombras como aquel Sancho que perdió un mal día a su gran amigo don Quijote y perdió su ínsula.

Yo paseaba sin rumbo por las tripas del Leviatán dormido. Y mientras me adentraba en las calles crecía a dentelladas un otoño denso, desolado, crudo, casi hipocondríaco como un esputo enorme en un pañuelo de seda. A medio camino, sobre el cerro que se yergue tras la cuesta azulada de los pájaros, llamó mi atención una nube pardusca, un zigurat en llamas meciendo sus entrañas al capricho del viento. Su inquietante silueta me dejó ojiplático como la Luna. Por eso cuando tropecé con mi viejo amigo Carrasco, el genio de la mirada limpia y las canas destiladas entre lacios legajos, no reparé en el detalle sombrío de sus ojos. Lucía un palo de regaliz en la boca o un puro moribundo, no se sabe, aroma de absenta y traje de pañete, bien planchado aunque algo roído, como el tiempo. Mi amigo no era el mismo, parecía estar rodeado de una evanescencia gris que afectaba todo lo que rozaba, miraba o describía como si se tratara de un rey Midas de la mediumnidad. Tenía muchas cosas que contarme. Y me las contó.

—Y eso es lo que pasó, estimado colega. Ya ves, por decir verdades como puños me he quedado a dos velas. Me han cerrado todas las puertas a mí, al rey de las crónicas. Un bolígrafo, este honroso bolígrafo a modo de báculo es todo lo que me queda.

—Es lamentable que le manden a uno a hacer puñetas. Mira, Carrasco, yo me montaría algo por mi cuenta y a tomar viento.

—¿Sabes? Tal vez tengas razón. Me lo voy a pensar.

—Por cierto, ¿te has fijado en aquello? Parece una humareda.

—Letras ardiendo, de eso se trata. Ese humo que ves es la ceniza de un millón de libros.

Las palabras del bueno de Carrasco calaron en mi alma más que el frío punzante. Desde ese momento anduve con la mano sobre la gorra y la bufanda enrollada como una momia. A mi alrededor rugía como nunca el monstruo antediluviano de las hojas muertas y los sueños vacíos. Fue entonces cuando, sobre el vacío dejado por el olmo pelado, divisé el viejo y poderoso basilisco anclado en la fachada de la iglesia.

Allí, en la cima del templo, erguía su mirada penetrante. Me sentí observado. Supongo que desde lo alto el paisaje cambia y es obvio que también el paisanaje. Se vuelve aún más pequeño e insignificante el cúmulo de hormigas que se dicen humanas. Hay quien ve en el basilisco un engendro con aliento de barro, la sed del poderoso. Pero las gárgolas son otra cosa, criaturas elitistas, altivas, majestuosas, pétreas y el atrezzo de los altos nubarrones y los chuzos de punta les van como anillo al dedo. Al parecer no ocurre lo mismo con las quimeras, que están ahí por estar como un convidado de piedra o un ideal petrificado.

El basilisco no pierde comba ni aunque se le pose una cigüeña en el cogote, por eso el camuflaje es su principal seña de identidad, porque el basilisco tiene la virtud de asimilar actitudes, falacias, vanidades, censuras, egoísmos, mezquindades, iras, autoengaños, sombras. Y, sin embargo, su talento camaleónico no es resultado de la empatía. El basilisco, el politicastro ni nos oye ni nos entiende ni sentirá otra cosa que vientos o granizos sobre su frente porque la solidez de su materia no admite músculos intrépidos y sentimentales o eso que algunos llaman, en voz baja, corazón. Si uno desea verse vestido de cresta o etiqueta, embutido de honores, así acaba vestido el basilisco, de etiqueta, o bien saca su larga lengua de camaleón nocturno ornada de colmillos y, en un voleo, te atrapa el sombrero lustroso y te arrima, si quieres, al buen árbol. Y sí, se pone el basilisco el lustroso sombrero como mandan los cánones, se empapa de tus planes, de tu arribismo, de tu hipocresía, de tu ambición desmedida, de ese cinismo barato propio de algunos tribunos, y resulta que el basilisco es uno mismo atado una fachada de por vida, a una apariencia cimentada de apariencias, un esclavo del mundo porque, algunas veces, el basilisco se le parece a uno tanto, tanto, tanto...

Aarón Andrés
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