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Silva de un hombre antes de morir

miércoles 11 de diciembre de 2024
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La luna, ojo invertido, lo contempla;
infierno nocturno de agudos témpanos
que desmenuza el aire.
El pulmón del anciano se consume
por insectos de vidrio
que rasgan la oscuridad de su casa.

Mientras, ahí está...
Tenaz, oscila el péndulo provecto,
que suena tic, tac, tic.
Lo escucha el anciano en su silla ajada,
una estructura de astillas de cristo
cohesionada a fuerza por el paráclito
—soez engrudo amarillento con moho,
que débilmente fija—
rechina, se mece de aquí a allá,
en imperceptible aleteo de cóndor,
alas de ángeles, ondas
que perduraron desde algún Big Bang
a millones de años luz, un rumor
raído en una inescrutable ronda
ancestral, marcas hondas
que trazan las líneas que nos contienen
esta neblina funesta que somos,
líneas que se retuercen
para amuletos contra malas vibras,
hilos de atrapasueños
que se reventarán por el latido
fiero de las tinieblas.

A punto de que le venza el cansancio,
el viejo intuye el halo
de la explosión que crea,
el aleteo cuyo aire reconforta
—algún vestigio de un benevolente
cosmos donde, más allá de los cuerpos,
las memorias habitan—;
percibe, además,
lo inmenso de nuestra fe por las formas
—como si a través de ellas recorriera
el fulgor de los astros—,
cuando la luna, pérfido farol,
aguarda su descenso;
su luz no conduce a la epifanía;
es espada flamígera
que funde el llanto de recién nacido
con las lágrimas del desesperado,
las canciones de cuna
con boleros de corazones rotos;
cuando se notó el color de la tarde,
el rayito de amanecer que cae
en la cara tras el trajín nocturno;
las veces que se contempló la luna,
la certeza de que derretirá
los recuerdos su rayo
—hasta la vejez, si bien va la vida—,
y se convertirán
en aquella última luz blanca. —Blanco:
combinación de todos los colores,
un inhalar del abismo hacia sí;
omnipronombre, sí;
abstracción absoluta,
sí, el horror, el horror—.

Y mientras el anciano está expectante
de la llegada del rayo divino
—¿Dios, eres mero resplandor lunático?—,
insectos en la neblina retozan,
fatales símbolos que al caos pronuncian,
termitas ciegas que al cuarzo desgastan,
con su boca temible; carne, voz,
esqueleto temporal, que al vacío
menudamente caen
como lluvia que sólo se presiente
y que en cada una de sus brunas gotas
acrisola la noche con sus notas,
en un diapasón preciso y silente
que no es más que el cardillo de la mente
espacial, cuyas sinapsis son rotas.

El péndulo provecto: tic, tac, tic.

Edis Namar
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