Vaciatalega
No hubo diferencia
entre la primera
y la última vez que te vi,
Vaciatalega.
En cada instante pensé
que te descubría,
que la arena entre mis dedos
era virgen, que nunca
nadie había hundido
sus manos en tus senos.
Cada ola ante mis ojos
era un diseño nuevo
dibujado por el sol,
una nueva visión
de estrellas sin noche,
de aliento que dejara
en ti un antiguo huracán
de truenos que fueron silencios.
Cada tibia mañana del verano
temía que pronto hordas de pies
y gritos quebrarían tu dulce letargo,
que a tu playa llegarían
botellas de cerveza verdes y ámbar
que interrumpirían tu sueño,
y ajarían tu brisa azul
que el tiempo prefería almidonada.
Tierra de silencios
I.
La palabra escuela
se arrastra lentamente de mis labios
hasta morir
en la ribera de tus párpados.
Escucha el vibrar
del violín del viento.
Trae una invasión
de luna llena
a mis manos
que reciben los reflejos
de antaño.
¿Serán eternos?
Si los atrapa el agua,
si la lluvia los devuelve
al azul que no conoces,
a la oscuridad que blanquea tu mente,
al aroma inexplicable de la campiña eterna,
¿qué silencio te despertará?
¿Qué agudo grito penetrará
para romper el motivo triste
que en ti alberga?
II.
¿Qué te parece
si el iris de tu ama
deja su haz de luz
sobre la oscura montaña?
¿Qué procesa tu corazón
en la tiniebla de esta tarde interminable
en que la soledad
bosteza aburrida?
Sólo te deseo
que, a través de esa nube luminosa,
un prisma incoloro
traduzca el sol a canción deslumbrante.
Una que espera con ansias
que vuelva la primavera
para arrullarte.
Los mensajes
De existir un rito de separación
con los antiguos inquilinos de esta casa,
entre mi niñez y el hombre que soy,
entre la niñez de mis hijos hombres,
se reduce a adioses negligentes.
Según me dicen, no puse agua en las esquinas,
ni hojas de eucalipto frente a los espejos.
Tampoco tomé mi pulso
que vibra suavemente
como cae la nieve,
o tempestuosamente como azota la lluvia
en la noche solitaria,
ni escuché lo que me decían
desde la copa de los árboles.
Era como si esperase a que me exigieran
algún nuevo sonido o gesto,
o que la rendición a los mensajes
surgieran con sinceridad de mis entrañas.
El recuerdo
Si el aire fuera como fue
sentiría el amago de un descubrimiento
que se acumula en el fondo de mi ser.
Si la luna brillase sobre el lago
en armonía con los cuerpos
una mariposa fecundaría
los cáliz de este huerto.
Si mi pensamiento se centrara
en los bordes de este valle sin fin
resurgiría de él el recuerdo.
Si las hojas de la yerba azul
ardieran hasta el horizonte
recogiendo en sus brazos
el sol y su huella roja de este bosque
el aire podría llenar su cesta
con el trigo de este
supremo enigma.
El recuerdo que nos rodea
bajo las estrellas.
Si pudiera
Si pudiera describir tus ojos
diría que son verdes, o pardos
o azules, con puntos grises,
puestos en tu rostro por los ángeles.
Al que te mire de cerca,
si no estoy, que lo condenen
a sufrir el desamparo
de quien te ha querido demasiado.
Recuerdo el arco perfecto
de tus cejas, las pestañas
que suprimen el aliento
en esta tarde borracha,
en esta barra lejana
del verano que termina
sin que sepas dónde estás.
Sin saber qué ven tus ojos
cuando al caer el sol se pintan
de crepúsculo y de noches.
- Cinco poemas de Manuel Martínez Maldonado - viernes 5 de junio de 2026


