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Trilogía de un instante

viernes 9 de mayo de 2025
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Cesa el tiempo,
caminando junto a gatos que me observan entre tumbas.
Salen a mi paso como guardianes,
testigos de misterios y certezas inconfesables.
La fuente mece el camposanto
junto a la solitaria capilla.
Los pasos entre las lápidas son el eco del silencio,
que recorro lentamente por las aristas de tu partida.
Me sostengo en el reverso de lo eterno,
al ras del velo, antesala de lo invisible.
En el tiempo en que las nubes descienden a la tierra
para fundirse con lo eterno.
Allí donde se encuentra el roce de lo inmortal,
me expando,
me expando.

 

Camino junto al arroyo entre los márgenes del pensamiento.
El cauce se desdibuja.
Unas veces es hilo y otras brazos de junco.
El agua mansa discurre entre saltos y verdes letargos,
cuando el tiempo se torna claraboya
por donde resbalan los segundos en el musgo.
Intuyo la llegada de la primera golondrina entre las vetustas casuelas color barro.
Me acerco a la ermita de la Soledad.
Se despliega con su recia presencia,
confidente de plegarias y penitencias humanas.
Tan sólo se mueve el viento
y el divagar de los gatos que buscan el sol entre los destartalados huertos.

 

Los recuerdos habitan en un viejo palomar.
A la sombra de un ciprés bajo el aguacero.
Cerca del roble talado con iniciales.
Los recuerdos duermen en la buhardilla del olvido,
sueñan en la trastienda de la niebla,
hasta que la brisa los obliga a desperezarse.
A veces descienden con el viento por la espalda de la montaña.
Otras se reflejan en el río, o susurran entre las hojas de los chopos.
Siempre son solitarios,
silenciosos inquilinos mudos de la memoria que los acoge.

Carolina Pinedo del Olmo
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