La casa
La casa sola no existe.
Lo que hay allí es ella.
Paseo con mis incertidumbres
los rincones afectuosos de ella,
donde saltan desde el pasado
todos los hechos, diferencias,
instantes, caprichos,
y allí... está su vida.
La casa y todos los recuerdos, sin ella,
son sólo un montón de inexistencias.
Sus pasos cansinos, su voz de mando,
su dulzura en cada muro, en cada cuadro,
su ternura en las pinturas de tela,
su voz canora de reina marinera,
su candor de reina en su palacio
pobre de dinero y rico en expresiones
definidas por su mano y su destino.
No recuerdo otra vez esta casa así
en que ella no haya estado aquí
con su mano blanda sobre mis cabellos,
con su caricia maternal de siempre,
con sus afectos que brotaban mágicamente,
al paso de la tristeza, la risa o el llanto
curando hasta las heridas del alma.
La casa sola no existe.
Sé que va a tener vida otras miles de veces
pero la casa es ella... y nada más.
Sólo ha sido mía
Ten cuidado cuando vuelvas
a mi herida
y te pasees como si no hubieras vuelto
Ten paciencia con mis ruegos
que se han quedado
atados a las rayas de mi cuaderno
Ten la luz dispuesta y última
para ver
de qué están hechos los luceros
que otras noches tejí para esos miedos
que tuve de ti
y que nunca fueron ciertos
Ten presente aquellos niños
que éramos
al confuso olor de los peligros
cuando en noches de vientos
nos quisimos sin dolor
ni miramientos ni testigos
Ven al centro de mi vida
que los libros míos
te sonríen
y encontrarás ese espejo
que atrapó una historia
que quiso ser nuestra
pero que sólo fue mía
Es allí
Hay espacios en que el silencio
debería cubrir los rincones como una niebla
Donde se arrulle al ánima para que la mente
entre en una sintonía de sortilegio
Allí se puede escuchar esa voz
que mantenemos acallada y sin eco
Quizás ella nos diga qué es eso
de lo que estamos hechos / de lo que somos
En mi caso... allí salta la poesía
y un candil en el pecho... que no se apaga
Mis padres
Donde quiera que tengas tus muertos tienes tu alma.
Allí quedas anclado al terruño y a su naturaleza, a su horizonte, en mi caso, a su mar.
Allí ellos han aprendido las voces del mar y los guiños de las constelaciones, los giros insondables de los remolinos entre las piedras del pequeño cabo que ni figura en la geografía.
Han descifrado la música del viento que baja de los cerros por entre salientes afiladas, con sus siseos de arena.
Han conversado con los gorjeos de las aves marinas y con los rugidos de las olas al romper en las noches de tempestad.
Han aprendido a bailar de los movimientos sinuosos de los árboles en los finales de tardes caliginosas.
Han visto cómo se desmayan la mayoría de las plantas, porque el calor es tanto que hace de cada piedra un horno y casi las convierte en reflectores que alumbran y ciegan a quienes se atreven a mirar.
En el inmediato fondo donde las corrientes crean turbulencia, han desentrañado el misterio de los corales y los cangrejos, y los han hecho parte de hábitat móvil.
Allí moran en una eternidad que se ha acoplado a tantos ritmos cambiantes que se funden con el paso isócrono e indetenible del tiempo para ser una parte de natura.
Allí los concibo, en ese ambiente están, cazando atardeceres de ocres inimaginados y elevándose a la categoría de inmortales.
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