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Batalla eterna

martes 15 de noviembre de 2016
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Sir Fletcher ya no soportaba las historias de amor que había leído anteriormente. Le parecía que el amor había sido un recurso extremadamente trillado, y buscaba algo nuevo y diferente para leer. Y para vivir.

Las relaciones que él mantenía eran efímeras, no prevalecían no más de uno o dos meses. Muchas veces menos.

Pero a él parecía no importarle coleccionar los sentimientos de los demás, ni tampoco sembrar ilusiones en otras personas. Ni siquiera se preocupaba por lo que pensaran de él los seres que alguna vez lo quisieron.

Se diría, comúnmente, que era un rompecorazones. Pero él jamás aceptaba dicho título. Sostenía que las demás personas debían acostumbrarse a que la vida era así de dura e inesperada. Y que él las preparaba, de alguna forma, para enfrentarla. Lastimándolas. “Haciéndolas más fuertes”, afirmaba. También se jactaba de que esas relaciones lo habían vuelto mucho más formidable a él. Aunque muchos dudaban de esa conclusión.

Durante años continuó con su premisa. Y su ego se elevó a alturas peligrosas. Se elevó y se volvió tan grande que un día tapó el Sol. Su sentimiento de superioridad había cubierto todo el cielo, y ya nadie podía disfrutar del brillo del astro más importante de todos por su culpa. Pero no parecía importarle. Sir Fletcher les aseguraba a los demás mortales que deberían acostumbrarse, que debían evolucionar. Era una gran fanático del darwinismo social.

El mundo, más oscuro de lo normal, bajo la influencia del egocéntrico sir Fletcher, comenzó a transcurrir normalmente. Muchos no soportaron la infelicidad y murieron. Otros, perdiendo la cordura, comenzaron a admirarlo. Le tomaban fotografías con sus celulares al ego más grande de todos. Querían colocarlo dentro de las siete maravillas del mundo, como la primera. Querían considerar su vanidad como el octavo arte.

Sin embargo, a pesar de su insensata admiración, el ego de Fletcher ya no podía incrementarse, aunque su omnipresencia bastaba para perjudicar a todo el planeta Tierra. Y a pesar de esto, nadie lo confrontaba. Hace mucho tiempo —antes de que la catástrofe fletcheriana apareciera—, el mundo había decidido darles la espalda a los problemas. A la realidad.

Un día, un hombre con un arma aún más poderosa que la vanagloria de sir Fletcher apareció. Ésta tenía una forma peligrosamente puntiaguda, dispuesta a atacar a cualquiera que quisiera seguir evitándola.

Mientras el monopolio de Fletcher continuaba apoderándose de la felicidad del mundo, el arma del hombre se encargaba de ponerle fin a su mandato reclutando aliados en su contra. Los valientes y capaces se sumaron a la lucha. Los cobardes se opusieron.

La organización para su derrocamiento no tomó mucho tiempo. Lo que debían hacer era fácil, y bastaba solamente con un humano para concretar la misión. Alguien que lograra enamorar a sir Fletcher. Una empresa verdaderamente complicada y, para muchos, imposible. Pero los opositores no se rendirían, debían intentarlo, tanta oscuridad los estaba haciendo reflexionar, y hacer algo que más creyeron que harían: pensar.

Los hombres y las mujeres más bellos se presentaron ante sir Fletcher. Vestían las ropas más caras y elegantes. Sabían inglés y también sobre capitalismo. Pero ninguno le interesaba al mandatario. Ya había conocido a gente así y todos le parecieron aburridos. Ni siquiera con los regalos más caros pudieron comprar su cariño. Ni con las joyas más caras desparramadas por su fisonomía pudieron lograr que Fletcher los halagara.

Todo parecía perdido para los habitantes del mundo, y resignados, decidieron acudir a su última opción. Era la última no por ser la más arriesgada o poderosa, sino porque la consideraban inútil. Consistía en pedirle al Amor que destruyera el ego de aquel villano.

Pero el Amor, al igual que los habitantes de la Tierra, también se había vuelto ciertamente perezoso. Y también incrédulo, como otras entidades lo hicieron: la Razón, la Lógica, e incluso la Esperanza. Creían que la humanidad jamás aprendería, eso le habían demostrado tantas veces que quedaron completamente desconsolados. Sin embargo, los realistas les prometieron un verdadero cambio en el mundo, les imploraban por una segunda oportunidad, que esta vez, aprovecharían. En sus palabras había voluntad y arrepentimiento.

Amor, Lógica, Razón y Esperanza se enfrentaron a sir Fletcher en una batalla sin igual. Terremotos de gritos, huracanes de emociones y tsunamis de ideologías se desplazaron a escala global. Poco a poco el ego del mandatario se iba vaciando, paulatinamente, él se iba debilitando, porque lo único que lo hacía feliz, lo que lo hacía sentirse especial, comenzaba a desaparecer. Al igual que él lo hizo al momento de abandonar a las personas.

Sir Fletcher murió en la desolación y el fracaso luego de la batalla. Nunca conoció el amor verdadero.

Sus fieles seguidores tan sólo le entregaban admiración por conveniencia. Y fueron ellos mismos quienes se encargaron de no cumplir con las promesas que los realistas le habían hecho a Amor, Lógica, Razón y Esperanza.

Hasta el día de hoy, ambos bandos continúan luchando entre sí para defender sus ideales. Aunque también se generan disputas dentro de los mismos grupos. Algunos creen que promueven el amor, la lógica, la razón y la esperanza. Algunos, reparten vanidad y odio. Algunos terminan como sir Fletcher, sin nada.

Tomás Falasca
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