Saltar al contenido

El doble.
Una historia cubana

domingo 3 de mayo de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Todo empezó cuando entré en una tienda en La Habana. Era uno de esos lugares con barra de café. Casi todos eran viejos. Y había una señora mayor. Me mira y me dice:

—¡Ricura!

La miro y pienso, ¿y eso? Yo no conozco a esta mujer, ni voy a acercarme a decirle: “Disculpe, señora, yo no sé quién es usted”.

Sigo caminando. Me vuelve a llamar:

—¡Ricura!

Le digo:

—Señora, yo no la conozco.

Me pregunta:

—¿Tú no eres López?

—¿López? No, señora. Ese no soy yo.

—¿No eres López?

—No.

Esa fue la primera vez.

Después, un día voy pasando por la Manzana de Gómez —ahora el Hotel Manzana— en La Habana Vieja. Hay un cafetería allí con colita afuera, ventanas de cristal, y allá, a través de los cristales, un mostrador y una empleada adentro.

Una muchacha en la cola me dice:

—¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!

—¿Dígame?

Señala:

—Lo están llamando.

Miro por el cristal y la empleada de adentro me hace señas.

Le hago señas también. ¿Quién coño es ella?

Ah... seguro es López otra vez.

Pasa el tiempo. En ese entonces yo todavía estaba con la mamá de Lucía. Vamos caminando por la acera, agarrados de la mano. Dos mujeres negras están sentadas en un murito. Cuando pasamos, una me agarra el pantalón y dice:

—¡Ricura!

Mi mujer me mira: ¿Y esta quién es que le dice “ricura” a mi marido?

Le digo:

—Disculpe, señora, yo a usted no la conozco.

—¿Tú no eres López?

¡Ay, carajo! López otra vez. Tercera vez.

Voy a la funeraria en La Habana. Entro. En esa época una caja de cigarros costaba siete pesos.

Pregunto:

—¿Me das una cajetilla?

El hombre me la da. Voy a pagar y me dice:

—Déjalo así, socio.

—¿Socio? Yo no soy socio tuyo.

—¿Tú no eres López?

¡Ay, carajo!

Le digo:

—¿Esto cuesta o no cuesta siete pesos?

—¿Seguro que tú no eres López?

—¡Oiga! ¡Que yo no soy López!

Un día estoy afuera del edificio Focsa, en el Vedado —yo trabajaba en publicidad entonces. Estoy parado allí pidiendo botella —mi hermano iba a recogerme para llevarme al Túnel— y veo a un tipo bajando del Hotel Nacional. Me mira fijo y me saluda.

Y yo pienso: ¿Y este quién coño es ahora?

Se me acerca:

—¿Qué bolá, asere?

Le digo:

—Aquí.

—¿Cómo que “aquí”?

—Oye... tú me estás confundiendo con López, ¿verdad?

—Espera... ¿que tú no eres...?

—No. Yo no soy López. Mira, ¿puedo pedirte un favor?

El hombre se pone nervioso. No sabe responderme.

—Quiero que me digas quién es López.

Empieza:

—No, no, no...

—Te lo agradecería, porque esto me pasa a cada rato y ya me da miedo. Si López un día se busca un problema o entra en malos pasos, al que van a apuñalar es a mí, creyendo que soy él. Yo quiero encontrarlo y decirle que esté tranquilito.

Entonces el tipo dice:

—Es igualito a ti. Bigote, espejuelos, canoso, se peina igual, misma estatura, mismo cuerpo, mismo color de piel.

—¿Y dónde trabaja? Porque debe ser famoso en la gastronomía: todo el que me confunde con él trabaja en comida.

—Sí —dice—, trabajó muchos años en gastronomía, pero ahora está en correos, con los paquetes, por Boyeros, en Camagüey.

Le digo:

—Tengo que ir allá a buscarlo.

No fui. Fui para la casa, le pregunté a mi madre y me dijo:

—Tú eres tú.

Y yo —que tengo memoria de elefante— empiezo a romperme la cabeza hasta que me acuerdo. Cuando era niño, participé en uno de esos concursos escolares que filmaban para la televisión —el programa se llamaba A jugar. Nos llevaron de la primaria. Había dos filas de barquitos amarrados en un lago —el que llegara primero a la orilla corría a la siguiente prueba.

Cuando me toca, salgo corriendo y, desde el otro lado, viene un niño hacia mí y nos quedamos paralizados. El niño frente a mí era como mirarme en un espejo. Los dos nos detuvimos. Los dos nos movimos a un lado al mismo tiempo. Ese muchacho seguro pensó lo mismo que yo: estoy viendo a mi doble. Él se desvió, yo me desvié, y seguí corriendo. Pero se me quedó grabado. Y pensé: Ese es López... ese niño es López. Ese mismo.

Después de tantos años, nunca más.

Entonces Carmita —mi vecina— viene un día y me dice:

—Fui a recoger un paquete en la agencia de Boyeros. El hombre que me atendió ¡era una copia tuya!

—¡Coño, mi madre, Carmita! ¿No le preguntaste el nombre?

—No... me quedé fría. Después pregunté, pero ya estaba adentro.

Pensé: con lo malo que está el transporte, imagínate yo ir hasta allá solo para buscarlo. Pero si algún día me paro delante de él, le diría:

“Tú eres mi doble. Cuando éramos niños pasó algo. Quizás eras tú en aquel concurso de la escuela. Tal vez no te acuerdas. Pero yo sí. Lo que quiero decirte es: ten cuidado. Tú trabajas en algo importante —entregas paquetes, haces negocios. Si se pierde algo —un paquete, un trato que sale mal— el que va a terminar preso soy yo, no tú. Mientras investigan, el preso soy yo. Y yo voy a decir: ‘¡Yo no soy López! Él trabaja en correos’. Te voy a echar para adelante”.

Los viejos dicen que uno tiene un doble. Yo lo único que sé es que tengo que cuidarme, porque al que van a apuñalar es a mí. Así que espero que el mío se porte bien.

Samuel Brookes
Últimas entradas de Samuel Brookes (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio