Susa, Persia, 21 de julio de 1580.
Amor mío,
He perdido la noción del tiempo desde que partí de nuestro hogar. Recordé, gracias a uno de nuestros criados, que fue hace catorce largos días. Parece que ha pasado una eternidad, una vida entera, qué desgraciado soy.
Es una tortura constante no poder observaros en silencio y sentir que mi cuerpo me abandona para unirme al vuestro y que solamente quede mi sombra. Siempre me decís que tengo alma, y respondo, amada mía, que nací sin ella y luego me respondéis que tendréis alma por los dos; entonces y sólo entonces dejo de respirar para luego resucitar entre los mortales.
Ahora miro directamente al sol y bebo mis gotas de sudor, pero en realidad me gustaría embotellarlo para vos y también el vuestro e intercambiarlos o mezclarlos. Te bebería hasta dejar a vos seca y arrugada y me comería hasta vuestros cabellos más íntimos. Devoraría hasta vuestros gritos cuando día y noche os hago mía. Yo soy vuestro sin merecerlo.
Todos los días me pregunto, ¿por qué yo y no otro? Fui elegido para amarla y adorarla con devoción; no soy nada, un ser embrujado que agradece cada día haberla encontrado y no haberla buscado entre el vulgo, pero ¿por qué yo y no otro? Si no merezco ni vuestras afiladas uñas cuando me arañan con todo el amor que escondéis en vuestras entrañas.
La pasión es dolorosa, pero ¿cómo he podido sobrevivir sin tener el más leve conocimiento de vuestra existencia? No puedo creer lo miserable que había sido en mi eterna vida antes de que aparecieras como una maldición que no pude explicar y que por primera vez me hacía sentir vivo y vulnerable.
No cambiaría absolutamente nada desde el día que os encontré; cada muro construido por los mortales valió la pena para estar con vos, aunque ojalá hubiera expresado mi amor a vos, haberla protegido de su anciano prometido y de su propio padre que ambos intentaron violentarla, mi Beatrice.
Sois mi esposa, amante y vida eterna. Volveré pronto a vuestro lado, sólo debéis daros la vuelta y ver el amanecer.
Siempre seré vuestro y vos mía y seremos nosotros para siempre.
Vuestro esclavo eterno,
Lorenzo de la Vitta.


