La luz del sol de la tarde atravesó la ventana que ocupaba casi toda la pared de la sala, se filtró a través de las cortinas azules de tul y terminó reflejada en la pared vacía. Sólo quedaban las marcas de los cuadros que alguna vez estuvieron colgados, y en la alfombra, las huellas de los muebles que albergaron vida alguna vez.
Lo único que había en el centro era un libro del escritor Miguel Espinosa, y junto a él, un teléfono amarillo con cable enroscado y círculo de marcación, que comenzó a sonar, interrumpiendo el silencio de la casa vacía. En el mismo instante en el que se detuvo el timbre se abrió la puerta y Silvia entró corriendo. Soltó la maleta que llevaba en el suelo y se arrodilló frente al teléfono mientras lo miraba fijamente.
Su respiración estaba agitada por subir las escaleras a toda prisa. Se tapó los ojos para intentar calmarse y recuperar el aliento cuando de pronto el timbre del teléfono hizo que diera un brinco. Enseguida colocó la mano sobre el auricular, pero no lo levantó. Tragó saliva con dificultad y apretó los labios.
—Uno, dos —dijo en voz baja y automáticamente se llevó el auricular al oído—. ¿Sí?
—Silvia, por suerte te encontré.
Escuchar la voz de Miguel hizo que Silvia se dejara caer para sentarse sobre sus piernas y dejara de apretar el puño que sin darse cuenta había formado con la mano que le quedaba libre.
—¿Cómo estás? ¿Ya estás aquí?
—Sí, llegué ayer.
Ella volvió a apretar el puño.
—Ah —la voz le cambió—. No me dijiste nada.
—Sí, tenía que atender algunas cosas con la editorial, pero ya estoy libre y quería que nos viéramos.
—¿Estás en casa?
—Sí, estaré aquí los dos días que me quedan.
—¿Dos días? ¿Te marchas otra vez?
—Sí, voy a visitar a mi familia por unos días. Pero dime, ¿me vas a decir que no me has extrañado?
Ella cerró los ojos y agachó la cabeza.
—Sabes que sí.
—Entonces, ¿te espero?
—Sí.
Cuando Silvia colgó el teléfono se tumbó en el suelo y al mirar a su alrededor recordó cómo lucía su casa antes de vender casi todas sus pertenencias. Justo en la mañana se habían llevado el sofá, en donde ella y Miguel habían tenido sexo por última vez, y en donde había dormido desde el día que él se tuvo que ir de viaje.
Miguel era un escritor y poeta que había empezado a ganar reconocimiento cinco años antes, cuando los dos comenzaron su relación intermitente. Debido a la publicación de su primera obra traducida al inglés tuvo que viajar a Londres, y Silvia hubiese deseado acompañarlo pero justamente coincidía con la fecha de su debut oficial como pintora. De todas maneras, él tampoco la invitó.
Ella había estado trabajando en una colección de cuadros, todos inspirados en Miguel, que finalmente serían exhibidos en la única galería de la ciudad que confiaba en los artistas jóvenes. Deseaba que él, más que cualquier otra persona, estuviese presente, más que nada para acompañarla en un momento tan importante, pero le resultaba imposible, así que la última noche que estuvieron juntos decidió regalarle la pintura principal.
Desde entonces pasó varios días sin recibir una sola noticia suya. Cuanto más tiempo pasaba sin verlo, más se arraigaba su presencia en la mente y la piel de Silvia. Y justo en medio de la incertidumbre y la soledad, a un mes de la despedida, cuando se encontró llorando mientras leía un poemario de Miguel, se dio cuenta de que era hora de cortar ese ciclo en el que se le escapaba la vida. Esperar el regreso del hombre del que no pudo evitar enamorarse había convertido su propia casa en una jaula.
Por eso, decidió dejar la ciudad. Vendió todo lo que pudo, reunió el dinero suficiente, empacó lo imprescindible y escogió Buenos Aires como su destino. Y consiguió cerrar la puerta para marcharse de una vez pero alcanzó a escuchar el teléfono desde las escaleras. Corrió sin saber quién era, pero deseando en el fondo que fuera él.
La llamada que tanto había ansiado la paralizó. Su plan se derrumbó desde que lo escuchó pronunciar su nombre. Pensar en volver a verlo le aceleraba el pulso. Se quedó mirando la puerta que había dejado abierta, sin saber qué esperaba. Estaba lista, podía irse en ese mismo instante, pero no lo hizo.
Había soñado tantas veces que él vendría a buscarla y le diría que la había extrañado, que nada más deseaba estar con ella. Pero en su lugar, recibió esa breve llamada. Esa simple solicitud de su presencia que si hubiera tardado un poco más ella no hubiera llegado a alcanzarla. Pero lo hizo, y no pudo ignorarla. Suspiró y se levantó del suelo.
El taxi detuvo el coche frente a la Plaza de Armas.
—¿Por qué se detiene aquí?
El señor la contempló a través del espejo retrovisor y alzó las cejas.
—Linda, hay huelga. No podemos pasar por esa calle así que te dejo aquí.
—Pero está lloviendo.
—¿Y yo qué puedo hacer?
Le pagó y se bajó del coche. Sacó la valija del maletero y el taxi se fue enseguida. Cruzó la calle para atravesar la plaza y vio el grupo de mujeres que coreaban consignas y sujetaban carteles mientras bajaban por la calle mayor. Las estuvo mirando hasta que logró doblar en la primera esquina. Ya empapada caminó por dos cuadras, esquivando los charcos y arrastrando la maleta con dificultad, hasta detenerse frente a un edificio de arquitectura colonial, alto y de fachada imponente. Presionó el timbre y unos segundos después la puerta se abrió.
Se dirigió al ascensor que estaba esperando con las puertas abiertas. Entró y cuando se iban a cerrar las puertas escuchó pasos apresurados acompañados de risas.
—¡Un momento, por favor!
Silvia sujetó las puertas hasta que aparecieron frente a ella una chica y un chico con la ropa y el pelo mojados que entraron velozmente al ascensor.
—¿También vas al sexto? —dijo la chica mientras se despegaba el vestido húmedo del cuerpo.
Se apartó hacia una esquina para dejarles espacio y asintió. El chico miró a la chica, le pasó la yema del dedo gordo por debajo de los ojos para limpiarle el maquillaje corrido, y le dio un suave beso en la mejilla que ella le devolvió con la misma dulzura.
Al llegar al sexto piso, los dos salieron primero tomados de la mano y Silvia detrás. Los vio irse hacia el pasillo que estaba en dirección contraria al apartamento de Miguel. Los observó hasta que los perdió de vista y se giró para enfrentar la puerta que le correspondía.
Apoyó la maleta en el suelo. Se arregló el pelo mojado que ya goteaba en el suelo. Respiró hondo y con la mano fría y mojada tocó dos veces la puerta. No pasaron tres segundos hasta que Miguel abrió, con el pelo húmedo, sin camisa, sólo usando un pantalón. Su aire desenfadado que tanto le gustaba a Silvia se había mantenido intacto y seguía causando el mismo efecto en ella. Hubiera saltado sobre él, pero esa vez, más que abrazarlo, deseaba ser abrazada.
—Hola, otra vez —se apartó para dejarla entrar mientras sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa.
Cerró la puerta, la atrajo hacia él y la besó. Silvia, que rindió su voluntad, se entregó completa y lo envolvió con sus brazos. Con los ojos cerrados aspiró su aroma y se dejó llevar por él. Cada uno se perdió en el cuello del otro.
—No sabes cuánto extrañé tu olor —le dijo él— y tu sabor —se separó de ella y la ojeó de arriba abajo—. ¿Te mojaste?
—Un poco.
—No te puedes quedar así. Ven.
Pasaron junto a la mesa del comedor y llegaron a la habitación, en donde ella encendió la lámpara que estaba junto a la cama mientras él siguió hacia el baño. Regresó con un albornoz que dejó encima de la cama, se acercó a ella y lo primero que le quitó fue la bufanda roja que le cubría el cuello.
—Esta es la bufanda que me regalaste la última vez.
—¿Ah, sí?
Siguió con el abrigo, la camisa y los pantalones, que dejó encima de la silla de su escritorio.
—¿Cómo te fue en Londres?
—Bien.
—¿Y el lanzamiento?
—Mejor de lo que pensaba. Tenías razón. Me estaba preocupando en vano. Te hubiera gustado estar ahí, fueron muchos viejos amigos.
Silvia miró al suelo.
—¿Soledad estaba ahí?
Aprovechó para quitarse las botas y esquivar su mirada.
—Sí. Fue a verme. Estuvimos hablando y me invitó a su exposición. Todos allá están encantados con ella. La verdad es que su trabajo siempre ha sido impresionante.
—¿Ahora vive allá?
—Sí. Me invitó a su casa y estuvimos juntos el tiempo que estuve allá.
Ya desnuda se apartó de él para ponerse sola el albornoz. Se acostó en la cama y Miguel la siguió.
—Fue lindo volver a verla.
Él se colocó de lado mientras Silvia evitaba su mirada mirando al techo.
—Pensé que habían quedado en malos términos.
—Vivimos buenos momentos —le aflojó el nudo de la cinta y comenzó a acariciarle el pecho por debajo de la tela—. Y como quiera que sea, estuve enamorado de ella —colocó la mano sobre su seno—. Creo que todavía lo estoy.
Silvia no comentó nada, pero las palabras retumbaron en su mente. Sintió que su corazón se aceleraba y no supo distinguir si se debía a lo que acababa de escuchar o si era resultado de sus caricias. Cerró los ojos y su mente se convirtió en la cuna de un enjambre. Miguel continuó acariciándole el seno hasta que se acercó para besarlo. Terminó de abrirle el albornoz para seguir tocándola con sus manos poco a poco hasta llegar al cuello.
—Tú estás bien, ¿no? —le dijo susurrando.
—Sí. Claro.
—¿Estuviste con alguien mientras yo no estuve?
Silvia lo apretó contra su cuerpo y lo envolvió con sus piernas.
—No —responde finalmente mirándolo a los ojos.
Por fin le quitó el albornoz y se deshizo de él en el suelo. Pero Silvia no se sentía igual que antes. Las otras veces, llegado ese punto, había conseguido entregarse a pesar de todo, pero esa noche se sentía demasiado vulnerable. Tal vez era porque sabía que estaba a punto de llorar y no lograba contenerse. Sentía que su cuerpo no era el que yacía sobre esa cama. Su cuerpo no estaba siendo besado, ni tocado, ni idolatrado como podía parecer. Estaba siendo reclamado. Había jurado que nunca más dejaría que él lo tomara prestado, pero sucumbió al deseo y, por ese tiempo, le perteneció a Miguel.
No lo pudo soportar, las lágrimas llegaron como consuelo. Silvia estiró el brazo y apagó la lamparita de noche, así que él no vio su rostro y no percibió su tristeza. Sólo ella fue consciente de lo que pasó realmente en ese momento. Iba más allá de dos personas teniendo sexo. Sería la última vez que se entregaría a la persona que más había amado. Era la despedida. Lo abrazó, lo arañó, se fundió con él pero siempre consciente de que nunca sería suficiente, porque en cuanto acabara la noche todo esfuerzo de conquista se desvanecería como las manchas en las sábanas que al otro día estaban destinadas a ser reemplazadas, lavadas y guardadas.
Silvia sabía que llevaba mucho tiempo siendo adicta a esa sensación. Tenía tallada en la mente las veces que sacrificó sus convicciones, su tiempo, su felicidad y sus ganas para disfrutar del tiempo que Miguel decidiera concederle a su lado. Se había convencido con que al final valía la pena. Y ahí estaba ella, aferrándose al cuerpo de un hombre que se dedicaba a regalar placer como si fuese su oficio. Silvia, con cada toque, pretendía sembrar su cariño en una piel en la que no germinaba nada. No había nada que hacer.
Se sentó sobre él y lo rodeó con sus piernas y brazos. Miguel apoyó la cabeza sobre su pecho, sintiendo perfectamente el corazón acelerado, más allá del éxtasis, porque Silvia finalmente comprendió que, si no escapaba esa noche, perecería allí mismo. Recuperó el aliento y lo besó en la frente. Sólo sobreviviría uno de los dos. Lo besó en la nariz, encima de los párpados. Si Silvia no se salvaba a ella misma él no lo iba a hacer nunca. Lo miró un instante, lo besó en la boca y con los labios le dijo adiós.
Miguel se quedó dormido encima de Silvia mientras ella se quedó despierta sintiendo el paso del tiempo en sus músculos y huesos. Cuando notó que sus ojos se estaban rindiendo a la comodidad de aquella urna, movió a Miguel para que se acomodara en la cama. Él se aferró a su almohada y se acopló en la esquina de la cama dejándola libre finalmente. Ella logró levantarse y caminando en puntillas se fue al baño.
Dentro de la ducha se quedó inmóvil mientras el agua corría por todo su cuerpo. Así lo dejaba ir. Todo rastro físico de Miguel se deslizó hasta llegar a sus pies y terminar desapareciendo. Si su mente no estaba del todo conforme con su decisión, al menos su piel sí quedó libre.
De regreso en la habitación, cuando ya se escuchaba algún ave fuera, sin hacer el mínimo ruido, recogió su ropa del suelo y se volvió a vestir. Por último tomó la bufanda y, con ella en las manos, se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda a Miguel. Y así esperó, sin saber qué, hasta que estuvo lista.
Se levantó para sentarse junto a él. Le dio una palmadita en el brazo y él abrió los ojos. Sonrió al verla y se incorporó para acercarse y abrazarla.
—Buenos días —dijo después de un breve bostezo.
—Este será el abrazo de despedida.
Miguel tomó distancia y reparó en que ella ya estaba vestida.
—¿Por qué dices eso? Tenemos otro día para estar juntos antes de que me vaya.
—La que se va soy yo —Silvia estrujó la bufanda con sus manos intentando sofocar su angustia—. O espero hasta que te canses de mí y yo me convierta en polvo o me marcho de una vez.
Miguel intentó tomarle las manos, pero ella apartó las suyas antes de que la tocara.
—¿Pero por qué dices eso? Los dos nos llevamos tan bien. Pasamos buenos momentos juntos.
—No es suficiente para mí.
Miguel se puso la mano en la frente.
—Silvia, desde el inicio acordamos cómo sería todo, tú sabes cómo soy.
Silvia bajó la mirada de golpe para contener sus lágrimas. Luego alzó la vista y lo encaró tensando su cuerpo.
—¿Y tú sabes cómo soy yo?
—¿Qué?
Silvia se vio obligada a levantarse.
—Lo que quiero, lo que necesito. O tan siquiera cómo estoy. Ni siquiera te diste cuenta de lo mal que me hiciste sentir todo el tiempo que estuve esperando noticias tuyas, cuando simplemente escuchar tu voz un instante hubiese sido suficiente. De qué me sirve que hoy quieras estar conmigo si deseas lo mismo con cualquier otra persona. De qué me sirve que escribas poemas si no me dedicas ninguno —hizo una pausa porque se le entrecortó la voz—. Para mí lo eres todo, y yo para ti nada.
Miguel se levantó para alcanzarla pero Silvia se giró para dirigirse a la salida.
—Silvia, lo siento de verdad.
Ella se paró en seco para mirar la bufanda que todavía sujetaba con fuerza.
—No fue mi intención hacerte sentir así.
Silvia se giró para mirarlo.
—Ya no importa —mientras se envolvió la bufanda alrededor del cuello.
Le puso una mano en el pecho y ambos se miraron a los ojos.
—No hace falta que digas nada. Ya no importa.
—Silvia...
Silvia tomó su maleta y abrió la puerta.
—Adiós —dijo sin mirarlo.
Él no la siguió. Ella no se giró tampoco. Entró al ascensor y cerró los ojos hasta que las puertas se cerraron. Presionó el botón para ir a la azotea, con el corazón retumbándole en el pecho y las manos, frías y sudadas, temblándole.
Salió rápidamente, abrió la puerta y la brisa mañanera inmediatamente le heló el rostro. Sollozando e intentando respirar dejó caer la maleta al suelo. Dio unos pasos. El ruido la aturdía. Se detuvo al borde del muro. Apenas podía ver algo porque las lágrimas le nublaban la vista. Comenzó a tener dificultad para respirar. El frío la congelaba cada vez más. Se aferró a la bufanda intentando apartársela del cuello. Su respiración se aceleró. No podía soportarlo. Trató en vano de arrancársela pero sólo se desesperaba más. Entonces con rapidez y poca agilidad se desenvolvió la bufanda. La tela la quemaba como si fuese hielo. Las vueltas le parecían interminables hasta que por fin lo logró. El cuello quedó descubierto, y ella, libre.
Se llevó la bufanda al rostro para cubrirse con ella mientras seguía llorando. Apretó las manos hasta que no pudo más. Se descubrió. El viento era fuerte. Estiró la mano, exhaló, y la dejó ir. El aire tomó el control de aquella pieza de tela roja que se alejó rápidamente de ella. Y Silvia, finalmente, logró respirar.
El pulso comenzó a calmarse. Sus pulmones volvieron a funcionar correctamente. Y Silvia se dio cuenta de que el ruido sólo lo provocaba ella. La ciudad continuaba dormida. La mañana comenzaba a apoderarse de ella pero nadie se había despertado, porque la estaban esperando, a que estuviese lista. Respiró. Se asomó y miró hacia abajo. Unos pocos coches atravesaban la calle. Aún se le escapaba alguna lágrima, pero había vuelto a respirar.


