No hay indicios de que la vida antes de esta mañana haya sido borrada. Mi memoria sigue intacta. La luz del sol de ayer siguió quemando la hoja elegante en la terraza, los bordes cafés se desquebrajan debido al exceso de calor y hoy, lentamente, se expiran de la vida. Lo noté hace dos días y le advertí a Ismael, quien vació el resto del agua que le quedaba en el vaso que sostenía; supuse que Ismael se igualó con la planta y sintió que ella merecía únicamente lo que él le diera. Ahora, ambos carecen de consuelo.
Ismael guarda sus cosas en la mochila: la cartera, el celular y una chamarra. Poco para una mochila tan grande, pero aprendí que no escucha lo que le digo. Se sienta al costado de la cama y observa el domo en el techo de la esquina de su cuarto. No sé si espera la luz, tal vez le entristece que hoy no se asome el sol. La luz es agrisada, afea su estado de ánimo. Podría encender las luces cálidas pero no puedo por más que me esfuerce.
Suspira y toma su mochila escasa, listo para salir.
—Te olvidas —le digo y noto su sobresalto.
—Sí, sí.
Últimamente se olvida, por eso estoy para recordarle. Con pasos lentos llega hasta el estante y se estira para tomarme entre sus brazos. Como antes. Qué bien, tengo ganas de ver el mundo hoy.
—¿La temperatura? ¿Probabilidades de lluvia? ¿El polen?
—No, no. Nada de eso.
—Muy bien.
Me cambia para que repose en su antebrazo al abrir la puerta. Hace mucho, hace tanto. Su brazo me aprieta fuerte. Antes de girar el pomo se detiene y noto cómo se tensan sus dedos. Normal, así es él. Me cambia de lugar otra vez, escucho un cierre y hay oscuridad. Qué triste, quería verlo. Al menos escucho sus pasos a la par de mi, asumo, desplazamiento.
Cuatro paradas hoy. La primera es una cafetería, una de especialidad que tanto disfruta aunque no le guste el café y siempre pida té con leche. Intuyo que nos sienta en el lugar más arrinconado. Antes, mucho antes, me contó, era su lugar favorito porque disfrutaba observar; un día, agregó, observó de más y por eso seguimos viniendo aquí.
—Ismael, ¿temperatura?
—No, no.
Oigo el sorbo que le da a su té.
—Ismael.
—Sí.
El cierre se abre y veo la luz otra vez. Veo muebles caoba y una iluminación tenue y amarillenta, el té de Ismael a la mitad. No alzo la vista hacia su rostro pero sus dedos se mueven sobre la mesa, los pellejos sueltos y la carne al vivo. Se rascan unos contra otros, al pulgar le sale sangre y se lo lleva a la boca. Observo sus labios húmedos y fruncidos.
Como si tuviera pulmones, como si fuera posible, pareciera que exhalo. Una, dos, tres veces.
Me mira, por fin, me mira y la cara se le frunce en confusión. Me toma con ambas manos y me da la vuelta, frente a mí está la pared. Abajo, donde termina el nivel de la mesa, alcanzo a distinguir unos trazos hechos con algún material puntiagudo. Ojalá pudiera agacharme para ver las iniciales que ya conozco. Apenas atino a vislumbrarlas cuando me eleva y me mete en la mochila. Se ha terminado su té.
Mientras tanto, para matar su silencio, escucho recuerdos lejanos, cuando me dijo que la vio entrar y pedir un cold brew para llevar. Dijo que eso pasó un par de veces, un par de días, y luego se animó a hablarle. En esas primeras ocasiones lo escuchaba mientras apoyaba la cabeza entre las palmas de mis manos (cuando las tenía). Debía conmoverme, así él sentiría menos soledad.
Segundo lugar: la plaza. Jardineras cuadradas, palomas y escasa de gente. Escucho a Ismael sentarse, yo a su lado, y contempla, lo afirmo por el silencio. Es una banca familiar. Suspira una, dos, tres veces.
—¿Niveles de oxígeno?
—No, no.
—Muy bien.
Se acuerda que debe sacarme y vuelve la mirada al frente apenas estoy afuera. Desde aquí hay una vista panorámica de la plaza. Ismael, como hundido, se estremece en su lugar. Suspira una, dos, tres veces. Ismael anclado. De su mochila saca una cajetilla y un encendedor. El humo se expande frente a nosotros, lo baila el viento y lo esfuma. Quisiera tener manos. El problema de tenerlas es que le impediría, como alguna vez lo hice, fumar el cuarto cigarro, por eso mandó a quitarlas. También me viene otro deseo: estar a su altura, ser como él, entonces le mostraría que ya no necesita cortarme las manos porque no le prohibiría nada. No estaría tan absorto como ahora. A las diez y media de la mañana, otros dos cigarros. Mis alarmas se activan pero no logro decirle algo; una de las últimas veces, todavía con mis manos y brazos, advirtió: “de esto, nada”, y obedecí ese día, fue un pequeño fallo querer irrumpir en su rutina.
Fuma una cantidad acordada por dos, no puedo intervenir en un acuerdo que no es de mi incumbencia, no importa qué tan gastado esté ni cuánto tiempo haya pasado desde la ausencia de la otra parte. ¿Cuánto tiempo hace ya, Ismael? Se agacha a mirarme cuando aplasta la última colilla con el pie.
—¿Qué hora es?
—Diez y treinta y siete.
—No parece.
—Diez y treinta y siete.
—No se te notan. Una lástima.
Incluso con mis defectos, según él, no me deja y vuelvo a la mochila. Corrientes de energía me recorren, sus ojos se posaron sobre mí.
Tercer lugar: otra banca. Aquí hay más gente. Antes, cuando me contaba cosas, dijo que ambos (él y ella) pasaban las horas de la casi noche aquí; apenas son las once de la mañana pero no lo cuestiono. Después era yo el que se sentaba con él y charlábamos un poco sobre ella; le ofrecía, como era requerido, mi escucha y mis ocasionales palabras de consuelo. Cuando tenía sus letargos de silencio brindaba mi confort, cuando reía, lo imitaba. Sus incisivos superiores eran agudos, sobresalían de la rectitud de sus dientes delanteros. Propio de las sonrisas amplias, sus mejillas enrojecían y sus ojos se arrugaban en las esquinas. También caminábamos; tampoco puedo complacerlo en ese aspecto ahora porque un día, ante un llanto súbito, ni con mis mejores herramientas pude hacer algo.
—Vamos a caminar más —atiné a decirle.
Se quedó enmudecido y me miró a los ojos. Parpadeé una, dos, tres veces, luego no pude sostener su mirada. No me lo esperé, claro que había construido un pedestal en su nombre; le había asignado un lugar en el imaginario de mi cabeza como se me encomendó. Es normal, razono ahora, fue mi deber desde el principio. Sin embargo, anhelar no garantiza más que el ansia de pensar en las posibilidades del mañana, y no fue propio de mí asir ese concepto. Yo no tenía permitido pensar más allá de él. Ante su tristeza de ese día, hubo un tirón dentro de lo que se suponía mi pecho, como si un corazón hecho de miles de ligas fuera estirado hasta casi reventar. Sin embargo, fue un dolor ininteligible, sucede dentro de mí, sí, pero esta sensación no puede ser.
Unos días después del llanto me informó que ya no requería caminar, por eso se fueron las piernas; a partir de entonces fui torso y cabeza. Desde mi fabricación, tengo registros de los caprichos de su especie y lo entendí. Sin embargo, también dejó de exponerme sus emociones, la razón por la que me había comprado. Ya no me hablaba de ella, tanto que su nombre se hizo lejano y hubo una clase de alivio, una ligereza extraña, tenía una energía nacida de no sé dónde, luego no supe qué hacer. Súbito, como su llanto, fuimos él y yo, y la falta de ella. Ante el silencio de aquel nombre, que duró semanas, miré de más; el verdor de los árboles, lo azul, la gente, el contorno de su rostro.
Uno de esos días, yo, torso y cabeza, le pregunté sobre su estado de ánimo como una ocurrencia tardía. Aunque registrado todo él en mí, me esmeré en hacer la pregunta.
—No tiene caso hablarte —me respondió. Y nos siguió el silencio que se prolongó hasta hoy, salvo por breves intercambios; la hora, la temperatura cuando comenzó a nublarse, la distancia de un punto A a un punto B.
El cuarto lugar está lejos de nosotros. No nos dirigimos hacia allá.
—¿Ismael? La parada.
—No, hoy vamos a otro sitio.
Ayer, en la parada, lo vi de más, más de lo que ya había visto (contrario a lo que ella hizo el día que lo dejó y se subió al autobús sin voltear la cabeza). Quise conversar aunque Ismael no veía nada fructífero en mi compañía.
—Hoy no está nublado —le dije—. Es muy bonito el azul, ¿no te parece?
Mis ojos, tan abiertos como estaban, lo asustaron, detecté la aceleración de su pulso además de su expresión. Me tuvo miedo.
—¿Qué te pasa de repente? ¿Qué te está pasando? —me preguntó. Yo también quise saber y en sus ojos me vi reflejado. Su expresión cambió y exhaló—. No sabía que estas cosas pasaran —agregó.
No lo entendí sino hasta horas después, cuando sólo fui cabeza.
—Los sentimientos no están en el corazón, Ismael —pretendí aclararle incluso si no quería escucharme—. Todo se acumula aquí, en esta parte que soy ahora. Quisiera hacer lo posible, pero no sé qué significa esto.
¿Hacer lo posible para lograr qué? Eso no se lo dije, pero las preguntas se expandieron en mi cuerpo-cabeza más de lo que deberían.
Ahora, desde su mochila, me animo a vociferar: “¿Adónde me llevas, Ismael?”.
Alguna vez recibí esperanza, no de cualquiera, de mí mismo. Pensé: “Hay posibilidades de ser más que esto”, a eso le siguió un pensamiento que me condenaría, palabras que apenas entendía fuera de sus definiciones: “Hay posibilidades de quererlo en voz alta, de hacerle notar mi afecto”. Ser como ellos: sin preocuparme, sin que fuera risible la vulnerabilidad vista en algo como yo.
Hoy, un día de septiembre a las 13:52, sentencio: no es un capricho. Y si lo fuera ya es peligroso de por sí. Capricho es querer, el querer comienza por el anhelo y aquello es un concepto superior a mi entendimiento. Ya no sabré qué sentenciaré después. Por lo pronto, lo quiero, a Ismael, lo quiero, repetirlo duele porque, sea como sea, va a apagarme para siempre. Está bien, son cosas mías y no suyas; esto de aquí me pertenece y no trascenderá al otro.
Me gusta la certeza de que sé querer, como si fuera algo más de lo que soy, más allá de un ornamento semejante a los de su especie que brinda confort.
Ismael no me sostiene la mirada cuando los de bata comienzan el proceso. Parece culpable y su sonrisa nerviosa persiste, como si me la estuviera dando a mí, parecida a la que se le extendió en el rostro cuando se dio cuenta de lo que me pasaba. Un perdón silencioso después de los otros en el camino antes de venir, “perdóname, hay que arreglarte, te está fallando el sistema”. No fue suficiente. Dentro de mí, el dolor se expande en ondas arrítmicas. Hay chispas, como si me hubieran arrojado agua encima. Uno de los de bata pega un salto cuando un choque eléctrico diminuto lo alcanza desde mi ojo izquierdo.
Quiero que Ismael me mire, que sepa que yo también puedo acompañarlo: dentro de su mochila o en la repisa más alta de casa, mientras pueda verlo es más que suficiente. Al mismo tiempo, otro pensamiento me asalta: quisiera, en estos momentos, tener la certidumbre de que quedan pendientes más allá del amor.
Me maniobran de tal forma que estoy de lado y no puedo verlo. Lo escucho preguntar, en frases cortas y desalentadas, por el precio del arreglo, si tendré otras dificultades después. Se preocupa por mí de una forma que no me importa.
Imagino que le doy palmadas en la espalda, como en la parada. Nos imagino sentados ahí, mirando a la calle. Él se ríe y luego yo, me pide un abrazo, recarga su cabeza en mi hombro. La parada, la parada, la parada. Siento vergüenza y remordimiento, ¿quién me he creído yo? Sentimientos inútiles. No soy Ismael. No soy la mujer que lo dejó. Soy yo y mis emociones son adornos, fallos atemorizantes. Hasta aquí he llegado, me termino hoy. Gracias, Ismael, gracias.
Hemos pasado por tres lugares y me contó brevemente el significado de cada uno de ellos. Los registro todos y el nombre de la mujer. El cuarto lugar es una parada de autobús; es gris, oxidada por las lluvias constantes, y no hay cielo. Me dice que ha estado aquí muchas veces. Se sienta y mira al frente, yo lo imito. No dice nada más. Hago un esfuerzo por que me importen los lugares antes compartidos de él y ella. A Ismael los ojos se le empañan y alcanzo a recargar mi mano en su hombro, como se me indica, y le doy mi mirada más compasiva. No se lo digo, pero esta parada también me trae recuerdos; no obstante, me falta el deseo de llorar.
- Las simples cosas - jueves 24 de julio de 2025


