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Adiós, Fercho... Se te extraña

martes 2 de septiembre de 2025
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Fernando Herrera Uribe
Fernando Herrera Uribe se preparó para ser el protagonista de su propia película.

Vi la noticia en Facebook, ese espacio en el que ya nada parece emocionar. Nadie me lo dijo con la voz entrecortada —esa que usamos para dar las noticias que nos hieren el alma—: Fernando Herrera Uribe había fallecido.

Me dolió ver esa noticia allí, tan despersonalizada, tan insincera, como si fuera un ejercicio más para mostrar lo que sucede a nuestro alrededor, acompañada de una foto de mi autoría, una de las varias que le tomé a Fernando.

Conocí a Fernando Herrera hace muchos años, cuando aún era un muchacho que recorría las calles de esa Caicedonia de ayer. Las transitaba a paso largo, como si estuviera apurado, como si quisiera andar todo el pueblo en un santiamén. Era un joven conversador e inteligente, pero su mente era una brújula que apuntaba a mil puntos cardinales. No podía estar quieto, no se conformaba con ver las ciudades remotas en las películas que presentaba el teatro Aladino. Quería caminarlas a zancadas, descifrar los códigos de otras lenguas y vivir nuevas experiencias que no le ofrecía Caicedonia, una ciudad que caminaba tan lento, pero tan lento, que cualquiera se aburría en sus calles.

Se preparó para ser el protagonista de su propia película. En Bogotá estudió inglés en el Instituto Meyer, no fuera a ser que le hablaran enredado y no supiera qué responder.

Un día no aguantó más. Su alma le señaló caminos nuevos y su corazón le gritó: ¡anda!, como el taumaturgo exhortó a Lázaro. Empacó sus bártulos, abrazó a Pedro Juan Herrera, su padre, y le dio un beso a Mariela Uribe, su madre, y le gritó al mundo: ¡Cuidado: allá va Fernando Herrera!

Y se largó a recorrer el mundo a zancadas. Se fue a Canadá. Sabía de las posibilidades para trabajar, había leído acerca de la diversidad cultural, la vastedad territorial, y allí ancló su barco de sueños. Se ganó la vida en diversos oficios y, para los incrédulos, recogiendo tabaco en los campos de Ontario.

Luego trabajó cambiando techos en las inmensas canchas de tenis gringas y realizó otros trabajos que le aseguraron el sustento. No tenía alma de alcancía ni quería acumular dinero para envidia de nadie. Quería vivir, conocer, amar en otros idiomas, ver la vida desde distintos ángulos, divertir el alma y llenarse de emociones, historias y experiencias que le dieran sentido a su existencia.

Su andar lo llevó a Jamaica, la tierra de Bob Marley, de la marihuana o ganja que tiene una gran conexión con la cultura rastafari y que en la isla tiene estatus espiritual.

Para Fernando fue una experiencia transformadora, una nueva forma de ver el mundo mediante aquellas prácticas de la hierba santa.

Pero quién sabe qué hado maligno le torció el destino, y de una de aquellas prácticas Fercho no salió bien librado. Algo sucedió en su mente que le cambió el rumbo para siempre convirtiéndolo en un hombre silencioso, que fumaba sin descanso.

Lo recordaré siempre mirándome a los ojos y diciéndome: “Me invitas un café”. Y aunque siempre quise acompañarlo nunca lo logré, le gustaba saborearlo solamente acompañado de sus recuerdos. También lo recordaré contemplando la vida desde su altura de ser humano excepcional, porque siempre he admirado a quienes se atreven a vivir sin temores, asumiendo que lo único valioso de la vida es vivirla.

Me duele su ausencia.

Manuel Tiberio Bermúdez
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