
A Luisa Helena Calcaño Gil y Simone Massi
El 20 de julio de 2025 estuve en Arenzano, un pueblo del litoral ligur a veinte kilómetros de Génova, participando en “Caminos compartidos”, una iniciativa promovida por la Asociación Cultural Mundo Solidario con el patrocinio del ayuntamiento. El evento, organizado para honrar los vínculos centenarios entre este pueblo de Liguria y Sudamérica —tierras unidas desde el siglo XIX por los flujos migratorios hacia Argentina, Chile y Uruguay—, contó con la participación del alcalde, Francesco Silvestrini, algunas autoridades de Génova, representantes consulares y asociaciones y grupos folclóricos latinoamericanos.
La actividad comenzó en el puerto con la visita al monumento del padre de la patria argentino, José de San Martín; continuó en Plaza Mazzini, ante la estatua de Simón Bolívar, y finalizó en Villa Negrotto Cambiaso, sede de la alcaldía.
No conocía el monumento de Arenzano dedicado al Libertador: un busto sobre el cual, hacía muchos años, Simone Massi, un librero genovés, me había hablado vendiéndome un libro particular: ¡Sancte Bolívar, Ora Pro Nobis! (Trec Edizioni, Roma, 2001), de Ignacio Quintana, un diplomático venezolano. En dicho texto, el autor despoja a Bolívar del mito, sosteniendo que éste no muere en 1830 y que sus batallas continuarán incluso después de la muerte.
Según Quintana, el héroe patrio más importante de Venezuela, mi país de origen, representa una “significación conceptual” que aún hoy espera ser plenamente realizada en términos de justicia social y unidad continental. ¡Y cuánta razón tenía!
Aquel día de julio que llegué a Arenzano para participar en el encuentro que, ya desde el título, evocaba geografías del alma, descubrí que una localidad no es sólo un espacio físico, sino una cita con el propio destino. Como escribió Cesare Pavese en La luna y las fogatas (1950): “Un pueblo significa no estar solo, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra, hay algo tuyo, que incluso cuando no estás, se queda esperándote”.
Porque pertenecer a una tierra significa llevarla dentro incluso cuando se cruza el océano.
En Plaza Mazzini, alrededor de la estatua de Bolívar, se encuentran dos hermosas bancas en forma de libro decoradas con palabras escritas a mano que parecen voces surgidas del paisaje: una está dedicada al cantautor genovés Fabrizio De André y la otra a la poetisa milanesa Alda Merini. Cada una custodia palabras preciosas: un fragmento musical de Fabrizio De André y un texto de la poetisa de los Navigli. Sabiamente, el alma ligur ha sabido entrelazar en este lugar poesía, memoria histórica de ultramar y música. Se percibe la invitación silenciosa a detenerse y reflexionar sobre vínculos invisibles, como el que une a Arenzano con América Latina; o el de mi compatriota más ilustre, el Libertador, con la actualidad de los ocho millones de venezolanos que se han visto obligados a dejar su patria.
Junto a mis amigas, nos tomamos fotos frente al busto de nuestro héroe. Sin embargo, hoy ya no lo percibimos como una estatua celebrativa, sino como el símbolo patrio que en los últimos veinticinco años ha sido objeto de una profunda y controvertida apropiación política, contribuyendo al colapso institucional, económico y social de una nación y comprometiendo definitivamente el significado mismo de la palabra independencia.
Mientras entraba en el salón de ceremonias de la alcaldía, recordé que unos meses antes el escritor Aldo Padovano me había enviado una fotografía sobre un viejo artículo de periódico que hablaba de Arenzano. De inmediato recuperé la imagen en el teléfono para mostrársela al alcalde; en ese instante, un detalle llamó mi atención: el artículo había sido publicado en el periódico Corriere Mercantile de Génova el 20 de julio de 1959 y contaba la inauguración del monumento a Bolívar. ¡Qué coincidencia! Era la fecha del mismo día que había conocido a Simone Massi y, además, a sesenta y cinco años exactos de distancia, el día de la publicación del artículo.
Al regresar a casa, releí con atención el texto descubriendo vínculos aún más profundos. El artículo menciona nombres ilustres: Paolo Emilio Taviani, gigante del pensamiento colombiano, o el americanista Germán Arciniegas, embajador de Colombia en Italia de aquel tiempo. Precisamente sobre Arciniegas ya había escrito en el pasado recordando la conmovedora carta que, desde Portofino, había dirigido a su amiga chilena, la poetisa Gabriela Mistral.
El texto citaba las palabras del alcalde de Arenzano de la época, el abogado Filippo Gramatica, quien durante el discurso inaugural menciona a José Antonio Calcaño, uno de los hombres de letras más influyentes del siglo XX en Venezuela, perteneciente a una importante familia de Caracas cuyas raíces se conectan precisamente con la tierra de Arenzano. Es la prueba de que la sangre tiene una memoria larga y que la tierra, la verdadera, nunca te deja. Se parte para “ir lejos”, pero se termina siempre excavando en el mismo punto, buscando ese sabor a salitre y a tierra oscura que nos forjó.
Los primeros Calcaño de Caracas —donde el apellido cambió, pues la “ñ” del español tomó el lugar del dígrafo “gn” del italiano— fueron amigos de Simón Bolívar y, sobre todo, protagonistas del momento histórico que en 1819, durante el Congreso de Angostura, terminaba con el nacimiento de una nueva nación latinoamericana, porque nueve años antes, el 20 de julio de 1810, en Bogotá, había tenido lugar el levantamiento que dio inicio al proceso de emancipación que culminaría en la creación de la Gran Colombia. Sus descendientes pertenecen todavía a la Academia de Historia de Venezuela y muchos de ellos, posteriormente, se han distinguido en la música y la poesía.
“Evohé mare nostrum. Vuela la triangular vela latina y grávida de brisa y luz de aurora...”. Así comienza una poesía de Enrique Planchart, científico, matemático y poeta venezolano: palabras que son una invitación al viaje, a la nostalgia del mar y a la memoria ancestral. La fuerza evocativa de esta lírica reclama un universo de emociones: la brisa del Caribe, el perfume del salitre y la promesa de horizontes infinitos. Estas palabras fueron musicalizadas por José Antonio Calcaño, el poeta y músico citado por el abogado Gramatica en 1959, de origen arenzanés. J. A. Calcaño fue una figura fundamental de la cultura venezolana: musicólogo, ensayista y pensador humanista, concebía la música, la palabra y la identidad como formas de revelación espiritual. Y es él quien encuentra los acordes y las notas para musicalizar el poema de Planchart: un puente entre el mar Caribe, el mar Mediterráneo y la tierra ligur. Existe en este entrelazamiento la misma fiera conciencia pavesiana: la idea de que el ser humano atraviesa los mares con el objetivo de buscarse “en otra parte”, sólo para descubrir que las colinas y las olas que ha dejado son el único alfabeto con el que sabe realmente leer el mundo.
La historia de los Calcaño “con ñ” de Caracas me enseña que todos somos fragmentos de un viaje colectivo: el de los inmigrantes italianos en las Américas, vinculados a la emancipación y al sueño de libertad de Simón Bolívar.
Comprendí así que la elección de ese 20 de julio no era una simple casualidad, sino también un llamado al proyecto unitario del Libertador. Esta estratificación cronológica —1810, 1959, 2025— transforma una fecha histórica en un nudo simbólico que une el bronce de los monumentos y el mármol de las bancas-libro con la frágil y hermosa historia de la tierra que me vio nacer.
Liguria, con su elegancia esquiva, no ostenta estas tramas. Las conserva en silencio, dejándonos a nosotros la tarea de descifrar enigmas que parecen llamadas del destino. En el fondo, atravesar estas tramas de fechas, nombres y mares significa reconocer que la libertad no es una idea abstracta, sino una experiencia concreta de pertenencia y escucha del alma del mundo, como sostiene James Hillman.
Cierro con Lord Byron quien, durante su estancia en Liguria, mandó construir un velero al que llamó Bolívar. Él escribió sobre la libertad y el mar en Las peregrinaciones de Childe Harold: “Hay un placer en los bosques sin caminos, / Hay un éxtasis en la orilla solitaria, / Hay una sociedad donde nadie se introduce, / Junto al profundo mar, y música en su rugir...”.
Este artículo fue publicado en la revista Elettrivista, Nº 17, del 3 abril de 2026, pág. 23, del Festival internacional de Poesía de Génova.
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