
Qué heterogeneidad conforma el conglomerado humano: los inteligentes y los retardados; los tontos, los avispados: los ignorantes y los instruidos; los jactanciosos y los moderados. La lista podría extenderse mucho más, y todos viviendo bajo el mismo cielo y el mismo aire entrándoles en los pulmones.
Sin embargo, estos diferentes seres constituyen admirables grupos compatibles, cuando comparten la misma idea de cómo se les ha de gerenciar en el ámbito social, o en el de la dimensión espiritual, más allá de los sentidos.
El primer grupo está integrado por partidarios de una misma ideología política; se habla, así, de demócratas, socialistas, liberales, comunistas, etc. El segundo grupo, el metafísico, lo forman las mentes más aventuradas, que crearon sus propios dioses de la fantasía, y enseguida florecieron interminables cohortes de apasionados y convencidos seguidores, dando vida a las diferentes religiones.
Esto de manera general, pues también hay otros grupos más especializados; por ejemplo, los constituidos por secuaces de diversas corrientes filosóficas, cuyos fundadores sobresalieron por la profundidad y contundencia de sus afirmaciones. Así, tenemos a los platónicos, los epicúreos, los tomistas, los kantianos y los hegelianos, a manera de ejemplo.
En este punto, es oportuno mencionar a un filósofo, el cual, después de cuatrocientos años, aún permanece relegado, incomprendido, incluso ignorado, pese a haber denunciado en su obra niveles de falsas creencias y tozudez intelectual. Sus tesis sacudieron los cimientos de toda la institucionalidad religiosa hebrea de la época, y algo más allá. Se trata de Baruch Spinoza.
Él no creyó, y así lo dejó plasmado en su obra, que un Dios omnipotente hizo irrupción en el tiempo, creó todo lo que existe y somos, y se retiró luego a descansar en una dimensión desconocida, y allí permanecerá por la eternidad, esperando que nos reunamos en espíritu con él después de nuestro exterminio físico. Spinoza sostuvo todo lo contrario. Nos aseguró que esa fuerza omnipotente y eterna no vino de ninguna parte ni se fue a ningún lado, sino que siempre ha estado presente, y es la energía inmensurable que todo lo anima, el espacio infinito, la íntegra naturaleza con su manifestación de vida animal y humana, y hasta el más ínfimo átomo de nuestro cerebro y resto del cuerpo. Entonces, sostenía Spinoza, si a Dios lo llevamos con nosotros, si somos su continua manifestación, ¿por qué necesitamos autoridades externas que nos conduzcan a él?
Fue esta una de las amenazas que advirtió la comunidad religiosa judía de Holanda, de donde provenía Spinoza. De inmediato lo tachó de hereje y panteísta; procedió a expulsarlo de todas las instituciones religiosas hebreas, y luego lo excomulgó. Pero Spinoza no dio un paso atrás, más bien fue consecuente con su pensamiento hasta el mismo instante de su muerte.
Y a propósito de muerte, Spinoza no aceptaba el dualismo cartesiano alma-cuerpo, sino la unidad indivisible entre ambos, y que al morir el cuerpo, el alma se extinguía, pero sólo en relación consigo misma, con la identidad que mantuvo mientras estuvo adherida al cuerpo, ya que ahora iría a fundirse en la conciencia infinita, única y eterna, su esencia verdadera.
No por manida deja de ser ejemplarizante la metáfora del mar en relación con el ser humano: una ola marina por breve tiempo se separa del océano, se eleva según su intrínseca potencia y la acción del viento, y retorna luego al mismo mar subyacente. Según Spinoza, igual sucede con el hombre: irrumpe en este plano procedente de un mundo etéreo desconocido, se materializa durante un tiempo imprevisible y, después de fallecer, retorna al lugar de partida. Sin embargo, hay que considerar que, allí, se trata de un simple líquido que asciende y baja, mientras que el hombre es un trozo de carne que vibra, teme y siente, y si es neta manifestación de un creador omnipotente, ¿quién si no él le insufló a su alma el categórico deseo de no extinguirse jamás, sino de querer trascender? Pudo haberle inyectado igualmente el deseo de perecer definitivamente, después de haber soportado tanto sufrimiento e infelicidad, de haber luchado en vano contra la adversidad, para finalmente poder descansar.
Pero no fue así como se dieron las cosas. El hombre nace aferrado a la vida, y trata de preservarla a como dé lugar, no obstante los fracasos, los infortunios, la enfermedad y la vejez. Considera que la vida es suya, sagrada, y que nadie se la puede arrebatar. Pero como en cualquier momento sí se la arrebatan, entonces crea su propia continuidad en un mundo espiritual y eterno, aun sin ningún tipo de prueba, pues nadie ha regresado de ese etéreo lugar.
De todos modos, por una estricta pulcritud teórica, se debería dejar la puerta abierta a cualquier eventualidad ultraterrena: la reencarnación budista, la resurrección cristiana, el paraíso musulmán o el hebreo, y no se debería tomar por cierta ninguna apreciación religiosa o filosófica. Ni Aristóteles, ni santo Tomás, ni Nietzsche, Sartre o Platón.
Quizás uno de los filósofos y pensadores modernos más preclaros y profundos fue el hindú Jiddu Krishnamurti, cuya enseñanza se limitó al ámbito de la existencia humana, a promover y propiciar el conocimiento de la propia conciencia, requisito indispensable para cualquier transformación virtuosa en el campo social y personal. Pero, contrariamente a sus venerables lecciones, el hombre se automatiza cada vez más, y sus valores morales son absorbidos por la emergente inteligencia artificial, sin entrever adónde habrá de llegar. Así, en un futuro cercano, los hombres honestos, verdaderos y sensibles, tendrán que avanzar a ciegas, sin lazarillo ni bastón.
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