
El pintor ecuatoriano Olmedo Quimbita nació en Latacunga, es conocido como El pintor de la luz, artista de gran fuerza simbólica cuya obra es entendida como una forma de poesía visual que, a través de la imaginación, combina elementos de apariencia antagónica con temas relacionados con la naturaleza, el misticismo, la mujer, el color o el movimiento de los ámbitos andinos.
Es el menor de cinco hermanos y ha expuesto de manera individual en unos veinte países. Desde Quito hasta los vibrantes atardeceres de Caracas, pasando por los matices dorados de Egipto y las galerías de Nueva York, Olmedo Quimbita ha hecho de la luz su bandera y del color y las formas su lenguaje. Una vida guiada por la pasión y la constancia, marcada por la búsqueda incansable de nuevas formas de expresión. Conversamos con él en esta entrevista llena de matices y reflexiones profundas.
—Maestro Olmedo, el traslado de su familia a Quito, las visitas al Museo de Arte Colonial de la Municipalidad y al Museo de Arte Moderno de la Casa de la Cultura en esa ciudad, ¿marcaron definitivamente el rumbo de su carrera artística?
—Sí, así es; mi inquietud por el arte comenzó a los siete años. La intensidad de poder crear, de obtener conocimientos, de involucrarme en el mundo del arte, entonces, comenzó desde muy temprano y justamente mis primeros pasos lo hice en Quito. Yo soy de Latacunga, pero en Quito pude ver una amplitud de museos, de galerías de arte y eso fue muy alimentador en los inicios de mi carrera artística. Ahí es donde yo decido que realmente tengo que dedicarme de tiempo completo a la pintura.
—¿Estudia alguna carrera relacionada con el arte?
—Correcto, en ese entonces yo empecé a estudiar; mi familia estaba en Quito y me vinculé a la Escuela de Artes en la Universidad Central. Fue parte de mis inicios. La otra parte, bueno, estaba joven y me salió un viaje a Caracas, no tenía pensado quedarme bastante tiempo; era una visita de museos para ampliar conocimientos, pero sucede que mis primeros cuadros los vendo en Caracas y fue tanta la emoción de vender que, entonces, dije no, yo voy a quedarme creando aquí, con eso puedo pagar mis estudios de arte, voy a ingresar a la Escuela de Artes y comprar mis materiales y así sucedió. Me quedé en Caracas pintando cerca de unos tres o cuatro años; prácticamente, esa fue mi formación.
—¿Recuerda sus relaciones artísticas en Caracas?
—Sí, tuve la oportunidad de conocer a grandes maestros; en ese entonces, Caracas era diferente, estamos hablando de los años ochenta, allá se llevaban a cabo exposiciones importantísimas, como, por ejemplo, en el Museo de Arte Moderno se exhibía una colección de Fernando Botero, imagínese la dimensión; había exposición de Jesús Soto, Cruz-Diez, y yo me involucré con esa cultura y eso para mí fue maravilloso.
—Usted también estuvo por Egipto, Israel, España y Colombia. Realicemos un breve recorrido por sus principales exposiciones en el mundo.
—Bueno, ya estaba en estudios y talleres y pintaba y seguía investigando y a partir de eso comenzó una serie de exhibiciones por el mundo. Primero por Sudamérica, exposiciones en Bogotá, y luego por todo el continente. Cuando vine a ver, ya estaba viviendo en Nueva York, en París, en Londres. Fue un viaje no planificado, igual que mis inicios. Poder ver museos como el Louvre, el de Nueva York, los de las grandes metrópolis. Eso para mí fue muy alimentador.
—La estética, el estilo. ¿Qué dicen los expertos? ¿Cómo definen la obra del maestro Quimbita?
—Yo, a estas alturas, no creo mucho en los estilos; creo en el trabajo cotidiano, en la investigación; el estilo se da por sí solo. En mis primeras etapas, hacía arte abstracto y hacía una serie de investigaciones con técnicas de esa propuesta más disuelta, pero me fue gustando más el área figurativa. Esa donde uno puede definir mejor las cosas. Eso captan los entendidos del arte. Obviamente dentro de eso tiene mucho que ver el estudio y el análisis que hace un crítico de arte. Pero ese trabajo le corresponde al crítico, no a mí.
—¿Cómo nace un cuadro suyo? ¿De emociones? ¿De imágenes? ¿En dónde está el germen de cada uno de sus actos creadores?
—Bueno, primero, no existe el cuadro. Lo que existe es el momento cuando llega ese fluido de creatividad que se da solamente en la mente del artista. Lo que llamo la parte “etérica”. Pero, ¿cómo materializarlo? Procedo a graficar a través de un boceto a lápiz. No debo dejar pasar ese momento. Lo grafico y, si es posible, inmediatamente ejecuto la obra. O sea, trato de cerrar el capítulo en ese instante porque sé que, de ahí a mañana, vienen otras ideas y así sucesivamente: un cúmulo de ideas. Entonces es importante cerrar cada capítulo. Cada uno de ellos es una obra que debe estar concluida y la firmo y ya está.
—Usted es un referente en la pintura latinoamericana contemporánea. ¿Qué consejo puede brindar un maestro consagrado a los jóvenes que se inician o se apasionan por el arte de la pintura?
—Primero, no desesperarse. Con ello me refiero a que nuestra juventud es, a veces, muy acelerada. Lo entiendo —y todos lo entendemos— porque también fui joven; se quiere conseguir algo rápido y aprisa y eso en el arte no es. Es un viaje hermoso, largo, pero que se consigue con constancia y disciplina. Y la otra cosa, a veces, los jóvenes quieren vender un cuadro y esa no es la idea en el arte. El arte tiene que ser: arte por el arte. ¿Qué quiero decir con esto? Que hasta ahora yo no consigo pintar, a estas alturas, una obra para vender. No; yo lo pinto es para mí, para mi placer y mi disfrute. Por eso es que la obra mía, afortunadamente, tiene éxito, porque yo estoy comunicando: no para una venta. El arte es comunicación del mensaje que quiero dar. Ahora, que un coleccionista, un amante del arte, se conecte con esa idea y lo compre, bueno, eso es ya otra cosa.
—El pintor de la luz es una manera poética de definirlo a usted y su obra. ¿Cuáles son los nuevos proyectos del maestro Quimbita? ¿En qué viene trabajando en este momento?
—El pintor de la luz viene justamente de lo que hablé en los inicios, cuando hice ese cambio de la luz andina a la luz tropical. Mi paleta de gris es un espléndido destello de luz. Pero ahorita, por ejemplo, estoy interesado también en otro tipo de luz. Pintar la niñez. ¿Cómo es el niño? Es luz, es ternura, es pureza. Entonces hay otro lenguaje más avanzado que viene siendo la luz, pero que, en este caso, ya sería una luz espiritual.

Breve apreciación
La representación pictórica de la figura humana es un leitmotiv que se mantiene a lo largo de los siglos formando toda una tradición. Sin embargo, más allá de lo estilístico que implica habilidades personales, plasmar la figura humana no es sólo seleccionar formas, texturas y colores, sino que, primordialmente, es dar sentido a la dimensión espiritual, volverla arte y comunicación, y mejor todavía si se lo logra dentro de un entorno.
“Mi paleta realmente es andina; cuando llegué a Caracas era luz, entonces tuve que aprender a trabajar con tonos caribeños que enriquecieron mi estilo”, dice Quimbita. Tomemos una de sus obras: Peregrinaje a la conciencia # 2, pintada durante la pandemia, un retorno a la unidad familiar, gracias a que la pandemia abrió un espacio de reencuentro rompiendo esa dinámica del mundo contemporáneo que disgrega y disuelve los vínculos humanos. Es una obra en la que predomina el azul.
En el arte occidental, el azul como tonalidad evoca sentidos de divinidad, inmortalidad, verdad, sabiduría. Y en asociación con el mar y el cielo, sentimientos de tranquilidad y libertad. Tiene un carácter metafísico. En Peregrinaje a la conciencia # 2 el azul domina la escena que contrasta con el fondo lunar, pero el azul es imperante en las aves, en los personajes, en el mar que parece proyectarse en las alturas.
La metáfora de lo azul —tan simbólica en el movimiento modernista—, en el caso de Quimbita, crea un mundo de connotaciones que enriquecen la obra y obligan a la interpretación. En el cuadro referenciado, el retorno a la unidad de la familia está enmarcado, entonces, en una tranquilidad y una sabiduría y un tiempo, producto del magistral uso del azul, que propicia el retorno a lo cotidiano: pasear una mascota o jugar y proteger a los niños del hogar.
En la tradición pictórica latinoamericana, Luis Montero, Francisco Laso y José Sabogal son pintores que se insertan en un proceso de búsqueda de identidad y quienes representan la figura humana en diversas condiciones, acciones y espacios geográficos (Meza Untiveros, 2024). Quimbita enriquece la tradición. Rasgos y labios protuberantes que hablan de presencias afrodescendientes, personajes en danzas andinas, en bicicletas, con paraguas, muchas veces acudiendo a fisonomías geométricas. El sabor terrígeno está latente siempre.
Y el estilo —Quimbita no cree en eso—, digamos sí que, lejos de academicismos, es un rotundo golpe de la imaginación, de ideas muy bien pensadas y mejor concebidas, materializadas en una simetría y profundidad que lo convierte —indudablemente— en uno de los grandes referentes de la pintura contemporánea en América Latina. Hay que apreciar la obra de Quimbita, hay que conocerla, hay que mirarla. Diseminarse en sus embrujos de luz y de color.
Referencias
- Meza Untiveros, Miguel Ángel (2024). “Estética contemporánea andina: la figura humana en la pintura ayacuchana, 2000-2020”. Educare et Comunicare, Revista de Investigación de la Facultad de Humanidades; 12(2), 52-66. Universidad Católica Santo Toribio de Mogroviejo, Chiclayo (Perú), 28 de diciembre de 2024.
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