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Pátera es su poemario más político:
Iván González quiere arañar la belleza perdida actual a través de las palabras

jueves 28 de mayo de 2026
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Iván González
Iván González: “Con Pátera ha explotado en mí definitivamente algo que llevaba en germen en toda mi obra: que mi única patria verdadera es la cultura y que mi única moral tolerable es la belleza”.

Pátera es un libro del español Iván González compuesto por un único poema. Sus versos, escritos con clara conciencia del ritmo, marcan una travesía simultáneamente íntima y colectiva. Un recorrido por una Venecia atravesada por el turismo y la memoria es el punto de partida para describir el presente europeo interpelado por sus propias fisuras: la migración, el desgaste de sus instituciones, la conversión de la cultura en espectáculo.

Suerte de diálogo entre un padre y su hijo, el libro nos muestra una dimensión temporal compleja: uno es la mirada cargada de memoria y conciencia crítica; el otro es la continuidad, pero también la incertidumbre. Lo heredado y lo por venir son la materia de estos versos que, mediante ágiles imágenes y asociaciones, van trazando una cartografía inestable, en la que el lector se mueve entre la contemplación, la inquietud y la extrañeza.

Nacido en 1975, González es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. En 2024 publicó La mano del ventrílocuo, libro sobre el cual sostuvimos una conversación el año pasado. Además es autor de Otras alas (2005), Música de un naufragio (2011), Silencio del mundo roto (2014), Gigoló en Riad (2019), Tras la verja azul: viajes por el mundo de un periodista sin bandera (2021), Algas de un mar aéreo (2022).

 

Pátera, un poema a la esperanza humana

—Tu libro Pátera es un único y largo poema que toma como punto de partida un paseo de un padre y su hijo por Venecia. Pero lo que empieza como turismo va a convertirse ante los ojos del lector en una reflexión profunda sobre la decadencia de una Europa que ha perdido su humanismo. Comencemos por hablar sobre los orígenes de este libro, lo que te llevó a escribirlo.

—Este libro nace del cabreo, por eso es mi poemario más político. A los que hemos nacido en el siglo XX y tenemos unas cuantas lecturas encima, a los que hemos vivido una Europa, un Occidente, donde todo no tenía un valor monetario, estos políticos actuales, esta burocracia de Bruselas y sus élites no nos engañan. Nos pueden contar lo que quieren por sus medios de comunicación subvencionados y manipulados, pero a unos cuantos millones de europeos no nos engañan. El tiempo —sobre todo haber vivido otros tiempos— te enseña algunas cosas, una de esas cosas es a tener cierta perspectiva. No obstante, mi enfado de ahora, poco a poco, intuyo, con unos años más, se va a convertir en la torre de Montaigne, en un apartamiento de la cotidianidad. Quizás este sea mi primer y último libro político (risas). De todas formas este libro no es un ensayo. Es poesía. Es un intento de arañar la belleza perdida actual a través de las palabras.

“Pátera”, de Iván González
Pátera, de Iván González (RIL Editores, 2026). Disponible en la web de la editorial

—Me parece que la presencia de esa relación entre un padre y un hijo —relación que se convierte en el motor subyacente del libro—, le da a Pátera un tono particular, no exento de sustancia poética, en el que destaca una conciencia de crisis sostenida. Le hablas al tiempo: al futuro incierto y al pasado que prefiguró nuestro presente. En este contexto, ¿pensaste en ese diálogo, en ese hijo, como una forma de redención?

—Ese padre del poemario que descubre en el hijo la mirada del entusiasmo tiene el ADN de la esperanza humana. El ser humano siempre tiene capacidad de albergar esperanza. La tendría incluso aunque le volasen el planeta entero. Esto el poeta lo pinta con palabras.

—Venecia, esa tensión entre su rica historia y su atractivo turístico, encarna una civilización que exhibe su pasado mientras su presente se vacía de sentido, se convierte en mercancía y se enfrenta a realidades como la migración, la desigualdad o la banalización del sufrimiento. ¿Qué símbolo, qué metáfora te da la ciudad de los canales que no hubieras podido encontrar en ningún otro lugar de Europa?

—Siempre que entro a Venecia, que suele ser en invierno y con niebla, siento un asombro silencioso que toca algo profundo en mí como europeo. Algo de lo que fue la mejor Europa: la más sabia, la más libre y la más bella.

 

Iván González y su poesía que parte del sonido

—El lenguaje en Pátera puede tener un ritmo vertiginoso. Va acumulando imágenes que en algunos versos recuerda más el montaje cinematográfico que la sintaxis poética convencional, con saltos abruptos y planos que se superponen. ¿Es deliberada esa lógica visual?

—Sí, y esto ya lo sabía Eliot en La tierra baldía. Yo le recojo el testigo en este poemario. Pátera es música. Creo que con este poemario recupero el sentido original de oralidad en la poesía. Este es un poemario para ser leído en voz alta. Creo que la única presentación posible de este poemario sería poder leerlo de continuo, en un lugar tan en penumbra como Venecia de noche, y en voz alta. Pátera es un canto estético antes que otra cosa.

—Hay una musicalidad interna muy marcada en el poema: el sonido como estructurante del sentido, no como ornamento. Palabras como “pátera”, “vaporetto”, “posidonia”, “vencejos” tienen una presencia casi física. ¿Hasta qué punto el oído manda sobre la inteligencia cuando escribes?

—He leído miles de libros de poesía. He leído poemarios de muchas corrientes distintas, pero cada vez veo más claro que la línea de donde surge mi poesía —como en su momento surgía mi prosa— viene de lo sensorial, de lo vital antes que de lo académico o intelectual. Cada vez me interesa menos —como me ocurrió al principio de mi obra, aún en prosa— lo conceptual, lo abstracto, lo alejado de la vida. He leído mucha poesía fría y cerebral, que me ha influido durante un tiempo, pero de nuevo siento que estoy soltando lastre y volviendo a quien yo era cuando comencé. Con este poemario cierro ese ciclo de aprendizaje y acercamiento a esos poetas y a esa poesía —en mucho casos hipervalorados por la crítica española— que me dejan más frío que un Debate sobre el Estado de la Nación. Mi poesía parte del sonido, de la música, y de un intento de atrapar ese instante de belleza del mundo. Así fue desde que escribí la primera palabra de Otras alas —yo no voy a renegar de mi primer libro.

—Hay una tremenda intersección de símbolos en este libro. El título es, en sí mismo, una declaración: las pátere (en singular pátera) son los bajorrelieves que sirven como brújula para no perderse por Venecia, pero también el término parece remitir a la embarcación precaria de los migrantes. ¿Qué hay detrás de este sistema simbólico?

—Efectivamente ambas palabras, etimológicamente tan cercanas, están emparentadas en su capacidad para orientar. Las dos nos sirven de guía a los europeos sobre lo que debemos y no debemos hacer para no perdernos por el camino.

 

De vuelta a un lenguaje profundamente apegado a la vida

—Has escrito poesía, narrativa de viajes y lo que podría llamarse ensayo lírico. Pátera parece ser el poemario donde esas formas se fuerzan entre sí más violentamente. ¿Fue deliberado buscar un género híbrido, o el tema —Europa, migración, decadencia— exigió esa forma y rechazó los moldes tradicionales?

—Siento que con este poemario extenso, de un solo poema, ha explotado en mí definitivamente algo que llevaba en germen en toda mi obra: que mi única patria verdadera es la cultura y que mi única moral tolerable es la belleza. Siento que el mundo actual en el que vivo, con su clase política infame, su sociedad anestesiada y su falta de sentido estético, me ha abocado a trabajar, durante años, edificios de palabras donde refugiarme de un mundo tremendamente vulgar.

—El libro llega después de La mano del ventrílocuo, una obra que ya exploraba la fractura entre el individuo y el mundo contemporáneo y que lo hacía mediante la misma premisa de un poema largo con la belleza perdida como uno de sus temas principales. ¿Es Pátera una continuación natural de ese camino o estás abriendo una senda distinta, un registro que todavía no habías habitado del todo?

—Con Pátera, con su música, que está hecha para ser cantada como en una burbuja de luz suave, ya sin puntuación, con su lenguaje retorcido, que algunos han llamado neobarroco, llego a un techo que rompe algo, y que me lleva, creo, hacia una posición de comprensión profunda de que para mí no hay nada más importante por lo que luchar que por la recuperación de los instantes de belleza en el mundo. Creo que este libro, con un estilo desatado de metáforas e imágenes poéticas, cierra una carpeta de un lenguaje más difícil acaso, que comienza con La mano del ventrílocuo, y que de alguna forma me va a llevar en un futuro, creo, intuyo, de vuelta a casa, adonde comencé, a un lenguaje profundamente apegado a la vida.

—Aunque este poemario se ancla en una geografía y en un imaginario reconociblemente europeos, da la impresión de que en esa realidad se proyecta una dimensión más amplia de lo humano. El desarraigo, la violencia estructural, la mercantilización de la vida, la relación con la memoria y con el futuro, son todos estos temas que nos incumben a todos. En tu opinión, ¿qué tiene que decirle Pátera a un lector no europeo?

—Creo que a cualquier humano, Pátera le habla —usando esa relación de un padre y un hijo— de que no hay vínculo más natural que el de la propia tribu —así es en cualquier especie animal, y la nuestra lo es—, le habla de que hay poderes hostiles, de que en el fondo está radicalmente solo, pero aun así, aun en esa soledad universal, siempre se puede hallar belleza, y que esa belleza es la que ha de plasmar el arte, con palabras, pintura, música, arquitectura, lo que sea. Yo creo que el arte trasciende cualquier miserable cotidianidad y nos hace mejores homínidos. Buena parte del arte contemporáneo —en todas sus manifestaciones, también en la poesía— denuesta la belleza; es feísta y mental; está hecho con conceptos y soflamas; es mediocre en su afán de adoctrinamiento y de igualitarismo. Ahora que lo pienso, quizás este libro —que es esencialmente música— sólo canta la necesidad de recuperar la brújula del sentido común. La belleza, como el arte verdadero, siempre ha sido excelencia.

Jorge Gómez Jiménez

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