Eleonor tenía diez y siete años cumplidos cuando se casó con Gabriel. Se fueron a vivir a una lejana casa en la Costa Negra, apartados del rigor y la vigilancia de los padres de su esposo. Él era reservado, sólo hablaba lo necesario. Ella, por su parte, era risueña y elocuente. Y, aunque su matrimonio era fresco, su existencia no funcionaba con alegría.
Durante los primeros meses de sus nupcias ella descubrió sus celos y obsesiones. Gabriel, en cambio, con incertidumbre y pesar confirmó lo que su instinto le aconsejó tiempo atrás: que Eleonor era la más indicada para ser su esposa, pero la peor para ser su amante.
Cuando la noche llegaba, Gabriel se acostaba en la misma cama y abrazaba a la que ahora era su legítima esposa. Ella le recordaba con palabras dulces cuán afortunada se consideraba en ser su mujer. Él, sin embargo, era presa de pensamientos ajenos a su corazón. Le atormentaba el hecho de haberse precipitado en una decisión como la del matrimonio y, al ser irremediable, le pedía a Dios que lo alejara de toda tentación, puesto que, al estar ya comprometido, tenía que hacer valer su promesa.
Los padres de Gabriel les habían entregado, como regalo de bodas, aquella hermosa casa construida con madera de abeto, ubicada a un costado de la playa. Su hogar se advertía apartado y lúgubre, únicamente frecuentado por las gaviotas que bajaban del cielo a picotear pequeños crustáceos que terminaban enterrados en la arena.
Eleonor solía sentarse en el balcón para observar el vuelo de las aves marinas y el sonido de las ondas del océano que se estrellaban contra las afiladas peñas. El interior de la casa lucía siempre apagado, como si las paredes le indicaran a esa joven que ella era una intrusa, ya que de ellas colgaban decenas de retratos y fotografías de la familia de Gabriel, entre antepasados y parientes que incluso él desconocía.
Dentro de ese anómalo aposento Eleonor gastaba los días con pasatiempos, como tejer y cocinar. Sin embargo, su joven esposo siempre elegía escapar de allí. Él había comprado un pequeño bote pesquero con el cual solía navegar cortas distancias. A veces recorría la playa en busca de un pez que nunca aparecía, otras veces se adentraba un poco en alta mar con el solo propósito de alejarse del aburrimiento. En esas travesías, Gabriel reflexionaba largas horas acerca de su vida junto con aquella mujer. En un inicio, la consideraba complaciente; no obstante, a causa de la maldición de la rutina, la empezó a imaginar infantil y antipática. En el clímax de sus reflexiones, Gabriel era consciente de que la amaba, quizá con un amor cruel y tan extraño que incluso él no comprendía, pero a la vez asumía su actitud como totalmente exigente. “Quizá si ella fuese menos dulce... pero, ¿por qué no sólo abandonarla?”. Y así como las olas del mar golpeaban su bote, estos pensamientos también empujaban su mente hacia un abismo del cual no lograba salir.
El viento condujo su bote una tarde hasta un lugar apartado de la playa, un lugar desprovisto de palmeras y turistas. Gabriel encalló el bote y se tendió sobre la congelante arena. Ese sitio parecía encontrarse en un punto ciego de la playa. Nunca había estado allí. Ese pequeño rincón no era totalmente silencioso, pues se escuchaban las olas y el viento, pero estaba desprovisto de atmósfera humana. No fue después de unos minutos de supuesta soledad que Gabriel se descubrió observado por una mujer escondida entre las dunas.
Corría el mes de enero y la Costa Negra, donde vivían ellos, se animaba más durante otras temporadas del año. Esa mujer que descubrió Gabriel no podía ser una turista cualquiera. Pronto supo que ella era una habitante del pueblo y que no vivía lejos de su hogar. La mujer le dijo que ella sabía quién era él, incluso que sabía quién era su familia y quiénes fueron sus ancestros. Dijo sentir respeto por su apellido y, después de unas horas de conversación, lo llevó hasta su cabaña.
En la morada de la mujer, Gabriel fue seducido por un ambiente completamente opuesto al de su hogar. Se sintió tentado por imágenes exóticas, olores afrodisiacos y texturas extravagantes. La mujer decía llamarse Ester y era diez años mayor que Gabriel. Y, a pesar de que él se asumía como un muchacho frente a ella, no pudo apartar una terrible sensación de su interior. Sus piernas bronceadas y descubiertas, su cintura entallada, su cadera ancha, su larga cabellera azabache y sus ojos aguileños lo sedujeron diabólicamente. Ester, como si pudiese leer sus deseos, se despojó de sus vestimentas e invitó al joven a poseerla.
Todas las tardes, Gabriel navegaba hasta esa parte de la playa, encallaba su bote e ingresaba en la cabaña de Ester para dormir con ella. Paradójicamente su ánimo y su trato con Eleonor mejoraron. Sin embargo, al caer la noche, cuando Gabriel navegaba de regreso a su hogar, la culpa lo atormentaba. Sabía que ese exótico amorío con Ester era una traición a su palabra y una mácula en el linaje de su familia. Después de todo, Eleonor, incluso con sus defectos, representaba todo lo que sus padres admiraban de una esposa.
Afortunadamente para su matrimonio, Gabriel, a fuerza de repetición, terminó por fastidiarse del cuerpo voluptuoso de Ester y una tarde le dijo adiós por última vez. La bella mujer lo comprendió y lo despidió, viéndolo alejarse entre las tinieblas y las olas del mar.
Una vez más Eleonor observó que Gabriel volvía a enamorarse de ella. Y nuevamente la pasión y el deseo ingresaron en su matrimonio. Como efecto de ese retorno sentimental Eleonor quedó embarazada. Gabriel, atrapado entre la culpa y el triunfo, dispuso una gran celebración con la familia de su esposa y la suya para consagrar el advenimiento de un nuevo descendiente.
Y la celebración tuvo lugar dos meses antes de que Eleonor diera a luz. Ambas familias intercambiaron palabras, consejos y halagos. Gabriel se advertía mucho más alegre que cuando se casó con su esposa. Ella, sin embargo, lucía más vacía, más cansada. Probablemente la rutina o la soledad en esa casa la habían hecho introvertida. Y, sin embargo, al ser cuestionada sobre el nombre que le daría al ser que llevaba dentro, ella respondió con absoluta seguridad: “Gabriel, si es niño. Milagros si es niña”.
Fue niña y nació sana. Los ahora abuelos, padres de Gabriel, compraron todo lo necesario para la crianza de la niña y lo enviaron a la casa de la Costa Negra. La niña representó un verdadero milagro para sus padres. Gabriel se sintió auténticamente satisfecho con su vida actual, pues se asumía completo, totalmente realizado, como si esa pieza que faltaba a su vida por fin hubiese aparecido. Eleonor, por su parte, supo que Milagros era el pilar definitivo para la felicidad de su matrimonio.
Eleonor, durante esos años de crianza, se dedicó de manera devota a su hogar y a su hija. Gabriel, quien seguía confundido por su anterior aventura con Ester, le costó trabajo adaptarse a la vida en la Costa Negra; sin embargo, consiguió un empleo como administrador en una planta de alimentos marinos que daba a una hora de su casa.
El desarrollo de la niña fue bastante normal o quizá más cuidadoso de lo que se supondría. Era alimentada con lo mejor que la fortuna de Gabriel podía costear. Incluso Eleonor decidió relegar las faenas de la casa a una sirvienta con tal de no perder de vista un solo momento a Milagros. Ella representaba lo mejor de ellos dos. Sus ojos eran grandes y violetas, sus rizos rubios caían bajo sus pequeñas orejas y, cuando la niña cumplió un año, les regaló a sus padres la alegría de poder llamarlos con graciosos balbuceos.
A causa de los excesivos cuidados y atenciones, Milagros creció con un carácter caprichoso e imaginativo. No obstante, sus jóvenes padres no podían decir que no a todo lo que ella quisiera. Asimismo, como efecto de su mala crianza, la niña, al cumplir los cuatro años, exigía postres y golosinas frecuentemente, puesto que ya era capaz de formular frases coherentes. Incluso sus padres auguraron que sería una niña bastante inteligente gracias a que a tan corta edad ya podía expresar con palabras sus pensamientos.
Y la felicidad que les daba su hija los cautivó. Pero una tarde, cuando el mar empujaba embravecido el agua tormentosa contra las rocas del desfiladero y los relámpagos iluminaban la cúpula ennegrecida del cosmos, la niña fue llevaba al comedor, sentada en la mesa con sus padres y se le ofreció un plato de sopa. La niña dio unas cuantas cucharadas y luego apartó el plato lejos. Ese comportamiento llamó la atención de su padre, quien le preguntó:
—¿Qué pasa, luz de mis ojos? ¿Por qué ya no quieres tu sopa?
—Porque ya la tocó —respondió con tristeza.
—¿Quién la ha tocado, Milagritos? —preguntó su madre, sin saber a qué se refería la niña.
—El que no me deja comer —concluyó inocentemente.
El padre, sin saber de manera exacta a qué se refería su hija, cuestionó a su madre, quien tampoco supo dar una respuesta. Después de discutir sobre lo que podría haber comunicado Milagros, Gabriel acercó el plato de sopa y probó su contenido para después escupirlo.
—¡Está salado! ¡Asquerosamente salado!
Luego de acusar a la sirvienta de haber salado la sopa, Gabriel comprobó que el resto de ésta, que se encontraba en la olla, tenía un buen sabor. Tanto él como su esposa dejaron pasar la situación como algo extraño, quizá un error humano o alguna travesura de la niña.
No costará trabajo comprender la espeluznante impresión que causó, cierta noche posterior, cuando la familia se había sentado para cenar, que Milagros, mientras comía un guiso de verduras, apartó nuevamente el plato de comida y su padre encontró algo completamente asqueroso dentro de ésta. Al principio la niña dijo que su comida otra vez había sido “tocada”. El padre, quien recordó lo que había pasado la noche anterior, tomó el guiso y, al meter el tenedor, advirtió algo inusual. Al jalarlo con el cubierto, descubrió una materia elástica, áspera y, al examinarla bajo la luz del comedor, la juzgó estriada y repugnantemente verrugosa.
Se puso de pie inmediatamente y apartó a su hija del comedor. Llamaron a la sirvienta, quien había cocinado el guiso. Se le acusó de querer envenenar a la niña. La trabajadora, sin saber qué es lo que había ocurrido, sólo alcanzó a ver la piel verdosa y flácida de un sapo sobre la mesa. La epidermis del bicho parecía haber sido arrancada del animal y arrojada a propósito a la comida.
El hecho consternó terriblemente al matrimonio, quienes despidieron a la anterior sirvienta para buscar a una nueva. Sin embargo, a pesar de las medidas que claramente fueron injustas, el suceso se volvió a repetir poco después. Como lo mencioné, la niña era caprichosa y, al igual que todos los de su edad, prefería las golosinas y los postres en lugar de los guisos. Cierta tarde, cuando su madre quiso alegrarla con un helado de chocolate servido sobre una bandeja, para impresión de todos, Milagros lo apartó lejos de ella. Dijo que alguien había envenenado el postre y se negó a tocarlo.
Persuadidos sus padres de que se trataba de algún trastorno ocasionado por los eventos anteriores, se adentraron en consentirla. Ellos eran incapaces, como cualquier pareja de padres primerizos, de ser rigurosos con Milagros. Esa entidad que existía en las visiones de la niña le impedía comer; ni siquiera le permitía probar un solo bocado de alimento. Lo mismo ocurría cuando su madre le daba de comer un caramelo, una fritura, un pedazo de fruta o una taza de té. Aquella cualidad, que tanto había enorgullecido a Gabriel y a Eleonor, la elocuencia que prometía ser un reflejo de la inteligencia de la niña, ahora les aterraba profundamente, y es porque la niña, en su limitado vocabulario, les informaba que esa oscura entidad envenenaba todo alimento destinado a ella.
Convencidos de que era un trastorno, y que posiblemente era la misma Milagros quien manipulaba los alimentos, su padre llevó al médico, dado que la niña cada día se advertía más pálida y débil. El médico parecía conocer la causa de ese mal infantil. Recomendó vigilancia, cuidado permanente y disciplina, de ser necesaria. También recetó vitaminas y una dieta con vegetales. No obstante, Milagros se negó a comer alimento alguno. Apenas probaba bocado, lo escupía o regurgitaba. Sus padres, en su desesperación, se cuestionaban acerca de lo que pudiese estar ocurriendo. Era Eleonor quien cocinaba y, al tener la ligera sospecha de que la misma Milagros era la que manipulaba la comida, vigilaba todo el tiempo que la niña no tocara los alimentos. Pero todo esfuerzo fue inútil.
Gabriel, en su consternación, trataba de persuadir a su hija de comer tan siquiera unos bocados. La niña, quien ya para ese momento lucía pálida y quebradiza, acusaba que sus alimentos habían sido contaminados. ¿De quién hablaba cuando decía que la sopa había sido “tocada”, o cuando sus caramelos habían sido “envenenados”? Y mientras los días transcurrían entre lamentos de Eleonor y visitas del médico, Gabriel comenzaba a dudar del estado mental de su pequeña. Pero incluso cuando él probaba los alimentos y descubría que, siniestra y efectivamente, había un sabor extraño, a veces terroríficamente salado o incluso con restos de pieles de anfibio, sus explicaciones recaían en que su misma hija era la responsable.
Y en la medida en que el ayuno de Milagros se prolongaba, su debilidad aumentaba. Los padres estaban devastados y a la vez impotentes ante tal enfermedad. La niña apenas reconocía su casa. Y una noche, cuando el mar embestía la costa con furia y el huracán arrancaba las velas de los navíos, la niña enfermó. Al principio fue afectada por una ligera fiebre que, con las horas, se transformó en una terrible neumonía. Al encontrarse tan débil y desprovista de fuerzas, a causa del prolongado ayuno, la niña no pasó la noche.
A la mañana siguiente, tanto la familia de Gabriel como la de Eleonor, realizaban la misa de cuerpo presente para la pequeña difunta. Su muerte representó un golpe insoportable para ambos. Sabían que nunca podrían recuperarse de semejante pérdida. Sus vidas se vieron opacadas por una sombra densa e insoportablemente inquietante. Perdieron el gusto por los días soleados, por las sonrisas o cualquier otro pasatiempo que les recordara a Milagros. También la comunicación entre ambos desapareció. Eleonor lloraba todos los días, encerrada en su recámara. Gabriel, quien tampoco podía soportar el dolor y la melancolía, retiró todos los retratos de Milagros y los incineró en la playa.
Así pasó un lustro de sus vidas y, sin encontrar otro remedio para su sufrimiento, decidieron tener otro hijo. Eleonor concibió un nuevo ser, pero no a partir de un acto de amor, sino desde una necesidad nostálgica, a partir de una obsesión y un deseo de reemplazo. Ambos sabían que sus vidas y su matrimonio no volvería a ser el mismo nunca más. Y, a pesar de todo, Eleonor dio a luz a una niña una vez más. La diferencia con ella es que no fue recibida con la misma emoción que a Milagros. No obstante, esta vez ellos se asumían como padres maduros. Lo cierto es que tanto Gabriel como Eleonor eran conscientes de que estaban siguiendo los pasos de un proceso que había fallado en un principio.
La llamaron Mariana y la criaron con mayores cuidados que a la anterior. A causa de la rigidez de su formación, la niña creció en un ambiente opresivo y paranoico. Los padres nunca volvieron a hablar de Milagros; su recuerdo había sido enterrado, pero no estaba completamente muerto. Intentaron borrar la memoria de su anterior hija de esa casa. De la misma manera, Mariana, al cumplir los dos años, lucía muy diferente a su hermana difunta. Ella poseía un sedoso cabello anochecido, unos prolongados ojos marrones y una risible línea bajo la nariz que era su boca. En realidad, durante esos años de crecimiento, los padres evitaron incluso recordarse mutuamente los sucesos del pasado.
Y mientras los años transcurrían, las facultades comunicativas de su segunda hija se tornaban más elocuentes. Esto, en lugar de ser un motivo de alegría para ellos, representaba en silencio un profundo tormento que se mantenía a la expectativa. La niña, al igual que la anterior, tenía la cualidad de poder comunicar sus pensamientos con claridad. Y cuando ella cumplió los cuatro años de edad, la maldición volvió a aparecer.
Cierta noche, de manera inesperada, Mariana comenzó por rechazar sus alimentos. Cuando Gabriel, con voz temblorosa, la cuestionó, la niña respondió: “La comida ha sido envenenada”. Los padres no mencionaron nada. No era necesario. Decidieron reconocer estoicamente que el ciclo iba a repetirse irremediablemente. Pero, aunque la calamidad ya se había anunciado una vez más, ellos contaban con la experiencia, así que decidieron tomar todas las medidas necesarias.
Cuando interrogaron a su hija, ella les respondió, a partir de las palabras que conocía en ese momento, que era una entidad siniestra e inefable la que le impedía ingerir los alimentos. Sus padres, poseídos por un terror insoportable, la convencieron de comer. Cuando Mariana volvió a negarse, Gabriel, atormentado por el recuerdo de su pérdida anterior, obligó a su segunda hija a ingerir los alimentos a la fuerza y, al hacerlo de manera salvaje, el hombre descubrió, en el fondo del plato, una piel de sapo verdosa y cubierta de verrugas.
Los horrores del pasado se revelaron con brutalidad en sus sentidos más sensibles. A diferencia de Milagros, Mariana era menos susceptible de aterrorizarse y, por ello, lograba alimentarse con pequeños bocados. Sus padres, a causa de eso, intentaban pasar por alto el terror que les generaban las declaraciones de su hija. Pero con el pasar de los días, Mariana enfermó gravemente. El médico de la familia, quien conocía su dolor, diagnosticó un ligero envenenamiento. El terror y la desesperación se manifestaron en todo su esplendor al escuchar del médico que, efectivamente, la comida que había consumido Mariana estaba envenenada con pieles de sapo. Cuando los padres refirieron lo que estaba pasando, el médico, quien era un hombre escéptico, se mostró desconcertado y aconsejó que lo mejor era recibir ayuda de un sacerdote.
Gabriel acudió a la parroquia de la Costa Negra, en donde fue escuchado por el sacerdote encargado de la misma. Allí le narró los extraños eventos ocurridos con su primera hija, eventos que en ese momento se estaban repitiendo con su segunda niña.
El sacerdote visitó su hogar durante la noche. Bendijo la casa y a Mariana. No obstante, advirtió que los padres, a pesar de haber procreado a una hija nuevamente, todavía el dolor los atormentaba. Para aliviar su sufrimiento, el viejo cura les aconsejó abandonar esa casa.
Luego de unos días de reflexión, Gabriel llegó a la conclusión de que el consejo del sacerdote era el más adecuado. No tardó mucho tiempo en organizar la mudanza y conseguir una nueva vivienda en un alejado pueblo, cercano a las montañas nevadas. Allí, Gabriel compró una hermosa casa en donde dispuso todo lo necesario para mantener su mismo estilo de vida.
Después de todos los cambios e incomodidades que implican adaptarse a un nuevo lugar, los padres pronto se acomodaron a ese nuevo ambiente en aquella enorme casa. Y con sorpresa, pero también con alegría, advirtieron que el cambio funcionó. Mariana recuperó el apetito y, durante un año, no volvió a mencionar nada respecto a la comida o sobre aquella supuesta entidad que la acosaba. Su recuperación le enrojeció las mejillas y su ánimo mejoró notablemente.
Mariana fue inscrita a una primaria de señoritas en el pequeño pueblo. La niña iba a cumplir los seis años de edad y sus padres organizaron una fiesta de cumpleaños para la cual invitaron a todos los niños de su clase. La celebración la realizaron en el patio de la propiedad, en donde Gabriel dispuso todo lo necesario para que los invitados estuviesen contentos. Los niños reían y jugaban alrededor. Mariana era parte de aquella felicidad. Al anochecer, Gabriel reunió a todos los invitados para presenciar a su hija soplar las velas del pastel. La niña fue colocada en el centro de la mesa. Su madre la sostenía por la espalda mientras esperaba que la niña soplara y pidiera un deseo. Y cuando todos querían escuchar las palabras de la niña, advirtieron que su semblante se transformó en uno triste y desolado. Entonces su madre, quien fue la primera en advertirlo, le preguntó:
—¿Qué pasa, mi amor?
Pero la respuesta de la niña los dejó paralizados, como si sus palabras hubieran desenterrado un horror irresistible.
—¿Por qué lo invitaron? —fue su pregunta, con el rostro pálido y los ojos inertes.
—¿Qué? ¿Quién, Mariana? —preguntó desesperado Gabriel, quien buscaba por todos lados algo que no coincidiera en el lugar.
—Está ahí, entre los niños, sonriéndome —señaló Mariana, apuntando hacia un espacio vacío de la casa.
- Pieles de sapo - martes 30 de septiembre de 2025


