Contaba las monedas de camino a la terminal. Mendoza prefería marcharse a su casa lo antes posible. Soportaba a sus colegas, pero nunca tanto como para esforzarse en extender su presencia allí. A las 10:45, el bus estaba vacío, dormido. Respiraba el aire frío de la noche. Mendoza sentía la misma ligereza lúgubre que lo alcanzaba a esa hora. La contabilidad se le hacía natural ahora, casi automática. Mientras contaba monedas y billetes, ya podía imaginarse abriendo el portón herrumbrado de su edificio. Tenía la edad suficiente para ser antiguo, pero carecía del encanto necesario. Al pasar la diminuta recepción y comenzar a subir los escalones, el aroma a humedad (no a muebles o libros viejos) le lamía la nariz. Evocaba la melancolía de lo que pudo ser, pero nunca fue.
Llegó antes de la medianoche a su hogar, aquella noche. El único aspecto conveniente de vivir en el centro de la capital era acortar los trayectos. Lo poco que le quedaba de intimidad se salvaba gracias a esos minutos ganados. La puerta del piso 3, que encerraba la mayoría de su vida, crujía al contacto de la llave y el empujón. Como de costumbre, esto alertó a su perro, que apenas levantó su cabeza para constatar su presencia. Ambos conocían la rutina siguiente. Cuatro pasos a la cocina, tres dedos de licor de caña, dos cubos de hielo, un solo sorbo. Desde que su esposa se marchó, esta rutina había pasado de ser una afición a una necesidad. Su esposa se había llevado consigo la única resistencia al hábito que encontraba, y había dejado una pena que ahogar. Bastaban unas repeticiones para que la rutina empezara a difuminarse. Las cuentas se traslapaban en su cabeza. Los pasos se convertían en dedos, los sorbos en hielos. Una mirada indiferente al televisor y otra al perro dormido. Ambos recuerdos de compañía. Tras múltiples iteraciones, Mendoza dormía ruidosamente en el sillón. La botella vacía, el vaso sin hielo, y el perro, tendido a su lado como si completara el cuadro.
Otra vez mañana, y la luz se topaba con su ceño ya fruncido. También rutinaria era la lamida de su perro en la mano. Siempre y cuando no estuviese en su camino, bastaba con ignorarlo y avanzar hasta el baño. El desayuno siempre se tolera mejor después de la ducha. Siente menos juicio en la mirada de su perro así. Menos sucio, con menos noche pegada al cuerpo. El perro permanecía sentado frente a él, no ocupaba su lugar de costumbre. Su piel crispada turbaba toda la habitación. Lo miraba fijo a los ojos. Se inquietaba y retrocedía. Se daba la vuelta y se sentaba de nuevo. Giró su silla para enfocar su indiferencia hacia la ventana. Esto bastaba con la mayoría de niños, mujeres y mascotas. Menos atención y el problema merma. Para comenzar su día, tomó la botella del piso y engulló el equivalente a seis dedos de líquido. Respiró profundamente. Con los ojos cerrados, su propio juicio tampoco contaba. Por un instante, ese primer sorbo le nubló el sol y le apagó los quejidos.
De nuevo el sillón invitaba a continuar la faena. Un cuarto menos de botella y el día libre parecía sonar a risas e hipos, pero en su interior sólo resonaban ecos de vacío. El licor ofrecía tregua, no alivio. Los lloriqueos de su perro no molestaban más. Su panza inflamada le daba un aspecto inocente y juguetón que nunca le había visto antes. Nunca quiso aprender trucos y ahora hablaba y se hacía el gordo. Antes lo quería. Tal vez ya ni él me quiera a mí. Está bien bonito así, gordito. Que se quede siempre echado. Nadie quiere jugar aquí. O, ¿tal vez sí quiera? A veces ni lo vuelvo a ver, pobre. No habla, llora. Me llora y yo me lloro, nos lloramos. Ya sé que te duele, pobrecito. A mí también me duele, pero no el estómago. Te entiendo de cierta forma. No me veas más, ¡no puedo hacer mucho, amigo! ¿No ves cómo estoy? Aguantemos un poco, que luego salimos o te calmas o me calmo yo o nos quedamos dormidos. Aguanta poco y no me mires más.
Su rostro ante el espejo del baño reflejaba los tres días que llevaba en su casa encerrado. En vano había esperado la llamada solidaria de algún colega, o la persecución codiciosa del patrón, o el cariñoso auxilio de algún íntimo del que no se acordaba. En vano lavaba su cara y cambiaba de ropa. Mirando sus ojos quebradizos tomaba un trago para comenzar. Sabía que el licor lo acercaba más a ese otro yo. Al de las botellas acumuladas por el salón que lo hacían tropezar. Al de los vasos quebrados durante alguna laguna mental. Al que había orinado en una esquina de la habitación. Al que ya no tenía camisas sin vómito. Sabía que despertaría la empatía de ese otro que lo contemplaba llorando desde el otro lado del espejo, como si en el reflejo habitara un doble suyo, uno que aún supiera sentir. Aquel rabioso incompetente que ya no sabía ni sentir. Su perro acompañaba con la mirada, como de costumbre. Mendoza se deshizo de su camisa en un movimiento rápido. Su pecho rojo y venas inflamadas reclamaban frescura. Arrastró la única silla del apartamento y la colocó nuevamente sobre sus cuatro patas. El perro apenas se reubicaba. Sabía acompañar sin mucho más. Un trago más para el calor. Otro más por el esfuerzo. El último porque ya no importa más. El perro se postra al lado de su amo, atentamente dormido. Mendoza juega con la botella vacía. Este objeto tan simbólico siempre dejaba espacio para la reflexión, para la melancolía. Su perro respiraba profundamente. Su estómago se hinchaba y retrocedía con ritmo desigual. Escuchaba su pecho veterano trabajar con dificultad. Había hecho todo lo posible por olvidarlo, pero su presencia era intolerable en aquellos momentos. La botella rodó hacia el borde de la mesa. Se suspendió por un instante en el filo, un instante que Mendoza anticipaba. El gesto de auxilio estuvo ausente. La botella se desplomó. Un golpe seco y mudo fue replicado por un alarido y llanto resentido. Ninguno durmió esa noche. Mendoza con otra botella vacía en las manos y la mirada fija. El perro vigilante en una esquina a la distancia.
Esa noche, algo había quebrado la rutina. Mendoza sujeta con fuerza la botella que temblaba con sus manos. Intenta aplacar aquella sensación, pero no hay con qué. A veces ni yo mismo me entiendo. El sudor moja sus labios y cae en su pecho desnudo. Estoy solo y desde hace mucho. No, tú no cuentas. El perro bajó la cabeza al sentir la mirada pesada de Mendoza. Y no es que me hayas dejado solo, tal vez yo te dejé a ti. ¿Te sientes solo? Toma su silla y la acerca con cansancio hasta la esquina de su perro. El animal se estremece, acelera su respiración. Todo está bien. Estamos cansados, yo sé. Mendoza palpita y pierde el equilibrio sentado. Yo también estoy agotado, amigo. Queremos descansar, sólo eso. Con sus codos en las rodillas examina al perro. Te ves peor que yo. Antes jugabas y brincabas. Ahora ni caminar puedes en paz. Toma un pedazo de vaso quebrado. Sus ojos se humedecen. Todo es mi culpa, ¿no es cierto? Se acerca. Pero nadie me ayudó. Caen gotas en el suelo. ¿Lágrimas? ¿Sudor? No hace falta llorar. Pasará rápido. ¡Que no llores más, cabrón! Se enervan ambas espaldas. Ya va a pasar, ya casi pasa. Caen gotas en el suelo. Definitivamente orina. ¿Mía? Animal asqueroso. Pero así me has de querer. Agita sus brazos. Señala con el trozo de vidrio y gesticula un sorbo de la botella en mano. Avanza. No tengas miedo. No va a doler. Avanza la bestia. Cabizbajo, con sus ojos a medio cerrar, con el pecho inquieto. Como ganado. Caen gotas al suelo. Se sosiega el respirar. Ya no hay llanto, ya no hay gemidos.
- Lo que respira - jueves 6 de noviembre de 2025


