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Inspiración

jueves 27 de noviembre de 2025
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Nada tienen de relevante cuatro aceitunas sobre una mesa de madera. A no ser que hayan sido tomadas del olivo bajo el que descansan los restos de José Saramago. Entonces adoptan un cariz especial. Cuatro aceitunas verdes pasan a convertirse en un fetiche, en una inspiración. Esto es precisamente lo que le sucedió a Germán antes de su desaparición.

Habíamos estado en Lisboa aquella primavera y, por lo que supe entonces, él albergaba grandes esperanzas en la idea de una novela. “Nada que ver con los relatitos que he escrito hasta ahora”, dijo. Paseábamos junto a la ribera del Tajo y en sus manos el mapa de la ciudad aún se agitaba al viento. “¿Qué tiene de diferente?”, le pregunté. “Lo tiene todo —a la luz blanca del sol nuestros ojos se entornaban y las gaviotas volaban con suavidad sobre los barcos—. Por primera vez percibo que puedo crear algo sincero. Sólo necesito tiempo. Y a ti”. Yo pensé que tiempo era de lo que menos disponía. Y se lo dije. “Lo sé. Por eso quiero contarte algo —dobló el mapa con la delicadeza de quien manipula un papel antiguo y tomó mi mano. Noté su pulso entre los dedos—. Voy a dejar el trabajo”. De entrada, yo no estuve de acuerdo y traté de decírselo. “Es ahora o nunca —se había parado junto a un puesto de limonadas y de pronto la atmósfera se colmó de una amenaza de fatalidad—. Tienes que confiar en mí”. “No es una cuestión de confianza, Germán. Acabamos de casarnos y vamos a ser padres”.

Nos quedamos suspendidos en un silencio espeso durante unos segundos. Percibí entonces su mirada ilusionada, sin veladuras y repleta de luces, inocente y abierta a la vida como si mirase al mundo por primera vez. Tras él, al otro lado del río y en lo alto de la colina, la silueta serena del Cristo bendecía la escena con sus brazos abiertos en cruz.

Al rato, y sin llegar a un acuerdo, resolvimos callejear por la Baixa. La colorida belleza de las fachadas se había tornado a un gris de herrumbre, cemento antiguo y ceniza. Germán observaba el mapa con una fijeza obsesiva, como si perfilara ya en él los caminos y designios de aquel libro que pretendía escribir. Yo guardaba silencio.

De camino al Barrio Alto nos topamos con la Fundación José Saramago en la Rua dos Bacalhoeiros. La Casa dos Bicos era de un blanco sucio y monótona de ventanas. Enfrente tenía un jardín recién segado y un olivo. “Mira, aquí está enterrado José Saramago —dijo, excitado, y yo sentí una brisa ahilada, fría y desapacible—. Ven, toma el mapa. Hazme una foto”. Alargó el brazo para tomar unas ramas y tuve tiempo de fijarme en la tonalidad, la geometría y la densidad de su tronco retorcido y en el festival de aceitunas que cubría el suelo. “Me llevo estas a Madrid. Si él está aquí debajo y el árbol se alimenta de esta tierra, en ellas quedará algo suyo”. Aquella teoría no me pareció nada plausible en ese momento, pero no se lo dije.

Mientras nos alejábamos me pidió que le diera el mapa. Quería señalar en él su descubrimiento y trazar la manera más rápida de regresar al hotel. Recordé que me lo había entregado, pero no dónde lo había puesto. El cielo auguraba llovizna. Busqué en el interior del bolso y de los bolsillos del pantalón y desanduve el camino hasta el olivo, que era ya de un verde más sombrío y deshabitado. Era como si el viento hubiera arrastrado el mapa a un lugar remoto e inaccesible.

Germán corrió entonces en varias direcciones. Murmuraba palabras imprecisas mientras rastreaba el suelo y las papeleras con el gesto incrédulo de un hombre desarraigado al que le han arrebatado todo. Rendido ante la evidencia, apoyó la espalda en una tapia. Acarició entonces las aceitunas como quien admira un amuleto y clavó sus ojos en los míos como un par de alfileres: “Escribiré esa novela, por mucho que te opongas”, dijo, y, a continuación, lo vi marcharse bajo la lluvia, recortado sobre un horizonte de espumas blancas y barcos mercantes, con la solemne lentitud de quien afronta un destino nuevo.

 

Tras regresar a Madrid, Germán cumplió con su palabra: renunció al trabajo, dispuso las cuatro aceitunas sobre la mesa del despacho de casa y comenzó a escribir la novela.

Su jefe, que era pariente de sus padres, o algo similar, vino un día a verlo. “No entiendo nada —le dijo—. Y aun así te guardaré el puesto un tiempo por si recapacitas”. Pero Germán era un hombre feliz. Pasaba cerca de cinco horas diarias sentado a la mesa escribiendo y, al anochecer, compartía las novedades con algunos de nuestros familiares y amigos. Sólo a mí me enseñaba fragmentos de lo escrito, que por lo habitual en aquellas semanas iniciales eran tomados a bolígrafo en folios sueltos.

Mientras las aceitunas mantuvieron su brillo inicial, Germán no volvió a reprocharme el extravío del mapa ni mis prevenciones de Lisboa. Era como si nunca hubiera ocurrido, un suceso engullido por el tiempo o el espacio. Entonces sólo existíamos su novela y yo: mientras la primera crecía en folios y en extensión, yo lo hacía en peso y en volumen. A la par, su historia y la nuestra tomaban la forma de una realidad palpable y cierta.

El cambio pudo suceder de cualquier manera y, sin embargo, sucedió así en una tarde de domingo. Afuera el viento golpeaba los toldos y las persianas y los cristales, y yo escuchaba en la radio una tertulia sobre la guerra en Ucrania. Germán abrió la puerta del despacho, y entre esa acción y él transcurrieron unos largos segundos. Era como si un aire de derrota anunciara su presencia. En la cara, una mueca de agotamiento y desconsuelo. Avanzó unos pasos y se dejó caer sobre la butaca. “Hoy sólo he escrito dos páginas”, dijo, y se frotó los ojos con las yemas de los dedos. “Estarás cansado. Lo importante de tu oficio es escribir algo cada día”, le dije, y, a decir verdad, la palabra oficio me resultó demasiado generosa en su caso. “Es el día que menos he escrito desde que comencé la novela. El mes pasado escribí de media ocho páginas diarias. La semana anterior, seis. Voy a menos...”, dijo, y escondió la cara entre las manos.

Yo me levanté, me senté a su lado y le acaricié la cabeza. Él hizo un aspaviento y se puso en pie. “En estos capítulos me habría venido muy bien el mapa que perdiste —dijo—. Eso y...”, alargó el silencio como si no quisiera hacer real un mal presagio. Yo recordé de pronto aquel mapa que había olvidado, y me molestó su reproche improvisado, pero no se lo dije. “¿Y?”, le pregunté. “Y las aceitunas, que se están secando...”, respondió, y entonces su figura se desvaneció en la oscuridad del pasillo. En medio de aquel silencio, la radio emitía los gritos procedentes de las ciudades arrasadas por el ejército ruso.

Quise comprobar lo que había dicho. Entré al despacho y vi las aceitunas sobre la mesa, ya de un color amarronado y una textura arrugada, extinguida para siempre su vocación de inspiración.

 

Desde entonces todo fue a peor. Primero comenzó a encerrarse en el despacho durante doce, catorce y hasta dieciséis horas diarias, en un silencio penoso, por lo general con las persianas bajadas. Luego empezó a evitar planes fuera de casa y restringió las visitas de nuestros familiares y amigos, que querían celebrar el embarazo con nosotros. Más tarde dejó de salir del despacho y me pidió que le llevara las comidas y cenas sin abrir mucho la puerta, entornada con el espacio justo para la bandeja, no fuera a escaparse la poca inspiración que le quedaba; ingestas, por otra parte, que fueron reduciéndose hasta que dejó de comer y beber. Después descuidó su aseo personal, ya descuidado por la falta de sol y la delgadez en su rostro y en su cuerpo, convirtiéndose para mí en un hombre consumido y desconocido. Lo que siguió a continuación fueron los paseos nerviosos por el despacho y los lamentos y los lloros al caer la tarde, que se filtraban desde el otro lado de la puerta como los estertores de un animal.

Por las mañanas temprano, en esas negruras clandestinas antes de que amaneciera, yo abría la puerta con sigilo y lo intuía dormido con la cabeza sobre la mesa o encogido en la silla como un polizón en un carguero. El olor era insoportable. Si lo despertaba, se abrazaba súbitamente al montón de papeles de su novela, o tomaba entre las manos las aceitunas, que eran ya como uvas secas o excrementos de cabra, y emitía un gruñido o un reproche que me asustaba. Entonces yo veía su barba fusca y tupida y sus ojos hundidos, que eran los ojos de un ser vencido y huérfano de todo, y pensaba en el sufrimiento que lo destruía, en el Germán de antes de Lisboa o en aquella mirada ilusionada junto al Tajo, sin veladuras y repleta de luces, inocente y abierta a la vida como si mirase al mundo por primera vez, y concluía que aquel ya no era Germán, que jamás volvería a serlo.

Y, en efecto, todo terminó unos días antes de dar a luz. Yo había sentido unas fuertes contracciones y abrí la puerta del despacho para decírselo, como un acto reflejo, sin pensar que él ya no estaba en condiciones de ayudarme en nada. Los destellos del sol me deslumbraron. La persiana estaba subida por primera vez en mucho tiempo, las ventanas también abiertas. El olor a flores se filtraba desde afuera. Una decena de libros de la estantería estaban ahora desperdigados por el suelo y los papeles de la novela habían volado de la mesa. La silla en la que Germán pasó los últimos meses estaba vacía, ocupada tan sólo por sus ropas amontonadas.

Me temí lo peor. Me abrí camino hasta las ventanas y me asomé a la calle. Escuché los cantares de los pájaros y sentí las caricias del viento en la cara, como en un mundo recién estrenado. Miré abajo, con la certeza absoluta de que estaría tumbado en la acera sobre un charco de sangre. Y, sin embargo, allí no había nadie.

Me giré y contemplé el despacho en silencio, con ambas manos sobre la tripa. Vi sus cuadernos y sus bolígrafos y sus fotografías con escritores, entre la que estaba aquella junto al olivo bajo el que descansa José Saramago en Lisboa, y sus últimas anotaciones realizadas sobre la madera de la mesa, y pensé que nuestra hija jamás lo conocería. Lo último que vi fueron las cuatro aceitunas, de nuevo reverdecidas y lustrosas. Las tomé entre las manos y las acaricié. Si Germán estaba en algún lugar de aquel despacho y las aceitunas se habían alimentado de él, en ellas quedaría todavía algo suyo. Cerré las ventanas y bajé las persianas. Comenzaba a molestarme la luz.

(Ganador del XXX Certamen de Relato Corto de Camargo. Inédito).

Ignacio de Saavedra
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