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El poema único, selección de Xavier Oquendo Troncoso

miércoles 21 de enero de 2026
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“El poema único”, poetas ecuatorianos, selección de Xavier Oquendo Troncoso
El poema único, poetas ecuatorianos, selección de Xavier Oquendo Troncoso (El Ángel Editor, 2024). Disponible en la web de la editorial

El poema único
Retratos y poemas de autores ecuatorianos contemporáneos

Varios autores
Selección: Xavier Oquendo Troncoso
El Ángel Editor
Quito (Ecuador), 2024
ISBN: 978-9942-633-34-7
249 páginas

Así se titula el grueso compendio que El Ángel Editor pone a disposición del público lector, fechado en 2024. Xavier Oquendo Troncoso, responsable de la obra, aclara que no es una antología; sí, una muestra de poemas de un grupo de autores de procedencia intergeneracional.

¿Qué contiene El poema único? Un conjunto de textos diversos, polisémicos, variados, cortos y extensos de 59 poetas ecuatorianos (aunque también se incluyen con total validez tres voces cubanas: Liyanis González Padrón, Yankilé Hidalgo, Liset Lantigua, quienes residen desde hace algún tiempo en esta tierra de mar, montañas, geranios y capulíes). Entre tantos vates constan Iván Oñate, Sonia Manzano Vela, Antonio Preciado Bedoya, Margarita Laso, Vicente Robalino, Catalina Sojos, Victoria Tobar Fierro, Simón Zavala Guzmán, Maritza Cino Alvear, Jacqueline Costales, Iván Petroff Rojas, Eduardo Crespo Román, Edgar Castellanos Jiménez, César Eduardo Carrión, Franklin Ordóñez Luna, Freddy Peñafiel Larrea y María Paulina Briones.

Cabe mencionar que tal propuesta se enriquece con cada una de las miradas disímiles intervinientes que se acercan (y se alejan) al demiurgo poético, al torrente de inquietudes y decires exteriorizados con pulcritud y encanto. Es una convocatoria que surge desde el afecto, desde el respeto, desde la camaradería, desde el compromiso serio y estremecedor con la palabra que se fragua en cada noche de insomnio, en donde apenas se escucha el tenue teclado atinado por las ideas plasmadas en versos que decantan la infinita búsqueda de la imagen al filo del abismo, con sonido marchito, preludio de luz y calor de sol.

En sus páginas se impregnan geografías múltiples, ciudades de barro y verano, experiencias y saberes, aguas milenarias que riegan esperanza, abrazos tristes en medio de la lluvia, identidades propias y ajenas, amores que abren aún más la llaga, besos fecundos en la penumbra, deidades contenidas en historias inconfesables, signos que descifran la bondad creativa. Nomenclatura pura de la vida.

Palabras y más palabras en el labrado incansable por la expresión, si no perfecta, al menos cercana al alumbramiento escrito. Verbo meticulosamente examinado y convertido en semilla fértil.

“Retratos y poemas de autores ecuatorianos contemporáneos”, alude el subtítulo. Es que, a más del decir lírico, sobresalen fotografías bien elaboradas por el también poeta Luis Enrique Yaulema. Rastros y grafías que hacen de El poema único un volumen de grata hojeada y recordación.

Va una muestra de lo señalado:

La amante impar
Margarita Laso

si acaso me quedara un solo ojo
y el otro simplemente te siguiera
y una sola otra no se despidiera
pierna que tras de ti fuera a su antojo

si esta triste cíclope llorara
lágrima que una sola mano enjuga
si beso emerge rojo de su oruga
y alada la otra mano se alejara

tan sólo una boca se quedara
detrás la otra de ti carnal se iría
boqueando en llamas boca que temblara

entonces amante impar yo fuera
y así tal vez amor te seguiría
aunque este temblor otro te esperara

 

Los huesos de Vallejo
Iván Oñate

Ya no veré París

porque el tren en que arribe
estará cansado, cargado de vacas, de banano chorreando moscas,
de borregos para el matadero, de jóvenes
que consultan su destino en libros prestados y
en estrellas ajenas,

de travestis
que se depilan al apuro y con dos monedas
de espuma,

de ilusiones,

de ojos como los míos
estará cargado,

y limpiándome la cara con un trapo
me iré con los brequeros filipinos, con
los jóvenes esclavos
venidos de la Arabia
a beber un litro de vino en alguna cantina,
en alguna mesa taciturna
donde apoyaré mis codos y dormiré,

dormiré
hasta dar con los huesos de Vallejo,

con la dirección
de alguien
que resultó ser un terreno baldío,

o con los ojos
de la portera
que despertándome
me lanzará fuera, afuera de la pensión
y me encontraré en una plaza
rodeado
por desconcertados muchachos, que como yo,
nada saben
de los que vinieron
o no vinieron, de los que se quedaron en el mar o
en una cantina
dándole vueltas a París,

como en este sueño.

 

Último instante
Carmen Inés Perdomo

In memoriam a mi padre

Estas lágrimas quieren ser recuerdo
una mirada perdida,
un latido —que se apaga—
entre la tarde fresca de un verano.
Sí, tu último aliento,
un abandono.
El anillo rueda por las calles marchitas.

Aníbal Fernando Bonilla
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