
La tierra que dice, todavía
“Teníamos una serie de capas fundamentales. Una era el lenguaje, otra era la extensión del territorio, otra las líneas imaginarias de las propiedades, otra era las voces que narran las experiencias vitales del territorio”.
Lucrecia Martel, sobre Nuestra tierra (2026)
En la novela Una casa sola, de Selva Almada, la voz narrativa es asumida por una casa en medio del espinal entrerriano.
El acierto de la construcción novelesca es notable: una voz que mira, siente, señala y opina desde su sitio inmóvil; una perspectiva que, desde la permanencia que se deja atravesar por los tiempos del lugar, narra su relación con la tierra: los pájaros, las plantas que la rodean y la invaden, las tormentas y el tiempo histórico que la sacude. Desde los perseguidos del “General” (Urquiza) hasta los hacheros que la convierten en campo del cultivo, los hombres y mujeres que la habitan pueblan el registro sensible de la casa que narra.

Una casa sola
Selva Almada
Novela
Literatura Random House
Barcelona (España), 2026
ISBN: 978-6073871075
160 páginas
Cada vez que la casa sola, en medio del espinal que late, cuenta, la voz narrativa adquiere la sensibilidad de una mujer que confiesa lo que ve y palpita en la precaria intimidad del rancho. Por ejemplo, hablando de los loros ararás, como quien describe un baile entre la vida y la muerte, como prefiguración del destino circular del paisaje:
Aunque da tanto gusto en los veranos ver salir volando a las hembras jovencitas perseguidas por los zánganos, la danza nupcial, las cabriolas de la cópula y después cómo pierden las alas, unas novias arrancándose los velos, para volver a los túneles, servidas y solas. Ellos ya no tienen permitido entrar y mueren a la intemperie. Las oigo desovar en los huequitos de la madera y luego, dos o tres meses, el latido de las larvas se me presenta como una migraña, una ligera alucinación.
La novela adquiere espesor cuando el peón Lucero ingresa a la casa, en tiempos en que era propiedad del patrón del lugar. Y la casa lo recibe desde su discurso tibio:
Hacía tiempo que no vivía nadie fijo y al patrón le gustó Lucero. Era trabajador y no tenía más vicio que su tabaco. Se acomodó en un catre que había ahí cerca de la cocina. Entonces yo era apenas una pieza de adobe, con puerta y ventana y el alero que después se armó este corredor que hay ahora. Él tenía unas pocas cosas. La pilcha que usaba los fines de semana cuando había doma. La muda que llevaba puesta y otra más, de fajina. Mucho tiempo estuvimos los dos solos. A mí me gustó enseguida Lucero...
La figura del peón Lucero le da volumen a la historia porque aparece Lorena, la mujer que lo acompañará no sólo en la vida dura del campo sino también en la construcción de su familia, cuando llegan los hijos. El hombre maduro se junta con Lorena, de trece años, que a la vez busca salida de la pobreza del hogar propio. El hecho está descrito atendiendo a las coordenadas de tiempo y lugar, la casa que narra no juzga, pero el episodio queda señalado como un pliegue más del sometimiento económico y cultural de los hombres pobres en los campos pobres y el acorralamiento de la mujer en esa sociedad.
Poco a poco, Lorena madura y decide, discute con Lucero, deja marcas de su mirada en la crianza y la economía familiar; la tensión crece y se suma a los comentarios de otros peones, que sospechan una relación con el patrón, sin signos en el registro inmóvil de la casa. Pero la familia desaparece, se va y no vuelve, la policía indaga sin resultados, la casa no sabe nada, sólo da cuenta de su dolor y su extrañeza.
En ese punto, la novela de Almada alcanza otro logro narrativo interesante: apoyada en la mirada quieta de la casa, la ausencia de los Lucero se transforma en misterio, sospecha, elucubración resbaladiza, también para los lectores. El espinal se ha tragado la historia, la ha vaciado, para transformarla en misterio y oquedad.
Esos hombres tristes
El texto donde la casa dice despliega escenarios donde aparece, como en la obra general de Almada, el señalamiento del agobio, de la opresión, de la injusticia que persigue y castiga, a veces en la tensión que generan las formas diversas del patriarcado, a veces en la tragedia social, ambiental o económica.
En esta novela, las referencias son explícitas, a veces sin ropaje metafórico:
Quién sabe cuánto llevaban escondidos en la entraña del espinal, cazando lo que podían sin meter bulla, haciendo fueguitos mínimos, llamitas sobre rescoldo, para no llamar la atención. Los había de todos los pelajes: indios, criollos, negros libertos los menos, pero también había.
Otras veces, la metáfora toma cuerpo para narrar lo fantasmagórico, la apariencia espectral de los hombres que deambulan entre la vida y la muerte en el campo incierto:
Partía el corazón mirarlos. Puro ojo. Ninguno entero. El que no había perdido un brazo, una pierna, le faltaba mucho más, la cabeza, que es lo mismo que perder el alma. Las cuencas llenas del globo blanco, pero la mirada vacía.
El registro novelesco escapa y elude la historia oficial, pero también muchas descripciones académicas. Sondea y escarba el relato de la verdad que la casa conoce, la que vio, la que aún palpita en su aliento viejo. Por eso aparecen una y otra vez los hombres castigados por la furia de quienes tienen poder:
Hasta los ranchos pobres, donde habían vivido, parecían un lujo al lado de estos hechos con cañas de tacuapí. Todos devenidos mensúes, trabajando a destajo, las espaldas mordidas por el chicote del capanga.
Insertos en la trama general del relato, algunos diálogos entre personajes sin nombre se formulan desde el cruce de castellano y guaraní, con onomatopeyas y el sapucai a cada paso de la conversación, como una marca quemante y visceral del sentir de esos hombres tristes. En ese sitio para el lenguaje identitario y plural, Almada vuelve a poner en sitio novelesco el lenguaje que los dice, los representa del modo más cabal.
Como un paso adelante en una producción ya significativa,1 Selva Almada propone una novela original, brillante en su formación narrativa, otra vez hablando desde la propia aldea para comprender el mundo.
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Notas
- El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013), Chicas muertas (2014), El desapego es una manera de querernos (2015), Los inocentes (2019) y No es un río (2020).


