Todo empezó como un juego. Carlos, Felipe y yo nos habíamos escondido entre las ramas de un árbol recién tumbado, justo al lado del bloque 15, lindero con el 12. Las lagartijas corrían entre las hojas y el monte, persiguiendo cucarachas e insectos que se habían alborotado con el ecocidio del apamate, que —no recuerdo por qué— la comunidad decidió echar abajo. Tal vez fue por un problema con las raíces y alguna tubería de alcantarillado; lo cierto es que papá siempre protestaba por esas cosas.
Felipe se había construido una especie de refugio entre las ramas, donde se echaba a dormir sin miedo a que algún bicho le caminara por encima.
—Esta es mi casita —me dijo, como si fuera lo más normal del mundo.
Yo no me atrevía a hacer algo parecido. Siempre le he tenido una repulsión exagerada a las cucarachas. El solo hecho de imaginar una caminándome por la cara me causa, aún hoy, terror. En cambio, rondaba por los alrededores “cazando” guarimatos —lagartijas— que luego soltaba, y por eso Carlos me tildaba de pendejo y sensiblero, por no atreverme a destriparlos.
Había cosas que los chicos hacían que me parecían terribles. Me horrorizaba saber que agarraban gatos recién nacidos y los ahorcaban con hilo pabilo, lanzándolos desde la azotea del piso 3. A mamá esas cosas —con razón— le parecían salvajadas, pero para muchos adultos no eran más que juegos de niños. Incluso había quienes colaboraban.
Mientras caminaba entre el monte y el árbol caído, vi que Felipe, acostado, se había bajado los pantalones y se masturbaba en la intimidad de su “casita”. La imagen me chocó. Carlos pasó por mi lado, lanzó una mirada rápida y, con una sonrisa socarrona, dijo:
—Ve al pajizo este —y siguió como si nada.
El sol del mediodía comenzó a bajar, y una brisa leve anunciaba lluvia. Salimos de los alrededores del árbol y nos sentamos en la otra esquina del bloque 15, cerca de las escaleras. Cansados y sudorosos tras correr tras los lagartos, entramos en un punto muerto: aburridos, sin saber qué más hacer. Mirábamos pensativos hacia el gran estacionamiento de tierra o la cancha.
De pronto apareció Orlando, como siempre descalzo y con los pies sucios. Desde atrás se escuchaban los gritos de su mamá y una pelea con Gaby, su hermana mayor.
—¿Qué pasa? —le pregunté sin pensarlo.
—Nada, estupideces de Gaby. Quiere plata y no hay —contestó.
Gaby venía llorando y maldiciendo. Al fondo seguían los gritos de la mamá. Ella caminaba de un lado a otro, como drenando la rabia. Siempre, en contraste con su hermano, estaba bien arreglada y maquillada. Ese día llevaba shorts cortos y una blusa de rayas negras y blancas, con algo de escote. Un par de años antes, había ganado como reina del carnaval de Los Bloques. Había en ella una sensualidad temprana: muslos gruesos, senos ya formados, labios carnosos, piel blanca, pelo largo y negro.
Era evidente que su familia era disfuncional. Cada aparición suya traía consigo gritería, desorden, insultos y maltrato.
Felipe tuvo que irse. Se escuchaban los gritos de su abuela llamándolo. Sabía que venía lluvia y la señora se preocupaba de que el carajito agarrara otra gripe por andar metido en la cancha o corriendo bajo el palo de agua.
—Ya me dio ladilla —dijo Carlos diez minutos después, y se fue con desgano.
Me quedé solo con Orlando. Hablamos de lo mucho que nos molestaba que los rancheros invadieran la cancha y de la pelea entre Gueva e’ Mato y Carlos.
—Vamos por mango —dijo de repente.
—Dale, pues.
Caminamos hacia el apartamento de su abuela, en planta baja del bloque 14. Entramos por el patio lateral, a través de un portón de zinc. De ese lado habían construido un anexo donde vivían, entre olor a orina, desorden y comida rancia, la mamá de Orlando, Gaby, Chuito (el hermano menor) y él. El papá hacía tiempo que no vivía con ellos, pero igual guardaba su carro en el patio.
Nos subimos a la mata de mango y comenzamos a tumbar los mejores con una vara. Desde una de las ramas se podía ver, a través de una ventana rota, hacia el baño. Ahí estaba Gaby, cambiándose de ropa, y no pude evitar espiarla.
Mientras se quitaba el sostén, volteó hacia la ventana. Nuestras miradas se cruzaron. Me hice el sorprendido, como si no fuera mi culpa. Ella gritó y me mentó la madre.
Bajé del árbol y ella salió enfurecida a gritarnos cosas. Orlando corrió hacia la calle. Yo me quedé paralizado, al lado del tronco. Gaby se me acercó con pasos lentos y marcados, con la mirada fija. Sentía náuseas y, al mismo tiempo, un vacío en el estómago.
Se paró frente a mí. Me escudriñó con los ojos. Soltó un suspiro, como intentando calmarse. Pensé que me iba a abofetear.
—¿Te gustó lo que viste? —me dijo, aparentemente calmada.
Desvié la mirada. No sabía qué decir. Estaba perplejo.
—¿Te gustó verme? —repitió, ahora con un tono más firme.
Yo seguía sin saber qué hacer.
—Coño, pero dime... ¿te gustó o no? —dijo, casi con autocompasión.
—Sí —respondí al fin, escuetamente.
Sonrió. Me volvió a mirar de arriba abajo.
—¿Quieres seguir viendo? ¿Estás excitado?
—Sí.
—Hagamos algo...
—¿Qué? —pregunté, entre asombro y miedo.
—Busca plata y te hago la paja. Así de sencillo.
Me quedé pasmado. Luego salí corriendo, haciendo estruendo con el portón de zinc.
Afuera busqué a Orlando, pero no lo vi por ningún lado. Subí las escaleras a toda prisa; resbalé y me lastimé la pierna, pero seguí. Entré desesperado a casa.
Mamá estaba limpiando; había sacado los muebles al pasillo. Como siempre, me ignoró. Entré a mi cuarto y saqué unos billetes guardados. Después de tantas devaluaciones no tengo idea del monto, pero me parecieron pocos.
Entré al cuarto de mis padres y robé algo más del clóset. Metí los billetes arrugados en el bolsillo de la bermuda, sin pensarlo mucho. Ya llovía a gota gruesa.
Bajé las escaleras sin vacilar, corrí hacia el portón y entré al anexo. Gaby estaba acostada de lado en un mueble, rodeada de ropa sucia y maloliente.
Toqué su cadera para que notara mi presencia. Volteó con una expresión de leve sorpresa. Saqué los billetes y los dejé sobre ella. Sonrió, con algo de ternura, como si yo fuera mucho menor —y ella, mucho mayor—, aunque sólo nos separaban cuatro años.
—Ven, vamos al baño —dijo en tono suave.
Se levantó lentamente. Yo ya estaba excitado, pero también calmado. Caminamos juntos. Ella entró después de mí y me indicó que me sentara en la poceta. Lo hice sin vacilar.
En ese baño oscuro y hediondo, me bajó las bermudas y comenzó a masturbarme. Recuerdo su mirada, la sensación de sus manos.
—¿Te gusta? —preguntó sonriendo.
—Me encanta —respondí con sinceridad.
Le miraba los senos. Ella lo notó, se quitó la blusa y el sostén, y me dejó tocarlos.
—¿Me lo puedes mamar? —me atreví a preguntar.
—Eso no —respondió, y puso cara de preocupación.
No insistí. Cerré los ojos y me concentré en las sensaciones, hasta que llegué. Mientras limpiaba mi semen con papel higiénico, abrí los ojos y miré hacia la ventana rota.
Allí, entre la lluvia, nuestros ojos se cruzaron con los de Orlando, que desde afuera remojaba un mango verde en un pocillo con salsa de soya y adobo.
- Ventana rota - sábado 24 de enero de 2026


