El cabrestante
Los pájaros cantaban desde las gargantas húmedas de los árboles —
los oí, y ya estaba muerto. Habían pasado cien años,
y alguien más los escuchaba a través de mis oídos.
Ahora vivo en una casa al borde,
donde la marea sigue entregando mi pasado en cajas:
carritos de juguete, máquinas de humo que aún zumban
como sueños demasiado orgullosos para rendirse.
Hay noches en que no soy feliz, pero esta noche sí lo soy,
viendo la puerta hundirse bajo el peso de la memoria:
pequeñas ruedas, nubes de ceniza,
una caja de juguetes que se abre
a cien cantos de pájaros
que no saben que he cambiado.
En medio de la meditación,
vuelvo a despertar ahogándome.
No en agua, sino en una melancolía
llena de rostros que nunca conocí del todo,
voces que jamás me atreví a traducir,
porque mi corazón se ofreció a sí mismo
como jaula para cosas aladas.
De ahí vengo. Y si tengo que irme otra vez,
me iré desde ahí, partiéndome en pleno aire,
sangrando una segunda llegada,
conteniendo el aliento bajo el silencio de todo.
Esto es lo que me tira de vuelta: una caja de juguetes,
una máquina moribunda, un niño en la resaca
con huellas de neumáticos en los pulmones,
y un cabrestante enrollado como un cordón umbilical
arrastrándome hacia la orilla —atado de nuevo,
o atestado, recordando el empuje del engranaje
como una forma de nacer.
Idea semilla
Soy una palmera plantada
en el centro de una sala de exposiciones.
Soy una decisión decorativa,
un espejismo de otro lugar.
Alguien pensó que podría sugerir calidez,
un pequeño toque comisariado, de lo exótico.
Cuando se apagan las luces de la presentación,
espero no desvanecerme sin audiencia.
Si las cortinas quedan abiertas, tal vez capte tu mirada
en el momento justo —cuando quieras algo, lo que sea,
y yo esté ahí de pie, ansioso,
fingiendo ser parte de la ambientación.
Puedo ser una idea apresurada, un motivo natural,
una metáfora a medio formar. Un adorno en los márgenes,
algo con textura pero sin resolver,
como un extracto que resurge en el subtexto.
Quizá necesites mirar más de cerca.
Pero ahora que siento tus ojos en mí, quiero obsequiarte
la libertad de aprisionar cualquier significado que necesites —
Aunque simplemente se trate de una semilla que entierres y olvides,
aunque sólo sea un fragmento de algo que, a partir de ahora, se desvanece.
Interludio
Sigo regresando al campo de tiro —
para aprender a sostener firme el arma
en un mundo que es un caleidoscopio;
cada disparo una pregunta
que cambia de color antes de caer.
Enróllate en un punto cerrado,
balanceándote contra la letra final
y la primera mayúscula —
una canica que rebota en una frase.
Desenvuélvete en dos puntos,
una viñeta del futuro:
duerme dentro de la curva
de un signo de interrogación,
acurrucado en su camilla
o entre comillas,
encorvado en la grieta entre la línea y el punto
de un signo de exclamación.
Luego, enderézate en su sombra,
y en el susurrado espacio de un paréntesis.
¡Celebra! —descorchando el apóstrofe
hasta la astrosfera.
La fragilidad de la luz
I
Al menos en las historias más fieles que llevo conmigo,
(esas que me repito cuando el mundo se disfraza de teatro y no de verdad),
siempre hay un murmullo de luz. Alguna noticia mínima
que llega desde el otro lado de la vida fabricada.
Ya sabes, ese lugar donde el aire se adelgaza en las alturas,
donde el pensamiento se deshace pero la fe respira con facilidad.
Y en los valles, todo vuelve a parecer posible.
El aire se ablanda, las sombras de las tardes de verano
adquieren ese tono rosado imposible,
una transparencia que nunca cae bien sobre el concreto de casa:
II
demasiado sagrada para la ciudad, demasiado pura para el asfalto.
Como si la palabra milagro aún guardara polvo en sus pliegues,
como si alguien la hubiera llevado en el bolsillo toda una vida
y la sacara al fin, a tiempo, para dejarla respirar.
Allí abajo no hay guías ni mapas,
nadie espera con folletos en la entrada.
Pero los cuidadores siguen allí,
trabajando en silencio, con una fe sin nombre,
podando los árboles, alzando sus ramas hacia la claridad,
deteniéndose a mirar la forma, a reconocer lo que aún crece.
Y son ellos, los que habitan los huertos de la memoria,
quienes conocen mejor la historia. No porque la hayan escrito,
sino porque han vivido largo tiempo en su eco,
hasta saber en qué punto la voz se apaga.
III
Me gusta dejarme guiar así:
por quienes tocan la materia del mundo con las manos.
Por la luz de la mañana colándose sin permiso entre las persianas;
ignorando las reglas, pero rompiéndolas con ternura,
al posarse sobre tu pecho y quedarse.
Supongo que eso es lo que te quiero decir:
que aquel instante vive abovedado en mí,
archivado junto a las otras formas que adopta la luz
cuando decide parecerse a alguien que amamos.
Porque a veces lo que nos salva no es el milagro,
sino la forma en que lo miramos. Y tú estabas allí,
envuelta en un halo, durmiendo a mi lado
bajo esa primera luz.
El deshielo
Ahora me doblo, como una columna culpable,
sobre lo que queda del glaciar.
Aquí está mi cabeza —torpe, esperanzada,
sacando medio cuerpo, como un perro
por la ventana del coche. Aquí están mis rodillas;
arrodilladas sin dios, sólo gravedad.
Le ruego al cielo la piedad de una coma,
una pausa lo bastante larga
para explicar por qué empaqué
más libros que ropa interior.
Una escena: los árboles,
encajonados en escarcha,
sacudiendo su joyería endurecida.
Las ramas, no rotas por el frío,
sino detenidas a mitad de gesto,
como amantes que deciden no hablar
pero siguen tomados de la mano bajo la mesa.
Las palabras exactas para describir este mito
se me escurren entre los dedos como deshielo.
Me senté con desconocidos en el bar del hotel,
bajo un cielo tan claro que parecía haber sido vaciado
para guardar otras cosas. Nadie dijo nada verdadero,
que era lo único verdaderamente posible de decir.
Las noticias seguían sonando desde la televisión
como ruido blanco: glaciares desaparecidos,
arrecifes muertos, un documental sobre abejas que nunca vi —
ni siquiera me había alejado de ninguna excusa obsoleta aún.
Tampoco había señales de que otras hubieran llegado.
Sólo estaba ahí, de pie, mirando mi vaso de whisky,
preguntándome cuántos recuerdos caben entre camisetas
y los jeans que ya no uso. El equipaje tiene compartimentos:
zonas horarias dobladas dentro del tubo de pasta,
una lista de cosas que olvidaré olvidar.
Los recuerdos dudan si quieren venir.
Preguntan en qué idioma habla la televisión del hotel,
si las almohadas olerán a casa o a traición.
Las paredes han dejado de fingir que respiran.
Con las cortinas cerradas, el día y la noche son sinónimos.
Dicen que si empezamos a escribir en abreviaturas,
si deletreamos el duelo en emojis y rimas torcidas,
quizá alguien por fin nos escuche.
Anoche, un sueño de inundación:
el hielo volviéndose océano,
mi cama transformada en canoa,
indecisa entre salvarme o dejarme ir.
Me ahogué en medio de una bocanada de aire.
Sin voz, sólo esa sensación de que, tal vez,
no respirar era más fácil que leer las noticias.
Y entonces —un oso polar.
Su lengua de nieve, y su frente contra la mía.
Ambos, sin contar con un equipo de rescate. Sólo allí,
flotando en el silencio que le sigue a la supervivencia,
cuando la fe deja de fingir que se sostiene de algo.
Esta mañana desperté con el goteo del grifo,
las rodillas aún dobladas,
las manos esperando todavía una frase
que me perdone.
- Cinco poemas de Marie Anne Arreola - miércoles 21 de enero de 2026


