Manhattan rota, 11 de septiembre, 2001
Devastadoras nubes de polvo
que se llevan las almas
que acarician los cuerpos
de cal y de cenizas.
No hay tiempo ni espacio
para el odio
sólo para la pena
tan honda, tan profunda,
convertida en segundos
en sencilla
absurda oscuridad.
Implosión de promesas
en escombros perdidos.
Explicación semántica de hechos
jamás reproducidos
en las mentes humanas
que creían imaginarse
casi todo.
No hay huellas ni evidencias
para llorar los restos.
No hay sombras que
delaten los gemidos tardíos,
las miradas ausentes
en tu silueta abrupta.
Sólo gritos ahogados
en mitad de la noche.
Sólo estupor y espasmo
en la tierra que no ha visto crecer
las mismas cicatrices
esparcidas afuera.
Sólo muecas vacías
que no encuentran su cauce
y se trepan al alba
en tus grietas postreras
y nos tiñen con lágrimas
los trajes, los manteles,
los bolsos, y las caras,
como grotescas máscaras de
un dolor infinito.
Absurda incomprensión
de amaneceres rojos
en esta y en otras latitudes.
Mientras tus ojos, los míos,
los de todos,
no cesan de buscar
esas groseras torres
en los sinuosos pliegues
de tu Manhattan rota.
Manhattan móvil
Ando en tránsito por temor a quedarme
y evitar que las raíces se transformen en grietas.
Es más fácil, me digo,
subirse al desencanto y volar por los aires
intentando creer que el mundo es tan pequeño
que sólo cabe en un pañuelo salpicado de lágrimas.
Manhattan me recibe y me despide
sin reprocharme nada.
Le digo adiós, voy y vuelvo con lo puesto,
dejando que la distancia haga lo suyo
sin vínculos que duelan
sin lazos que penetren y nos hielen la sangre.
No es triunfo transitar por la vida
ligera de promesas, liviana de recuerdos.
Las partidas se transforman en polvo
esperando que el tiempo nos seque las heridas.
Transito y me desplomo rendida
en la hipnosis de su manto bordado de edificios
que me envuelven entre espinas que acarician el cielo,
y que en vano intentan retenerme hasta hacerme sangrar.
Pero esta vez, sólo esta vez, claudico
decido permanecer y dar batalla
para al final pedirte que raptes mis recuerdos
y te quedes conmigo.
Los últimos milongueros neoyorkinos
Ellos lloran solos, comulgan,
se persignan, se arrepienten
de las calamidades
propias, ajenas, añosas,
como hijos perdidos
y presos de una orfandad milenaria
que no los deja solos.
Ellos lloran como niños pequeños
náufragos de amor
sin hijos, sin padres, sin tiempo.
Chicos toscos, demasiado grandes
para caber en mis brazos,
demasiado viles para inventarles
una calesita y proponerles empezar de nuevo.
Niños viejos,
sin ancestros para compartir fábulas
sobre los que alguna vez bajaron de esos
barcos fantasmas a comer en las
mesas de mármol de carrara del Hotel de Inmigrantes.
Ermitaños buscadores de citas,
hambrientos parias gastadores de todo
y amarretes de tiempo.
No se dejan, no quieren, se resisten
a que el siglo se los lleve
sin dejarles iniciar alguna queja
alguna prosa-verso con color a milonga.
Guapos sin tiempo
que apenas se deslizan en otras latitudes
para quedarse allí, suspendidos
en la melancolía de abrazos sin destinos,
de versos sin poetas,
de historias tan hermosamente
tristes como ellos.
Niños parias,
lloran y se lamen las heridas del alma
tranquilos, convencidos
de que nadie las ve.
Y al final, hasta el más pueril de esos secuaces
me despierta una pena tan honda
tan disimuladamente infinita,
como los mismos tangos
que ni ellos ni yo paramos de escuchar.
Naturaleza urbana
Nieva en la city
y el mundo se hace blanco
espuma blanda
que se abraza a mis pies.
Llueve en la city
y mi cuerpo se desliza oscilante,
desafiante y temeroso
de sus calzadas húmedas,
de sus bocacalles y sendas inconclusas.
Su perfil desafiante
nos invita a sentirnos pequeños,
temerosos de ser presas de su encanto,
la sorpresa es su arma más voraz.
Sale el sol en Nueva York
y la amnesia del tiempo
le gana la partida a la desidia.
Nos recibe como a vecinos de antaño
que jubilosos salen a celebrar la vida.
Estaciones inconclusas caprichosas y volátiles
se unen, y en su cauce se pasean
todas las sensaciones de un karma repetido
que feroz se desliza entre ellas, borrando toda huella.
El crepúsculo es sólo una atracción
que augura su mutación de luces,
de sombras y colores que se apagan
para hacerte brillar una vez más:
alta y esplendorosa entre dos ríos.
Metrópolis kafkiana
Cómo escribir
si el dolor no cabe en un pañuelo
y me invita a olvidar
y a disfrazar las lágrimas
que aún tengo para darte.
Un pobre ser kafkiano se perdió entre las letras
de un proceso sin límites,
tratando de enhebrar este pequeño mundo
de almas errantes,
parias que se intuyen sin siquiera tocarse.
Cómo se hace para enunciar un grito
sin emitir vocablo,
si hace rato que se chocan los cielos
mientras me encuentro aquí,
dibujando anagramas
en la urbe más solitaria del planeta.
Es esta mi ciudad de monstruos-hadas
y ninfas-linyeras,
que se pierden hurgando entre los surcos
de una herida que aún sangra,
metamorfosis truncas de
mujeres-libélula y amazonas-poetas.
- Manhattan rota y otros desplazamientos - viernes 8 de mayo de 2026


