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Cinco poemas de Guillermo Rebollo Gil

lunes 2 de febrero de 2026
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crisis de fe

De norte a sur de este a oeste lo más excelente
que uno podría escuchar en PR hoy
es Te compro tu casa cash
pero me contento con escuchar a mi madre llorar

por el papa Francisco en la pieza contigua.
En mi país no se dice pieza, pero quiero
que me lean en Chile o Argentina,
donde intuyo es de noche también.

Sólo que cuando aquí es invierno, allá es verano.
Sólo que aquí nunca es invierno. Tristemente,
la única oración que tengo grabada en el corazón es un grafiti
que leí bajo un poste de luz en un muro en Río Piedras.

Y no es ni una oración completa. Mas “Dios” está mal
escrito. Y según la súplica, el cabrón no existe. Pobrecito
el papa Francisco —murió para nada.
Yo muero por que un inversionista toque a mi puerta

para probar si es verdad que no pueden entrar
a menos que los invite a pasar.
¿O eso sólo aplica a los testigos de Jehová?

Si pudiera hacerlo todo nuevo,
este poema sería sobre el hueco en el centro de mi corazón.
O el hueco en la manzana que hiciera mi compañero de cuarto en bachillerato

para fumar pasto. O sobre La Manzana en la Oscuridad.
O sobre la oscuridad que colma el hueco que está en el centro
de donde supone estar mi corazón, pero mi corazón no está

porque yo soy todo corazón, tristemente.
Hoy en PR escuché no menos de tres millones de llantos distintos,
y al unísono, por culpa de dioz.

Esto tiene que ser una exageración.
Pero no sé qué parte.

 

nuevo milenio

Cuando la moda entre poetas era cantarse la próxima Julia de Burgos, ella no hablaba más que de Marina Arzola. Tenía una hija de cinco o seis años con un violinista.

Vivían mal porque el violín paga mal, y ella nunca terminó el bachillerato. Conmigo tomaba café, y pagaba la luz. Y matábamos el tiempo hablando de los poemas que jamás lograríamos escribir y de los poemas que sí habíamos escrito pero que nunca podríamos publicar —“Porque estamos bien fuera de grupo o de época o de órbita, querido”.

O porque no éramos poetas realmente, sino feroces curadores de la verdadera poesía del país, cuyos principales exponentes hace tiempo habían muerto sin que nadie les publicara nada por este asunto de los grupos y las órbitas y las épocas. Nos besamos una vez para que yo no muriera, me dijo, sin saber cómo besa una poeta. Una poeta no besa mal ni bien, necesariamente. Recuerdo que un mes nos peleamos, y le cortaron la luz.

Su hija creció. Hay un poema aún inédito de ella que no recuerdo, pero a menudo pienso en él.

 

residencia de escritores

Me llevaste a la tumba de Robert Frost
y te recité un poema de Robert Hass
por error. Abrimos y cerramos las puertas
del carro. Abriste y cerraste la boca. “¿Viramos?”.

Cruzando sobre el puente atirantado,
me persigné como en la iglesia.
El carro iba a la velocidad que van los carros
con una suicida al volante. Me mandaste

a que sacara la cabeza por la ventana,
como hacen los perros. Que pusiera mi cabeza
entre mis piernas, como hacen hacer a los hombres
durante registros y allanamientos. Que girara la cabeza hacia ti,

como los amantes. Me llamaste cobarde, y fue dulce y duro
y de conformidad con nuestros personajes. “Hazme el favor
y déjame fuera de tu película”. “¿Y si es una porno?”.
Reímos. No toda la noche, no. Pero una porción inagotable de ella.

 

la recompensa

Yo no te conozco de salón hogar.
No coincidimos en bachillerato. Nunca
fuimos novios de veinte años imaginándonos
cómo luciría el uno o el otro con la edad
de nuestros padres. Tus niños no son los míos.
Mis niños no son los tuyos. El amor, sabemos,
no es ofrenda, ni bálsamo, ni recompensa. O sí lo es,
pero no hace diferencia reconocer las diferencias.
Lo peor de esta vida no me lo has hecho tú.
Lo mejor de la vida no lo viviste conmigo.
Ni lo viviremos, supongo. Y, sin embargo,
cuando me tienes quieto o no tan quieto
debajo de ti, yo no quiero más que tenerte
quieta o no tan quieta debajo de mí.

 

declaración de fe

Me preocupa mi joyería, el mal
estado en que le dejaremos la isla
a generaciones futuras, la dura
realidad de que, si empeño este collar,

mis hijos tendrán sólo poemas en herencia, pero
si me guindo con sus cuentas del abanico de techo,
sería otro intento fallido
..............y yo nací para ganar.

*
..............Quiero ser transparente
como imagino que es el alma de los hombres,
de tal modo que se ven todititas las llamas a través.

*

Al comienzo de cada día le doy los buenos días a papito dios no
sin antes disparar al aire para llamar su atención.

(A veces tengo que disparar muchas veces).

*

Cada vez que pongo pie en una iglesia reboto mi cabeza
contra la madera
del confesionario, midiendo fuerzas.

Pero si alguna vez me ven cabizbajo en oración
es por miedo
a los espíritus de todos los pájaros
que sin querer he baleado
buscando una audiencia con el creador.

Guillermo Rebollo Gil
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