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El desertor

jueves 5 de marzo de 2026
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Cuando tenía ocho años practicaba natación. Recuerdo que aprendí a nadar gracias a un gesto bestial de mi padre. En la piscina del Río Cristal me dejó en un lugar profundo y comenzó a alejarse hacia el borde; me asaltó el terror, comencé a patalear y a tirar braceadas. Logré nadar tres metros que me parecieron cien. Le perdí el temor al agua. Fue una especie de bautismo ateo. Después de esa experiencia, en la piscina de Aguas Claras donde practicaba natación, me sentía ya un nadador y los cien metros los hacíamos con una tablita que nos ayudaba a mantenernos a flote. Un día pasaron unas personas y conversaron con los entrenadores. No recuerdo el rostro de ninguno de ellos, sólo la situación. Intuí que hablaban de algo importante. En casa me explicaron que esas personas estaban reclutando atletas para la nueva escuela nacional de deportes Eide. Yo comenzaba a emplumar mi soberbia y rápido me entusiasmé por la propuesta. Mi madre me advirtió: “Estarás lejos de casa durante toda una semana”. Qué importaba, la gloria o nada. Llegamos a la Ciudad Deportiva, donde reclutaban a la futura generación de atletas. Fue mi padre a acompañarme. Cuando logró contactar a un responsable del evento, éste le explicó que para la disciplina de natación se habían agotado las inscripciones, número cerrado. Pero quedaba abierta la disciplina de clavados. Alrededor del tanque de clavados había pocas personas; el responsable me encuadró y me dijo: “No es lo mismo nadar que lanzarse de un trampolín, pero si quieres probar...”. Subí al trampolín de un metro y algo me inquietó; yo apenas medía un metro, pero mi mirada aferró el cambio de prospectiva, me lanzaría desde lo alto de mis ojos, casi dos metros. En ese momento alcé la vista y vi otro trampolín sobre mi cabeza de tres metros y plataformas que parecían lejanos y desnudos balcones de un edificio invisible. Pero la soberbia me invadía en la medida que los “peligros” se hacían más palpables. El olor del cloro y el rumor del chorro que rompía la superficie plana del tanque me habían hipnotizado y al mismo tiempo impregnado de oscuros temores. Me lancé de pie y nadé por primera vez en una piscina profunda y oscura. A todas las preguntas contesté afirmativamente: sí, me había gustado la nueva piscina. Sí, no me arrepentiría en futuro. Sí, me daba cuenta de que era un deporte diferente al que había practicado hasta ese día. Claro que no me daba cuenta de nada o no quería. Era como haber practicado fútbol y querer jugar basquetbol porque en ambas disciplinas se usaba una pelota.

La escuela había sido inaugurada hacía sólo un año. La mayoría de los atletas eran reclutados por sus habilidades deportivas. Normalmente los buenos atletas eran malos estudiantes y esa falta de interés por la educación y la cultura les hacía exacerbar su degradada sensibilidad a través de una relación prepotente con los demás. En fin, pasé de las alas protectoras de mi madre a un ambiente hostil, casi de penitenciario. Un delincuente, Vampillo de apellido, influyó en modo positivo durante mi estancia en la escuela deportiva. Un día, un cierto Novato se congració con el guapo. Vampillo era de piel semioscura y de cabellos como alambres oxidados. Un puro capirro. Novato era trigueño y bonito. No sé por qué lo encaró. Yo estaba a unos pasos y vi cómo Novato le acercaba el rostro desafiante. Vampillo no abrió boca, hizo por irse, en realidad estaba sólo tomando impulso para pegarle una galleta que lo desplomó al suelo. El infeliz se levantó con toda la cara roja, una parte por la galleta propinada y la otra por la vergüenza. Se marchó sin decir ni hacer nada. Vampillo me miró y creo que notó que sinceramente había aprobado su acto. Me guiñó un ojo, que significaba: “Viste cómo funciona”. Después de unos días tuve un altercado con un chico que era mucho más alto que yo, pero no tenía ningún pedigrí de guapo. La discusión tenía que ver con una toalla. Muchos tomaban la toalla del otro para secarse sin usar la propia para evitar que se la robaran cuando la poníamos a secar. Según el flaco alto, yo me había secado con su toalla. La discusión se acaloró. Había varias personas esperando quién tiraría el primer golpe. Noto a Vampillo que desde lejos nos observaba. Alzo el tono para que el “duro” viera que sabía cómo funcionaba y gracias al cielo el flaco comenzó a echarse para atrás hasta poner en duda su convicción de que hubiese sido yo a usar la toalla. Desde ese día me gané un cierto respeto, no sólo por el enfrentamiento al flaco, sino también porque el capirro nunca se metió conmigo. Vampillo no era ningún Robin Hood. Desafiaba a los más grandes, humillaba a los bonitos y abusaba de los más pequeños. Creo que le caí en gracia gratuitamente y eso hizo que mi estancia en el albergue fuese más sosegada.

 

***

 

De Aguas Claras también venía Marlencita, una niña que siempre me pareció anónima, o sea no me suscitaba ningún sentimiento: ni me gustaba, ni me caía mal, ni me caía bien. En los días de la inscripción a la nueva disciplina no la había visto. Me la encontré en la escuela. Y después de pocos días en la Ciudad Deportiva. No recuerdo por qué nos llevaban con una cierta frecuencia a esa instalación para entrenarnos. Los saltos comenzaban a hacerse más complejos. Era necesario coordinar las ondulaciones del trampolín con los saltos sobre el mismo. Cuando me tocó hacer mi primer salto mortal de frente, me asaltó el pánico. Titubeaba sobre el trampolín. No me decidía. Al improviso siento una voz a mis espaldas. “Coraje, Alex, lo puedes hacer”. Era Marlencita. Hasta ese momento no me había suscitado ningún sentimiento, en ese instante la odié. Me lancé como pude, era ya una cuestión de salvar el honor. Fue en ese exacto momento que mi corazoncito realizó la grandeza del “error” cometido al querer alistarme en las filas de una disciplina tan diferente de la que había practicado. Una disciplina donde se necesitaba mucho coraje. No por gusto muchas piruetas venían llamadas saltos mortales. Bueno, le tocaba a Marlencita y desde la escalera de la piscina me pongo a observar su salto. Noté inmediatamente que tenía mucho más miedo que yo. Estaba aterrorizada. Su salto fue una voltereta sin ningún empuje del trampolín, parecía las vueltas de carnero que hacíamos con apenas pocos años de vida. Marlencita pertenecía a esa categoría de personas que te dicen lo que tienes que hacer sin saber para nada lo que ellos deben hacer.

Después de un mes en la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar mi problema no era la convivencia con los malandros del albergue. Era el tanque donde me lanzaba. Mientras les perdía temor a ciertos saltos desde el trampolín de un metro, miraba siempre hacia el más alto y hacia las plataformas que me provocaban una oscura angustia. Subía al trampolín de tres metros y me batía el corazón fuerte. El agua azul oscura parecía un abismo tormentoso. Y siempre estaba ahí ese chorro como si fuese la columna sonora de mi tragedia personal. Me lo había buscado, quizás no me lo merecía, pero era algo por lo que debía pasar y pagar. Parecía una enseñanza metafísicamente necesaria.

Y apareció Marlen, tocaya de Marlencita. Era una atleta importante de unos veinte años. Tenía los cabellos largos y medio rubios por el cloro de la piscina, era de nariz afilada y ojos castaños. Su cuerpo era bien calibrado, espaldas anchas, nalgas macizas, así como sus piernas. Marlen les daba una mano a los entrenadores en Ciudad Deportiva para formar las nuevas canteras del clavado. Era dulce y paciente. Me enamoré de ella. La deseaba como mujer, la adoraba como si fuese mi madre y la añoraba como mi ángel de la guardia. Ella se encargaba del entrenamiento fuera de la piscina. Cómo hacer abdominales, cómo tener una posición perfectamente erecta sobre el trampolín y lo más importante: el punteo. Se debía entrar en agua con las puntas de los pies tiesas hacia el interno, como si fuésemos bailarinas. Los ejercicios eran crueles, sencillamente te oprimían el empeine hacia abajo para que el arco del puente, con el pasar del tiempo, se cerrase siempre más. Marlen lo hacía con determinación y dulzura al mismo tiempo. Los hijos de puta de los entrenadores como el Mexicano y Juan Carlos se paraban sobre el empeine con sus piernas adultas mientras algún secuaz te bloqueaba las rodillas. El clavado exigía coraje y estética. El salto era una danza instantánea. Cuando entrabas al agua debías clavar la superficie sin que astillas acuáticas volasen por el aire. Menos espuma y chapoteo mejor era el salto. Y el punteo era fundamental para clavar la superficie desde atrás. El punteo en los gimnastas y en las bailarinas da la sensación del vuelo, no sólo dona gracia sino la sensación de despegue de la superficie, mientras en las nadadoras de sincronizado y los clavadistas la sensación es contraria: la unión agraciada con la superficie del agua. La danza del clavadista es inmediata y entre sus acrobacias más impresionantes se halla el triple salto mortal y medio. De espaldas, hacia el interno, de frente, o inverso, es un salto que yo vi pocas veces en Ciudad Deportiva, y cuando lo veía pensaba: después de tantas vueltas de carnero en el espacio debían acordarse de abrir y entrar en agua, acordarse de puntear, apretar el abdomen, el culo, y clavar la superficie en posición erecta para que pocas gotitas saltaran desde la superficie. Después de la visión de tales saltos, desde lo más profundo de mi corazoncito le pedía a Marlen que no me abandonara, pensaba en mi mamá, añoraba mi casa, mi cuarto, mis comidas, recordaba el jardín con las flores “diez del día”. Evocaba cosas mansas y cotidianas, extrañaba el aburrimiento; en fin, después de ver el triple salto mortal y medio, no quería ser un deportista de alto nivel y mucho menos un clavadista.

Pero debía pasar un año entero en esa escuela antes de regresar a mis aposentos. Es posible que Marlen me halla infundido un poco de coraje porque comencé a mejorar algunos saltos, sobre todo el salto mortal de espaldas desde el trampolín de un metro. A mí los saltos de espaldas me aterrorizaban porque no veía la piscina. En tierra nos entrenábamos en los mismos espacios de los gimnastas; para ellos el salto mortal de espaldas era mucho más fácil que el de frente, al menos a mí me parecía que era así. Para hacer el salto de frente debían frenar la carrera y, desde esa frenada, saltar, mientras de espaldas se ayudaban con el impulso del flic y otras piruetas. El clavadista tenía el trampolín que lo ayudaba a saltar de frente, de espaldas, hacia el interno o inverso. Este último salto, conocido también como holandés, era el más difícil, al menos para mí, y obviamente nunca lo hice. Pero ver el agua me confortaba; así mis saltos mortales de frente eran muy buenos en la piscina y también en tierra, por lo que los gimnastas quedaban un poco impresionados por la facilidad con que les ejecutaba. Hubo ciertos momentos que pensé cambiarme hacia gimnástica, pero mi buen sentido ya no era el de antes, estaba siempre de guardia y me bastaron pocos días de observación de anillas y caballos para abandonar tal idea.

Comencé a hacer mi mortal de espaldas con bastante estilo. Marlencita seguía luchando como yo contra la disciplina equivocada. Pero en aquellos momentos notaba que había avanzado mucho más respecto a ella, que seguía trabajando sobre el mortal de frente, mientras yo comenzaba a practicar el uno y medio de frente, o sea mortal y entrada al agua de cabeza.

 

***

 

Un día hago mi mortal de espaldas con demasiada confianza, por lo que no aparto en modo suficiente el abdomen hacia fuera para evitar el trampolín. Sentí un golpe seco en la mandíbula. Me sentí medio aturdido, pero no había sangre ni nada. Salgo de la piscina y el entrenador se me acerca para cerciorarse de que no me hubiese pasado nada de importante. En realidad, me había pasado mucho, sólo que dentro de mí. Era como si me hubiese amigado un animal feroz, el clavado, y cuando menos me lo esperase me hubiese mordido.

Ese golpe me había traumatizado al punto de que los domingos no quería regresar más a la escuela. Empecé a enfermarme cada domingo, me sentía siempre afiebrado pero el termómetro me desmentía. Un día logré ingeniármelas para quedarme en casa. Había una jaula con pollos en un cuarto. Estaban en aquella habitación donde no dormía nadie y les hacían crecer allí para salvarles de los depredadores. Sabía que los pollos tenían una temperatura superior a la nuestra. Le puse el termómetro a un polluelo por unos minutos debajo del ala y la temperatura subió a 38 y algunas líneas. Corrí hacia mi madre con cara de moribundo. Logré estar en la casa unos días, lejos del sufrimiento de los saltos. En la escuela, a veces me quedaba en el albergue y mandaba a decir que no me sentía bien. Conocí a una pariente de una vecina. Practicaba tenis de campo. Le rogué que intercediese por mí para pasar al tenis. Quería practicar cualquier deporte donde no hubiese agua. Una pelota y una red en un campo, lo ideal. Pero no fue posible, no podía empezar de cero, me explicó la chica.

Los domingos seguían siendo días siniestros, no sabía más qué inventarme, entonces escondía el uniforme para no regresar. Pero mi madre lo encontraba y regresaba a mi personal tragedia. Debía estar un año escolar en modo obligatorio en la Eide, porque ninguna escuela aceptaba estudiantes después de un semestre. Era una regla rígida de la burocracia escolástica.

Recuerdo en modo particular una de las pocas competencias en las que participé. Fue en el mes de diciembre. En Aguacate. Yo no tenía idea de dónde se hallaba ese pueblo. Pensaba que ese nombre exótico correspondía a un lugar muy lejano. La competencia sería en nocturna. Partimos en una Girón sobre las siete de la tarde, pero ya era de noche. Me sentía agitado, casi secuestrado. Cuando llegamos noté inmediatamente que la instalación era muy pequeña, parecía la caricatura de cualquier piscina que hubiese visitado, parecía un centro de recreación. Dos trampolines de un metro, uno de tres y una plataforma de cinco. El tanque poco profundo estaba rodeado de árboles y diferentes plantas. Había mucho frío. Sólo con el pasar del tiempo pude constatar por qué aquella piscina estaba casi helada. Aguacate se halla a poca distancia de Bainoa, uno de los lugares más fríos de nuestro cálido y tropical país, al punto que sus temperaturas son la referencia más exacta de nuestro invierno isleño. En realidad, no recuerdo de dónde venían los otros competidores. De la Eide éramos unos diez niños y entre ellos se hallaba Marlencita, que psicológicamente me había alcanzado y quizás era ya más fuerte que yo. La competencia parecía algo formal, una pasarela. Los saltos que debíamos ejecutar no eran complejos. Eso me había tranquilizado. Marlencita me sonreía con su falsa seguridad y yo no la odiaba más como antes, me odiaba a mí mismo por haberme metido en la cueva del león sin que me hubiesen llamado a enfrentar leones. Temblando nos lanzábamos en saltos sencillos y temblando salíamos del agua corriendo hacia la toalla. Terminada la competencia a todos nos dieron medallas del mismo color. Era mi primera medalla. Una medalla a la resistencia, a la soberbia, a la nostalgia de casa, al dolor del empeine, a la sobrevivencia de las piscinas, del albergue, del aula. Una medalla que podían haber personalizado grabándole: “Domingos de Oro” o “Nadador Clavado”. Todavía conservo esa medalla y cuando la veo casi me conmuevo y constato lo pequeños y grandes que somos al mismo tiempo, porque en lo más íntimo de nuestro ser cada persona deserta algo. Desertor viene de “tor”, abandonar, y “deser”, entrelazar o enlazar. Entonces, yo había abandonado un lazo o juramento, había traicionado íntimamente a mí mismismo. Había sido reclutado para cultivar alores en una disciplina deportiva, pero no poseía ninguna capacidad que me lo permitiera; esos diez metros de plataforma eran un Everest que nunca habría escalado.

A los seis meses mi madre logró cambiarme de escuela contra todas las reglas burocráticas. Regresé a las tierras de mi primera infancia, a los jardines poblados de mis fantasías. El último día fue un viernes. La Girón me dejó en la doble vía de los lauros que conduce a mi casa. Atravesé la calle principal y caminé libre y sereno bajo las sombras de los lauros. Delante de la casa de Ludmila me topo con tres chicos que me miran en mal modo. Les encaro con tal soberbia que ellos quedan sorprendidos. Me lanzaron un “qué miras” y yo les devolví un “lo que me da la gana” parándome y encarando a los tres mosqueteros. Les traté con desprecio, como si fuese el jefe de la doble vía de los lauros. Continuaron su camino con caras de estupor. Sólo días después supe que eran tres hermanos, los Moyas, llegados recientemente de una remota provincia del país, y que eran chicos con fama de “malos y difíciles”. El rostro del mayor me recordó a Vampillo y bajo el influjo de mi nueva libertad recordé el “cómo funciona” del capirro. En fin, estaba listo para una nueva etapa de mi vida, para nuevos lazos, ataques de soberbia y futuras deserciones.

Alexander Martínez Reyes
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