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Infierno en la Patagonia: los supervivientes

viernes 13 de marzo de 2026
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Todo lo que se diga del infierno no es el infierno. Sólo aquellos que lo han atravesado saben cómo su ardor quema la piel, el aliento, los ojos, los oídos, la nariz y, sobre todo, esa imprecisa, inaprensible y dolorosa sensación de sentirse quemado vivo. Donde el dolor se instala en cada célula y permanece hasta morir, sólo para pasar a la siguiente, exprimirle la última gota de sufrimiento y repetir el proceso muchas, muchísimas veces.

Quienes han quedado para contarlo han extendido sobre la memoria todos los detalles, la lógica perversa, la rutina en los días de la gran tiniebla organizada. Sus palabras no pronunciadas acercan a la sociedad una intuición desgarradora de lo que fue la intimidad del espanto, pero las más profundas de las sensaciones jamás podrán ser transmitidas en todas sus dimensiones. Están solos frente a lo vivido. Y lo vivido es definitivo: sus vidas están atravesadas por ese “entonces” que siempre está, tal vez agazapado, suspendido, silenciado, pero que no deja de estar.

De vez en cuando despiertan de su letargo, sólo ven la negrura de lo carbonizado y evocan otros tiempos. Tiempos de cuando el infierno no había llegado y todo era paz y tranquilidad. En la comunidad perfectamente organizada donde habitaban, los espacios de cada uno eran respetados y sólo la perfecta ley natural, en pro del bien común, cuidaba que así fuera. Recuerdan tiempos felices donde convivían en armonía, sin importar diferencias de color y formas. A nadie preocupaba eso. Nacían, crecían, se reproducían y morían, siendo siempre hermanos en cada etapa.

La tragedia comenzó cuando unos imprudentes humanos hicieron un fuego. No se sabía bien para qué, y luego no lo apagaron. Se fueron, dejando un incipiente infierno que, desde su inmovilidad de árboles y plantas, no podían hacer otra cosa que sentirlo crecer con horror. Las llamas iban consumiendo de a poco las ramas bajas, instalando dolor en cada célula de cada hoja, de cada rama, de cada tronco, hasta matarlo y pasar al siguiente. Después, sólo algunos esqueléticos troncos carbonizados proyectaban una patética sombra sobre las cenizas...

La madre naturaleza lloró muchas lágrimas de lluvia que cayeron sobre las inertes cenizas y también sobre los esqueléticos troncos. De a poquito, como un renacer desde las cenizas, asomó un tímido brote que vio que no estaba solo. A su izquierda, en un tronco carbonizado, otro brote verde lo saludaba, y otros más allá...

Eran los brotes sobrevivientes que estaban hablando sobre el infierno y decían algo así... “Todo lo que se diga del infierno no es el infierno. Sólo aquellos que lo han atravesado saben cómo quema...”.

Sólo el inconsciente humano, a pesar de conocer el dolor, se ocupa de producir infiernos en forma inteligente, sistemática, eficiente, para matar a sus congéneres. Inventa engendros terroríficos con capacidad de eliminar a millones en segundos. Los últimos con capacidad de exterminio total no sólo de los humanos, sino de todo lo que vive.

La naturaleza no permitirá eso. Si el humano es una experiencia fallida y no repiensa lo que está haciendo, será prontamente eliminado. Y los sobrevivientes serán los brotes verdes que surgirán de las cenizas como una esperanza nueva de vida, sin humanos.

Sergio Pellizza
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