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Un polizón observa

martes 24 de marzo de 2026
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El 6 de julio Leah recibió una tarea de su Escuela de Escritura. Se sentó en la mesa de siempre. Encendió el ordenador, bebió un trago y se quedó mirando la copa de los árboles a través del cristal. Más tarde se levantó, apagó la máquina sin haber escrito una línea y se fue a la cocina.

Esa misma noche, salió a fumar, bajo un cielo envenenado por la contaminación lumínica. Yo me acerqué al computador. Leí el enunciado del trabajo que evitaba: “Un listado de aquellas cosas que te gustan, y aquellas que no te gustan”. Parecía sencillo. Pero los escritores se contradicen. La miré allí, aspirándose la vida, y entendí que ya no se conocía. Sólo sabía escribir sobre lo que alguna vez creyó sentir.

Por suerte para ustedes, la conozco mejor que ella misma. Y la observo. A menudo. Demasiado. Sí, deberían preocuparse. Pero no exageremos con mis manías; nadie está libre de rarezas.

Y es gracias a estas pequeñas aficiones que hoy puedo hablarles de ella. Llegado el momento, todos querrán haberla conocido. Admítanlo, les encantaría saber por qué pasó, pero eso no lo diré. En su lugar les mostraré lo que he aprendido: sé que le gusta andar por la playa en hora punta, cuando el sol le raya la epidermis. Escucha villancicos en verano, le extasía el olor a vainilla y prefiere el color amarillo, pero no en la ropa. También le gustan las escaleras largas y (un secreto) su antiguo profesor de Historia Universal. Sueña con cantar “Habana Blues”, una última vez, frente a la bahía matancera. Sería una lástima que no pudiese.

Ama los tomates rojos: los toca y procede a penetrarlos con el cuchillo especial de filo dentado, goza cortarlos en finísimas rodajas.

Siempre escribe medio bebida, junto a una ventana. Regala libros. Y a veces imagina escenas con personas inexistentes. Ensaya discursos.

No le gustan las películas de terror ni las canciones que duelen, aunque lea páginas que la deshidratan. Detesta a los poetas que hablan como escriben y también los lugares de lujo. Le molesta no saber si una mujer está coqueteando o siendo amable. Tiene una relación fallida con la hipocresía, y le fastidia no poder mentir. Aborrece las matemáticas, a los hombres que dicen que “todas las mujeres son iguales”, a quienes dicen que “todos los hombres son iguales”, y la literatura pornográfica.

Y ahora me doy prisa. Su cigarro se apaga. Estas son, en resumidas cuentas, las cosas que ama y que no tolera. Ustedes podrán leerlo (ella no lo hará), y contarán su historia. Debieron haberla conocido, pero quizás no tanto como yo. Eso sería enfermizo.

Regreso bajo su cama.

Mabel Toledo Cuéllar
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