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Poemas de Gonzalo Hernández Sanjorge

miércoles 8 de abril de 2026
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Aquí sólo hay piedras
y caminos inmóviles como víboras muertas
y un horizonte tan inútil como un vaso quebrado.
Aquí hay silencio,
un silencio hecho de aprendizajes y cegueras,
un silencio más grande que el alma entera.
Hoy los días son de una sustancia viscosa,
reiteración innecesaria y padecida.
Hay también recuerdos,
pequeños destellos de antiguas constelaciones,
lugares en los que habita tu cuerpo que ya no está.
Yo muero lentamente a fuerza de silencio,
de cansancio,
de asco, a veces.
Muero porque la vida siempre queda lejos
y el dolor es más inmenso que el mundo,
por ejemplo.
Y porque el recuerdo de tu beso no llega a ser un beso.

 


 

Un relámpago mudo como una sombra tirada en el follaje,
así son los nombres de las ciudades,
los números de mujeres en mis agendas.
Así son las horas y el tacto, también.
La soledad arde como un vidrio,
golpea como el incansable oleaje sobre las incansables embarcaciones.
¿Dónde hay lugar para poner mi cansancio?
¿Cuál es la frontera entre la luz y el hastío?
La sangre señala apenas un lugar genérico.
Las palabras trepan con la lentitud del follaje,
con la torpeza de los ansiosos amantes que se lastiman al intentar besarse.
Lo que es cierto debería ser tan sencillo como un guijarro.
Sin embargo los jabalíes lo destrozan todo
y los muertos vienen, regresan, nos traspasan,
nuestra propia muerte resurge como una llamarada.
Nos invocamos con un conjuro de marineros
mientras las sirenas nos desordenan el nombre.
Es la confusión de ser y tener una presencia,
la confusión de quien ha vivido escondido
y descubre que no existen los escondites.
De pronto el miedo lo inunda todo,
ese miedo que sólo siente el prisionero al que se mantiene cautivo por error.
Pero ya es muy tarde,
todas las estrellas están en sombras
y la inocencia es algo imposible,
algo imperdonable, también.

 


 

“A veces el límite excede su cometido”, piensa el rey
que no puede siquiera pensar que hay tierras que no saben de su nombre,
que no puede aceptar que algo exista sin que él lo sepa
porque eso es aceptar que el mundo se le escapa de las manos.
“Es necesario navegar”, dice
y se ordena hacerlo.
Entre un millar de islas
las barcas acometen su delicado curso.
Aquí y allá hay indicios de que los leones rondan en su sueño,
merodean su carne en círculos concéntricos.
Un león en cada isla,
un millar en cada sueño.
Las fieras rugen como dioses hambrientos.
Quien lo contempla navegar cree que permanece quietamente.
Es inútil lo que haga,
son inútiles los rituales que copie o invente,
dentro de sí lo ensordecen
los estridentes rugidos de los leones.

 


 

La cabellera de los días se agita en torno a la noria.
El hombre bebe del nombre de las cosas,
se alimenta de las raíces que crecen en los espejos,
de las palabras adquiridas en parajes repletos de forenses.
“Todos los signos están aquí,
como entre los restos de un templo destruido”,
piensa el hombre mientras siente que los días fermentan dentro de los seres,
mientras contempla el mundo que pasa como un tropel furioso.
¿Dónde acaba un sitio y comienza otro?
¿Dónde situar lo que ha tenido lugar?
¿Dónde poner el énfasis?
¿Dónde colocar el justo término?
La ceguera y la verdad se asemejan, ciertas veces.
En eso piensa mientras revuelve en las salivaderas y los cementerios
en busca de un trozo de talismán
o aunque más no fuera
un pequeño himno para ser cantado en las batallas o en las tabernas.

 


 

La tarde se diluye entre las cosas.
Los ojos se asombran de la fluidez de las paredes,
de la quietud que encierra la habitación.
El cielo tiene el gemido gris de una sustancia rota.
Los movimientos han perdido su confianza.
No hay francotiradores ni diluvios,
nada que perturbe.
Pero cerrar los ojos no es refugio suficiente.
He aquí el torpe resultado de todos los conjuros,
de toda la sangre con sus múltiples atavíos.
En algún lugar del mundo está el mundo.
De la felicidad, ni noticias.
Ahora la tristeza se camufla entre la noche.

Gonzalo Hernández Sanjorge
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