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El bandido

viernes 24 de abril de 2026
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Fue cerca de las doce (sospecho) que empezó a nevar, luego de una llovizna tan fina, como la tierra que noches anteriores el viento me tiraba en los ojos. El clima era distinto, dejaba visible el aire que exhalaba, agitado. Por primera vez en años había nieve en el campo. Mis manos me dolían siempre que intentaba sostener el rosario afuera de mis bolsillos. Ni las vacas ni yo habíamos sido testigos de una noche tan peculiar durante todo el tiempo que llevaba cuidando aquel ganado, aquel inmenso ganado. El césped sucio recibía los copos y los apagaba como foquitos cada vez que éstos llegaban a tocarlo. Unas horas después todo estaba blanco. El aire helado me rozaba punzante las orejas y, junto con mis tiritones, la cabeza me dolía. Una fuerte sensación sombría se apoderaba de mí.

El clima no era lo único que hacía esa noche tan peculiar, y confieso que mi insistencia con el rosario en vez del arma se debía al miedo que en mí infería en aquellos momentos. Eran épocas difíciles, un invierno terrible, monstruoso. Entré a trabajar en la estancia de García apenas el año anterior, justo recién comenzada la primavera. Las vacas eran el preciso recurso que todos en aquel pueblo deseaban, pero nadie tenía. Lo que se criaba en aquellos lados era únicamente para exportación, por lo que, para un nativo, probar un pedazo de carne de vaca era tan raro como la nieve de aquella noche. Si uno quiere hielo, puede robar una heladera, no hace falta imaginar entonces por qué todas las noches, desde hacía un poco menos de un año, yo vigilaba aquellas heladeras de cuero, grasa y carne. Por aquellas jornadas yo solamente me sentaba en medio de ellas y comenzaba a esperar a que el tiempo pasara. Durante parte del año, lo único que hacía era escuchar lo que el viento, los grillos, los sapos y cualquier otra sabandija tuviera que confesar a la luna y a las nubes. Durante los meses de frío no se escuchaba nada, y todo el aire unánime y lúgubre que el paisaje ganaba me hacía pensar que, fuera del límite de carne y pelaje, el mundo, tal y como yo no podía verlo, no existía, y me sentía más solo y hambriento que nunca. Se me había informado de la existencia de otros centinelas como yo, a los que jamás vi. El campo era enorme, miles de cabezas lo cubrían entero, metros y metros de escabullirse como un roedor entre las costillas de los animales. Al parecer yo tenía dos compañeros, que se sentaban a escuchar y mirar toda la noche, como yo. Me parecía tan probable (un solo hombre para tantas vacas, en un pueblo muerto de hambre, era ridículo) que jamás lo cuestioné, y todas las noches que me sentaba a mirar los pastizales ocupados de pezuñas imaginaba los rostros y acciones de mis congéneres: ¿qué estarían haciendo? ¿Cómo serán sus nombres? ¿Cómo se ven? Pensaba en la existencia de algo que jamás había visto, como un color nuevo, que una araña ve y yo no. Aquellos hombres, separados por metros y metros de vasta noche y campo marrón y blanco, sabían de mí lo mismo que yo sabía de ellos, pero yo sí existía, de eso estaba seguro. En estas cavilaciones solía pasar noches enteras imaginándolos, pensando en cruzar el campo y confirmarlos, en hablarles, en no estar más solos. Aun así, la idea de la mera existencia de una persona como yo, que hiciera lo mismo que yo, al mismo tiempo que yo, pero que no sabía cómo se veía, me hacía sentir acompañado, de alguna manera abstracta. Cuando dejaba de pensar en ellos, volvían el frío, el aislamiento y el hambre.

Dicen que la carne es terca y siempre quiere vivir, y eso es indiscutible, pero la estupidez de aquellos bovinos simplemente les hacía recordar eso cuando mi cuchillo ya había alcanzado su cuello.

Algunas noches caminaba hasta el borde del campo, lejos de mi puesto. Una vez allí, elegía un grupo y luego, en medio del montón, la vaca menos visible, perdida entre sus hermanas indiferentes. Me acercaba lentamente, como si el animal conociese siquiera la posibilidad de huir, de correr libre, de entregar a una hermana y salvarse. Dicen que la carne es terca y siempre quiere vivir, y eso es indiscutible, pero la estupidez de aquellos bovinos simplemente les hacía recordar eso cuando mi cuchillo ya había alcanzado su cuello. A ninguna de las otras parecía importarle. Tal vez confiaban tanto en el hombre que no se lo esperaban (no dejan de ser estúpidas). Yo saltaba y enterraba el cuchillo con todas mis fuerzas, y luego me colgaba de él, para que sólo bajara con mi peso (mi cuerpo era muy débil y flaco). Entonces abría un tajo enorme entre lo duro y rígido de sus músculos, y luego sentía el calor viscoso y veía el vapor que salía de la sangre del animal, que mugía y se quejaba, hasta caer al suelo. Jamás entendí mis actos como un robo, sino como algo inevitable: un muchacho hambriento, oriundo de un pueblo hambriento, cuidando comida con patas y lengua, alimentados con el capital propio de aquel lugar, con terrenos de cultivo natal, con agua escasa para cada diente de cada cara quemada por el sol que tomaba al labrar aquellos mismos terrenos. Ni un solo pedazo de carne para ningún habitante del pueblo, menos yo. Me guardaba lo que podía entre algunos trapos y volvía a mi puesto. La oscuridad era mi cortina perfecta. Al amanecer, cuando me iba, escondía la bolsa entre el pasto y le decía a García que acababa de encontrar otro carneo, que no me fue posible advertirlo, y que la noche siguiente merodearía por ese mismo lugar. García era un tipo muy peculiar, bastante alto y de tez blanca, pero cabellos tan negros como la ribera que me tenía preso. Cuando se lo decía se quejaba y cuestionaba mi productividad, pero siempre la excusa era la misma, yo cuidaba un cuadrado de (mínimo) doscientos metros, en medio de la negrura espesa que no me esclarecía ningún asunto. Entonces García se ablandaba y me dejaba ir. Luego, buscaba mi bolsa y me iba a casa. Naturalmente siempre esperaba que el tiempo pasara, comíamos la carne con tranquilidad, acompañada de lo que podíamos (papas y puerros) durante unas semanas, incluso meses, y luego atentaba contra otra vaca. En ninguna de mis faenas caminé lo suficiente como para ver a alguno de mis compañeros.

Admito que este último tiempo ha sido diferente, he sido más descuidado y más frecuente en el tiempo que solía respetar para aquellas actividades. He llegado a formular la teoría de que García sí sabe lo que hago, pero me compadece y me deja tomar una mísera parte de todo lo que tiene. Tal vez el pensar en eso me dio más confianza, pues comencé a atacar más seguido al ganado. Como un tiburón que prueba la carne humana, mi insatisfacción constante y el placer de tener un buen platillo todos los días creó una ansiedad bramante y cansadora.

Comencé a matar una vaca por mes, luego una por semana. García parecía cada vez menos preocupado cuando le venía a informar sobre cada carcasa que encontraba, y eso, lejos de preocuparme, alentaba mi teoría sobre su misericordia. Para mi entendimiento, si acaso García no sentía alguna clase de deber ni empatía conmigo, los números de mis asuntos no debían de ser preocupantes tampoco, miles de vacas contra una que moría por semana. Esta otra reflexión, tomada las primeras noches de invierno, también me tranquilizó, pues durante un tiempo la idea de que García siquiera sospechara de mí me atormentaba. Para mi serenidad también recordaba la posible existencia (lógicamente fundamentada) de mis compañeros, con quienes podría compartir esas sospechas... Yo no comía una vaca por semana, pero yo tenía familia, madre, padre, hermanos, y hacíamos la carne en secreto, para que ningún vecino se enterara de mis robos. Todos padecían la misma hambre que yo. Comíamos toda la semana carne de todas las formas que pudiéramos con los ingredientes escasos, y luego se acababa. Entonces mataba otra, y carne fresca para ese día. Podría decirse que me pensaba una persona predilecta para ese privilegio carnívoro. De pronto me sentía menos débil, menos flaco, y requería de menos esfuerzo matar a las vacas. Una semana caminaba para una punta y la semana siguiente la opuesta, y luego la misma, y luego la de al lado, intentaba trazar un recorrido azaroso, irreconocible. Lo que más me sorprendía era no encontrar a nadie más en el campo, y mientras esas semanas pasaban, me sentía cada vez más único, solo, entre las vacas. Nunca perdí la fe en la existencia de aquellos seres que jamás había visto, y que correspondían en orden conmigo. ¿Era preciso admitir la existencia de algo que jamás había visto? Lo cierto es que me consolaba de muchas maneras, compartía sospechas, responsabilidad y noches. Un tiempo luego de estos sucesos leí una teoría algo escandalosa, quizá demasiado, tal vez amarillista, pero muy curiosa. En ella se decía que la luz (manifestación irrefutable de todo lo que vemos) podía comportarse como onda y como partícula. Que mientras alguien espectara sus movimientos, ella iba a manifestarse del modo en que sus ojos podían verlo (como una lógica inversa). Por el contrario, si alguien no la miraba, ella procedía a comportarse de una forma indescifrable, indescriptible para nosotros. Leer esto me hizo pensar en aquellas épocas en que me cuestionaba si un ser que para mí no pensaba, ni era posible de interpretar a causa de no poder verlo, verdaderamente existía. Intentaba imaginar cómo sería el mundo si no lo viera, y si todo comenzaba a vivir desde el momento en que yo lo miraba, como si aquellas noches el mundo entero se redujera a ese cuadrado de doscientos metros, oscuro y lleno de vacas. Pero eso no era posible, mis compañeros debían de existir, el mundo fuera de aquel rancho debía de existir. Era ilógico que un solo chico tan joven y débil cuidase de tantas vacas. De tanto pensar en silencio, la cabeza me dolía, entonces tomaba el rosario que mi mamá me dio y rezaba tal como me enseñó. Así pasaba el tiempo, las noches sin matanzas.

El día de la nevada, me estaba preparando en la puerta de la estancia para ir al campo, estaba anocheciendo. García caminó hacia a mí entre el barro, me sorprendí al verlo tan cerca, sin ninguna anticipación. Traía, en una de sus manos, un rifle a cerrojo, típico. Me impresionó, me asustó. García siempre vestía bien, con un traje de tres piezas, era un tipo con un caudal inimaginable y eso sabía demostrarlo, a conciencia, claro. Hoy era diferente, vestía como quien se prepara para ir al campo, y el barro en sus botas ya me demostraba que de ahí mismo venía. Fue entonces cuando tuve un presentimiento sombrío, como si un fantasma se volcase encima de mí, con un gran manto hecho de cadenas, cadenas cuyos eslabones me tocaban como tizones, a esas heladas temperaturas, donde uno sólo siente ardor y calor. Fue difícil comprender por qué ese nivel de excitación, pero fue fácil excusarlo detrás del frío. La llovizna ya se volvía aguanieve, y luego de esta amalgamación de sensaciones y sentimientos me preocupé por la suficiencia de los viejos harapos y trapos que tenía de abrigo. Todo esto pasó por mi cerebro tan rápido que el mismo saludo de García fue quien lo interrumpió. Me aterró la idea de un rostro irónico, que únicamente logré excusar detrás de mi predisposición actual a tales estados. Por ende, traté de hablar lo menos posible, y de hacer caso de él lo menos posible, fingiendo tapar la punta de mis botas agujereadas con un pedazo de cuero. Me aterré al entender la burla sin intención que yo estaba planteando, ese cuero era de una de sus vacas. García no pareció notarlo, casi ni me miraba.

—Hoy va a estar frío, Gómez —me dijo, mirando al horizonte, rígido, formidable, con el rifle en su mano derecha. Yo continuaba agachado, abrigándome la punta de los zapatos—. ¿Tenés abrigo? —me dijo, mirándome con irreverencia.

—Sí —contesté arrogante, considerando el visible estado de mis trapos. García me recorrió con su mirada, forzosamente masculina, casi ridícula, pero determinante.

—Te traje esto —levantó el arma, señalándola—. Hoy te curtís... —lo miré con confusión, aterrado por lo que era obvio y mi cabeza no quería ver—. Ya se han abusado de este lugar, Gómez, ya es mucho... ¿Cuánto es ya? ¿Una por semana?... Mirá, yo tengo muchas, muchas vacas, eso es cierto. También es cierto que una por semana no representa para mí ningún número importante, diez mil cabezas de ganado tengo... Mirá si me va a importar... Mirá todas las que se mueren por cualquier otra cosa... —cierta satisfacción reposó en mis ojos cuando escuché eso; mi hipótesis era cierta, al menos una de ellas. Me enderecé soltando rápidamente el trozo de cuero robado. Me dispuse a escuchar con atención, la soberbia me pareció una razón de sospecha para él—. Lo cierto es que soy un moralista y no me gusta que me roben, eso es todo. Son mis vacas, y bien me pelé las manos con trabajo para tener todo lo que tengo —levantó nuevamente el arma, desviando mi mirada como un imán al fierro, y él mismo contemplándola con ilusión y heroísmo—. Vos me dijiste que, de noche, con un cuchillo y la oscuridad, no podías hacer mucho, ¿o no? —asentí—. Bueno, tomá —me extendió el rifle, lo recibí mudo, asustado. Era más pesado de lo que me esperaba. Lo mantuve delante de mi pecho horizontalmente unos segundos, contemplándolo. Puse mi dedo índice derecho en el gatillo y lo apunté hacia abajo, demostrándole a García que sabía lo que tenía en las manos. Me miró un segundo más, recorriéndome con sus ojos verdes, lectores de todo. Me pareció como si una pequeña hendija se abriera en medio de mis ojos y todos los recuerdos de vacas muertas salieran al aire, y él los chupara. Me sonrió con un tono perdido entre la burla y la ternura auténtica—. Has crecido... —sé que en algún momento me dio una pequeña exposición acerca del rifle. Me dijo que era especial, traído de Inglaterra, y que era el único que él tenía. Tiempo después me negó esta conversación, diciendo que me había dado un Remington cualquiera—. Tenés esta noche para traérmelo. He empezado a sospechar de mis propios cuidadores. Esta noche vas a estar mil veces más atento, y vas a estar caminando por el campo, cuando lo veas, que sé que hoy viene, porque ha pasado una semana desde la última, le pegas un tiro. Así se resuelven bien las cosas acá —probablemente notó la palidez de mi rostro, y lo rendido de mi postura. Comenzó a hablar todavía más orgulloso, más imponente, y esa fanfarronería grotesca que manejaba comenzó a hacerme ver bien su efectividad. Me puso la mano en el lánguido hombro—. Tenés esta noche para demostrarme de alguna manera, Gómez, que puedo confiar en vos —se retiró sin decir más, dejándome a mí solo, con mi cara de horror y mi postura medio muerta, con la nueva noche, infante. Suspiré con tanta resignación que creé una nube de vapor alrededor mío. Partí para el campo.

Permanecí quieto en mi lugar habitual, como todas las noches. Estaba decidido a fallarle a García. No sabía ni qué excusa inventar. Ciertamente su determinación a esta noche me decía algo y eso era lo que me mortificaba tanto. ¿Cómo podía estar tan seguro de que esta noche? ¿Qué sucederá cuando le diga que no lo atrapé, que hoy no vino? Ciertamente él sospechaba de sus cuidadores, de ellos, de mí. En el momento en que ninguno mate al ladrón de vacas, él confirmará su teoría: que alguno de nosotros está involucrado con él, sólo debe averiguar cuál. No paraba de hacer dos cosas, rezar, repetir como un loro palabras que ni yo comprendía, porque mi pensamiento estaba en otro lado, pensaba en ellos. A algunos metros de distancia, seguramente habría otro cuidador dispuesto a matar a cualquier sombra bandida que emergiera de la noche. Yo era el bandido... Se me ocurrió muchas veces caminar hacia su encuentro, pero yo era el ladrón, y en cuanto viera una figura desconocida la entenderían como el ladrón. Tal vez incluso estaban armados. Además, ¡cuántas noches!, cuántas noches recorrí metros y metros, vacas y vacas, y no los encontré. No era preciso pensar que esta noche sería diferente. Ellos debían de estar caminando, buscando. Si yo me quedaba quieto en mi lugar, tal vez me encontrarían. Fue en estos momentos que la llovizna de aguanieve se volvió nieve sólida. Entre el cielo oscuro y lleno de neblina, comenzó lentamente a caer caspa de las nubes. El suelo comenzó a estar parcialmente cubierto, y los lomos de las vacas también. Jamás había visto nieve en el campo... El frío me pinchaba los dedos y se trepaba por mis piernas a mi torso. Me dolía el estómago. De pronto, una idea me perforó la cabeza y los intestinos. La nueva ocurrencia me dio una sensación de elevamiento, como si me despegara del suelo y cayera de nuevo, como si mi sangre se calentase. ¡No tenían sentido!, ¡no tenían sentido!... Nunca hubo compañeros, García lo inventó para hacerme pensar que podía compartir las sospechas con alguien más. Siempre fui el único cuidador de este campo, siempre fui el único sospechoso. Y es que era lógico, más lógico que la invisible existencia de dos compañeros. Este plan se componía de dos escenarios posibles: el primero era que prevenía de que intentase robar, porque, pensando en la existencia de otros vigilantes, corría el riesgo (falso) de ser atrapado por uno de ellos. Contrario el caso, en el que yo me animara a robar o estuviese involucrado de alguna manera con un posible cuatrero, yo iba a actuar con cierta impunidad, convencido de poder compartir las sospechas con dos posibles responsables, y de esa manera, tener a favor un escenario de ambigüedad en el que yo podía ser un culpable, como otros dos (justamente lo que estaba sucediendo)... García tenía asegurada la sospecha únicamente en mí, sin que yo pudiera preverlo. Era, en conclusión de esto último, una prueba de confianza, que yo había fracasado patéticamente. Él sabía o, en el mejor escenario, únicamente sospechaba que yo estuviera involucrado en los robos, y por eso todo el montaje del rifle, la última noche, la última oportunidad de demostrarle que yo no tenía nada que ver. Todo esto pensaba mientras mis labios repetían sin cesar las palabras que de memoria había aprendido. Comencé a tiritar, pero un tiritón diferente se apoderaba de mí, pues no era ese proveniente de las piernas y brazos helados, éste venía de lo más profundo de mi pecho y, en cierta medida, me daba calor.

Ahí estaba yo, completamente perdido, sentado sobre un trapo, encima del césped helado. Me abrazaba al rosario, me aferraba a él. El arma permanecía tirada a mi lado... Sólo pensaba... ¿Qué hacer? ¿Huir? Era un pueblo pequeño, tenía que abandonar mi hogar si quería salir impune. La huida solamente demostraría que yo era el ladrón, que había sido descubierto. Tendría que alejarme de todo lo que una vez conocí, atravesar las fronteras que eran desconocidas para mí en su opuesto, e irme. Tal vez tendría la suerte de que no dieran aviso de un ladrón de vacas en los otros poblados... No era viable, pues tendría que huir a la ciudad, donde a nadie le importan estos asuntos... Yo no quería dejar mi hogar, mi familia, mis vecinos, mis amigos... Otra idea se gestó en mi cabeza, gateó, pero no caminó, por el miedo que le tenía a la autolesión de darme un tiro a mí mismo, o hacerme un tajo, y decir que el delincuente había huido. Había en ciertas acciones una suerte de barrera de caucho en la que el alma se chocaba cada vez que uno intentaba hacerse mal físicamente. Estuve unos cinco o diez minutos apuntándome a la pierna con el rifle, no pude tirar del gatillo. Estas eran las dos únicas soluciones que encontré por aquellas horas. Probablemente se debía a mi estado de pura paranoia y nervios, puesto que siempre fui muy creativo. Lo único que pude continuar haciendo fue rezar, verdaderamente, por primera vez en mi vida. Mientras la noche profería el crujido del césped y el canto de las vacas acostadas, era muy curioso ver la nieve, aquellas pintitas y lunares pequeños que decoraban el aire como un manto. La piel de las manos me ardía, seca, rota. Le pedí a dios un milagro. Otra vez dibujaba circunferencias vacías con mis palabras, puesto que mis pensamientos le rogaban de maneras distintas que me sacara de ahí. Le pedí que fueran reales, que el plan de García fuera falso. Comencé a imaginar barras rectas, sin color, en un fondo oscuro, más negro que la noche misma. Me concentré tanto que no vi nada más; ya no estaba en el campo. Dejé de oír, y un silencio perpetuo y terrorífico me abrazó y meció como a un bebé. Estaba solo, le pedí no estarlo. De pronto, aquellas barras estáticas, eléctricas, se volvieron humo. Mi cabeza flotaba en un vacío desconocido para mí. El humo comenzó a deformar su rectitud y a trazar formas curvas, redondas y puntiagudas en aquel espacio etéreo. Luego vi la figura de un hombre. ¿Acaso alucinaba por el frío? Cupo en mí aquel pensamiento. Ya no sé si rezaba, simplemente vagaba sobre aquellos espacios inexistentes que mi cabeza creaba. Tuve mucho calor, y la necesidad de sacarme la ropa, el cuerpo me ardía, pero pude contenerme. Sentía que volaba. Comenzó a desesperarme tanta calma, me sentí preso en ella, como cuando uno es preso de un sueño terrible, donde no puede moverse y necesita que alguien lo despierte. No podía moverme, me sentía afiebrado. Por unos minutos, pensé que iba a morir. Entonces un sonido peculiar me rescató de aquel abismo: una vaca gritaba. Abrí los ojos como pude, veía más, el cielo había abierto una ventana, y la luna llena iluminaba parcialmente mi sector. La nieve no dejaba de caer, mi cuerpo estaba cubierto en ella. Despierto, comprendí que no había muerto, pero estaba helado, mover abruptamente mis dedos me dolió. Entonces escuché el grito nuevamente, desesperado, pidiendo ayuda. Me puse de pie de la forma más recta posible, un fuerte crujido adornó aquel movimiento. Vi entonces, a unos metros de mí, una figura humana, trepada al cogote de una vaca que mugía suplicante. Un estado propio del instinto animal que sobrevive en nosotros me tomó, sin importarle lo anonadado que estaba. De manera autómata, tomé el rifle del suelo. Al cerrar mis manos sentí un leve calor en el rifle, pero no su tacto. La vaca cayó unos metros más cerca. Aquel hombre no podía verme, estaba concentrado y confiado, como si se creyera el único presente en el campo. Cargué el rifle, coloqué la culata en mi hombro derecho y di un paso con mi pierna izquierda, como se me había enseñado. Dudé un momento, pero me sentí salvado. Una satisfacción enorme se apoderó de mí, era siniestra. Apunté a la figura gris, que a estas alturas se había puesto de cuclillas delante del lomo del animal muerto, dándome toda la espalda. Un objetivo claro. Apunté y disparé. Le di al lomo del animal muerto, y el retroceso hizo que saltara la nieve de mi pelo largo y lacio. Las vacas gritaron juntas, y muchas se levantaron. Cargué el cerrojo y apunté nuevamente en menos de un segundo. Las tripas me dolían por haber fallado. El hombre se puso de pie, se dio la vuelta. Tiré de nuevo y cayó junto a la vaca. Di algunos pasos, aquella sombra estiró su brazo buscando algo y dijo algo que no entendí. Un estado morboso se apoderó de mí. Entonces frené, cargué de nuevo, apunté mejor. Le di en la cabeza, dejó de moverse. La bala le atravesó el cráneo y golpeó la caja toráxica de la vaca asesinada, lo sé por el sonido hueco que retumbó a mis oídos. Me acerqué corriendo como pude y me paré frente a los dos cuerpos. Contemplé mi presa, tenía un rifle igual que el mío. No tenía rostro, pero se veía joven, igual que yo. No podría describir las sensaciones que gobernaban mi cuerpo y mi mente durante el incontable tiempo que permanecí solemne ante aquella figura. Había ocurrido un milagro, yo estaba salvado. Permanecí otro rato conociendo a mi compañero muerto: el bandido.

Esperé al amanecer para dar el aviso de mi acto heroico. El resto de la noche me la pasé al lado del hombre muerto, con su vaca muerta. Lo desvestí y me tapé con sus harapos. Cuando los primeros rayos naranjas del sol me calentaron las piernas, me levanté y fui a la casa de García. Entré conmocionado, y di el aviso.

—Anoche atrapé al ladrón —le dije a García, quien me miró sorprendido desde su escritorio, con sus ojos agrandados y su pelo recién peinado.

—Pues traelo —me dijo.

—Lo agarré trepado al cogote de una vaca... Lo he matado con el rifle. Si camina unos doscientos metros para allá, lo va a ver. Está desvestido, hacía mucho frío anoche y me tapé con su ropa.

García se levantó y me felicitó enseguida. Le dejé el arma sobre el escritorio. Al ir a ver el cuerpo, me confirmó que se trataba de un tal Pérez, nombre que jamás había escuchado, pero que él afirma que sí. García recogió su rifle, nunca supe qué hicieron con el hombre muerto.

 

Continué trabajando en la estancia, aunque no volví a tocar ninguna vaca. En tanto a lo sucedido esa noche, hay detrás de esos hechos algo que me perturba y que jamás me dejó de revolver la conciencia. La primera explicación que tengo a todo es simple, y confortante: que el frío me hizo alucinar y creó aquel momento místico, que siempre hubo un tal Pérez (que era ladrón, como yo) y un compañero más, y que el campo de García es más grande de lo que pensaba, y por eso jamás los encontré, hasta una fuerte casualidad aquella madrugada. La otra explicación ha taladrado mi mente por los últimos años y, por más fantástica que me pareciese, ha creado en mí una paranoia constante. Ésta es, que nunca hubo cuidadores, que el plan de García era real, no hace falta explicar la lógica detrás de éste nuevamente, y que, en aquel momento en que más lo necesité, ocurrió un milagro, una nada sutil transformación de la realidad. Yo jamás había visto ni escuchado nada referido a ese tal Pérez, ni una palabra más allá de que se me había dicho (mentira acaso) que había otros dos cuidadores, que nunca presencié en ningún paseo que di todas las noches de casi todo el año que estuve hasta ese momento. Mi teoría es que, al rezar, dios me ha concedido algo, algo magnífico: un sacrificio. Que Pérez fue formulado como una oración esa misma noche fría y que fue implantado a la realidad, al tiempo, al espacio, desde el momento en que pude verlo. Esa figura humanoide, que sólo tuvo sentido, vida, mención, después de que yo necesité y recé por su existencia, había sido sólo eso, un favor divino para mí, un implante en el colectivo de todos en aquella estancia. Toda su existencia, su vida, sus recuerdos, su familia, se formuló en el momento en que yo cerré los ojos, y presencié su creación. Que los padres de Pérez no fueron los padres de Pérez sino hasta que yo le metí un tiro. Que en la estancia sólo hubo un solo cuidador, hasta que se rezó por otro. El mismo García, antes de esa noche (lo negó más adelante), me dijo que sólo tenía un rifle de cualidades tan excepcionales, pero luego de esta aparición hubo dos, y resulta que siempre hubo tres. Es gracioso, es cómico, ¿cómo no puedo sacarme de encima la sensación de estar preso en un cuadrado ficticio y limitado, que puede añadir o quitar elementos a su antojo? Mi misma sed de sangre bovina se ha ido, como si ya no cupiera en este nuevo mundo, donde Pérez siempre fue el ladrón. Como si de un momento a otro fuera a tocar las paredes de mi casa y éstas estuviesen hechas de goma, y a nadie le llamase la atención porque siempre se construyó en goma. O que siempre cuidé ratas, y que las vacas son roedores pequeños, que viven ocultos, desde siempre... Lo absurdo de esta teoría me hace pensarla una y otra y otra vez. Dudo que seguir en la estancia, esas noches de puro aburrimiento, favorezca, de alguna manera, mi estado de constante exaltación, como si viviese dentro de un sueño, del que no soy capaz de comprender... ¿Qué es lo real entonces?... Nunca vi al tercer hombre, y he dejado de recorrer la estancia, tengo miedo que rece y que dios también pueda interceder por él, aunque yo no robe más... Muchos pensarán en las cualidades morales de mi milagro, pero yo pienso que dios también creó las vacas como un mero sacrificio para saciar nuestra hambre... ¿Por qué sería diferente crear la ilusión de un hombre que se sacrifique para salvar a otro?

Ramiro María Miralles
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