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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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Uno
He pasado la mayor parte de mi vida adulta preguntándome acerca de los límites de la creación. El modo en que la creación se relaciona con su creador ronda lo sacro y las escrituras sagradas. Pero también se ancla en las fuerzas metafísicas que hacen pensar al creador que es un canal de comunicación entre él y un espíritu trascendente y trascendental.
Y si es verdad que hubo un tiempo remoto en el que había que señalar las cosas para poder nombrarlas y hacerlas tangibles para nuestra imaginación, significa que sí, el lenguaje nos precede y en él se encuentra en resumen todo el conocimiento de la humanidad.
Un conocimiento que nos sirve para entender el pasado, asimilar el presente y prefigurar y anclar el futuro.
Pero esta discusión nos lleva a ámbitos que rondan la lingüística, la neurociencia, la psicología cognitiva e incluso la física y la biología. Esos ámbitos delimitan y enmarcan el conocimiento. Hacen que un conocimiento genuinamente compacto aparezca compartimentado y segmentado, sólo con el afán de hacerlo más racional y entendible. Pero sabemos por nuestra propia experiencia que los conocimientos no están separados y que tendemos a la complejidad más que a la simplificación.
La creación artística es un espacio donde complejidad, simplificación, creación-recreación-invención y asimilación, tienen lugar en fracciones muy cortas de tiempo. El tiempo de la creación se suele medir por el tiempo socialmente necesario que emplea un artista para crear una obra de arte. Pero ese tiempo es —una vez plasmado el objeto artístico— sintetizado por el consumidor del arte. Él puede abreviar los pasos y de un solo golpe de vista apreciar una pintura, una escultura o un modelo arquitectónico. Pero también puede demorar horas, días, semanas y hasta meses en leer un libro, sea éste un tratado filosófico, un libro de poemas o una novela de gran aliento.
Cuando esto sucede se piensa que el tiempo necesario para consumir un libro tiene que ver con el tiempo de ocio disponible. Pero en ocasiones también se señala la complejidad del libro que se desea leer. A mayor complejidad, mayor tiempo en su lectura y comprensión. Sin embargo, esto necesariamente excluye otras dimensiones del acto de recepción de una obra de arte. En el caso de un libro, implica el conocimiento precedente de quien lee sobre el tema abordado en ese libro en cuestión. Por otro lado, implica el grado de conexión entre aquello que señala el libro y lo que el mundo es y demuestra en cada una de sus horas.
Este grado de afinidad entre lectura y realidad en ocasiones se soslaya porque implica pensar que hay un grado de relación directa entre lo que se lee y lo que es real. Aquí entra la distorsión de la ciencia ficción, la especulación científica y las cuestiones morales y éticas. Y es que cada cultura ha edificado sus creaciones sobre patrones concretos de sentidos como la finitud, lo divino, lo moral, lo ético, lo racional y lo tangible. Así que, cuando nos acercamos a un libro, una pintura o una escultura, más allá del tiempo necesario para su apreciación, consumo y comprensión, lo que está en juego es el orden de relación histórica que aquello que consumimos como arte tiene con nosotros y con nuestro sustrato histórico y cultural.
No podemos acercarnos al arte de forma libre, aunque así nos parezca. Lo hacemos cargados de conceptos, experiencias, preconceptos y toda una filosofía de vida que ha sido construida desde el vientre hasta nuestros días escolares y universitarios y fortalecidos por nuestras relaciones laborales, afectivas y emocionales.
El arte nos habla con la suficiente fuerza cuando interpela al mismo tiempo cada uno de estos espacios. Y es en ese momento cuando sentimos que esa forma de arte nos conoce mejor que lo que algún día llegarán a conocernos las personas que nos rodean. En ese sentido, el arte nos lee del mismo modo en que nosotros lo leemos. Y aquí leer no implica solamente el acto físico de recorrer con los nervios ópticos palabras escritas sobre distintos soportes. Aquí leer es decodificar un código que ha sido instalado en nuestra cultura.
Códigos como los colores, formas, texturas y las relaciones simbólicas entre ellas y el contexto en que se fijan. Todo eso se puede leer, interpretar y asimilar. Y una vez asimilado el mensaje del arte entendemos que hay más dimensiones que aquellas que se presentan ante nuestra vista de forma simplificada.
Dos
Pero aun sabiendo esto no responde la intención primaria de la duda. ¿Qué hace que podamos crear? ¿Por qué el arte nos conmueve? Y, ¿qué tiene el arte que no tengan otras disciplinas? Bueno, aun sabiendo que el arte es una respuesta al mundo y es una construcción humana realizada a lo largo del tiempo y la historia, no se puede obtener una respuesta universal, porque cada caso es específico dentro de una determinada tradición.
Sin embargo, hay una línea de continuidad: el arte es, ante todo, una representación limpia y simbólica de nuestras pasiones más secretas, y es capaz de identificar el sentido del mundo a través de rasgos muy pequeños que pueden ser acciones, colores, gestos, palabras y formas.
A través de este proceso se realiza un doble proceso de síntesis. Se traduce lo real a una serie de condiciones más o menos abstractas. Una vez convertida la realidad a un sistema de códigos y símbolos abstractos, el que observa, lee, admira, decodifica el código implícito en la obra de arte y entiende lo que dice el arte y, por lo tanto, lleva ese entendimiento al mundo tangible que habita y lo une al conocimiento precedente. Así, lo que el arte le enseñó profundiza el conocimiento que ya se tenía sobre el mundo. Lo completa, lo complementa y lo complejiza. Así, el arte cumple una nueva función que es la de desnaturalizar los conocimientos previos.
Cuando se habla de desnaturalizar, lo que se quiere decir es simplemente distorsionar. Fijar, desde otro ángulo y desde otra variable, una serie de conocimientos que se tenían y que, cuando se desnaturalizan, arrojan nueva luz sobre problemas que han sido bombardeados constantemente buscando sus soluciones.
Las soluciones aparecen, entonces, cuando se deja de pensar el problema simple y llanamente dentro de las propias coordenadas del problema. La solución está por fuera del problema. El arte nos demuestra esto con los puntos de fuga y con las experimentaciones en los materiales, géneros, tiempos y uso de los espacios.
El arte no tiene por qué restringirse a una sola escala de materiales o soportes. El arte del presente y el del futuro juegan con los materiales, fusionándolos entre sí para arribar a nuevas soluciones.
La palabra escrita no tiene sólo una finalidad denotativa o connotativa. Aunque es verdad que ambas funciones ayudan a entendernos entre nosotros y conforman un sujeto social capaz de establecer el diálogo y la concertación. Pero la palabra escrita también juega con el tiempo porque fija —una vez escritura— el estado de situación de una sociedad. Cuando una palabra se escribe da inmediatamente cuenta del momento social, político, económico y cultural de esa sociedad porque, de no ser así, esa palabra no hubiera llegado a ser escrita. Aquí el ejemplo de las palabras que aparecen gracias a la emergencia de redes sociales, tecnología inteligente y nuevas formas de comunicación es paradigmático.
Si toda actividad humana repercute en las demás áreas del conocimiento, es de sorprender que las escuelas, universidades e institutos de investigación hayan buscado el fragmento antes que la totalidad. Quizás porque confundieron la totalidad con lo absoluto. Lo absoluto es una categoría transcendental y esquiva para el arte, pero la totalidad hace referencia a otras ecuaciones que tienen que ver con la captura de un momento en todas sus dimensiones. La medicina, por ejemplo, captura la totalidad de una enfermedad para conocer y entender síntomas y soluciones y posibles medicamentos que servirán para contrarrestar la enfermedad.
Tres
Entonces, lo que entendemos por simples procesos de pensamiento no son necesariamente libres de contingencias sociales, culturales, económicas y políticas. Es más, se podría decir que, en todo caso, los pensamientos y las ideas y cualquier tipo de creación están fundados en un tiempo y espacio particular que está determinado por sus condiciones sociales, culturales, políticas y económicas.
Pero cuando el arte es capaz de romper sus moldes histórico-sociales, quiere decir que es un arte que está conectado con algo que va más allá de la contingencia de una sociedad determinada. Quiere decir que el arte habla a una entidad humana que de tan abstracta se vuelve en algo particular. La paradoja está en que el arte se mueve fuera de la historia y atraviesa las eras, las etapas y los estadios sociales.
Cuando hace este movimiento el arte, por medio de las palabras, los objetos y las formas, habla a una profundidad mucho mayor que cualquier discurso político que apele a un sujeto concreto, y ahí está la razón de por qué resulta ofensiva, peligrosa y disruptiva toda forma de arte.
Y es que el arte no tiene por qué volver sobre lo ya realizado. El arte busca líneas de salida contra corrientes concretas y establecidas como normales, comunes y conocidas, porque, entre otras cuestiones, generan comodidad. El arte, por ello, cuando se vuelve contra el tiempo y propone nuevas formas, resulta incómodo.
Esto porque no hay hasta ese momento instrumentos críticos con los cuales entender aquella propuesta que resulta disruptiva.
Este movimiento va en contra y pone en cuestionamiento las reglas con las cuales las universidades, academias y escuelas forman a estudiosos y artistas. Es verdad que el crítico cumple una labor de divulgación sobre nuevas formas de arte y acerca al público al trabajo del artista. Su labor es de mediación, pero en su trayectoria debe enfrentarse con lo desconocido. Y cuando no encuentra modo de acercarse a lo completamente nuevo, lo que hace en la mayoría de las ocasiones es reducir lo que ve a viejos esquemas. Lo mismo sucede cuando las ciencias sociales se enfrentan a problemas o crisis políticas inéditas. Su primer impulso es tratar de explicarlas con las herramientas de que disponen y que tienen a la mano desde hace ya muchos años. Esas herramientas fueron creadas para entender fenómenos que ya habían pasado y ya eran antiguos cuando nacieron las herramientas. Ambas formas de hacer legible la interpretación de lo desconocido suceden en retrospectiva. En pocas ocasiones el objeto político, cultural, artístico, cuando nace es capaz de ser captado y connotado en su justa medida.
Los nombres que acompañan aquello que nos conmueve o aquello que ha transformado las estructuras sociales siempre se encuentran en un espacio de disputa entre el propio objeto y sus críticos. Aquellos que intentan pensarlo y aquellos que lo descalifican y le restan legitimidad.
Al hacerlo la crítica no acompaña a las transformaciones, sino que se convierte en el último resguardo conservador de un tiempo que se intenta abolir.
Cuatro
Pero si se destruye el tiempo, el arte mismo carece de sentido. Y es que la vida misma del sujeto está pensada en relación con el tiempo. El tiempo es una construcción que se puede medir, pero de manera simultánea el tiempo es la forma en que se presentan la percepción emocional, sensorial y existencial. Es esta dimensión la que el artista y el creador logran asimilar en el momento en el que deciden crear algo para compartirlo con los demás.
El tiempo influye en los debates estéticos, en las perspectivas y en los avances científicos, pero, sobre todo, en el modo en que el arte se consume. Aquí ya no es el tiempo socialmente necesario para crear un objeto de arte, sino que la cuestión tiene que ver con cómo el objeto artístico es consumido y cuánto tiempo se dedica a ese consumo.
Los medios de comunicación, las redes sociales y las aplicaciones parece que han acortado los plazos entre creación y recepción, pero también han acortado el tiempo del consumo. La abundancia de aparentes objetos artísticos hace confusa la delimitación entre lo que es arte y lo que no es arte. Y definir en estos momentos lo que es arte parece más un acto político que un acontecimiento estético, porque, en principio, la realidad está puesta en duda, porque se entiende que lo real ha sido distorsionado por lo virtual. En segundo lugar, porque la verdad misma está en disputa y parecería que a nadie le interesa distinguir lo que es verdad de lo que es mentira. La verdad dejó de ser universal y se ha vuelto particular e individual. Finalmente, porque las instituciones que daban legitimidad al arte también gozan de críticas por parte de aquellos que nunca fueron incluidos en las reglas de juegos institucionales de academias, becas, instituciones, museos, bienales y otros espacios de promoción y exposición del arte.
Así, en contra de esas instituciones, se cuestiona la validación en lugar de pensar más parámetros y relaciones sociales sobre el contexto actual y la sobreabundancia de arte. Los creadores se han legitimado y promocionado a sí mismos con la única autoridad de que son ellos los creadores de su arte y por lo tanto son ellos los que mejor lo pueden entender, y si para ellos lo que producen es arte, todos deberían estar de acuerdo.
Este proceso de pensamiento, en apariencia lógico, dinamita desde dentro la historia del arte en la humanidad. Porque pone en duda la verdad sobre la creación artística como ejercicio de una persona que desea que todos la vean como artista.
Un procedimiento racional de esta naturaleza rompe con la instancia en la cual los artistas creaban sólo como una forma de expresión de su identidad, de su momento histórico, de su historia familiar o de sus facultades mentales. En ocasiones los artistas reaccionaban con sus piezas de arte a otras formas de arte que les precedieron. Y en otras, unieron saberes distintos de diversas culturas para generar un arte que pudiera dialogar con distintos estratos y capas sociales y culturales a través de un objeto significativo.
Pero cuando el artista se reclama a sí mismo artista y demanda ser reconocido como tal, lo que sucede es que el arte ha dejado de importar. El arte pasa a un segundo plano y lo que aparece es la persona. La persona habla por el arte y la persona explica el arte y la persona valida el arte. El arte, como pieza y como objeto, es un pretexto para la notoriedad, el reconocimiento y la exploración. Por ello la innovación que puede o no tener la pieza de arte que presenta deja de tener sentido y es vaciada de contenido por el propio artista.
Este artista genera su propia exposición, pero el arte queda fuera de foco y pierde cualquier posibilidad de ser tomado en serio. Y ahí es posible que también se esté perdiendo algo, porque nada indica que la pieza de arte no tenga valor o no sea rupturista, pero al ser colocada como sólo una fracción de lo que hay que tener en cuenta, su aura se pierde entre el discurso del artista que la promociona y realza su valor.
Cinco
Quien quiera crear debe entender que el arte tiene muchas condiciones que van más allá de la propia creación o del enamoramiento que el artista pueda sentir por su propia creación. El artista se encuentra entonces frente a condiciones de posibilidad mucho más complejas en el presente que hace cien o doscientos años.
Por un lado, ya no está tan solo. Las comunidades de artistas, bajo la etiqueta de residencias, becas, fondos concursables y estudios universitarios, se ven fortalecidas. Generan intercambios de ideas, fusiones culturales e indagaciones sociales.
Sin embargo, el contacto y la permeabilidad de los artistas sufre el sesgo de la autopromoción. Los artistas se acercan a estos espacios con ideas tan consolidadas y cerradas que se hace difícil pensarlas en colectivo y mejorarlas.
Los artistas van a mostrar sus piezas, no asisten para perfeccionarlas o ponerlas en duda. De hecho, la duda ya no es un principio movilizador. Dudar es un gesto de baja autovaloración. Dudar dejó de ser principio metodológico y se presenta como signo de debilidad. Y esto ocurre porque el arte se empezó a pensar como un campo de disputa donde hay ganadores, perdedores y efectos colaterales. Los efectos colaterales son aquellos artistas que viven fagocitando las obras de arte de unos y de otros.
Pero todo el panorama de ganadores y perdedores se debe al mismo núcleo social que hace que el discurso del artista sea más importante que la propia pieza artística. Ser un ganador o un perdedor tiene que ver con el reconocimiento, la financiación, la exposición y la autogratificación.
Si el arte se empieza a medir como una competencia, el riesgo no está en que con el tiempo la brecha entre ganadores y perdedores se vaya ampliando más y más, sino en que, dentro de poco, el arte dejará de tener sentido. Y existirán artistas sin obra. Personas que hablarán de lo que están haciendo, pero jamás mostrarán aquello que hicieron. Porque eso que hicieron nunca existió.
Se autoproclamarán artistas y que para ser artista no es necesario tener obra, sino una serie de ideas, impresiones, conexiones sociales y una verdad y una seguridad absolutas en que lo suyo sí es revolucionario y transgresor.
Seis
Entonces, bajo ese estado de situación, el arte tiene serias posibilidades para no sobrevivir en las próximas décadas. Podrá transformar y mutar hacia otra cosa. Podrá ser un modo de expresión de las personas, que han encontrado en las redes sociales, aplicaciones y plataformas, mejores instancias para expresar sus necesidades, deseos e impulsos. Y podrá el arte, entonces, dejar de ser un espacio donde se pueda pensar la humanidad y se convertirá en una palabra para referir un estadio social que fue superado por la inmediatez de creadores de contenido y de artistas sin obra.
Sin embargo, el arte no se genera en contra de lo que sucedió en el pasado, sino que es una simple forma de estar en el mundo y de mostrar la vida de manera inmediata. Este arte entonces es una forma de conocimiento sobre el presente. Se puede o no estar de acuerdo con él, pero nos está informando sobre el rumbo de las sociedades.
Al mismo tiempo nos coloca frente a problemas que tienen que ver con la institucionalidad del arte, con la financiación, con el estatuto de artista y con el mercado del arte.
Y si se lo piensa desde estas condiciones, lo que sucede en el presente no parece nuevo del todo. Siempre se ha peleado contra las academias, museos y salones de arte, contra editoriales, premios y ferias del libro y se han cuestionado revistas y críticos culturales, se propuso la contracultura y el arte social y revolucionario y se propuso también que el arte debe morir porque es un artefacto burgués que reproduce el capital y la explotación por otros medios.
También se ha dicho que la cultura, con la globalización, empezó un proceso de hibridación, y que ya no hay culturas puras. Esto se profundizó con las olas migratorias del siglo XX, y con los conflictos bélicos también ocurridos durante el largo siglo XX. Pero estos discursos tuvieron respuesta cuando se pensó, desde lo local, lo global. La reacción fue una afloración de reivindicaciones culturales y tradiciones que hacían frente a la homogeneización.
Lo particular emergió como una respuesta a la imposición financiera o adoctrinamiento cultural en lo educativo y lingüístico. Las artes fueron motores de desarrollo de las identidades, y el folklore sirvió para pensar el lenguaje de los llamados subalternos, que, al tiempo que resistían, creaban su propia agenda de transformación social en una era global.
Al hacerlo, el arte se pensó a sí mismo como una propiedad de las comunidades y no de las empresas ni de los museos. Los Estados quedaron flanqueados por las demandas de ambos mundos. Por el territorial-comunitario y por financieros-institucionales. Y la forma en que se intentó unir ambos mundos fue por medio de palabras como fomento, desarrollo, integración, capacitación y experiencia adquirida. Se pensó el arte como un producto, como un motor de desarrollo y como una fuente de riqueza para el desenvolvimiento de las personas. Se delegó en las personas su propio desarrollo por medio del arte y su folklore. Los Estados de esta manera se desligaron de responsabilidades económicas y sociales, porque indicaron que las culturas podrían sobrevivir haciendo uso mercantil de su cultura.
Ahora el arte conceptual, el museo, las instituciones, las redes sociales y el capital se han apropiado de esta actividad. La economía sostenida por medio del turismo que explota a comunidades a través de expropiar sus bienes a cambio de pequeños porcentajes de dinero, son sólo una parte del problema del arte, que se completa con las iniciativas paternalistas de promover emprendimientos culturales que hagan sostenible la vida de comunidades a través de la venta de sus bienes artísticos a cambio de dinero que escasamente les sirve para sobrevivir y seguir produciendo mercancías. Este círculo vicioso del arte en la globalización ha llegado a su fase superior con las plataformas sociales, las redes sociales y los creadores de contenido, que también hacen uso del arte de las comunidades y las culturas y lo muestran escenificando una miseria y una pobreza que genera asistencialismo, paternalismo, dejando de lado el lugar de resistencia, acción y construcción de otro mundo que funciona por fuera del capital.
Siete
El arte al unirse con el capital empieza a desvirtuarse. En la novela, en el teatro, en el cine, el arte puede parecer más autónomo, pero esto también es una ilusión. El mercado del libro, como el de las funciones de obras de teatro y las películas en cartelera, se mide por el tiempo de permanencia.
Es verdad que, en cuanto a libros, hay grandes ventas inmediatas y ventas que se realizan de forman lenta, pero continua. No sucede lo mismo con el teatro. Una obra que no logra la atención en sus primeras funciones es retirada de inmediato. Con las películas de bajo presupuesto para promoción, o que no gozan de grandes estrellas en su reparto, también sucede lo mismo y pueden sufrir contracciones en la venta de sus entradas. Y aunque se han dado excepciones, estas cada vez son menores, porque las redes sociales cumplen ahora la labor de la crítica especializada. Y son los creadores de contenido los que en parte marcan tendencia, y ellos en muchos casos son pagados y auspiciados por las grandes marcas y franquicias, con lo cual los proyectos de bajos recursos, autónomos, tienen cada vez menos posibilidades de sobrevivir.
Este problema de momento no tiene ni solución ni manera de ser regulado porque las redes sociales están en todo el planeta. Y la regulación es entre estatal y nacional, pero también entre estas instancias culturales, que antes fueron simplemente creadores de contenido digital, y las plataformas de servicio y los servidores que han desarrollado las aplicaciones y las soportan y gestionan en la red. Así que hay actores externos, y con mayor poder adquisitivo y de influencia que muchos Estados, que plantean la discusión y el guion de la discusión.
Las decisiones sobre el arte parecen estar tomadas de antemano en este momento del presente. Pero la posibilidad de resistir está también en las redes sociales, en el modo en que se consumen contenidos y en las plataformas que apuestan por contenidos complejos, y sabiendo que la educación es uno de los pilares fundamentales para una correcta interpretación de la realidad; a partir de ella, se construye un pensamiento crítico que vuelve a colocar en discusión la historia, la economía y la política como factores que han construido la identidad y la profundidad del mundo.
Ocho
La respuesta a este estado de situación tiene que pasar por un arte que sea representativo de este momento. Un arte que juegue con todas las formas de conocimiento, con todos los modelos de aprendizaje y con todas las historias concretas que los humanos han producido a lo largo de su historia. En resumen: un arte que sea abstracto y concreto al mismo tiempo. Un arte que pueda romper la estructura narrativa de las redes sociales. Un arte que no tenga miedo a ser complejo o complicado.
Pero este tipo de descripción se asemeja más al arte realizado en los siglos XVIII y XIX que a un arte del futuro. Pero es que, en ocasiones como las etapas de crisis, la respuesta parece estar de nuevo en el pasado, aunque habrá que acercarse al pasado, no como tabla rasa, sino con el conocimiento adquirido en los últimos doscientos años. Es decir, acercarse al arte con las herramientas del presente y con ellas leer, una vez más, el pasado.
Pero entender el pasado como una suma de condiciones sociales, culturales, políticas, económicas, sanitarias y geográficas, quiere decir que no hay que hacerle decir al pasado lo que deseamos escuchar, sino escucharlo en su lenguaje y en sus propias contingencias. Usando la contextualización en todo momento para no identificar acciones del presente en el futuro ni para desvirtuar lógicas precedentes.
Las propias contingencias del pasado son las que a la luz del futuro también se presentarán en este presente. Es propio de la humanidad acarrear el pasado sobre sus espaldas para transformarlo, adaptándolo, pero sin resolver viejas dudas porque aún no se tiene ni el vocabulario ni el conocimiento necesario para resolverlas.
Pero el arte del futuro no tiene que agotar todos sus esfuerzos en buscar en el pasado el germen de lo que puede ser, ni en la elaboración de nuevas palabras para nombrar lo real, ni siquiera debe enfrentarse ante la duda de lo que es verdad o no lo es; su única perspectiva es pensarse a sí mismo una vez más, con la intención de responder sobre su propio destino y sobre su utilidad, beneficio y capacidad de leer el presente.
Si el arte no puede ser una herramienta para leer el presente o no puede ir más allá de la nominación, o ganar dinero y pedir reconocimiento, el arte debe morir. Pero si el arte puede ir más allá de estas limitaciones, buscando nuevas lógicas de interacción social, renovadas e inéditas maneras de establecer emoción con razón, quizá el arte tenga una esperanza y pueda sobrevivir.
El arte es producto de un sofisticado aprendizaje y de una ardua labor de búsqueda y diálogo social e individual. El arte es una construcción que nace cuando el ser humano ha logrado entender su contingencia esencial: cuán difícil es estar vivo en un proceso histórico en transformación.
En el momento en que las personas, los artistas y los espacios sociales puedan arribar a esa sentencia, el arte será el arma definitiva para cumplir el viejo sueño de la libertad, la igualdad, la fraternidad entre todos los hombres y mujeres que habitan cada territorio y latitud del mundo.
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