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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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Cuando uno comienza a escribir la moral, la ética, el compromiso (y mucho menos los usos políticos que puedan tener esos gusanos tipográficos estampados en el papel), no son los horizontes naturales de ese impulso de trabajar con las palabras. Se escribe por otras razones más pías y cosméticas. En el transcurso de muchas páginas escritas se va adquiriendo el pulso necesario para entender sobre esa capacidad que tiene la literatura de incidir en el ámbito social, o para hacerlo menos ambicioso en la vida. Después se comprueba, no sin asombro calculado, que eso también es una ilusión que puede guiarnos en dos caminos opuestos: ser más responsables con el lenguaje a la hora de escribir y tratar de ser ciudadanos más atentos y participativos en los vaivenes políticos que al parecer nunca faltan.
En una conferencia de Ludwig Wittgenstein sobre la ética, éste trae a colación el concepto del filósofo británico George Edward Moore de su libro Principia Ethica: “La ética es la investigación general sobre lo bueno”. Y entonces Wittgenstein escribe: “En lugar de decir que la ética es la investigación sobre lo bueno, podría haber dicho que la ética es la investigación sobre lo valioso o lo que realmente importa, o podría haber dicho que la ética es la investigación acerca del significado de la vida, o de aquello que hace que la vida merezca vivirse, o de la manera correcta de vivir. Creo que si tienen en consideración todas estas frases, se harán una idea aproximada de lo que se ocupa la ética”.
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Existen como algunas reglas éticas básicas/tácitas al escribir. La primera sería evitar el plagio. Cuando escribí mis primeros cuentos plagié sin miramientos. Mis cuentos eran de terror, pero la atmósfera retorcida, el estilo y lo angustiante de las historias tenían ese sello indiscutible de Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga. Aunque eran historias originales, todos los accesorios de los relatos era notorios plagios. En un cuaderno escolar escribí, con una caligrafía febril, como siete relatos. Nunca publiqué estos plagios; sólo algunos pocos amigos en el barrio los leyeron. Estos primeros plagios me enseñaron que la escritura comporta en grado sumo honestidad con uno mismo en primer lugar y luego con el lector; comprendí que leer demasiado te permite no repetir lo ya escrito y no caer en esos lugares comunes, ni ripios rimbombantes.
Citar la fuente. Michel de Montaigne en sus ensayos citaba mucho a otros autores, se guiaba con esa premisa invaluable: “Volver a decir peor lo que otro ha dicho primero mejor”. La cita tiene un poético encanto, una belleza que cada autor debe descubrir. Borges citado por Bioy Casares dice: “...el arte de citar consiste en eso: en reproducir unas líneas que parezcan un poco mágicas, que sean las mejores del texto que las contiene. (Desde luego, deben ser adecuadas a nuestros propósitos.)”.
Hacerse responsable con lo que se escribe. Me llama la atención esa frase de muchas revistas y periódicos: “Las ideas y afirmaciones expresadas son exclusiva responsabilidad de su autor”. Lo que lleva a pensar que por tus ideas y afirmaciones por escrito es posible que te veas envuelto en dificultades y sin duda pueden acarrear infinidad de inconvenientes tanto legales como domésticos. Tengo a la mano dos casos que me ocurrieron por eso de escribir. El primero fue debido a un artículo titulado “Mujeres”. En él elogiaba a un grupo de mujeres profesionales que trabajaban en una alcaldía de la ciudad, pero se me ocurrió dármelas de ocurrente y escribí una frase que me dijo un amigo: “En esa alcaldía hay buenas mujeres, pero muchas sólo se quedan en la categoría de harpías”. En fin, un grupo de mujeres contestaron mi ultraje escrito con un texto en un diario local y me llamaron homosexual, retrógrado y hasta conminaban a quemar mis cuadros ya que utilizaba a las mujeres como instrumento para trepar socialmente. Si en ese tiempo hubiese existido la consumición a través de las redes electrónicas, mi crucifixión sin duda habría sido inmisericorde. En otro caso me sucedió que estoy disertando sobre el Quijote en una sala de arte y a la hora de las preguntas se levanta un señor para reclamarme un texto que escribí bastante espinoso y destructivo sobre ese mito en el que se había convertido Ernesto Guevara, conocido como el Che. El señor incluso sacó de su cartera el texto, delicadamente doblado, y lo blandió como prueba acusatoria.
Fernando Savater ha escrito: “La libertad de elección y la vulnerabilidad de nuestra condición son las bases de la ética, y nos imponen unas obligaciones. La reflexión ética pretende ayudarnos a entender cómo podemos ayudarnos los unos a los otros a convivir mejor, a disfrutar de la mejor vida posible”.
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Nunca ha resultado ético que Pablo Neruda escribiera una oda a Augusto Pinochet (perdón, la oda era para Iósif Stalin, pero como entre dictadores se mueve la poesía de allí la confusión). Neruda era comunista y de seguro consideró un deber cívico escribirle una loa poética a Stalin. Otros poetas también le cantaron al sangriento dictador ruso como Miguel Hernández, Rafael Alberti y Nicolás Guillén. Los admiradores de Jorge Luis Borges se sintieron traicionados cuando éste recibió una condecoración de Pinochet a sabiendas de que Borges se movió como una grácil bailarina en una especie de anarquía enciclopédica, sin enterarse de que era el “otro” Borges al que le ocurrían cosas y el que decía grandes sandeces sin pompa ni empacho memorioso, cuestión en extremo peligrosa.
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La ética es una especie de ornitorrinco. Umberto Eco escribe: “Si se ha elegido el ornitorrinco como ejemplo de objeto desconocido no ha sido por puro capricho. El ornitorrinco se descubre en Australia a finales del siglo XVIII y en un primer momento se lo denomina watermole, duck-mole o duckbilled platypus. En 1799 se examina en Inglaterra un ejemplar disecado y la comunidad de naturalistas no cree lo que ven sus ojos, tanto que alguien insinúa que se trata de la broma de un taxidermista (...). El hecho es que cuando aparece el ornitorrinco en Occidente, Kant ya había escrito sus obras (la última obra publicada, la Antropología desde un punto de vista pragmático, es de 1798). Cuando se empieza a discutir del ornitorrinco, Kant ha entrado ya en su fase de obnubilación mental; puede ser que alguien le haya hablado del animal, pero se habría tratado de todas formas de noticias imprecisas. Cuando se decide por fin que el ornitorrinco es un mamífero que pone huevos, Kant lleva muerto ochenta años. Somos libres, pues, de llevar a cabo nuestro experimento mental y decidir (nosotros) qué habría hecho Kant ante el ornitorrinco”.
No obstante, Kant escribió un libro, Lecciones de ética, donde estudia todas las aristas de la ética, y por eso escribe: “La ética es una filosofía de las intenciones y, por ende, una filosofía práctica, ya que las intenciones constituyen fundamentos de nuestras acciones y vínculos de las acciones con el motivo. Es difícil dilucidar lo que se entiende por talante; v. g., quien salda una deuda no es ya por ello un hombre honrado, pues puede hacerlo por miedo al castigo, etc.; es sin duda un buen ciudadano cuya acción observa una rectitudo juridica, mas no ética; por el contrario, si actúa por mor de la bondad intrínseca de la acción, su talante es moral y observa una rectitudo etica”. Desde esta visión puede permitirnos considerar la ética como una especie de animal extravagante de corta y pega un tanto similar al ornitorrinco.
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Hay escritores para todo, es como un bazar de payasos y maromeros de todo tipo. Los hay que sólo se comprometen con el partido, o más bien con los dogmas del partido. Otros se quedan en esa zona de confort del lenguaje, preocupados en que el lenguaje se bruña hasta el deslumbramiento. Los más distraídos abrazan luchas y utopías sin sentido o que nunca se concretarán. Los hay que creen en la poesía militante, para disfrutar después de una casona frente al mar. Están los preocupados en figurar a toda costa; siembran cizaña, obstaculizan a otros ya que necesitan despejar el camino para así trepar, durante su ascenso pisotearán las cabezas de sus colegas sin remordimiento alguno. En este bazar la ética no se consigue por ningún lado. Los más “comeflores” asumen esa sentencia del Tao Te Ching: “...El mejor de los hombres es semejante al agua, / la cual beneficia a todas las cosas / sin ser contenida por ninguna. / Fluye por esos lugares que otros desdeñan...”.
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El escritor, que está lejos de ser un santo, o un mártir, escribe para contrarrestar ese ánimo que impulsa a los santos y los mártires. De igual manera busca ubicarse a contracorriente del poder del color o ideología que sea, y dicha postura lo puede conducir a la santidad o a ese martirologio que tanto excita y alimenta el morbo del respetable. Voltaire, que estaba lejos de ser un santo, podría considerarse como el primer escritor que asumió un rol que no le correspondía cuando intervino en el googleado caso Calas.
En 1761, un próspero comerciante de Toulouse, padre de cuatro hijos y dos hijas, fue arrestado. Uno de sus hijos se ahorcó en la tienda familiar. Un grupo de beatos católicos señalaron al comerciante de asesinar a su hijo debido a que éste no quería adjurar del protestantismo. El magistrado que llevó el caso, bajo la presión feroz del ambiente antiprotestante de Toulouse, dictaminó que se trataba de un asesinato, y acusó a la familia de haberlo matado para evitar que se convirtiera al catolicismo, como ya lo había hecho uno de sus otros hijos. Enterado Voltaire del asunto, asistió con asombro al proceso. Poco a poco fue recabando información del caso e incluso realizó una colecta entre sus amigos y conocidos para ayudar a la viuda. El 10 de marzo de 1762, el comerciante fue torturado en la rueda, luego estrangulado y, una vez muerto, su cadáver fue quemado en la hoguera. A pesar de lo inclemente y rudo de su tormento, Calas se negó una y otra vez a confesar su culpabilidad y los jueces ante este hecho dedujeron, por primera vez, su inocencia, y por esa razón dejaron sin efecto la sentencia de muerte sobre el resto de otros miembros de la familia.
En fin, Voltaire prosigue una serie de mínimas batallas para reivindicar a Calas y concluye al escribir un breve libro como lo es Tratado sobre la tolerancia con ocasión de la muerte de Jean Calas. Hoy un escrito fundamental de Voltaire y de esa lucha de la razón contra la superstición oscurantista y todos sus accesorios tenebrosos como la intolerancia, la violencia contra quien piensa distinto. Un libro que hoy tiene una vigencia chirriante, cuestión que la Iglesia de Roma sabía y por eso lo incluye en el Índice de libros prohibidos el 3 de febrero de 1766.
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Otro caso emblemático fue protagonizado por el escritor Émile Zola, que en el prólogo de su famoso Yo acuso escribe: “He juzgado necesario recoger en este volumen los artículos que fui publicando sobre el caso Dreyfus durante un período de tres años, de diciembre de 1897 a diciembre de 1900, a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Un escritor que ha emitido juicios y ha tomado responsabilidades en un caso de tanta gravedad y tanto alcance tiene el deber de poner a la vista del público el conjunto de su actuación, los documentos auténticos, los únicos que podrán servir para juzgarle. Y si ese escritor no fuese tratado hoy con justicia, podrá entonces esperar en paz, pues el porvenir dispondrá de toda la información que deberá bastar algún día para sacar a la luz la verdad”. El 5 de enero del año 1895, Alfred Dreyfus, en una ceremonia pública, fue degradado y despojado de todas sus insignias militares. Luego se procedió a romper su sable de oficial. Se le acusó de espiar para Alemania. Al parecer el alto mando francés falsificó las pruebas y de esta manera fue condenado y desterrado a perpetuidad a la Isla del Diablo, un islote de la Guyana francesa.
El 13 de enero de 1898 apareció en la primera plana del periódico L’Aurore el hoy célebre artículo “Yo acuso”. Lo firmaba el escritor Émile Zola, un nombre prominente de la literatura francesa. En dicho texto, a manera de carta abierta al Presidente de la república, detallaba todas las irregularidades del caso. Zola fue condenado a un año de cárcel por difamación. Evitó ser detenido debido a que huyó a Gran Bretaña.
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Escritores gomecistas: Laureano Vallenilla Lanz, Gil Fortoul, Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Teresa de la Parra.
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De joven dos escritores a los que siempre tuve como emblemáticos en eso de la ética y la escritura fueron Albert Camus y Jean Paul Sartre. Contemporáneos y rivales. Siempre me fascinó de Sartre su escritura profusa y desbordante. El primer libro que leí fue San Genet, comediante y mártir. Jean Genet, novelista, dramaturgo, poeta francés y de remate homosexual, ladrón y un etcétera de oscuridades malsanas. El libro (de más seiscientas páginas) me impresionó en primer lugar debido a que no era una biografía de Genet y en segundo lugar las pocas páginas que le dedicó a su obra. Para Sartre, ese otro escritor nada elevado, en el sentido místico, Genet fue sólo un pretexto para desarrollar sus ideas en torno al mal, la santidad, el arrepentimiento y la redención. Susan Sontag escribió que Sartre no pudo evitar brillar más que Genet, el poeta; fue incapaz de frenar su ego y terminó escribiendo un libro demasiado extenso donde se percibe a Genet como un títere mientras Sartre mueve los hilos filosóficos con una complejidad verbal creando páginas excepcionales. Su contraparte era sin duda Albert Camus.
Sus pequeños libros como El mito de Sísifo y El hombre rebelde me descubrieron a un autor que miraba el absurdo de vivir desde esa perspectiva de un optimismo lacónico y sin paliativos; retrató en su obra de teatro Calígula el absurdo del poder y en sus excesos de locura cruel tiene entre líneas una iluminada y horrible lógica. En su otra teatral El malentendido desnuda esa forma, a veces cruel y sin valores, de sobrevivir a costa de la vida de otros.
Susan Sontag convirtió a Sartre en amante y a Camus en marido. Su tesis es más menos así: “Algunos escritores reúnen las sólidas virtudes del marido: honestidad, inteligencia, generosidad, decencia. Hay otros escritores en quienes se aprecian los dones de un amante, dones de temperamento, más que de bondad moral. Como es notorio, las mujeres toleran en el amante atributos —malhumor, egoísmo, insinceridad, brutalidad— que nunca consentirían en el marido, porque el amante, a cambio, excita, infunde intensos sentimientos. Del mismo modo, los lectores transigen con la ininteligibilidad, las obsesiones, las verdades dolorosas, las mentiras, la mala sintaxis, si, en compensación, el escritor les permite saborear raras emociones y peligrosas sensaciones. Y en el arte, como en la vida, ambos, maridos y amantes, son necesarios. Es lamentable verse en la obligación de escoger entre ellos”.
Sartre se comportó como una vedette alocada que se publicitó con bastante tino y, como Voltaire, se hizo de un público. Su vida sexual, bastante agitada y rompedora, a pesar de ser un hombre feo hasta el esperpento, siempre despertó curiosidad. La insigne Simone Lucie Ernestine Marie Bertrand de Beauvoir lidió con el ego de Sartre y con sus amantes, y sobrevivió. Y luego estuvo esa negativa de aceptar el premio Nobel para darse más brillo publicitario del necesario. Camus por su parte seguía combatiendo todos los desafueros sociales y políticos sin aspavientos publicitarios, pero con gran firmeza. Cuando le otorgaron el Nobel no sólo lo aceptó, sino que le escribió una misiva a su maestro, que lo ayudó durante sus años difíciles de estudio. Luego está su discurso en la Academia Sueca, en el cual puntualiza: “Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he situado por encima de todo. Al contrario, si lo necesito es porque no se separa de nadie y porque me permite vivir, tal como soy, en el plano de todos. El arte no es a mis ojos un placer solitario. Es un medio para conmover al mayor número posible de personas, al ofrecerles una imagen privilegiada de los sufrimientos y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista, a no aislarse, y lo somete a la verdad más humilde y más universal. Y quien a menudo ha escogido su destino de artista por sentirse diferente, no tarda en darse cuenta de que no nutrirá su arte y su diferencia, sino reconociendo su semejanza con todos”. A la par el gran Sartre llamó repetidas veces a la Academia Sueca tratando de que le dieran el monto monetario del premio. Hoy Sartre está como olvidado, pero Camus se continúa leyendo con puntual frescura.
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Escritores perezjimenistas: José Ramón Medina, Luz Machado, Miguel Otero Silva (1908-1985) —aunque fue un férreo opositor al régimen y fundador de El Nacional, recibió el Premio Nacional de Literatura de 1955, otorgado por el gobierno de Pérez Jiménez—, Alberto Arvelo Torrealba, Jean Aristeguieta, Arnaldo Acosta Bello.
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Uno de esos libros que me acompañan en todas mis andanzas vitales/domésticas es el Índice de libros prohibidos (o en latín Index librorum prohibitorum), algo así como un catálogo redactado por la Iglesia católica en 1559 (y consolidado en 1564). Este catálogo realizaba un conteo anotado de esos libros que contravenían los dogmas de la fe y en tal sentido fueron considerados heréticos y peligrosos, prohibiendo su lectura y difusión bajo pena de excomunión. Abarcó más de cuatro mil títulos durante 412 años hasta que un papa lo abolió en el año 1966. El ejemplar que tengo está en latín y fue un regalo de un querido amigo, Humberto González, que me impartió clases de castellano y literatura durante mi paso por el bachillerato. Lo tengo entre mis libros esenciales por ser una señal de alerta sobre esa capacidad creadora de la estupidez humana, siempre acechante e intolerante contra todo aquello que intente socavar esos muros de dogmas que se erigen constantemente para frenar a los indeseables y enemigos de todo linaje.
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Escritores y poetas adecos (AD): Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos, Antonio Arráiz.
Escritores y poetas copeyanos (Copei): Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo, Rafael Arráiz Lucca.
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Esa idea peregrina de que la literatura es capaz de incidir en la realidad es el postre ideal de dictadores y autoridades eclesiásticas de cualquier Iglesia que los lleva a quemar libros. Ray Bradbury cuenta en un corto prefacio cómo lo enganchó la historia en la que el cuerpo de bomberos tiene como misión no apagar incendios, sino provocarlos. Sus víctimas no son otros que los libros. En esta sociedad está prohibido tenerlos y por ende leerlos.
Bradbury cuenta que no tenía dinero para una máquina de escribir; además, atravesaba por una racha de pobreza moderada. Un día caminaba por el campus de la Universidad de California, Los Ángeles (Ucla), y escuchó un sonido de tecleo que venía de una especie de sótano. Se dispuso a indagar y descubrió una sala de mecanografía donde por la bicoca de diez centavos la media hora podría sentarse y escribir sin la necesidad de alquilar un espacio. Gastó nueve dólares y medio en monedas de diez centavos. De esta manera pudo comprar espacio, tiempo y una máquina de escribir. Así inició su novela Fahrenheit 451, o como Bradbury lo escribe: “Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio, pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija (...). Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos”.
Bradbury había escrito una metáfora del futuro, del pasado y de ese presente donde los libros eran/son considerados no sólo peligrosos para los estamentos religiosos y políticos, sino dañinos para el alma.
Hoy ya no se queman libros, pero se prohíbe su lectura en escuelas. Hoy ya no se queman los libros, pero se corta el suministro de papel. La censura corre desnuda por los pasillos del poder y a pesar de ello no se nota. En varias escuelas de Estados Unidos han censurado una buena cantidad de libros entre los que se encuentran algunas novelas de Isabel Allende.
Savater ha escrito en uno de sus artículos para la prensa: “Lo propio del arte literario —de todo arte, en realidad— es sacudir nuestro espíritu, despertar nuestras emociones, revelar lo inmortal que hay en nosotros contra la muerte necesaria. La serenidad sólo tiene mérito en quien se inclina sobre el vértigo del abismo, no en quien lo ignora”.
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Escritores y poetas de izquierda que en muchos casos han expresado afinidad (o apoyo) al modelo del paraíso político cubano: Luis Britto García, Juan Calzadilla, José Vicente Abreu, Víctor Valera Mora, Alberto Barrera Tyszka, Gustavo Pereira, Aníbal Nazoa, Aquiles Nazoa.
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Fernando Savater el magister dixit: “Cuando las ideas o los actos son nefastos, escritor y obra se escinden. La vida está hecha de leyes que castigan al criminal, pero la literatura no debe someterse a esas leyes. La obra continúa con vida después de la existencia de su autor. No tenemos por qué comulgar con las ideas de escritores que amamos. ¿Debió condenar el castrismo Gabriel García Márquez para ser amado? ¿Fue más inteligente que el resto Albert Camus al alejarse del estalinismo cuando sus coetáneos hablaban del asesinato masivo con la boca pequeña? ¿Es el giro al neoliberalismo de Mario Vargas Llosa algo más malo que la comodidad en el viejo comunismo de José Saramago? Hay quien piensa que defender a un escritor que apoyó a los nazis es inmoral. Yo digo que es un acto de justicia artística”.
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El escritor siempre debe ir a contracorriente, aunque el río sea pestilente o cristalino. Ser como un salmón, o como lo escribe el poeta Francisco Arévalo: “Los poetas son salmones que van / a contracorriente por ende la torpeza / los hace terminar aderezados en un restaurant 5 estrellas...”.
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Que les exijan ética a los escritores de los baños públicos.
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Ya lo decía Corín Tellado: “Estoy en ese bando de los escritores que escriben. Hay muchos escritores a quienes la política, la cárcel o el exilio les han impedido escribir, pero todo eso se ha terminado y siguen sin escribir un pimiento”.
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No les pidan verdad a los escritores que son unos redomados mentirosos. La verdad está en otros lados, pero pocas veces en la literatura.
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La realidad sirve a la literatura, pero buenas noticias: la literatura no sirve para nada.
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La mejor ética para el escritor fue escrita por Voltaire: “La mayor desdicha de un hombre de letras quizá no sea el ser el objeto de los celos de sus compañeros, la víctima de la cábala, el objeto de desprecio por parte de los grandes del mundo; su desdicha consiste en ser juzgado por necios. Los necios van lejos a veces: sobre todo cuando el fanatismo se une a la ineptitud, y a la ineptitud el espíritu de venganza. Además la gran desdicha de un hombre de letras es, por lo general, el no apegarse a nada. Un burgués compra un pequeño empleo, y verlo ahí sostenido por sus cofrades. Si se comete una injusticia contra él, encuentra rápidamente defensores. El hombre de letras está desamparado; se parece a los peces voladores; si se levantan un poco los pájaros los devoran; si se sumergen se los comen los peces”.
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Aspiran a que el escritor sea buen ciudadano, buen padre, espejo cívico, etc. No quieren un escritor, sino una navaja suiza.
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La ética de la puntualidad verbal según el señor Kraus, según Gonçalo M. Tavares:
Cierto político repetía tantas veces las mismas palabras al mismo ritmo monocorde que los colegas ya acertaban las agujas del reloj en la palabra libertad y los dos minutos en la palabra democracia.
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Tanto la inspiración como la ética nunca llegan cuando se les necesita.
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