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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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Para poder oír las pocas palabras que soltaba la suave, dulce, casi imperceptible voz de Marcela, había que acercar una oreja lo más posible a su boca, y con la oreja rozando sus labios, no sólo podías percibir su tono, que era casi un susurro, sino que podías sentir el cosquilleo de su aliento en el tímpano. A Marcela la conocí por primera vez en una reunión en casa de Claudia, donde la pude oír susurrar dos palabras concisas entre el ajetreo de la fiesta. Claudia —su vecina— era una mujer curiosa e imprudente que solía hablar más de la cuenta, pero que hacía fiestas divertidas, donde la puerta de su casa permanecía abierta como una invitación para quien quisiera entrar. Entre el bullicio, a veces podías ver a Marcela, silenciosa, sin dejarse arrastrar por la candidez de las palabras, escuchando mientras su rostro cambiaba de gestos según el ritmo de la conversación. Al principio, su sigilo podía incomodar a aquellas personas que no la conocían, antes de ser seducidas por el infinito placer de ser escuchado atentamente, sin interrupciones. Y es que no importaba si conocías o no a Marcela, algo acerca de ella te llevaba a volcar tu vida entera en una verborrea incontenible.
Con el paso del tiempo, a Marcela se le comenzaron a atorar cada vez más las palabras en la garganta, hasta que un día su suave voz dejó de sonar por completo y la única que podía oírla era su perra Manuelita, quien llegaba corriendo a su lado, agitada, meneando la cola, cuando Marcela la llamaba en lo que parecía absoluto silencio.
Y es que, al no manifestar sus palabras, a Marcela se le fueron acumulando en su interior como en una especie de alimentación forzada, y ahora ya no tenía otro remedio que tragárselas todas y cada una de ellas, incluso esas pocas que le gustaba decir de vez en cuando entre susurros. Por lo que su cuerpo no tuvo otra opción que ir cediendo para seguirle haciendo espacio a la cantidad de ideas, mentiras, saludos, frases, palabras, letras, sílabas... que se iban archivando en sus adentros. Y cuando llegó al límite de su humanidad, su cuerpo se volvió gigante como un globo aerostático que rebotaba sobre las sillas de su sala, anunciando el segundo en que iba a reventar; sobre su piel tirante se reflejaba la luz como un espejo y sus ojos redondos se habían vuelto turgentes, permanecían en equilibrio en el borde de sus párpados como si, ante cualquier pestañeo, se pudiesen deslizar por fuera de su cuenca. Fue un domingo temprano en la mañana cuando descubrió su cuerpo en el límite; dentro de su cabeza sólo habitaba un gris sentencioso, mientras su cuerpo se movía lento como si estuviese bajo el agua, arrullado por el silencio.
Su vecina Claudia se dijo a sí misma que sólo pasaba para ver cómo estaba su amiga, pero en sus adentros sabía que realmente pasaba a volcar sobre ella todos sus pensamientos y emociones, con el placer de no recibir ningún tipo de contestación a cambio. Ya había tocado varias veces la puerta de entrada sin tener respuesta alguna; el ruido atamborado del puño golpeando la madera parecía disiparse en una especie de campo absorto que rodeaba al apartamento. Así que decidió girar suavemente la perilla hacia la izquierda y, como una pequeña ladronzuela, la invadió la emoción de deslizarse en lo prohibido. La puerta se abrió suavemente, mientras ella introducía primero su nariz y luego toda su cabeza a través de la rendija; desde ahí, pudo ver una silueta gigante, redonda, que rozaba el techo de la casa y que llenaba casi toda la sala. Llamó varias veces a Marcela por su nombre, al principio con voz tímida, luego alzando la voz con la única preocupación de ser oída. Pero quedó completamente anonadada cuando la gran esfera se volteó con el rostro de Marcela dibujado en la parte superior, con esos ojos desorbitados, apenas pegados sobre el rostro. Claudia sintió el ímpetu en su cuerpo de salir huyendo, marcharse lo antes posible, pero la curiosidad rápidamente le ganó la batalla a su instinto y, sin recibir un gesto de invitación, atravesó a pasos agigantados el pequeño hall de entrada. Se detuvo entre el límite de la sala y la cocina, con la boca abierta y su cabeza hundida entre los hombros, sintiendo el nerviosismo en sus piernas como una incomodidad pesada, hasta que de su boca nerviosa se comenzó a desbordar un río de palabras, una tras otra, a toda velocidad, en una gran corriente sin ningún sentido aparente.
De repente un dolor punzante atravesó a Marcela, como un destello blanco, resplandeciente. Por un par de segundos navegó elevada, flotando entre la luz agonizante, y poco a poco el peso de su cuerpo se asentó como un yunque, un ancla que la hundía entre la profundidad del mar de palabras que la envolvía. Podía sentir el vértigo de hundirse mientras trataba de sorber el aire entre las palabras, pero no podía: se estaba ahogando. Claudia, al ver cómo Marcela se asfixiaba, bamboleaba angustiada de un lado al otro de la sala, como en un baile con la muerte; se movían acompasadas por la angustia. Hasta que de repente, entre destellos blancos, Marcela comenzó a sentir el vómito en la parte de atrás de su boca; tratando de atrapar el aire abrió su boca grande y se le escapó una gran arcada. Cerró los ojos: no soportaba ver lo que iba a suceder. Y con su rostro gigante, plateado como la luna, su boca abierta parecía un pequeño túnel del que, a propulsión, le salieron unas palabras claras y fétidas que resonaron por toda la casa como una estampida. Marcela recostó su cuerpo aliviado sobre la pared, mientras retomaba el aire que ahora entraba despacio a sus pulmones; asustada se mordió suavemente la boca, no se acordaba ni siquiera de haber movido los labios, la voz reventó desde dentro de ella como un disparo.
Esa misma noche, un tanto agitada y con la respiración aún entrecortada, ya completamente sola, comenzó a abrir poco a poco sus labios, los abría y cerraba rápidamente, como en un pequeño juego con ella misma. Pensó en abrir la boca para decir algo, pero luego decidió sólo abrirla, abrirla libremente a ver qué sucedía, y en un torrente le salieron todas las frases, las palabras y los sonidos que se disparaban desde dentro de ella como un arma. El olor era insoportable: las palabras, después de tanto tiempo guardadas, se estaban descomponiendo, pudriéndose como cualquier materia orgánica. Pasó toda la noche soltando palabras pochas, mientras su cuerpo poco a poco se desinflaba, retornando a la normalidad. Hasta que cayó rendida, acostada en la mitad de la sala y, sobre el piso frío, sintió una electricidad que le recorría el cuerpo. Esa emoción le recordaba algo, pero ¿qué?... Y pudo sentir cómo esa electricidad se le derramó cálida hasta la punta de los dedos de los pies, para luego subirse como una corriente fría por su espinazo hasta llegar a la comisura de sus labios. Fue en ese instante que lo comprendió: eso que sentía era felicidad, una felicidad pura, sólida, que vivía dentro de ella como una piedra en el centro del pecho. Se entremezclaba con un suave dolor, como el dolor que sienten las extremidades luego de soltar un peso, así le dolía ligeramente todo su cuerpo. Esa felicidad se asemejaba absurdamente a la libertad: era tan absoluta que sólo podía ser una idea, prácticamente un juego con lo imposible.
- Las palabras - jueves 28 de mayo de 2026



