Hoy ha caído la primera bomba del enemigo sobre la ciudad. La imagen del hospital en llamas ha dado la vuelta al mundo. Cuando la vi, sentí que me desmayaría. La misma imagen que conocí hace tantos años estaba otra vez ahí, frente a mis ojos. Sólo que esta vez era real. Aunque ya no sé qué significa esa palabra.
Mi nombre, por supuesto, no importa. Soy una mujer vieja, vivo sola y destruí las fotografías hace años. Me avergoncé de lo sucedido por mucho tiempo y jamás lo comenté con nadie. Sin embargo, nunca lo olvidé. Ahora que el apocalipsis ha comenzado, no tengo nada que perder. No escribo esto con el afán de dejar un testimonio, ya que todo será reducido a cenizas, sino como una forma de confesión. Para morir en paz conmigo misma, como dicen. Pronto evacuarán la ciudad, pero será demasiado tarde. Podrán huir del fuego, pero el fuego los seguirá donde sea que vayan. Nada detendrá el exterminio, lo sé. No quisiera admitirlo, pero hace años que lo sé.
Decía llamarse Auguste y llegó a mi consulta un día martes por la mañana. Por entonces yo tenía poco más de treinta años y había entrado a formar parte del departamento de psiquiatría del Hospital de San Lázaro. La noche anterior había tenido insomnio, así que esa mañana ni mi concentración ni mi humor estaban de lo mejor. Él se deslizó a la consulta sin que nadie lo anunciara. Lo quedé mirando con el ceño fruncido, pero pensando que había sido yo quien había pasado por alto el anuncio de la enfermera.
—Me llamo Auguste —dijo, y antes de que pudiera decirle nada, se sentó en el sofá.
Miré los papeles que había sobre el escritorio, como buscando una explicación.
—Necesito hablar con usted —dijo.
Dejé de lado los papeles y me senté frente a él, haciendo un esfuerzo por disimular el cansancio de mi rostro. Él estaba sentado sobre el borde del sofá, con las piernas juntas, dándose golpecitos con las manos sobre las rodillas. Era muy delgado, tenía el rostro huesudo y una expresión dura que, sin embargo, me transmitía una sensación de fragilidad. Su cabeza rapada le terminaba de conferir el aspecto de un asceta. Su extraña apariencia y su actitud de animal asustado me intrigaron y produjeron cierto dejo de ternura, que reprimí.
—Me llamo Auguste...
—¿Qué puedo hacer por usted?
—... soy un disidente del mundo occidental —continuó como si no me hubiese oído—. Mi delirio apareció en el cruce de la gran historia de la última guerra y la pequeña historia de mi familia. Soy portador de un samizdat, un mensaje clandestino que yo mismo ignoro. Tengo la misión de hacerlo llegar a destino aun a riesgo de perder la vida.
—¿De qué guerra está hablando, Auguste?
—De la última —dijo él.
Traté de recordar las guerras en curso en ese momento. Enumeré algunos países y territorios. Él me miró sin pestañear. Me resultó evidente que Auguste me creía una idiota en ese momento.
—Usted no entiende. Hablo de la última guerra.
—Me ha dicho que su delirio apareció durante esa guerra. ¿Está usted consciente de su delirio? —pregunté, tratando de cambiar el foco de la conversación.
Auguste guardó silencio y durante un segundo pareció observarse las manos, cabizbajo. Luego me miró sin parpadear.
—Estoy hablando de la última guerra que verá el ser humano.
—¿Se refiere a una guerra que todavía no ocurre?
Auguste sonrió. No niego que a veces los pacientes con brotes psicóticos manifestaban comportamientos extravagantes o relatos incoherentes. Sin embargo, Auguste parecía muy seguro de su relato. Entonces recordé que había entrado de manera furtiva, y le dije que verificaría su identidad con el personal del hospital.
—No se moleste —dijo—. No quise incomodarla.
Se levantó y salió tan sigilosamente como había entrado. De improviso, caí en la cuenta de lo peligroso de la situación. Había estado sola con un hombre que deliraba sobre una guerra del futuro y de cuya identidad no tenía ni la más remota idea. Como tantas otras veces, me recriminé por mi comportamiento. Luego, fui a la recepción a pedir la lista de pacientes del día.
Preferí no comentar lo ocurrido, para evitar indagaciones molestas y, sobre todo, cuestionamientos sobre mi actuar profesional. Sin embargo, seguía pensando en ese hombre, en su delirio y en mi falta de determinación para sacarlo de la consulta en cuanto apareció. Fue entonces que comencé a revisar las listas de pacientes del día siguiente antes de irme a casa.
Un martes por la mañana, cuando había recién llegado al hospital, Auguste volvió a aparecer. Yo bebía un café mientras miraba distraída por la ventana. Cuando me volteé, Auguste ya estaba ahí. Me sobresalté, pero al ver su figura delgada, casi raquítica, tuve un momento para el autocontrol. Respiré profundo.
—Usted de nuevo, Auguste. ¿Cómo entró?
—Recuerda mi nombre —sonrió satisfecho.
—Sí, recuerdo su nombre. Y si necesita atención, por favor agende una hora con el personal del hospital. No puede simplemente aparecer de improviso.
—Traigo el mensaje —dijo.
Ambos nos quedamos en silencio. Por un instante, pensé que Auguste comenzaría a delirar. Sin embargo, nada ocurrió.
—Si no se retira, voy a tener que llamar a seguridad.
Auguste comenzó a hurgar entre su ropa. Me alejé instintivamente. Él sacó un manojo de papeles arrugados que comenzó a revolver. Las hojas estaban escritas hasta los bordes. También había algunos dibujos. Comenzó a leer: “grande tribulación vino sobre los hombres que cruzaron las aguas con cadenas, no hubo paz en sus corazones. Su simiente se volvió en su contra con las piedras que arrancaron a la Tierra. No hubo paz en las ciudades de su abominación”. Cada tanto se detenía y pasaba algunas páginas del manuscrito en el que había volcado su delirio. Su agitación crecía a medida que avanzaba: “los falsarios con túnicas de oro sumergieron sus pies en un lago de tinieblas... el fuego llovió sobre los impíos”. Se detuvo. Luego agregó: “Aquí está todo”. Extendí mi mano y Auguste me alcanzó los manuscritos. Finalmente, pensé, sí se trata de un delirio.
—¿Cree usted en Dios, Auguste? —él me miró sin comprender—. Ha estado leyendo la Biblia, me parece.
—Usted no entiende. No quiere entender. Este es el mensaje, este es el samizdat. No he inventado nada de esto, si es lo que piensa. Tampoco sé lo que significa. Ellos no me lo dijeron, sólo...
—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?
—No lo sé. Sólo me enviaron el mensaje.
—Si habrá una guerra, Auguste, y ellos le están avisando, al menos podrían darle una fecha, ¿no le parece? O decirle quiénes van a enfrentarse en esa guerra. ¿Qué más va a decirme, Auguste? ¿Que usted es elegido que viene a salvar a la humanidad?
Auguste sacudió su cabeza, con los ojos cerrados.
—La humanidad, doctora, no tiene salvación.
Intenté convencerlo para que recibiese atención médica, pero fue inútil. Decía desconocer el verdadero propósito de todos esos papeles con frases apocalípticas. Tampoco recordaba haberlos escrito. Al parecer lo había hecho durante alguna especie de trance, porque sí recordaba haber despertado sobre los papeles esparcidos y con el lápiz en la mano.
Para mí era evidente que su relato no tenía sentido, y que argüir una amnesia temporal era una salida fácil para no admitir la autoría del fraude. Sin embargo, había algo que me llamaba la atención, y era el hecho de que Auguste no pretendía ser la pieza central de una trama de salvación. Parecía entregado a su papel de mensajero fatal, como si todo no fuera más que una tragedia griega. Antes de marcharse, me dejó su manuscrito.
—Léalo —me miró a los ojos—. Quizás usted sí entienda de qué se trata todo esto.
—Espere...
—Volveremos a vernos, doctora.
Auguste cerró la puerta tras de sí, para no volver a aparecer nunca más. Y aunque de cierta forma volví a verlo, para entonces él era una persona completamente diferente.
Ese día me quedé como atontada, con un manojo de papeles arrugados, llenos de incoherencias, y con la sensación de que algo muy extraño había sucedido. Llegué a pensar que alguien me estaba gastando una broma. Esa semana me dediqué a examinar el manuscrito de Auguste, su samizdat, como él lo había llamado. No encontré mucho más que predicciones ambiguas, garabateadas en un lenguaje apocalíptico bastante común, aunque sin referencias a ningún tipo de divinidad. El manuscrito contenía también algunos dibujos, todavía menos comprensibles que las palabras. Sin duda, era el producto de una mente perturbada. Por algún tiempo me sentí intranquila. Sin embargo, terminé por pensar cada vez menos en él, hasta olvidarme del asunto.
Cerca de un año después, cuando todo esto no era más que un recuerdo, sucedió algo que marcaría mi vida hasta el día de hoy, que probablemente sea el último. Al llegar a casa por la noche, vi que alguien había deslizado un sobre por debajo de la puerta. Tenía mi nombre escrito a mano, con una caligrafía temblorosa que me resultó familiar. Volteé el sobre. El corazón me dio un vuelco al ver el nombre de Auguste.
Las fotografías, en blanco y negro, eran casi del tamaño del sobre. Todas mostraban escenas de guerra; una columna de tanques destruidos en una carretera, ciudades reducidas a escombros, cadáveres sobre calles devastadas. Nada que alguien de mi edad no hubiese visto mil veces en los medios. Sin embargo, hubo una imagen que me dejó helada. En la foto se veía con claridad el hospital donde yo trabajaba, destruido y consumido por las llamas. Era la única foto que mostraba un lugar reconocible. Mi primer impulso fue llamar a la policía. Luego pensé que no serviría de nada. Después de todo, ¿qué iba a decirles? Alguien me había enviado una serie de fotografías que bien podrían haber sido trucadas. No había amenazas, tampoco obscenidades. Ni siquiera podía identificar a la persona que las había enviado. Luego pensé en hablar con el director del hospital. Pero, de nuevo, no tenía mucho que contarle; un hombre delirante me había contactado, saltándose todos los protocolos de seguridad, y yo le había seguido el juego, tras lo cual había desaparecido por un año. Ahora me enviaba unas fotos para respaldar su historia desquiciada sobre un mensaje del futuro. Sin duda me tildarían de loca y podría decirle adiós a mi carrera. Estaba otra vez sola frente a Auguste y su delirio. Busqué algún indicio suyo dentro del sobre; una carta, una dirección, algo que me dijera que era él quien había enviado las fotos, pero no había nada. Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, rompí las fotos y las eché a la basura.
Mucho tiempo después, un día que paseaba por el barrio bohemio de la ciudad, pasé por una pequeña galería de arte. Entré sin prestar atención a la vitrina, pero una vez dentro, el golpe fue inmediato: el cuadro mostraba un hospital en llamas. Era una copia exacta de la fotografía que años antes había tenido en mis manos. Sentí como si el tiempo se hubiese plegado, de modo que dos momentos de mi vida, separados por varios años, quedaban uno al lado del otro, reflejados por un espejo de macabra simetría.
Salí de ese trance y observé las demás pinturas. Todas ellas correspondían a alguna de las fotos que había arrojado a la basura. Por fin, lo vi: en un muro de la sala, ese rostro que, a pesar de los años, recordaba con claridad. Era él, no había duda. Más viejo, con el pelo más largo y entrecano, pero la misma mirada penetrante y fija. Debajo de la foto, aparecía su nombre en letras de grandes dimensiones. Un paréntesis contenía los años entre los que había vivido. La última fecha era reciente.
Salí de la galería y me senté en un banco del parque cercano. El corazón me latía con fuerza y me sudaban las manos. “¿Así que de esto se trataba todo, farsante?”, pensé. Más que rabia hacia él, por haber montado un circo del que me había hecho parte, la sentía hacia mí misma por no haberme dado cuenta del engaño. No soy de las que lloran, pero creo que en esa oportunidad salió a la superficie algo que había guardado por mucho tiempo. Al llegar a casa, todo el episodio no era más que una rara jugada del destino. O eso pensaba yo. Lo pensé por años, hasta hoy.
Afuera han comenzado a pasar los vehículos del ejército. Anuncian por altoparlantes la evacuación de la ciudad. Las personas han comenzado a abandonar sus hogares. Yo no me moveré de mi casa. He cerrado las cortinas y echado los postigos. Ahora que sé lo que vendrá, no tiene sentido huir. Las personas hacen filas para subir a los buses que ha enviado el gobierno. Pobres, si supieran que no hay dónde ir. Pueden evacuar y correr todo lo lejos que quieran. El desastre los alcanzará. Yo, que he visto lo que vendrá, sé que escapar es inútil. Las palabras que Auguste dijera esa lejana mañana son suficientes para mí: la humanidad no tiene salvación.


