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Cuatro relatos breves de Lauriano García Tuttolomondo

martes 11 de agosto de 2026
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La muerte del señor J.

Lo que permanece sentenciado aquí, jamás a nadie fue legado por el señor J. Pero, ¿cómo podría alguien estar enterado de los datos relevantes de la vida del señor J. e, incluso, de la extraña circunstancia que condujo a su muerte? Salvo para algún amigo o pariente cercano suyo y para su propio espíritu, para cualquier persona aquella información parece ser, en lo más mínimo, algo inaccesible. De cierto que yo no tuve el agrado de conocerlo, y la historia que relataré no me llegó a través de las palabras del señor J. pues, como ya dije, a nadie se la confió (ni siquiera se le permitió la ocasión de hacerlo). Es una evidencia, por otra parte, que hasta ahora no hubo nunca nada escrito al respecto. Sin embargo, hecha la abstracción de una sola peculiaridad, la vida y la muerte del señor J. han sido como las de cualquier otra persona. De allí, del conocimiento universal de la existencia humana, es posible extraer (de esta manera me anoticié de ella) una historia semejante a la experiencia que tuvo el señor J., y a un ingenio demasiado agudo le resultaría sencillo describir las vicisitudes de su experiencia mediante un único rasgo esencial de ella. Es sabido que los filósofos opinan que las formas particulares que adopta toda existencia humana se reducen a la representación de alguno de los arquetipos preparados para tal existencia. Frente a la inexorable pérdida de las perfecciones que componen al ser de ellos mismos, ya la actitud cobarde, ya la valentía, marca a la generalidad de los hombres, puesto que no son sino entes corruptibles y mortales en principio. La preocupación por enfermar o envejecer, y a la postre morir, es el rasgo esencial que constituye al ser de los animales que, dotados de razón y haciendo uso de ella, meditan acerca de su propia naturaleza corrupta y mortal. El fantasma de la degeneración substancial, en sus diversos grados, instiga como una sombra vaporosa a la mente de los míseros hombres.

Con certeza puedo afirmar que a la esencia de este hombre le pertenece la inteligencia, aunque no la inteligencia común.

Siguiendo el método racionalista, sin ocuparnos de ningún dato empírico, se puede asegurar a priori que es posible que un cierto hombre haya existido alguna vez. No interesa que este hombre haya sido de tal o cual nacionalidad o que su fisonomía haya sido regular, con excepción de unos ojos como pequeñas esferas azules que se hundían en el rostro ebúrneo; tampoco importa si tenía la nariz chata o si su barba, diligentemente recortada, era casi negra. Nada de eso forma parte de la idea del hombre que ahora concibo. Pero con certeza puedo afirmar que a la esencia de este hombre le pertenece la inteligencia, aunque no la inteligencia común, sino de otro tipo, muy escaso en la naturaleza, que por fortuna no está tan bien repartido como el buen sentido. El hombre que concibo se define por tener la sobresaliente habilidad de vislumbrar su futuro o, mejor dicho, su destino, ya que a semejante gracia le acompaña el atributo de ser impotente para alterar el curso de los acontecimientos.

He desarrollado, hasta este punto, la idea que corresponde en verdad con el señor J. Si alguna cuota de libertad tuvo el señor J. en vida, a causa de que su entendimiento, aunque extraordinario, no dejaba de ser un entendimiento humano, es decir, finito; si alguna libertad tuvo, fue la de no saber con exactitud los detalles de los hechos venideros, sino tan sólo la intuición poco clara de su propio final y, con ello, el reconocimiento de la trama subyacente a sus acciones, de consuno con los eventos que ocurrían en el mundo. Todos los fenómenos, en efecto, se reconocían a posteriori como acomodados según el fin supuesto. El decurso de los eventos del mundo, aunque en parte no fuese imposible concebirlo separado de las singularidades que conformaban la vida del señor J., no por eso no estaba en armonía con ellas; para cada decisión no deliberada del señor J. había una serie de misceláneos acontecimientos precisos que, indirecta pero irremediablemente, estaba ligada a la serie de acciones del señor J. Con razón, por tanto, hay que afirmar de él lo que Leibniz afirmó de cualquier substancia: que está preñada de su presente, y de su pasado, y de su porvenir; que, desde su propia perspectiva, representa dentro suyo a la totalidad del universo.

El señor J. no especuló que obtendría cierta riqueza prometida, ni columbró el sosiego merecido tras muchas jornadas extenuantes y laboriosas; no le deparaba su destino el amor de ninguna persona ni la admiración de sus contemporáneos; acaso sí la gloria eterna. Trató de convencerse de que, si así debía ser, era una cosa mil veces mejor que cualquier bien terrenal. En verdad no era nada que valiera, al contrario, el valor de sí mismo se mediría con el examen preestablecido para su final. Convenientemente desconocía los pormenores de aquel momento así como la decisión que definitivamente tomaría (creía que sólo esta relevante y última decisión se le había concedido al poder de su voluntad). Cuanto más se acercaba el tiempo prefijado, empero, con mayor intensidad sentía que sus actos confluían hacia su muerte. Y, un día, visualizó con total nitidez el lugar pactado al que debía ir de inmediato; así lo hizo.

Hasta entonces nuestras historias marcharon juntas, pero se separaron absolutamente en el juicio final que descubrió nuestro verdadero carácter. El señor J. fue derrotado en el campo donde yo salí victorioso; se acobardó cuando yo no mostré ni un leve signo de temor; él tuvo miedo de morir, mientras que yo me sobrepuse a la muerte. Por eso, yo soy el único testigo capaz de narrar la historia de la humanidad que de otra suerte caería en el total olvido.

 

La ciudad

Yo, oleaje que, arrastrado por el viento, se mueve a todas partes. Yo, hombre de caminos inconstantes. Mas tú, cual oro fino, eres límpida y cándida. Llévame a la onda dicha y, en tanto que piedra firme, mantenme en la onda calma.

Ya por el camino percibo, a mi pesar, muchas cosas buenas y bellas, cuya apariencia me hace avergonzar de mi condición desafortunada. Déjame aquí, en este páramo. Lo suplico, déjame olvidado, sin amparo, y en tinieblas, y lastimado. Pues que he sido con razón exiliado de la sombra de su follaje, y puesto aquí a través de las circunstancias, pero a causa, principalmente, de mi desafuero, y privado de su hálito viviente, pero que con justicia me ha ocurrido todo esto, es certero y no lo discuto. En cambio, soy un tenaz acusador de mis faltas; he aquí, creo merecer mi tormento. Mas quedo dudando al pensar si no por un hado desventurado me hallo en exilio y, por tanto, por obra de la Naturaleza fui hecho corrupto, con mal asidero en la inteligencia además de disoluto.

¿Qué clase de afección debe provocar en el alma la verdad? ¿No, acaso, una inquebrantable sujeción? Y sin embargo estoy perdido de ella, y del mundo obtengo mero estupor y, por tal ausencia, me lamento en tierra ajena. Pues veo los seres abarrotados sin propósito, quedando a medio camino de su perfección. Los veo en lucha constante unos con otros; se agravian y no hay comunidad.

Con todo, yo resisto en el fondo del alma los embates de este siglo. La ciudad, de cierto, es tan sólo crudeza. Las gentes ni buscan el para qué de las cosas ni reconocen que tienen un sentido; son lánguidas almas que no alcanzan la calidad de espíritus, más parecidas a cuerpos dementados (cuerpos circulantes por lugares angostos, que ocupan y llenan el espacio, conscientes sólo de que están allí).

¡Cuánto añoro aquel tiempo ya sepultado por la ruindad, mientras una energía pujante me arrimaba a confiar en la Providencia! ¿Es posible que la pregunta por el sentido de las cosas pueda ser desestimada? Miren, ha de haber un sentido forzosamente en cuanto las cosas, o son para sí, o son para un fin superior. La inteligencia, aun si pocos tienen asidero en ella, está presa de su propia forma; aun si muchos prefieren lo vano y viven en letargo, siquiera el pensamiento, pareciéndole que todo es inútil, se haya vuelto vago. ¿Y la inteligencia desconocerá la justicia, ignorará la armonía? En verdad conoce la justicia y la armonía si sabe, respecto del todo, para qué es cada cosa. E incluso si no supiera, teniendo en valor su propia forma, al escuchar discursos convincentes acerca del sentido y la justicia, creerá en ellos, y no escatimará lo que digan, sino que confiará con seguridad, sin escrúpulos.

Fantasma que me guiaste por sitios desolados, condúceme a la onda dicha, luego mantenme en la onda calma. No me dejes aquí, en este páramo, ni olvidado, ni desamparado, ni entenebrecido, ni lastimado.

 

El mozo

Aquellos que con hosquedad me trataban, porque les recordaría a un mozo pasmado en vista de volverse un hombre astuto, me comentan ahora que soy digno, en tanto me he curtido, de un tratamiento cordial, tan cordial como entre camaradas de molicie. Me sopesan por la edad y no se enteran de mí, cuando soy, ante todo, la substancia de mis años; mientras tanto ni la primavera ni el verano soy de mi alma, sino esta alma, ya joven, ya madura, soy. ¿O será que yerro y lo cultivado es las estaciones, pero no el trigo?

Habiendo trazado ya mi ardid, para consumarlo en día que no lo esperan, al nacer la noche del postrero de este mes, tiempo en el cual el pueblo se congrega y, de consuno, se entrega a la crápula, se me presta entonces buena ocasión para mi revancha; sí, allí mismo colocaré mi saeta envenenada. ¿Qué comparan ellos con lo manso si no a un ciudadano más, esto es, otro miembro del festín y otro aparentemente consagrado al rito de los vicios? Y en lo que a mí concierne, todavía es mejor perecer honrando la causa de mi libertad en vez de sostenerme en pie por la licencia de mis adversarios.

Dado el día escogido, durante el jolgorio, me pronuncié, y distinguiéndome del montón, alcé mi voz ante los presentes, diciendo: Miren, ¿cuántos hay que no crean que la virtud del hombre yace junto a los negocios, las riquezas y los placeres, que no crean asimismo que el más prudente de los hombres es quien se apareja el mayor banquete en el curso de su vida? Y tanto así es el carácter de la mayoría, que educan a sus hijos en la avaricia y pocas veces reprimen su comportamiento licencioso, en cambio reprenden al que no muestra signos de picardía y castigan al tímido, mientras que al pícaro antes lo motivan prometiéndole que, cuando tenga su propia hacienda, esto es, habiendo adquirido algún dinero mediante sus empresas, podrá gastar, según la humana ley, mucho de ella en sus malos hábitos, pues enseñan que ser adulto significa gastar sensatamente, acorde a la costumbre vulgar, de lo suyo para el vicio. ¡Así no tienen en cuenta el modelo al que fueron hechos parecidos! En razón de su maldad, vulneran al vulnerable, y como son torcidos, no corrigen a nadie, y como son malos, echan todo a perder. Son pueblo en cuanto se asocian para el delito. Pero la justicia fue dada por uno que no conocen, que en igual medida dispuso la verdad, y que es más fuerte que este mundo y sus cosas, y en absoluto más que el hombre, el cual da la vida al justo, porque el justo le pertenece, empero destruye la senda del malhechor porque no es de su rebaño.

 

La amada

Por la mano amada habían sido esparcidos tantos buenos dones en mi alma; las lozanas azucenas blancas adobaban el jardín y el fulgor del sol golpeaba los delicados pétalos de las flores, posándose sobre la faz de ellos, y en el jardín regaba un arroyo donde pronto el fulgor caía rompiéndose en mil destellos que continuaban su dirección. Así el jardín se completaba de tersa luz, igual que mi ánimo quedaba todo iluminado.

Intuía, por aquel tiempo, un espíritu solitario queriendo ser una fuerte de ternura, ¿podría haber sido usted de veras? También intuía que me acompañaría siempre, ¿y usted podría haberlo prometido de veras? Mucho ansié su vuelta, tanto, que las alegrías se hicieron tristeza y en amargura el júbilo se tornó. Tal le aguardaba, muy cuitado, solicitando que con la figura curares mis aflicciones. Y he aquí que me enteré que me faltabas, quedándome con agria queja, sin consuelo. Y por casualidad la faltante no puede aconsejarme, y es de quien requiero consejo, pues está de mí desconocida, que ausente me tiene de sus rezos, de su corazón y de su suerte. Con que viéndome desprotegido se lamentase, con que un vano gesto piadoso me muestre, ha de ser remedio suficiente. Pero me tiene aguardando por que me cumpla mientras con otros cumple lo que me guarda, que con quien tiene la deuda, a ese no le paga, mientras que le regala a quienes no debe.

Lauriano García Tuttolomondo
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