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El alumno de la ventana, de Rubén Darío Carrero

sábado 20 de junio de 2026
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Rubén Darío Carrero
En El alumno de la ventana, Rubén Darío Carrero busca el modo de diseñar, armar una nueva vida, en tanto reflexiona, recuerda, habla en voz alta.

Comenzaré por contarles que para el mes de diciembre pasado tuve la buena fortuna de tener en mis manos tres libros de poesía. Un mes para leer. Además, ¡qué dicha!, los mismos pertenecen a tres destacados y acreditados poetas contemporáneos, quienes además son entrañables amigos. Les hablo de las recientes publicaciones de Jeroh Juan Montilla, El sabor de Circe; Tibisay Vargas Rojas, Vivo en Avalón, y Rubén Darío Carrero, El alumno de la ventana. Navidad colmada de poesía recién estrenada. Poesía con sus imágenes relucientes a toda hora del día colmando todos los espacios de mi mente, el cuerpo, el alma, la casa. Poesía que toma café, poesía sentada a la mesa, poesía derrumbada en la cama. A cada uno de ellos dedicaré unos apuntes; sin embargo, hoy estoy viendo por la ventana, la ventana que nos obsequia Rubén Darío Carrero.

He leído varias veces este poemario, El alumno de la ventana, tercer libro de Rubén Darío, publicado en el mes de octubre de 2025 por Dcir Ediciones. Al pasar una y otra vez las páginas, entro en un apartamento. Hay una atmósfera íntima, cotidiana, repleta de las cercanías que el poeta nos ofrece a través de los objetos rutinarios y sencillos. Una bombilla, un sartén reluciente de grasa, tazas de café, un friegaplatos, ollas sin asas (infaltable todo). En medio de citas, recuerdos, filosofía, luz de amaneceres, ventanas, bostezos, puertas, estornudos, un destornillador, búsquedas, imágenes hondas, cito: “Los sonidos y las palabras obedecen”. El poeta sale y regresa al lugar. Ha hecho mercado: “Dejo las bolsas del mercado en el mesón / donde pico el ajo, el tomate, la cebolla / con la paciencia precipitada del error. / Respiro, cuento ajos, siento el peso / de mis manos, y evito enumeraciones raras”. Pero el poeta no se siente allí. Allí, solo, está atrapado. Además, el poeta se lo confiesa a sus lectores: “Nada de esto es, o existe, pero es verdad, / no porque sean cosas imaginadas, sino porque / son causas de una cosa inicial, íntima”. Un par de páginas después, veo flotar sobre la página una posible respuesta, después de una pregunta introspectiva: “¿Qué pasa con mi vida?”. Y la respuesta brota, “Se ha ido mi mujer / y se ha llevado a mis hijas”.

Rubén Darío busca acomodo, está dentro del apartamento, una suerte de jaula, y sólo trata de reacomodarse, mientras incomoda al lector, la editora, tal vez para acompañar a su publicado, también incomoda al lector, obliga a voltear el libro para leer el poema “Recordar con belleza”, cito: “Estaba tan equivocado que pensaba en voz alta / para olvidar, ¡Si pudiera cambiar mi vida! / ¡Otro comienzo! Pero todo tiene ese pasado / que se detiene y enrolla arriba, arriba, más arriba, / como una culebra, allá donde las estrellas / abandonan a los hombres que hablan solos”. Sí, es cierto, tremendo rollo tiene el poeta en la cabeza que se enrolla tan alto que llega a las estrellas. Tiene una “culebra” con el mismo. Y no es para menos, está separado de los seres que ama. Está, repentinamente, viviendo una vida improvisada. Tiene que buscar el modo de diseñar, armar esa nueva vida, en tanto reflexiona, recuerda, habla en voz alta. Es una búsqueda ardua.

“El alumno de la ventana”, de Rubén Darío Carrero
El alumno de la ventana, de Rubén Darío Carrero (Dcir Ediciones, 2025). Disponible mediante contacto con la editorial

El alumno de la ventana
Rubén Darío Carrero
Poesía
Dcir Ediciones
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-980-18-6927-6
48 páginas

Mientras lo imagino dando pasos, hablando en voz alta, leyendo, llegamos al poema “Paciencia del cuerpo”, donde se lee: “Me quedo en el sonido, en el lenguaje; prefiero pensar / que las palabras primero fueron bisontes o grietas”. Aquí, Rubén Darío está usando su dedo para entrar por la grieta (ventana) y entra “y mira cómo abre la puerta”. Entra, no de la mano de Santo Tomás de Aquino, no, entra de la mano del apóstol Santo Tomás; hurgando en la herida, que es una ventana, para encontrar la verdad. Así Santo Tomás hurgó en la herida de Jesucristo para encontrar que sí estaba vivo.

Seguí adelante, leí todo el libro, pero el poeta me obligó a releer. En la cabeza una palabra no me dejaba soltar el poemario. ¿Qué hace aquí la palabra destornillador? Ese destornillador puede desarmar a los lectores, alumnos también de esta ventana y de otras.

En el primer poema del libro, el poeta afirma que la persiana está dañada. “He ordenado / que la quiten inmediatamente y el técnico / ha olvidado un destornillador”.

El técnico puede ser el amigo Carrero; es difícil ver con claridad a través de una persiana, así que, destornillador en mano, ha decidido quitar el velo, y aquí surge su compañero Tomás de Aquino, para quien la verdad no es una idea cerrada. En alguna parte Aquino explica en su obra La suma teológica que la luz entra por el vidrio de la ventana sin romperlo, y así entra la verdad en la razón humana. Rubén Darío nos lo dice con toda claridad o verdad: “Escribo sobre el día que mandé a quitar esa persiana / y todavía recuerdo el destornillador vulnerable / como un cordero sin génesis. / Eso es escribir, rasgar, despedazar, sacrificar al cordero, / leer novelas, beber la sangre y recordar que hoy / amanecieron vivos todos los seres queridos”.

Después de este tránsito, después de este descenso, recuerdo a San Juan y la noche oscura, Rubén Darío Carrero se ha encontrado: él es un poeta, un escritor, esa es su verdad, la que ha visto al abrir su ventana interior. Él ahora sí sabe dónde pararse, a pesar de que nunca hay seguridades. Pero también sabe que el amor todo lo puede y que “hoy sus seres queridos amanecieron vivos” en este y en cualquier otro planeta que se encuentren, amén.

Nota: los destornilladores son para des-armar.

Rosana Hernández Pasquier

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