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El atracón
(una lectura del relato de Rolando Morelli incluido en la antología El arte de la lectura)

miércoles 25 de agosto de 2021
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Rolando Morelli
En su relato “El atracón”, y con una forma desligada del discurso político, el escritor Rolando Morelli nos da una visión de lo vivido durante décadas por el pueblo cubano.

Desde hace un par de meses vengo leyendo y releyendo El arte de la lectura, aquí prefiero citar: “la antología de más de seiscientas páginas con la que Letralia celebra los veinticinco años que han transcurrido desde su primera edición”. En esta impecable edición digital, por decir lo menos, me he dado un verdadero banquete. Aprovecho para felicitar al querido amigo y escritor Jorge Gómez Jiménez, quien como editor y director de Letralia nos ha brindado un espacio, una tierra de letras, como reza su lema, pero no cualquier tierra, una tierra venezolana, donde reverdece lo sembrado y abundan los frutos de la cosecha. Todo este campo de acción e interacciones significativo, trascendente, que atesoramos porque nos edifica en estos tiempos tan difíciles. Bueno, les decía que leyendo en Letralia encontré un relato intitulado “El atracón”, el cual atrajo mi atención por lo actual. Una forma desligada del discurso político nos da una visión de lo vivido durante décadas por el pueblo cubano, algo tan extremado, terrible. Un tema que concierne a cualquiera de nosotros, creo que en especial a los venezolanos. Su autor es el acreditado escritor y editor nacido en Dinamarca, criado en Cuba, Rolando Morelli.

Confieso que me ha dejado llena de satisfacción. No puedo nunca jamás afirmar que harta, porque ciertamente, así como con el hambre, cuando se lee siempre queda un lugar, un espacio para algo más y más, amén del gozo, ese deleite que nos brinda la lectura. ¡Ese gusto de seguir paladeando, degustando! Ese no saciarse por completo ni siquiera después de un atracón.

En el relato nos encontramos con un par de amigos entrañables, quienes además son primos. Hay cercanía y confianza entre ellos. Enrique, uno de ellos, además de venir a la casa de Francisco en la búsqueda de un remedio, ha traído a su amigo un manojo de páginas, un cuento para que su amigo lo lea. Pasan y pasan asuntos y cosas cotidianas hasta que por fin Francisco, ya en la noche, puede dedicarse a leer. Así comienzan sus anotaciones y reflexiones sobre lo leído. Cito una de ellas:

El escritor en la narración, lleno de dudas, indaga en otra opción. Cree que “La última cena”, es un nombre “demasiado apostólico”.

…se trata en todo caso de una fábula muy realista, que nos tiene a todos, a la vez, como protagonistas y comparsa.

Voy leyendo con él y comparto esta afirmación.

¡Qué banquete tan placentero me he dado leyendo! Pero un placer que no sólo atiende a la razón, al cuerpo, a la carne en sí, también al alma, a la emoción, al temor, al miedo. Allí está mucho de lo que nos relaciona con lo otro. Y con el otro (yo).

En esta doble lectura, es decir, la mía y la de Francisco, nos encontramos con que Enrique estuvo tentado de ponerle por nombre al relato “La última cena”, pero éste aparece con una tachadura. ¡Qué significativo! Un borrón, una corrección, una enmienda. El escritor en la narración, lleno de dudas, indaga en otra opción. Cree que “La última cena”, es un nombre “demasiado apostólico”. El lector del cuento, el primo de Enrique, Francisco, opina que:

Pese a esta reserva suya, pienso que abunda en el relato mucho de eso mismo: de la devoción de los apóstoles, de la entrega sin mácula, y el entusiasmo sin juicio de esos días —de aquellos tiempos—, aunque todo revista un tono festivo y paródico (como corresponde a la mirada retrospectiva y extrañada), o más bien, un aire tragicómico, cuando descubrimos que “el Mesías” no es otro que el mismo Judas Iscariote, y que los traicionados y vendidos somos todos.

En mi caso esta tachadura me hace pensar en que tal vez “La última cena” sea una invitación al banquete de las enmiendas, de las tachas, de las correcciones. Presumo que Jesús nos invita a todo eso. Mas, vamos transitando el mismo camino, hecho a la medida de intereses particulares, aderezado con semillas de poder (que funciona para unos pocos), cocinado en la lenta llama de la manipulación y la dominación de muchos.

Más adelante nos encontramos con otro nombre factible, “El festín”, también descartado, otra tacha. El narrador nos habla de cómo comenzó todo, del principio, un comienzo marcado por el sello del contagio. Unos y otros y otros querían participar, dar lo mejor. Leemos: “un gran embullo entre los vecinos, y éste vino a suscitar el tan humano sentimiento de la emulación, por ver quién ponía más entusiasmo en todo lo que tuviera que ver con aquello que los hacía felices, de lo que se convocó espontáneamente la celebración de un banquete como no se recordaba otro”. La juerga continúa sin cesar. Hay pachanga a toda hora y el que se canse, no pasa nada, viene otro, o una comparsa completa, y como dice Enrique en su narración: “…con la sonrisa ‘Colgate’ y el rostro radiante”, en aparente eternidad. Pero antes de lo que muchos imaginaron, llegaron los que tenían que llegar: “‘los incondicionales’ de Carolo Repuebla” para que “amenizaran el sarao en adelante, y como éstos venían bien preparados cantaron con sus acomodaticias letras aquello de: ‘Y en eso llegó el más fiel. Se acabó la diversión. Llegó el Comandante y mandó parar’”.

“El atracón”, de Rolando Morelli, nos ofrece una lectura sencilla en apariencia, pero en la medida que avanza el relato un mundo complejo y hasta indigesto va aflorando.

Y así terminó el festín que se cuenta y explica en el relato, exuberancia, un esdrújulo banquete cuyas dimensiones son difíciles de digerir (mente y cuerpo aturdidos) por aquel escenario sobreabundante, imposible de mantener, que fue precedido por una dura y cruda realidad que se describe sin mayores desgarramientos. Los personajes del relato van entre recuerdos, cavilaciones, conversaciones entre ellos: “mientras permanecen sentados a una mesa magra hasta de manteles— que ninguno de nosotros tiene perdón por lo que hicimos, o por lo que dejamos de hacer? Nuestro único legado como generación, a las siguientes, se resume en dos palabras, o tres, para el caso: ‘despojo, opresión y miseria’. ¡No tenemos perdón! Y todavía agitamos banderitas y nos hacemos llamar: ¡la generación del centenario!”. El autor, con una sencillez aplastante, dibuja un desierto, una devastación. Allí lo único cierto es que Enrique, el protagonista del cuento (como miles de nosotros ahora), da cuenta de la decepción y miseria de un pueblo: “hitos de una sucesión de engaños y fracasos monumentales, a los que sacrificamos nuestros sueños, y la propia vida de cada cual”. Además Enrique sabe que va a morir y, como Osiris, él terminará desmembrado, ya lo está. Hoy vivimos ese horror del desmembramiento. Un pedazo de tu carne en Alemania, otro en Miami y otro y otro en quién sabe qué parte.

Enrique, Francisco y quienes representan en el relato su familia, son ese pueblo de la historia, y tal vez el pueblo de la vida real. Un conjunto dividido, despedazado, desarticulado, perdido en ese no saber, ¿cómo llegamos a esto? Pienso inevitablemente en aquello de divide y reinarás.

“El atracón”, de Rolando Morelli, nos ofrece una lectura sencilla en apariencia, pero en la medida que avanza el relato un mundo complejo y hasta indigesto va aflorando. La humillación, el dolor, la confusión, el hartazgo de tanto horror. Por otra parte, el doble juego que ha logrado Rolando Morelli: el narrador narrado, la múltiple lectura. Me impactó el constante mirarse en el otro. La otredad es un nudo central en la historia. “El atracón”, párrafo a párrafo, es cada vez más intenso. Vamos engullendo el banquete, por momentos queremos levantarnos de esa mesa. Salir de ese espejo que en mucho refleja la ruda realidad que hoy vivimos.

Rosana Hernández Pasquier