“Luego me levanté y toqué con mis manos una fuente, de bella corriente, y con mano dispuesta a ofrendar me acerqué al altar con la intención de ofrecer la torta sagrada en honor de los dioses que salvan de males, de quienes son propias estas ofrendas”.
Esquilo, Los persas, 201-204
Aquí de espaldas bajo los bambúes se está bien, generalmente hace fresco y puedo escarbar a gusto la tierra a mis costados. Primero el índice, después el corazón y el pulgar, entonces todos juntos trazan surcos suaves, diagramas en el polvo... Con las yemas también identifico a veces pequeñas variaciones en el terreno; las aristas más pastosas o resecas, la proporción de arcilla blanda en los terrones, permiten un mejor cálculo de tiempo, me ayudan a recordar recientes eventos atmosféricos. En estas condiciones y con tanta grieta en el cuerpo, la verdad es que se hace difícil levantar la cabeza, fijarse con precisión en cualquier cosa. Sonará absurdo, pero con todo y eso todavía ciertos estímulos parecen provocar alguna reacción, aunque me consta que de lejos nuestra inmovilidad parece absoluta. Por qué o cómo, también cabe preguntarse —no se sabe bien, pero por lo visto es difícil desactivar por completo los circuitos de la atención, al menos al comienzo...
La verdad es que a medida que el cuerpo se deshidrata, la espalda y el revés de los muslos se van deteriorando y cualquier movimiento te desprende la piel en hojuelas como antaño, cuando viajar a la costa todavía era una opción y tomabas demasiado sol. Con el pellejo así, tan cercano a los huesos, todo movimiento se vuelve casi insoportable, pero no hay remedio, con las lágrimas se pierden no sólo proteínas sino lípidos y hormonas, lo que tiende a agitar a uno más de la cuenta... Inicialmente, esa había sido en parte la idea del Qikeon: aliviar el sufrimiento, aflojar la consciencia y acelerar el proceso, ofrecer algún tipo de intervención cuando la condición empezó a propagarse de manera descontrolada entre la gente. La cosa es que a veces también puede provocar muchísimas náuseas —ante todo importa no ahogarse si uno está de espaldas— y luego te pone a sudar, pero con la eterna humedad ambiente es como tratar de respirar a través de un trapo mojado. Con el tiempo, también se descubrió que el preparado producía en algunos —quizás debido a nuestro viejo entrenamiento— una especie de compulsiva locuacidad, como debe evidenciarse a estas alturas. La alusión enfática del nombre —mañas publicitarias que ante todo apuntaban a un zeitgeist, como tantas cosas en estos tiempos de incontenibles bricolajes—, así como sus efectos, seguro debieron advertir que estos testimonios semiconscientes tarde o temprano se integrarían a una nueva doxa, vueltos materia de reflexión y estudio para los pasantes y cenobitas que piadosamente colgaban al cuello de los elegidos, como una especie de rosario, los pequeños aparatos de grabación al momento de administrar la primera dosis del resplandeciente brebaje azafranado... Qué más voy a decir, sé que es una especie de privilegio poder registrar mis despedidas aunque en realidad no me queden muchas, antes de que la resequedad convierta todo en una secuencia de suspiros cada vez más larga. De algún modo todavía retiene uno muchos detalles, pero también han pasado tantas cosas tan rápido que todo se confunde. Por ejemplo, en realidad no logro calcular con claridad cuándo llegué aquí, ni de dónde venía exactamente cuando empezó todo, ni cómo acabé en este rincón que al fin ocupo —un claro agradable, con los tallos verdes tan altos en una especie de semicírculo, un suave promontorio a la izquierda, los otros cuerpos que se distinguen a la distancia si aprietas los ojos. En realidad no puede haber pasado tanto tiempo todavía, hay indicios... Si no me equivoco, también se distingue desde aquí parte del complejo de Eidemonia, con sus blancas formas redondeadas y los gritos que a veces nos llegan en la brisa...
Quizás por ahí podría empezar a pensar con más claridad en estas cosas —me parece que algo entiendo de las extrañas selecciones y cambios en las transmisiones hereditarias y en las de otros tipos o más bien, en las formas específicas de sus reclamos, esos “misreadings” creativos que, por citar una vieja frase, fluyen sobre y desde sus herederos o los que así se representan, como había pasado con lo de las estatuas... Después de tantos siglos de tradición y prestigio ininterrumpido —bueno, específicamente de todo lo antiguo, aunque la historia más reciente habría resultado igualmente instructiva—, era bastante inútil tratar de encontrar los orígenes puros o incontestables de cualquier cosa, sobre todo cuando se habían mezclado tantos otros determinantes en el proceso. Como fuera, había que pensar que lo que en apariencia eran simples baches o represiones inconscientes a menudo podían responder a razones algo más, cómo decirlo, turbias... Y es que habían sido pioneros en tantas cosas, tan igualmente entusiastas de especular sobre lo “bueno” y lo “bello” como de imaginar maneras de mejorar la vida mediante la técnica, barajando combinaciones de βίος y τέχνη con su insondable curiosidad, con aquella admiración por los trabajos del sagaz Hefesto... Por otra parte, las nostalgias del estagirita, a quien tanto le hubiera gustado acceder a algunas de esas invenciones para que no hubiera que recurrir a la esclavitud, destacan algunos de los ángulos más escabrosos de estos asuntos... Pero no se les podría en realidad culpar, después de todo, de las apropiaciones subsiguientes, ¿no?, de las mutaciones que redefinirían βίος para exaltar τέχνη, ellos siempre tan teóricamente preocupados por el balance, en principio temerosos de los poderes caóticos de la naturaleza, los que tan certeramente habían identificado la hubris y escudriñado las lecciones de la arteficta Pandora, de su marido el imprevisor y su célebre hermano, molde de tantas cosas. Sin duda, que no era ya por Deméter y su hija por quienes se tomaba ahora la poción, sino por ellos... Pensar que, más allá de otras desgracias, el puro gusto de acelerar, la adicción a crecer, a lo siempre nuevo y algunas de sus indefendibles equivalencias, habían más o menos desembocado en nosotros aquí de espaldas al compás de estos aullidos que resuenan por el parque...
A ver si no pierdo el hilo, es fácil distraerse tratando de recordar cosas, algunas circunstancias específicas de mi llegada, quién era, qué hice o hacía... Ah, qué brisa deliciosa me mueve el pelo, sacude un instante el peso de toda esta agua en las pestañas, duran tan poco estos alivios... Es que a veces el proceso es rápido, pero otras se prolonga, poco a poco sientes cada gota de líquido que se te escapa del cuerpo con este llora y llora que no puedes parar, sin interrupción ni control para moverte. Por eso la piel se va crispando, eventualmente sólo queda de uno una mancha de la que al tiempo brotan más bambúes flacos ondeando en la brisa. Hay muchos parquecitos ahora por toda la región, dondequiera que los antiguos laboratorios dieron paso a las instalaciones de Eidemonia. Pasaron tantas cosas, cada una como tan intrincadamente mezclada con la otra, últimamente todo es como así, los orígenes o procesos de las cosas como perdidos al fondo de una caja negra, pero al menos ahora mismo ya no hace tanto calor...
En realidad, sí creo que fue un factor el que en algunos lugares el uso de las llamadas tecnologías inteligentes se hubiera expandido exponencialmente, tan rápido y sin cortapisas, generando adelantos increíbles así como inimaginables fortunas. Por ejemplo, debido a los cambios atmosféricos que habían estado ocurriendo y a sus subsiguientes impactos, la oficialidad decidió un día implementar un innovador modelo de agricultura industrial integrada, diseñado a partir de algoritmos que optimizarían la producción en los nuevos contextos ambientales y de mano de obra. Desafortunadamente, al poco tiempo la combinación dio pie a una inusitada proliferación de infecciones fúngicas en distintos cultivos, especialmente entre el maíz, el trigo y la soja, aunque alcanzó también las plantaciones de café y las bananas. Por entonces, un inmenso conglomerado de laboratorios especializados tomó la delantera en la carrera para combatir la devastadora plaga del modo más rápido y decisivo. Tras una inversión billonaria la compañía triunfó, culminando en una asombrosa línea de productos con funciones levemente contradictorias, pues operaban con eficacia como fungicidas a la vez que fertilizantes. Aunque todavía basados en el uso de neonicotinoides y nitratos, incorporaban también otros compuestos de próxima generación que prometían una baja significativa en los costos de producción, así como la posibilidad de una solución consolidada de aplicación inmediata, dada la urgencia de la crisis. Inicialmente limitada sólo al uso en cosechas comerciales, la línea fue eventualmente aprobada para el tratamiento de céspedes, jardines, campos de juego y de golf, así como otras aplicaciones domésticas, como las fórmulas antipulgas para mascotas. El éxito inicial había sido indiscutible y, al parecer, con inmensos ahorros de tiempo y dinero.
Por algún tiempo la corporación dominó el mercado, se multiplicó ferazmente, se expandió por todas partes. Lamentablemente, por razones que los científicos e investigadores nunca lograron dilucidar del todo, algunos de los nuevos componentes de las formulaciones o quizás las mismas interacciones sobre el terrero crearon las condiciones para una segunda pandemia —o quizás, para una mutación de la primera—, esta vez de enfermedades priónicas que inicialmente impactaron a buena parte de la fauna silvestre. Una vez absorbidos los elementos en el terreno, el agua y la vegetación, integrados a distintas cadenas alimentarias, los denominados “ciervos zombies” se vieron acompañados por cientos de ardillas, zorros y conejos macilentos que vagaban con las patas temblorosas y la mirada perdida, yendo a morir en masa a la orilla de ríos y lagos, al borde de veredas y caminos. Las poblaciones de insectos y aves se desplomaban y pronto los estragos se extendieron a los propios animales domésticos. Las terribles imágenes de holocausto empezaron a esparcirse a través de las redes sociales donde, por viralidad o realidad empírica, empezaron a circular también imágenes de inmensas masas palpitantes de sargazo rojizo que se acumulaban descontroladamente en las costas, enormes témpanos de grasa y desperdicios que obstruían los sistemas de drenaje de varias ciudades al sur y al oeste, una súbita proliferación de plastiglomerados en los campamentos de los parques nacionales, los primeros rumores de misteriosos males que paralizaban o enfermaban a los ciudadanos. Varios oficiales fueron depuestos; furiosas protestas dominaron algunas zonas y turbas enardecidas acabaron por invadir los almacenes para destruir los existentes abastos químicos. La compañía se fue a la quiebra. Girando sobre su eje, procurando encauzar el sentimiento público y reestablecer la calma, un grupo de especialistas, celebridades y algunos de los inversionistas originales decidieron entonces incorporarse para adquirir las antiguas sucursales de la compañía y convertirlas en símbolos de una nueva era, de un nuevo comienzo, un espacio de renacimiento y potencial curación del trauma colectivo. Con el nombre de Eidemonia II, las viejas facilidades se convertirían ahora en academias, verdaderos oasis de instrucción sobre prácticas de desarrollo personal y otras estrategias de manifestación cada vez más populares. Éstas transformarían primero la vida de los afiliados, ayudándolos a perfeccionar su capacidad de control sobre sí mismos y su entorno, para convertirse luego en guías, maestros y consultores que ayudarían a la población a procesar y adaptarse a las nuevas circunstancias con la ayuda de diversos entrenamientos y una amplia variedad de suplementos.
Y pasaron tantas cosas que no voy a tener el tiempo ni probablemente las energías para contar, no recuerdo bien y tengo tan seca la garganta... Aunque para ese entonces la compañía y sus productos ya no existían formalmente, sí persistían sus efectos. Por ejemplo, se sospechaba que, en conjunción con otros desastres que se habían estado gestando, las imágenes de los animales enfermos, el silencio ominoso de un planeta súbitamente mucho más callado, habían estado desatando una especie de cataclismo en la psique colectiva. Para el tiempo en que se empezó a procesar la nueva soledad de la especie en un mundo optimizado para los deseos de una sola de sus criaturas, empezaron a diagnosticarse formalmente los primeros casos de lo que después se bautizó como Hipovolemia lypé o, más popularmente, el mal del llanto. Sin aparente discriminación, los afectados un día empezaban a llorar sin control, presas de un letargo interminable que los iba debilitando, evaporando cualquier voluntad más allá de ir a tenderse bajo los bambúes y deshacerse en lágrimas. Los allegados y familiares de aquellos que los tenían —para mi desgracia, yo sólo lograba recordar vagamente que mi historia había empezado lejos, en una de las márgenes del imperio, que la leyenda de estas potenciales catástrofes se había registrado en algunos de nuestros escritos fundacionales y sagrados, que de algún modo había llegado sola hasta aquí al fin de un largo período, aunque se había contraído tanto la población que era cada vez más raro poder contar con una unidad familiar propia... Qué decía, bueno, al detectar los síntomas, llegabas como en trance hasta el bosquecito más cercano, donde los adeptos de la nueva orden monacal, al principio derivada de las disciplinas de Eidemonia, se dedicaban a atender a los afectados. A nosotros nos llamaban los ecoístas, por lo del llanto y lo demás... Se decía que los cenobitas procuraban encontrar remedios, quizás purgar quién sabe qué íntimas culpas a través de la meditación, la preparación ritual del Qikeon y el cuidado de los enfermos, que incluía también a los otros... las víctimas de la segunda oleada, el llamado síndrome de Erisikthon. Como en nuestro caso, también ese tenía orígenes inciertos, aunque parecía corresponder con el segundo ciclo o mutación. En ese caso, los afectados exhibían primero signos de algo parecido a la rabia —dolores de cabeza, fiebre, confusión, creciente irritabilidad—, pero en contraste decisivo, a medida que el mal progresaba, se veían más bien dominados por un hambre insaciable, así como por una especie de incontenible hostilidad hacia sus propios cuerpos, que por algún trastorno neurológico asociado eran incapaces de reconocer como suyos. A menos que fueran refrenados a tiempo con correas y ligaduras, se atacaban a sí mismos a dentelladas, produciendo terribles mutilaciones que a menudo culminaban en la muerte... De ahí los escalofriantes aullidos que hasta aquí nos llegaban, producto del ansia insaciable de las víctimas, recluidas en los antiguos salones y oficinas de Eidemonia, ahora convertidos en hospitales-celdas donde los cenobitas procuraban, en lo posible, aliviar su inexpresable agonía.
A pesar de las crisis catabólicas, se rumoraba que en otras partes las cosas se iban desarrollando de distintas maneras, respondiendo a selecciones y contextos alternos. Especialmente, se decía, parte de la aparente experiencia del colapso surgía de una realidad que aún no se había procesado del todo, la de una especie de segunda era de conquista y colonización en la que el ciberespacio y sus artefactos se constituían en una especie de nuevo mundo, pero con la relación extrañamente invertida —el “viejo”, todos nosotros ahora como alimentando al otro o, al menos, operando en una extraña simbiosis. Como habían indicado los tempranos estudiosos, muchas cosas inauditas parecían reflejar estos procesos, especialmente en las llamadas periferias. Aunque llegaban noticias de que las crisis —ambientales, demográficas, laborales, tantas otras— eran planetarias, también se hablaba de prácticas que ensayaban visiones híbridas guiadas por curiosas consignas, proclamas exaltando ideas de complejidad y diversificación, reclamos de tecnologías más frugales, de combatir mejor amenazas que esta vez prometían devorar todo el planeta. Como es de imaginar, en semejante contexto, las relaciones entre magia, religión, ciencia y tecnología habían también explotado. En algunos sitios, se recuperaban antiguas ideas sobre cultos solares, del viento, de deidades oceánicas o de la fertilidad para transformarlos en íconos de energía solar, hidrológica, permacultura... Otros habían querido identificar en los ubicuos y todopoderosos rectángulos negros, los oscuros espejos de humo que todos ahora portábamos, los nuevos puntos de entrada a ese nuevo continente en el que era posible quedar atrapado pero también encontrar rutas de enlace con otros desolados. Se decía que, en condiciones correctas, los nuevos Tekcatles permitían conectarse con antiguas deidades de los portales, de acceso al pasado, al presente y al futuro... Seguía siendo, de cualquier modo, un tanto pavoroso, como si el ansia eterna de algunos por revelar deidades, una inteligencia o autoridad total a la que finalmente rendir la agencia o la voluntad arrastrara fatalmente a crearla por hiperstición si no aparecía por sí misma, a cualquier costo. Tantos cultos, tantas sombras, iluminaciones... Y yo aquí, mientras, sigo pensando, tratando de recordar, sin saber bien cómo había empezado todo, ni quién había sido...
Dicen que, además de las tradicionales hierbas, cúrcuma y cebada, la fórmula del Qikeon contiene miel y dimetiltriptamina, así como otros compuestos más modernos. Uno de sus efectos menos conocidos es intensificar una especie de trance introspectivo, como en los viejos videos de animación fractal, que ofrecían una visión vertiginosa, pero sí más deliberada y lenta, del abismo. Tengo tanta sed y estoy tan cansada de llorar... Aquí, de espaldas, pienso que tal vez estas confesiones al borde puedan al fin contribuir alguna cosa, junto a las de todos los otros... Si no me equivoco, por aquí siento acercarse a uno de los cenobitas, la figura algo torpe desplazándose con deliberación, el elixir dorado de la sumersión en una mano aunque también, me parece adivinar, el rectángulo opaco en la otra...
- Los misterios - martes 23 de junio de 2026


