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Dominio público
(un relato del libro Deberías suicidarte conmigo, de Enrique Coll Barrios)

domingo 21 de junio de 2026
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Strandvägen

Con una inesperada erección, llegué a la parada de Strandvägen. Desde hace seis años tomo el autobús en este mismo punto, a las 6:07 am. A las 5:50 ya tengo las llaves en la mano; reviso el celular, cierro la puerta a mis espaldas y bajo las escaleras despacio, con la certeza de que voy a tiempo. La época del año es lo de menos, bastan pequeños ajustes en el reloj para no perder el hilo del día. Aquí, la rutina siempre es de dominio público. La luz a esta hora no es luz, sino una penumbra de un azul metálico que apenas logra desprenderse de la noche. Un viento cálido, húmedo por la cercanía de los canales, atraviesa mi chaqueta de jean recién lavada. Me estremezco. Cierro los ojos y siento las hojas color tierra caer, cubriendo las calles con esa melancolía que sólo el otoño permite disfrutar.

—Buenos días —interrumpe ella.

Son las 6:05; el autobús está por llegar. Es bella, delgada. Practica yoga o algún deporte, seguro. Piernas largas, tenis blancos y calcetines azul cielo. Tiene una cintura estrecha, de esas que puedes rodear con los brazos para besarla con todo su cuerpo apretado contra el tuyo. Tal vez, mi erección es una buena señal. Ojos azul profundo; cabello color canela, suelto hasta los hombros para que el viento se distraiga. Saluda con una sonrisa en los labios y la mirada fija, como si no tuviera nada que temer. Camina hasta la esquina del banco, se sienta y apoya el bolso en el regazo. No da tiempo de cruzar palabras; ella —a quien de ahora en adelante llamaré Úrsula— y yo vemos llegar el transporte a la hora exacta. La dejo subir primero. Me deleito con su cuerpo bajo ese suéter azul, holgado y de algodón plateado, con su piel reflejada en los cristales y su falda vaquera. Sube sin apoyarse en la puerta; sigo la línea de sus piernas hasta chocar de frente con los ojos del conductor.

“Deberías suicidarte conmigo”, de Enrique Coll Barrios
Deberías suicidarte conmigo, de Enrique Coll Barrios (Negro sobre Blanco, 2026). Disponible en la web de la editorial

Deberías suicidarte conmigo
Enrique Coll Barrios
Cuentos
Editorial Negro sobre Blanco
Caracas (Venezuela), 2026
ISBN: 978-980-424-446-9
162 páginas

—Buenos días —digo con voz ronca. Son mis primeras palabras del día.

La puerta se cierra y, en silencio, emprendemos el trayecto.

A veces me siento como el Nick Carraway de El gran Gatsby. Me gusta recorrer las calles de Estocolmo y sentirme acompañado por esas mujeres rubias, espigadas, con esa actitud altiva de quien sabe que domina el mundo. Ante ellas, siento que tengo todas las posibilidades a mi alcance: mi pelo negro, mi baja estatura en contraste con la suya, el tono de mi piel y mis intrigantes ojos que me dan ventaja. Pero lo mejor de todo es el juego de adivinanzas al que me entrego cuando alguna me gusta, o cuando me clavan la mirada en la calle, en un asiento del tranvía o en el pasillo del autobús. De inmediato, mi mente empieza a fundir mi vida con la de esa desconocida. Imagino a qué se dedica, cómo ha decorado su piso, cómo se lleva con sus padres. Fantaseo con el día en que me lleva a su casa por primera vez y me presenta a toda la familia en medio del cumpleaños del tío más viejo. Por supuesto, a todos les caigo bien. Luego, al entrar a su cuarto, terminamos haciendo el amor de forma desenfrenada; tanto, que hasta se me cruza por la cabeza pedirle matrimonio. Eso me pasó con Úrsula al verla en la penúltima fila del autobús. Tenía la cabeza apoyada contra la ventana, escuchaba música y leía un libro que sería la excusa perfecta para iniciar nuestra primera conversación. El preludio de nuestra hermosa y eterna relación.

Elijo el asiento detrás de Úrsula para poder deleitarme con el detalle más insignificante de su comportamiento. Saco el celular y busco mi agenda con la esperanza de no tener ningún compromiso; efectivamente, no hay nada. Lo guardo y cierro los ojos, dejándome envolver por su compañía. El zumbido de los cauchos contra el asfalto, el suspiro de los frenos de aire y el silencio solitario de Strandvägen infunden una profunda calma en los escasos pasajeros. El día seguirá su curso cuando cada uno alcance su destino. Nadie parece tener prisa. Úrsula lee, escucha su música y me ignora, mientras yo la reinvento de infinitas maneras.

Seguro que al llegar a la oficina enciendes la computadora y, mientras arranca, te quedas mirando la pantalla en negro, viendo tu propio reflejo superponerse al escritorio vacío. La reunión de las 10:00 es sólo una excusa para llenar la mañana. El café humea y tú lo dejas enfriar, distraída. O tal vez hoy, por fin, tengas esa presentación importante y hayas elegido la blusa que sabes que te da seguridad, esa que te pone blindada contra el mundo. Pero yo prefiero pensar que, en el fondo, también cuentas los minutos para que sean las cinco, para volver a casa y que alguien te pregunte cómo te fue.

 

Styrmansgatan

El autobús frena en Styrmansgatan. Sube un hombre de riguroso luto. Sombrero negro, corbata negra, saco negro, zapatos negros impecables; sólo la camisa beige rompe la monocromía. Con pasos cortos, da los buenos días con amabilidad y toma asiento en la parte delantera. Da la impresión de no querer estar despierto a estas horas de la mañana.

Úrsula no despega los ojos del libro. De vez en cuando, saca un termo de su cartera y bebe café. El aroma la delata y desata las ganas de compartir.

¿Te acuerdas del día que fuimos a tu casa? Tu mamá nos recibió con un delantal manchado de harina, me dio un beso en la mejilla como si me conociera de toda la vida. A todos les caí bien; compartimos recetas y formas de preparar un buen perro caliente. Pasamos la tarde en el jardín. En el salón, los niños jugaban frente al televisor. Una cerveza, dos, tres, me miras con ojos de cómplice y me quitas las ganas de una cerveza más. Nos despedimos con el compromiso de vernos el próximo fin de semana.

Ninguno de los dos tenía plan alguno para el regreso. En el tren de vuelta, abrazados en los últimos asientos, el vagón iba casi vacío. La luz entraba a ráfagas, iluminando tu falda, mi mano sobre tu muslo. El ruido metálico de las ruedas contra las vías vibraba en los huesos, nuestros cuerpos se apretaban un poco más. Mi erección contenida buscaba el calor de tu mano. Llegaron a donde querías, te dejaste llevar. El traqueteo del tren marcaba el ritmo, y el asiento, duro, nos acercaba más. Las caricias no eran demasiado para las ganas. Un morral sobre las piernas, el bolso que está de más, una erección que se deja acariciar, unas piernas que se abren para dejar pasar, los dedos que sienten el muslo, llegan a donde quieres... te dejas llevar.

El autobús rueda a la velocidad reglamentaria. Despacio. Se siente el roce de los cauchos sobre el asfalto; la temperatura arropa la cabina con esa sensación de estar en un refugio cómodo. La claridad diurna rebota en los cristales, borrando a medias el reflejo de Úrsula en la ventana para revelar la calle ya despierta.

El silencio reina en el trayecto. Ninguno de los pasajeros pretende moverse hasta llegar a su destino. Miramos por las ventanas, hojeamos algún libro y mantenemos cerrados los ojos. Hasta llegar a la siguiente parada.

Úrsula lee.

 

Djurgårdsbron

El autobús frena con un quejido metálico. Al abrirse las puertas, dos figuras invaden la quietud de nuestra cabina bajo una luz que amenaza con disolver cualquier fantasía.

—¡Profe! —el grito infantil hace añicos el silencio de Strandvägen.

Un niño de unos diez años, con el uniforme a medias, camisa afuera, despeinado y con un morral que le brinca en su espalda, corre por el pasillo y se abalanza sobre Úrsula. La erección me abandona de golpe. Ella ríe, cierra el libro y lo envuelve en un abrazo tierno, casi maternal. En un segundo, Úrsula se evapora, dejando en su lugar a una simple y afable maestra de escuela. El niño se sienta a su lado y empieza a hablar atropelladamente. El vehículo inicia su marcha pesada hacia la siguiente estación.

Enrique Coll Barrios
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