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Entrevista

martes 16 de junio de 2026
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La alarma del despertador pilló a Javier con los ojos clavados en el techo. No había podido dormir. La fantasía donde él capitaneaba el equipo ejecutivo de mercadeo, y donde sus familiares y amigos lo llenaban de elogios, se había transformado primero en expectativa y ahora en ansiedad.

Innovar en telecomunicaciones significa anticiparse a las necesidades del cliente y traducirlas en soluciones simples, digitales y humanas, repetía en la ducha, variando la entonación y haciendo énfasis en diferentes palabras. Esta era la frase que ChatGPT le había asegurado impresionaría al CEO.

Se secó, se amarró la toalla a la cintura y procedió a afeitarse. La cuchilla deslizaba sobre la espuma con facilidad, pero en un lapsus de concentración le cercenó debajo de la nariz, haciendo brotar una perlita escarlata. Javier aplicó presión con un kleenex unos segundos y destapó para inspeccionar. Pudo vislumbrar momentáneamente la milimétrica laceración que rápidamente repuso la gota de sangre. Presionó con más fuerza y por más tiempo, pero la pepita roja se rehusó a desaparecer.

—¿Qué quieres de desayuno? —le preguntó su mujer.

—No tengo hambre, con el solo café tengo, amor, gracias —respondió mientras intentaba contener la diminuta hemorragia.

Él era un hombre racional que no creía en supersticiones. Esto no era un mal augurio, era simplemente el resultado de la elevada presión arterial (normal dadas las circunstancias). Pensó que una señal del destino sería mucho más clara y acomodó la cabeza en el lavamanos para dejar caer el chorro de agua fría directamente sobre la herida. Además, él no creía en ese tipo de cosas.

—¿Cómo no vas a desayunar? —clamó su mujer—. Para semejante entrevista no te puedes ir con el estómago vacío. No, señor, unos huevos fritos y un par de saltinas por lo menos te comes.

En la mesa, ella compartía con emoción un chisme farandulero al que Javier le bajó el volumen mentalmente y ensayó la forma en que saludaría al CEO. ¿Dónde tendría lugar? Seguramente en su oficina. ¿Sería un apretón de manos firme y corto, o algo un poco menos formal? ¿Un gusto por fin conocerle, o es todo un placer estar aquí? Estaba absorto en estos escenarios imaginarios cuando un trozo de yema se desprendió del tenedor y fue a dar entre la punta de la corbata y el cuarto inferior de la camisa. Las coincidencias son más plausibles que los presagios, se dijo a sí mismo.

La única camisa blanca que le quedaba estaba arrugada. Su mujer podía plancharla, pero por experiencia sabía que eso tomaría al menos quince minutos.

Consideró las alternativas: podía plancharla él mismo u optar por la otra camisa limpia que le quedaba en el closet, un ejemplar color crema pasada de moda. Sabía muy bien que la primera opción tendría consecuencias maritales. La camisa crema lo haría ver como un protagonista de una película setentera. Vaciló en su indecisión y terminó pidiéndole el favor a su esposa, que tomó un poco más del cuarto de hora en dejar la camisa blanca como salida del almacén.

La corbata sí era la única que le quedaba. ¿Es que hoy en día, quién, aparte de los abogados, se pone corbata? Pero para una entrevista de semejante trascendencia prefería pecar por elegante que parecer demasiado casual.

Con un bigote hitleriano de papel higiénico y las mejillas encendidas, fue timbrando de puerta en puerta en el piso de su edificio hasta que un viejo pensionado que vivía con tres gatos se compadeció de él. El buen samaritano le prestó una corbata a rayas que no encajaba del todo con el resto de su vestimenta, pero no había de otra.

La mañana apacible que Javier tenía en mente desaparecía rápidamente bajo el peso del reloj. Todo este tiempo había esperado en vano el pitido del citófono anunciando el taxi que había reservado desde la noche anterior. La hora pico no tenía piedad y los pequeños autitos digitales en el mapa de la app no parecían interesados en Javier. La ansiedad le retorcía el estómago. Desesperado, decidió ver si pescaba algún milagro en la calle.

Tuvo que asegurarse de que el Picanto amarillo que pasaba en frente de su edificio era en realidad misericordia del destino. El conductor confirmó la disponibilidad del taxi y Javier se acurrucó dentro del habitáculo. Las calles abotagadas no daban tregua y los minutos se esfumaban. Quería repasar su propuesta para dinamizar la estrategia de mercadeo, pero lo desconcentraba el creciente desasosiego. En la glorieta de la cien con quince se detuvieron por completo. A través de la ventana las motos y las bicicletas los rebasaban.

—Señor, ¿por qué no andamos?

—Están haciendo arreglos allá adelante y no hay paso —replicó el conductor con desinterés.

—Qué pena, pero es que tengo una entrevista de trabajo y no puedo llegar tarde.

Por un instante los carros de adelante coquetearon con moverse, pero apenas un par de metros adelante volvieron a detenerse.

—Pues acá nos toca armarnos de paciencia, mi hermano, porque no hay por dónde más coger.

Las manos se le llenaron de sudor.

—Huy, se acaban de dar un par de camionetas allá adelante —anunció el conductor en voz alta—. Ahora sí se jodió esto.

El corazón se le desbocó.

—¡No puede ser! ¿Y ahora qué hago? —dijo en pánico Javier.

No obtuvo respuesta del conductor.

—¿Será que me bajo y miro a ver cómo llego? ¿Pero y si no consigo nada? ¿Me voy caminando hasta la séptima? Pero me demoro mucho, ¿no? ¿O mejor me espero a ver si se resuelve el problema acá y empieza a moverse el tráfico?

Balbuceaba en un remolino de nervios.

—Ahí sí como usted quiera, caballero.

Entre más pensaba, más se sentía paralizado. Típico de los indecisos, de los que no tienen madera de líderes, pensó. La ansiedad le quitaba el aliento y lo inmovilizaba. Era presa de una anaconda que lo estrujaba con cada exhalación.

—Ahí como que llegó la policía —agregó el conductor—. Parece que están dando paso. Raro, porque esos nunca se aparecen así como así. Debían estar patrullando por este sector. Se salvó, mi hermano.

El tráfico comenzó a fluir paulatinamente, la anaconda aflojó y Javier se secó las palmas en el pantalón.

El edificio de Global Telecomunicaciones era un tributo al vidrio de doce pisos en el centro financiero de la ciudad. En el lobby, los guardias de seguridad registraban mecánicamente el sinuoso tren de visitantes. Cuando por fin llegó su turno, Javier buscó en el bolsillo del pantalón, pero no encontró nada. Sus manos esculcaron con locura todos los bolsillos, y pliegues en su haber, pero lo único que extrajeron fueron las llaves del apartamento.

—Documento de identificación, por favor —solicitó el guardia.

—¡Ay, mierda... el taxi! —las palabras le saltaron de la boca.

—Cualquier documento con foto le sirve, caballero —repitió el guardia que le miraba fijamente.

La anaconda enroscada le estrangulaba.

—Se me acaba de perder la billetera, pero tengo una entrevista con el doctor Aguirre ahorita mismo —suplicó Javier.

El guardia lo examinó de arriba a abajo, agarró el radioteléfono que traía asegurado al cinturón e informó la inusual situación. Del otro lado, la voz crepitante explicó que todo visitante sin excepción alguna debía registrarse con documento de identificación. Javier sintió un rigor mortis de ansiedad que le iba petrificando las extremidades.

—Pero es que le acaban de robar la billetera al señor —dijo el guardia mientras le picaba el ojo a Javier.

No se escuchó nada del otro lado.

—Central, en este caso ¿cómo procedemos? —preguntó de nuevo el guardia.

—¿Adónde se dirige el señor? —preguntó confundida la voz.

—Que adonde el doctor Aguirre —respondió el guardia moviendo la cabeza de lado a lado.

Un silencio más que la anaconda aprovechó para exprimir oxígeno de sus pulmones.

—Ah, pues... pues en ese caso, apunte toda la información del señor y le toma una foto antes de darle acceso.

Agradeció al guardia y se dirigió al vestíbulo a esperar un ascensor, tratando de disimular la tensión que le abrumaba frente al creciente número de individuos que acechaban en los bordes de su campo visual.

Un aroma a Varsol disfrazado de pino permeaba todo el doceavo piso. Las secretarias intentaban fútilmente apaciguar el incesante gorjeo de teléfonos que las rodeaba. De vez en cuando irrumpían ejecutivos descorbatados buscando al señor Aguirre, pero los devolvían de inmediato porque no había llegado. Una secretaria joven de sonrisa postiza y maquillaje exagerado dirigió a Javier a la oficina del señor Aguirre.

—El doctor no demora en llegar, por favor tome asiento. ¿Le provoca un tinto o una aromática?

Javier se la imaginó como una geisha.

—No, muchas gracias, así estoy bien.

Sin hacer la venia protocolaria, la geisha se retiró cerrando la puerta con delicadeza.

La oficina era un amplio espacio de doble altura muy bien iluminado, con un gran ventanal de fondo desde donde se alcanzaba a ver la ciudad con sus calles y carreras ondeando hacia el norte al pie de los cerros orientales. El ventanal enmarcaba un enorme escritorio con una sola pata angulada para soportar todo el peso sin obstruir la vista. Una silla ergonómica completaba el diseño minimalista. Tres diplomas que daban fe del meteórico ascenso del señor Aguirre adornaban el muro occidental. El muro opuesto estaba cubierto por exquisitos paneles de cedro. En el centro del muro los arquitectos habían diseñado un nicho de concreto pulido donde reposaba un bonsái.

El espacio cautivó a Javier. El caos de la mañana había quedado afuera y el brebaje de nervios dejó de ebullir en su interior. Los músculos de la espalda se distendieron. Cuello y hombros volvieron a su posición natural brindándole alivio. Su respiración se tornó profunda y serena. Un manto de calma descendía sobre él. Se relajó en la silla a detallar el recinto. El mobiliario había sido cuidadosamente seleccionado y apenas se alcanzaba a adivinar el murmullo de los carros a lo lejos. Por un momento se imaginó en una sala de meditación de un monasterio japonés.

Contemplando la disposición de los objetos en la oficina, su mirada cayó en algo que había escapado a su atención: una manzana verde yacía sobre el escritorio. Redonda, firme, rebosante de frescura. Parecía recién arrancada del árbol, con un tallo corto semicurvo que anunciaba su indiscutible crocancia y vitalidad. La fina cáscara mate relucía a contraluz pero no era perfectamente uniforme; estaba adornada con sutiles imperfecciones que se difuminaban en la superficie, agregando una capa de profundidad y carácter, como las pecas de una modelo irlandesa. Una de éstas pareció moverse ligeramente a un lado, apenas medio milímetro, luego abajo, y finalmente desapareció, y en su lugar apareció una pequeñísima protuberancia oscura que creció en diámetro y luego sobresalió del borde de la fruta agarrada de una estructura tubular. El cuerpo elongado se retorció cubierto por una baba nauseabunda. La larva había taladrado hasta la superficie y ahora se encontraba frente a frente con Javier, que le observaba boquiabierto y sin poder parpadear. El bicho inspeccionó la cáscara, olfateando las inmediaciones, se irguió y miró directamente a Javier. Finalmente retrocedió en el hoyo en una sucesión de contracciones y expansiones hasta que se perdió de vista. Marchando, ingresó a la oficina una figura de gran estatura, espalda ancha, zapatos marrón con doble hebilla y los puños de la camisa remangada.

—Buenos días, señor Rojas.

Javier observó fijamente la mano cuadrada y poderosa que se extendía hacia él. Procuró salir del trance en el que se encontraba y se puso de pie.

—Gustazo, don Aguirre.

Se arrepintió de inmediato y trató de compensar estrechando excesivamente la mano como si estuviera exprimiendo una naranja. El señor Aguirre le miró con curiosidad y avanzó decididamente a su puesto.

—Estaba precisamente con el equipo comercial; necesitamos urgentemente darle un vuelco a la estrategia — le dijo, su imponente presencia ocupándolo todo.

—Claro, sí.

Javier no lograba hilar una frase apropiada.

—Me imagino —añadió como un imbécil.

El señor Aguirre posó ambos codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y estudió a Javier; la duda empezaba a echar raíces.

—Ok, bueno, pues como usted sabe estamos en la fase final de selección para un puesto que es vital para nosotros. Debe ser una persona con clara capacidad de liderazgo y de visión para retomar la posición dominante que solíamos tener en el mercado.

—Estoy completamente de acuerdo. Para mí, innovar en telecomunicaciones significa anticiparse a las necesidades del cliente y traducirlas en soluciones simples, digitales y humanas.

A pura fuerza de voluntad, Javier había logrado extraer esta gema del pozo negro que había sido el día. La respuesta dibujó una sonrisa en la cara del señor Aguirre. Una chispa de auténtico interés comenzaba a disipar la duda.

—Eso es exactamente lo que estamos buscando, innovación que resuene con nuestros usuarios. Cuénteme qué pasos concretos tomaría para dinamizar la estrategia de mercadeo, señor Rojas.

—Con gusto, señor Aguirre; pues mire, lo más importante es comunicar la visión con completa claridad a todo el equipo para que todos estemos alineados desde el primer día.

Era una diatriba familiar que resultaba agradable a los oídos del señor Aguirre (a pesar de haberla escuchado innumerables veces en conferencias exclusivas y webinars para altos ejecutivos). El ceño fruncido que traía puesto se desvaneció y se acomodó en su trono a escuchar, no sin antes tomar la manzana verde en su mano.

La idea que Javier tejía diestramente en oraciones quedó truncada. Toda su atención se volcó a la manzana.

—Por favor, continúe —lo animó, pensando que el postulante estaba tomándose unos instantes para organizar un discurso brillante.

—Y sin lugar a dudas es importante que los equipos entiendan esta visión con claridad...

Su lengua no encontraba el material necesario para elaborar la filigrana que había preparado.

—Ajá... ¿y cuál es esa visión? —preguntó alzando la ceja.

—La visión es ser la empresa que más escucha y entiende a sus clientes, y que transforma ese entendimiento en experiencias, apalancados en analítica avanzada y cocreación con los clientes. Innovar empieza por estar más cerca del cliente que nadie.

El vestigio de un recuerdo burbujeó desde su inconsciente, salvándole el pellejo una vez más.

El señor Aguirre asintió y le apuntó con el dedo.

—¡Eso, señor Rojas, eso es lo que necesitamos! —y le dio un enorme mordisco a la manzana.

Los oídos de Javier se llenaron de algodón, los brazos le colgaron como fideos, los ojos se le hundieron en sus cuencas y sintió una punzada en la nuca. Un hormigueo frío en el paladar le bajó por la tráquea hasta la boca del estómago y haló de un tirón, vaciando una mezcolanza de huevo, café y saltinas semidigeridas en el piso.

Bajo el semblante estupefacto del señor Aguirre, Javier apoyó ambas manos sobre el escritorio e invitó un segundo espasmo abdominal que produjo una espesa bilis amarillenta y fétida.

De vuelta a casa, Javier pudo sentir la tenue brisa acariciando su frente y el suave sonido de sus pasos al caminar.

Juan Camilo Salcedo
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