Hace mucho que estoy encerrado.
Aunque he oído que el fósforo ayuda a la memoria, no puedo recordar cuánto tiempo.
Reconozco mi cuerpo de madera, mi condición relegada a estar preso de una junta, que forman dos piezas de la enorme playa, olorosa a cera, del parqué. Lustroso, brillante, cuando lo veo retratado en el espejo del techo, por la mañana. Opaco, cargado de huellas, ya tarde en la noche.
Hace tiempo que escucho subir las respiraciones, rítmicas, alocadas. Hay veces que están acompañadas con palabras. Otras, silenciosas, donde sólo los golpes denotan las presencias. Golpes desesperados, movimientos enérgicos que hacen retumbar los estallidos de la cama contra la pared. Luego, veo cómo los cuerpos extendidos que antes se entrelazaron, reposan, como si sus fuerzas se hubiesen agotado con los últimos gemidos. En estas ocasiones dejo de ver los gestos y los moradores asemejan troncos tiesos, con sus cabezas asomadas, casi como yo.
Después se van, siempre se van. Juntos, o por separado. Algunas veces se marchan abrazados y sonriendo, otras, cada uno escapa por su lado, golpeando la puerta.
Las voces son distintas, aunque lo que dicen se parezca.
Las hay agudas y atropelladas. Otras graves y monótonas.
He reconocido en numerosas oportunidades una voz de mujer, por su tonalidad acaramelada, pero quienes la acompañan son diferentes siempre.
No sabía cómo era ella. No la había visto. Siempre apaga la luz cuando llega. A los ocasionales compañeros les dice las mismas cosas. Pero una se la dice a todos antes de que se vayan, dejá el dinero sobre la mesa de luz. Ella se queda un rato más, tan pronto como los hombres parten. Entonces la escucho llorar. Siempre la escucho llorar. Es un llanto débil, quejumbroso, enrarecido con palabras sin sentido. Muchos por qué, por qué... algunos odiosos adjetivos.
Hace poco, sin embargo, llegó y encendió la luz. Entonces pude verla. La reconocí cuando empezó a hablar, aunque no decía las palabras de siempre. Decía, amor, amor, por fin, por fin.
Al hombre nunca lo había visto ni escuchado. Tenía una piel muy oscura, como quemada por el sol.
La mujer parecía extasiada y no cesaba de acariciarlo y de besarlo. El hombre estaba acostado vestido, sobre la cama. Tenía hasta los zapatos puestos. Al rato ella empezó a quitárselos y él dejaba hacer, mientras le hablaba de fuentes, de bares, de tránsito y soledades. Contaba de ciudades y puertos. Ella le preguntaba y le preguntaba, cómo es Génova, como es Venecia, y él pacientemente le retrataba los canales y las maravillas que había visto. Yo nunca había oído hablar de esas cosas, tan difíciles de imaginar cuando la única experiencia es una habitación con espejos en el techo.
Después, se reconocieron en silencio.
Únicamente pude ver, desde mi encierro, la espalda de la mujer que se balanceaba y se balanceaba, con un ritmo creciente y redoblado.
Él ya no hablaba, pero su respiración iba en aumento. Ella repetía y repetía, amor, amor, por fin, por fin.
Hoy estuve solo muchas horas, tuve mucho tiempo para mirar a mi alrededor. Pegadas a mí hay algunas monedas pequeñitas, cabellos resecos, tabaco y hasta un botón. Cuando la persona que encera se me acerca, me gustaría que me viera. No sé por qué no mira. ¿Acaso no le interesa lo que hace? Yo le gritaría, oiga, señora, ¿acaso es ciega? ¿No se da cuenta de que estoy acá, cansado, aburrido, con mi cabeza descolorida ya del tiempo que ha pasado?
Pero esa persona no me ve.
Entiendo que no me vean los que vienen ocasionalmente por motivos que no termino de entender, pero que seguramente satisfacen sus deseos. Ellos no tienen por qué prestarme atención, ni a mí ni a los muebles, que en definitiva ni siquiera deben pertenecerles. Pero esa mujer que encera todas las mañanas, tendría que darse cuenta de mi presencia.
He visto a muchos de mis numerosísimos hermanos que terminan incinerados y consumidos en un cenicero, junto con las colillas de los cigarrillos que apestan.
Eso no me gusta nada, porque también pienso que si alguien me sacara de aquí, tal vez yo podría correr la misma suerte que los demás. En verdad no estoy seguro de que finalmente alguien me usara con ese destino, ya que la humedad ha hecho estragos conmigo y tal vez sería considerado viejo e inútil.
Muchos de los hombres que estuvieron acá parecían agobiados e inservibles. Las mujeres tienen otra energía. No entiendo mucho de eso, pero observo y comprendo. Las mujeres que vienen, generalmente parecen jóvenes. No siempre lo son, pero todas lo parecen. Tienen cabellos coloridos y fuertes y muchas exhiben largos y ensortijados bucles. A otras les caen sobre los pechos unas cabelleras que mueven con ligereza de atrás hacia delante, de adelante hacia atrás. En cambio, los hombres que veo casi siempre son calvos en alguna parte. Sobre la frente o atrás, como con una coronita sin pelos. La mayoría tienen prominentes barrigas y músculos flojos. Para contrarrestar, casi todos están muy cubiertos de vellos en la espalda, pecho, brazos y piernas.
En la intimidad, las mujeres insisten en obtener virilidad de parte de ellos, de mil maneras. En general lo consiguen, muchas veces a altos costos de cansancio y con múltiples estrategias. Otras veces no. Es en estos casos que me siento tan inútil como ellos. Las mujeres los consideran también viejos e inútiles, aunque no lo digan en voz alta. Se les escapa a veces alguna protesta sorda, y sobre todo un desdén casi constante. Una vez o dos escuché reproches y, en un caso más extremo, contemplé cómo el hombre la insultaba y le decía, sos vos que no servís para nada. Ese día la mujer fue quien se fue dando un portazo mientras le gritaba, ¡pero callate, viejo impotente!
No puedo recordar cuánto tiempo hace que estoy acá, pero sí conservo la imagen de la pareja de jóvenes que me trajo guardado en la cajita.
No podía verlos, obviamente, pero calculé que era muy tarde, porque yo estaba en movimiento hacía bastante. Hablaban de las botellas de cerveza y se reclamaban los tragos, pasame la botella, che, te estás mandando todo, decía ella. La música era atronadora en aquel vehículo que se manejaba a gran velocidad. Tanta que, a pesar del escándalo, se escuchaban los insultos de los peatones sorprendidos.
Él le respondió, no me jodas, tomá, y se sintió el choque de la botella contra el vidrio de la ventanilla. La muchacha le contestó, ¡qué te pasa, che, sos boludo!, y no se oyó más nada. Voces atrapadas quedaban en las gargantas. Ruidos de golpes, roces y forcejeo.
Finalmente, no sé cómo, terminamos aquí. Querían prender cigarrillos y no encontraban la caja de los fósforos, ¿dónde mierda la metiste?, dijo él, y ella, tranquilizate, loco, ¿no ves que la tenés delante?
En medio de más forcejeo, mientras estaba desnudándose, él intentaba encender su cigarrillo y me tomó entre sus dedos. En un solo movimiento, me perdió. Me perdió. No me encontró más. Me fui deslizando en medio de sus puteadas y patadas, mientras sentía lentamente resbalarme por la cama, la sábana, la colcha caída. Pasaba entre las zapatillas y las medias en el suelo, rozando la piel de la muchacha caliente y rosada, girando como en baile de luciérnagas, mientras veía cómo se encendían y se apagaban sucesivamente mis hermanos que daban la luz, el fuego necesario.
Yo rodaba inadvertido, olvidado, perdido en mi tristeza y mi duda existencial.
Nadie me encontró más. Creo que es el destino. Obliga a caminar o estarse quieto.
Por todo esto, en esta tarde que estoy solo, que extrañamente nadie ha venido aún, pienso que tal vez sea posible encenderme todavía. Tal vez pudiese ser factible estallar, como lo hicieron mis hermanos en sus vidas breves.
A mí, que me tocó extenderla en demasía, he visto tanta y tanta historia, tanto y tanto secreto, tanto y tanto engaño, tanto y tanto amor desesperado.
A mí, que tengo un cuerpo de madera y una cabeza que no olvida por el fósforo.
A mí, que sueño con desprenderme un poco de mi inercia vital y poder simplemente rozar contra las dos piezas de la enorme playa olorosa a cera del parqué para lograrlo.
Hoy nuevamente, durante una hora, me ignoró la persona que encera, que no mira. Alguien que no le interesa mi existencia. A la que yo le gritaría, oiga, señora, ¿acaso es ciega? ¿No se da cuenta de que estoy acá, cansado, aburrido, con mi cabeza descolorida ya del tiempo que ha pasado? Pero como esa persona no me ve, es posible que tampoco se haya dado cuenta de que, en su tarea, impulsó varias piedras junto a mí. Piedras pequeñísimas que me rodean, me asfixian, me entierran, pero con las que puedo rozarme directamente y tal vez encenderme y quién sabe no lograra expandirme y crecer, crecer, hacerme llamarada, llenar todo de luz.
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