Cuando Leonardo le propuso que fueran a visitar a unas amigas, tomó la cosa por el lado fácil. No le veía ningún problema y menos una complicación. Estudiaban juntos en la universidad. Después del primer año, habían trabado alguna amistad y se conocían más o menos. Un día, en medio de una conversación, se enteraron de que ambos estaban buscando un lugar donde vivir. Fue una coincidencia, como casi todas las cosas que pasan en este mundo. Él llevaba unas semanas tratando de resolver la cuestión de la vivienda, pero no había encontrado una solución. Todas eran costosas, o mal situadas, o con personas que no le inspiraban confianza. Leonardo andaba en las mismas, pero ninguno de los dos había hablado antes del asunto. Puestos en la tarea, encontraron un pequeño apartamento, bien situado, con dos cuartos, de buen precio, donde se acomodaron fácilmente.
También compartían algunas actividades extrauniversitarias, y visitar amigas era una de ellas. Otras eran ir al cine club o tomarse un par de cervezas de vez en cuando. Leonardo era muy afortunado en la cuestión de chicas. Por esos días salía con una que era preciosa y que a él le caía muy bien. A él se le dificultaba trabar relaciones, socializar, ese tipo de cosas, y a veces Leonardo le daba una mano. Fue idea de la chica que salieran juntos. Tenía una hermana menor y pensó que los cuatro la podían pasar muy bien. Dicho y hecho. Se programaron para visitarlas en su casa un día en la tarde. La cosa salió más bien mal. Él hablaba poco, se sentía incómodo haciendo una visita formal, con la mamá sentada en medio de la sala, las chicas a un lado, ellos al otro. Mantener una conversación en esas condiciones era imposible. Además, no tenían mucho de qué hablar. De las clases, de lo que hacían. Una fatalidad.
Superada esa primera vez, la mamá estuvo de acuerdo en que las visitaran en las tardes. Vivián las tres solas. El padre había fallecido. No era amigo de hacer visitas formales, en la sala de la casa y todo eso, pero salir con las chicas a algún sitio era una verdadera calamidad. Había que explicar a dónde iban, cuánto se demoraban, indicar la hora precisa del regreso, no se podía salir hasta altas horas de la noche. La mamá tomaba todas las precauciones para cuidar el bien más preciado de sus hijas, para evitar que les sucediera una desgracia, como se decía entonces. Leonardo no tenía esa clase de problemas, porque se veía en el apartamento con la chica, sin que la mamá ni la hermana estuvieran enteradas. Ella salía del colegio antes de la hora prevista, no iba a clases en la tarde, o cosas por el estilo. Él estaba metido en una trampa. La hermana menor le gustaba mucho. La chica era realmente bonita y agradable, pero no tenía forma de verla fuera de la casa. Había intentado que se vieran en otro lugar, en una fuente de soda, pero cuando le sugirió que no asistiera a alguna clase o que faltara al colegio en la tarde, dijo que no se sentía capaz de hacerlo.
Un día estaban en la sala conversando y tomando café, cuando se empezó a armar un revuelo al fondo de la casa. No entendían a qué se debía. Se oía la voz recia de un hombre. Todo indicaba que hacía un reclamo o que formulaba preguntas en un tono más bien imperativo. Entró a la sala como una tromba, seguido de la mamá de las chicas. No lo presentaron, saludó sin mayor cortesía, se sentó en la mitad de la sala y empezó a preguntar sobre lo que estudiaban, lo que hacían, dónde vivían. Notaron que en el cuello lucía un clériman. Una situación realmente incómoda. Un sacerdote, sentado allí, en la mitad de la sala, mirándolos con cara de pocos amigos, formulando un interrogatorio igual a los que hacían en la Inquisición.
La mamá, procurando arreglar el mal momento, explicó que el padre Yesid era el tío de las niñas, velaba por ellas, por las cosas de la casa, y no había sido informado de esas visitas, por lo que se encontraba poco menos que sorprendido. Las chicas, con lágrimas al borde de los ojos, trataron de explicar que eran unos amigos, estudiantes de la universidad, que en las tardes venían a tomar café y a charlar un rato. La cosa estuvo entre preguntas y explicaciones. El sacerdote salió un momento de la sala, el cual pensaron aprovechar para irse, pero las chicas les pidieron que no se fueran de esa manera. Regresó, fijó las reglas que debían seguirse para las visitas y salió sin despedirse. Las tres intentaron darles explicaciones, presentar disculpas, rogar su comprensión, pues sentían que no eran culpables de la situación.
Leonardo no volvió a visitarlas en la casa. Siempre se veía con la chica en el apartamento. Él continuó yendo, con la idea de lograr que se vieran en otro sitio, pero no conseguía avanzar nada. Días más tarde, mientras dejaban pasar el tiempo hablando banalidades, volvió el sacerdote. Entró, saludó, le dijo algo a la mamá de las chicas y después le pidió que lo acompañara. Lo tomó de sorpresa y no tuvo forma de negarse. Fueron caminando hasta una plaza cercana, donde había varias fuentes de soda, con música que sonaba a todo volumen. Eran sitios para beber, para pasar el tiempo con amigas y amigos. Antes de entrar, el sacerdote se retiró rápidamente el clériman, con lo que quedó igual a todos los mortales.
Pidió media botella de aguardiente y empezó a hablar de una cosa y de otra, como si se conocieran de toda la vida. Le llevó la conversación lo mejor que pudo. Cuando notó que iba a pedir más aguardiente, pretextó que se tenía que ir a preparar clases. El sacerdote pagó, salieron y se despidieron. Un par de veces, mientras estaba de visita, se repitió la historia. La última vez, el sacerdote insistió en que se quedaran más tiempo, en pedir más licor, intentó tomarle una mano. Pegó un brinco y se levantó del asiento, dispuesto a golpearlo, de ser necesario. Le dijo que con su actitud quebrantaba sus juramentos religiosos, pero sabía que eso a él no le importaba nada. El asunto estaba claro. Era él quien podía perder lo más preciado que tenía. No volvió a visitar a la chica. No supo nada más de ellas. Leonardo, como pasaba siempre, andaba flirteando con una y con otra. En ocasiones venía con amigas para invitarlo a salir. Relaciones pasajeras que duraban poco, de las cuales no guardaba ningún recuerdo.
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