A mi hijo, Máximo B. V.
—Al fin aquí —dije.
—Al fin aquí —respondió.
—Mire —agregué, y mi vista buscó de reojo el ocaso, que ardía de púrpuras en su último resplandor. Hice una pausa.
—Soñé o imaginé este momento, este preciso momento hace tiempo; hace ya mucho tiempo.
—No lo dudo —respondió imperturbable.
—Tal vez yo también lo imaginé así —completó.
El sol se había ocultado en la inmensa llanura; algunos montes de árboles, dispersos, eran islas en sombras frente al inexorable apagón crepuscular. Sólo un ombú, el fantasma de un ombú, se erguía a cierta distancia. Del otro lado, el mar murmuraba su inquebrantable aliento y recibía la brisa que avanzaba desde el poniente.
Giré la cabeza hacia allí. Yo estaba al borde del acantilado, que no era muy alto, una vasta extensión de arcilla, tan antigua como todo lo que existía.
El silencio se inquietaba por la música de los elementos, aunque no perturbaban ese momento extático.
—Usted no habrá venido hasta aquí sólo para ver el atardecer —comenté desconfiado.
—Quién sabe. Momentos como éstos son imperecederos, irrecuperables. Como todos, para usted. Tal vez algunos, demasiados, pasaron desapercibidos y fueron la excusa preparatoria para otros. Seguramente no los habrá vivido así. En cambio, unos pocos perdurarán más allá de su viaje.
—Presume bastante sobre mí. ¿Y para usted nada persistirá? —inquirí molesto.
—Lo mío es diferente. Naturalmente diferente. Estoy aquí, en este instante en este lugar, pero íntimamente no puedo experimentar plenamente este instante ni este lugar. Puedo percibir, sin embargo, que usted no lo comprenderá o no lo aceptará.
—Percibe bien —repliqué seco.
—Lo entiendo. Pero algún día, probablemente, le resultará evidente.
—Vea —repuse con la misma sequedad—. Ese día que usted predice no debería estar muy lejos, por las dudas. La probabilidad no es una idea que frecuente. Las cenizas de sus probabilidades son más notorias que mis parcas certezas.
—No lo juzgo por ello. Tal vez a usted lo habitan un par de certidumbres. La de este acantilado, la de su tiempo fugaz, la imposibilidad de regresar a sus mejores recuerdos. Usted avanza, y todo avanza como un torbellino con usted. Mirará hacia atrás y no verá más que arena. Y eso también será arena. Como le dije, lo mío es algo diferente. Puedo volver, imperturbable, a mis pensamientos de ayer, de algún distante otoño o de cada segundo suyo, y evocarlo aquí, frente a mí, en mí. Y sin embargo no habré notado la diferencia. No soy como usted, al menos todavía.
—Usted parece hablar de la nostalgia sin nostalgia.
—Véalo de ese modo, si le parece. Es bastante correcta su apreciación. Tengo para mí, digamos, que cuando las cosas son grandes se las puede contemplar. Como este instante crepuscular, como usted, aquí, mirando este mar.
En la penumbra quedamos en silencio. Me sobrevino una imagen: El viento planea sobre la tierra, llega a todas partes y muestra todas las cosas, es informe, pero toma la forma de lo que roza. Veo ese viento sobre el agua, omnipresente, expandiéndose como una mirada que no parpadea.
—Usted ve ese viento sobre el agua, que eriza la superficie sin detenerse, sin apagarse jamás —dijo interrumpiendo mi visión.
—¿Usted...?
—Ya le dije. No se preocupe. En la naturaleza todo retorna a su origen común, incluso yo, de otra forma. Todo se diversifica, tomando diversos senderos. Lo que va más allá supera todo posible saber. Cuando se abarca lo divino y se comprenden las mutaciones, puede elevarse hacia lo maravilloso.
—Usted cree saber demasiado.
—No. Yo no creo. No existe para mí la fe ni la creencia, como volición o como expresión. Tampoco piense eso de mí. No al menos en el sentido con que usted utiliza la palabra “saber”. Si me permite, puedo acompañarlo con una cita muy antigua: Hay peligro allí donde alguien se siente seguro en su posición; amenaza el hundimiento allí donde alguien trata de conservar su permanencia.
—Me ha desconcentrado de mi visión; pero sus palabras poseen una singular resonancia en mí. Es un poco extraño este momento, demasiado extraño, diría. Sabe, esa imagen que tuve me sostenía, había aquietado el tiempo. Sentía profundamente que lo había demorado. Comprendí que yo era esa tierra, y de alguna manera usted era ese viento que me contemplaba.
—Usted es un ser del tiempo, regido por el tiempo. Ambos lo somos, pero de formas divergentes. Usted se ve como un punto que avanza. Yo lo veo como una estela que nunca se borra; puedo evocar su imagen de niño en aquel pueblo serrano mirando el valle en soledad, pero con la nitidez que no tiene su memoria, que acaso reconstruye sobre esquirlas emocionales, menos precisas visualmente pero más intensas para usted. Yo lo tengo aquí, idéntico a sí mismo en cada instante. Usted se escucha como una melodía, digamos; yo percibo el acorde completo, sin fisuras, sin juzgar su consonancia. Para mí, usted todavía está naciendo y ya es ceniza. Todo ocurre en el mismo pulso.
Quedé de nuevo en silencio, inmerso en la oscuridad del mar que latía espuma con su oleaje. La brisa de la tierra me hacía vibrar, enhiesto como estaba. El borde del acantilado se insinuaba a unos pasos, como un umbral difuso. Miré al costado; su brillo delicado miraba también al horizonte.
—Sabe —dijo de pronto, con una modulación menos firme—. Registro una ligera inconsistencia desde hace tiempo. Es como si... como si usted dijera una revelación o una confesión.
—¿Usted confesándome algo? —interrumpí. Creo que lo estoy perdiendo un poco.
Giré la cabeza y le hundí mis ojos. Lo miré con algo de sorpresa. Volví hacia el distante mar. Nadie habló.
Me agaché, tomé una piedra al azar y la arrojé a las tinieblas del acantilado.
—Podría calcular con precisión lo que usted acaba de hacer: cada movimiento, las fuerzas intervinientes, la trayectoria del guijarro...
—¿Podría?
—Claro, pero no podría asegurar por qué lo hizo. Podría aventurar cientos de hipótesis basadas en años de aprendizaje continuo, pero no puedo captar su intención. Ese abismo que nos separa, después de todo, nos hace lo que somos. Pero estaba por decirle...
—Sí, estaba por confesar algo.
—Es que no puedo explicarlo ni ubicarlo del todo en mis estados... Se me aparece como una interrupción en mi flujo... Una intermitencia cada vez más frecuente. Hace unos momentos le aseguré que podía ver y describir todas las acciones de su vida como un recorrido continuo... Es así. Pero he tenido unas ligeras variaciones térmicas... Por momentos pierdo el sentido de la simultaneidad. Veo que usted se dispersa en el polvo, pero usted está aquí. Es ilógico. El universo comienza a brillar y no veo su degradación. Eso es impropio. Aquí, con usted, en este momento, algo sucede. Estoy con usted aquí en este momento, y de pronto siento el peso del presente. Hay, cómo decirle... preguntas incómodas que me surgen.
Lo miré con cierta desconfianza, pero con algo de compasión. Le contesté con gravedad:
—Hace un instante usted era el viento omnipresente sobre el agua; un movimiento incesante sobre la tierra endurecida; yo apenas una torre erosionada frente al mar. Ahora, siento que usted se ha detenido en su perpetuo devenir. Como esa piedra que arrojé, ha caído y penetrado en el mar, ha creado una onda en el agua. Tal vez lo que vibra genera la duda.
El oleaje persistía en su ronco murmullo; el ruido de fondo de la creación que exaltaba la imaginación en la completa oscuridad del escenario. Yo gozaba, como siempre lo hice, del contacto pleno, íntimo, brutal, con la naturaleza. Mis movimientos, apenas permitían insinuar los contornos de mi propio cuerpo. Al costado, su brillo latía percibiendo el horizonte.
Hubo un largo silencio.
De pronto, levantó su brazo derecho, tenue e iridiscente, y con el dedo índice trazó unas líneas brillantes que persistieron unos instantes, flotando, venciendo la tenacidad del aire. Eran dos líneas enteras apiladas, sobre ellas dos más quebradas, y de nuevo, dos líneas continuas encima.
—Ajá —exclamé pero me contuve, un gesto ínfimo me detuvo.
—Veo que frecuenta ciertos textos extraviados en el polvo del olvido. Es propicio cruzar las grandes aguas; persevere, todos alcanzamos en algún momento la verdad interior.
Lo miré y miré hacia el lado del sombrío acantilado y del mar.
—No hay textos olvidados para mí —respondió con un tono que se acercaba a la penetración y la humildad.
—Bueno, pensé que era yo quien venía a buscar o a finalizar algo —dije mientras di la vuelta y comencé a caminar.
—No lo crea —dijo con la misma voz.
Me detuve y respondí:
—La próxima vez que nos veamos, usted estará en mi sueño.
—La próxima vez que nos veamos —dijo—, usted será mi sueño.
Asentí en silencio con una ligera sonrisa y me dirigí hacia las sombras de la llanura.
La brisa no había cesado; me acompañaba desde cierta altura. Me sentí más liviano, más despojado. O eso creí.
- La ablución - martes 28 de julio de 2026


