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El derrumbe

martes 30 de junio de 2026
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Durante una cena del verano anterior le había dicho a Mariano que no, no creía que me sentiría triste cuando mi papá muriera. Mariano se limpió el borde de la boca con la servilleta, terminó de tragar y me preguntó por qué, al tiempo que empezaba a picar otro trozo de carne. Él no compartió casi conmigo, proseguí, mientras lo veía llevarse el tenedor a la boca otra vez. Bajó los cubiertos mientras masticaba y lanzó la interrogación que sabía que vendría: ¿estás seguro de eso? Yo titubeé, pero continué lo que ya había comenzado a enarbolar: sí, se me hace difícil creer que sentiré demasiado cuando él muera, o sea, yo lo quiero, sí, pero mi papá vivió conmigo que si cinco años, más o menos, y ellos se divorciaron. Él pasó a ser un visitante de, al principio, una vez por semana, después, quincenal, mensual, trimestral, hasta convertirse en un rostro que aunque poseía los rasgos que yo asociaba con él, y lo designaba mentalmente como papá, ya parecía un extraño ante los ojos de la casa.

Iba en el subte llegando a la estación Correo Central y mamá me llamó para decirme hola hijo perdóname que te llame así pero hace rato tu papá murió. Entiendo, le respondí, y le colgué.

Era un viernes por la noche cuando me enteré. Iba en el subte llegando a la estación Correo Central y mamá me llamó para decirme hola hijo perdóname que te llame así pero hace rato tu papá murió. Entiendo, le respondí, y le colgué. El tren se detuvo, las puertas se abrieron y vi el andén como vía de escape. El celular vibró con el mensaje de ella de que la llamara de vuelta en lo que pudiera. Lo leí de reojo ahogándome entre el tumulto que descendía del vagón. Subí a la calle y el invierno nunca fue más evidente. Mi estación es Bolívar pero bajé una antes porque tenía que caminar para digerir el eco de la voz de mamá. Siete cuadras no harían demasiada diferencia pero aplazaban introducirme en el edificio y meterme a la cama a esperar que amaneciera. Hacer que me dolieran los pies me hacía sentir parte de alguna pena por lo que sucedió allá lejos, de lo que tal vez atravesaban quienes vivían el acontecer a bocajarro.

Caminé entonces hasta Plaza de Mayo. El viento que venía del este me helaba las piernas y me adormecía la capacidad de pensar. Me senté en un banco de la plaza medio recordando lo que mi mamá acababa de arrojarme a la conciencia; más que recordar era rumiar, como si hubiera podido conseguirle un significado escondido a una frase tan diáfana como tu papá murió. Tomé el teléfono con las manos entumecidas del frío, esquivando cualquier notificación de tono luctuoso, y llamé a Alexis, mi jefe. Mañana no voy, le dije como fuera de mí mismo, sintiendo que algo hablaba en vez o a través de mí. No podés decírmelo así como así, che, ¿es que te pasó algo?, me preguntó. No, no me pasó nada, le contesté, pero no voy, no puedo ir, hablaremos el lunes. Y le corté bajo la nebulosa impresión de que su pregunta me acusaba o me delataba. El celular estaba vibrando a un ritmo constante de pésames, lamentaciones, abrazos electrónicos; puse modo avión para contener ese desborde. Yo no estaba preparado (¿acaso se puede?) para la ola de conmiseración que acarrea la muerte. Quería intentar darles la espalda a las palabras porque ninguna tenía sentido, no me evocaban nada que no fuera náusea y confusión. Casi diría que disfrutaba ese entretanto en Plaza de Mayo, ese puente en el que podía permanecer sin tener que distinguir de dónde venía (la voz de mamá, hijo perdona tu papá murió) ni la otra orilla que encararía al meterme en el ascensor, girar la llave, abrir la puerta, quitarme bufanda, gorro y chaqueta.

Mariano insistía con bastante ahínco en que llamara a mi papá más seguido, y yo estaba convencido de que lo intentaba. Esos intentos me llevaron a promediar dos llamadas por cada período de seis meses. Me decía a mí mismo que sí, yo cumplía con mi parte. Cuando pasaban los meses sin yo haber marcado su número, Mariano recaía en su discurso de ese es tu papá, a lo que yo aplicaba invariablemente la fórmula de que así es como son las cosas entre nosotros. A veces, mientras dábamos un paseo, o tomábamos un café o conversábamos bocarriba en la cama antes de dormir, yo retomaba el cíclico relato de mi historia con papá: él después se volvió a casar y aquella figura que entraba por la puerta cada ciertos meses se había convertido en un ente encargado de maliciosamente asomar hálitos de un mundo perdido. Y desde que tuvo otro hijo, y otro más, aquel antiguo reino terminó de morir incluso en las baratijas y golosinas que él llevaba infrecuentemente. Mariano lo que hacía entonces era escucharme, verme con sus ojos de tu dolor es mi dolor también.

Esa noche de tu papá murió, aún sentado en Plaza de Mayo, veía a los transeúntes andar y sus paseos me sugerían una suerte de hado siniestro. Las parejas y los niños correteando en círculos alrededor de sus padres destilaban una sombra que pendulaba sobre mí. Un enorme y pérfido peso que me anunciaba querer aplastarme sin yo tener opción de combate. Palpé el celular en el bolsillo pensando en si Mariano podía atenderme. Lo más probable es que sí lo hubiese hecho. Qué sabía él de nada. Para él una llamada mía a esa hora y ese día no significaba más que un vamos a vernos. Sólo imaginar llamarlo y escuchar cómo el tono callaba para darle paso a su voz era suficiente para quedar despedazado. Esa noche Mariano para mí estaba fuera de la ciudad, al margen de la voz de mi mamá diciendo hijo perdóname la llamada pero tu papá murió. Me levanté aturdido por ese eco y empecé a caminar hacia la calle Bolívar. De todos modos lo terrible ya me acechaba incluso en la postergación.

Al llegar a la esquina de Bolívar con Adolfo Alsina sonaron las campanas de la iglesia San Ignacio de Loyola. Eran las nueve de la noche. Cada campanada me empujaba. O no sé si yo les huía. Ominosamente se oía el repique alejarse a medida que dejaba el templo atrás. No dejaban de resonar dentro de mí con mensajes que ninguna palabra podía entregarme. Los campanazos distaban de la sucia lástima por la muerte, eran más unos agentes que me instaban a ver que ese precario puente que yo creé entre la boca de Correo Central y la puerta de mi edificio se desmoronaba bajo mi andar. Tenía que atravesarlo o colapsar con él. La frase hijo perdóname que te llame así pero tu papá murió no era (como yo pensaba) el sitio de donde venía sino lo que teñía todo desde ahí.

En el cruce de Bolívar con avenida Belgrano me detuve por el semáforo. El cansancio me había alcanzado de un solo tirón. El cuerpo me pesaba más allá del cuerpo. Los autos pasaban dibujando el caos delirante que mejor me describía en ese momento. No tenía ya adónde dirigirme, dónde atrincherarme o escapar. Crucé la avenida y media cuadra después vi a un mendigo que estaba pasando la noche frente a la puerta de mi edificio. Cuidadosamente me aproximé e intenté no hacer mucho ruido para no despertarlo; saqué las llaves de la mochila lentamente, cerré el bolsillo e introduje la llave, aunque debí suponer que él no estaba aún profundamente dormido, pues se descubrió la cara y me preguntó si cargaba algo de comer o si tenía una campera o colcha para calentarse. Lo vi a los ojos como nunca suelo hacer con un extraño y mi papá acaba de morir bajo un mismo cielo pero en otra tierra y este hombre padece frío las campanas siguen sonando y el tren sigue rugiendo bajo la ciudad y donde sea que fije la mirada no veo otra cosa que no sea una muerte que juré que sería nimia, le dije no, señor, disculpe, no tengo, y cerré la puerta. Me dirigí hacia el elevador obviando el reflejo que me acosaba desde el espejo del vestíbulo. Presioné el botón y me asombré de sentirme como en la noche anterior, la del jueves, cuando hijo perdóname que te llame así pero tu papá murió hace rato no era un cazador que me vigilaba por cualquier rendija. Me metí al ascensor y subí aún como el jueves, o miércoles; salí, encendí la luz del pasillo y busqué la llave del apartamento. Giré la llave como el martes o el lunes, pero al cerrar la puerta (quitándome gorro, bufanda y chaqueta) entendí que yo mismo me había tendido una emboscada demasiado perfecta. En la mañana antes de salir a trabajar olvidé dejar la luz del corredor prendida. Para llegar a mi habitación me fui tanteando y deshaciéndome a través de toda esa oscuridad con la certeza de no haberme derrumbado por completo, sino de estar sano y salvo para consumirme lentamente a la espera del amanecer.

Francisco Rodríguez Sotomayor
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